Homilía – Domingo de Resurrección

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Ocho días vividos como uno solo

Hoy es el “tercer día” del Triduo Pascual y a la vez el primero de la Cincuentena. Hoy es el domingo más importante del año, del que reciben sentido todos los demás.

Para bastantes fieles este es el día en que comienzan a celebrar la Buena Noticia de la Resurrección del Señor, porque no han acudido a la Vigilia Pascual. Vale la pena que la celebración de hoy sea particularmente festiva y expresiva. El Cirio Pascual, encendido por primera vez la noche anterior, va a acompañarnos a lo largo de siete semanas, y todos tendrían que captar su sencillo y simpático mensaje de alegría.

La “octava” de Pascua, los ocho días que abarcan el domingo 1 y 2 y los días intermedios, los vive la comunidad cristiana como un solo día. En el prefacio de estos días se dirá cada vez “en este día en que Cristo, nuestra Pascua…”. Todos los días recibiremos la bendición solemne al final de la celebración, como si cada uno fuera una “solemnidad”. Esta semana no admite ninguna otra celebración de Santos. Si coincide alguna muy importante, se recuperará en la semana siguiente.

 

Hechos 10, 34a.37-43. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección

El libro de los Hechos de los Apóstoles es una óptima lectura para el tiempo pascual. Aquellos primeros cristianos fueron la “comunidad de Jesús Resucitado”, nacida de la Pascua. El Señor seguía actuando en ella, invisiblemente por medio de su Espíritu, y visiblemente por medio de sus ministros.

No les faltaron dificultades, persecuciones y martirio. Pero en verdad, primero los apóstoles y luego otros discípulos, como los diáconos Esteban y Felipe, o Pablo y Bernabé, dieron un valiente testimonio de Cristo Jesús y fueron edificando comunidades llenas de fe y alegría. Haremos bien en mirarnos al espejo de este libro y estimularnos a seguir su ejemplo de firmeza en la fe y de maduración.

El primer pasaje que leemos es el testimonio de Pedro, en casa del pagano Cornelio, sobre la resurrección de Cristo. Lucas da mucha importancia a este episodio de la conversión de Cornelio: le dedica dos capítulos enteros, el 10 para narrar cómo sucedió, y el 11 para explicar cómo Pedro dio cuenta a la comunidad de Jerusalén de lo acontecido. Es un hecho fundamental para motivar la apertura del cristianismo a los paganos.

El testimonio principal de Pedro, que repite en todas sus “catequesis” o discursos, delante del pueblo o de las autoridades, y aquí en casa de unos paganos, es: “lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día”, y “los que creen en él, reciben el perdón de los pecados”.

El salmo no podía ser otro que el 117, el más “pascual” del Salterio: “este es el día en que actuó el Señor… la diestra del Señor es poderosa… no he de morir, viviré… la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. De las actuaciones poderosas de Dios en la historia de la salvación, para nosotros la principal es esta de la resurrección de Jesús. Podemos repetir con convicción: “sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

 

Colosenses 3, 1-4. Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

El pasaje de Pablo en su carta a los cristianos de Colosas es el más apropiado para este domingo. Es breve pero denso y estimulante: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba”.

Celebrar la Pascua del Señor es asumir coherentemente lo que representa de novedad de vida: “aspirad a los bienes de arriba”, porque caminamos hacia la misma meta que Cristo: “entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria”.

Juan 20, 1-9. El había de resucitar de entre los muertos

Hoy tenemos tres evangelios a elegir: a) el de Jn 20, con la visita de María Magdalena y luego de Pedro y Juan al sepulcro vacío; b) el que ya hemos leído la noche pasada, de Marcos, con el anuncio de la resurrección (sobre todo si la mayoría de los que participan en esta Misa no han acudido a la Vigilia); y c) si la celebración es por la tarde, el evangelio de Lucas 24, con la escena de Emaús.

Si optamos por el evangelio de Juan, nos encontramos con la experiencia de María Magdalena, testigo del sepulcro vacío, que corrió a anunciarlo a los apóstoles, convirtiéndose así en “apóstol de los apóstoles”, la primera evangelizadora de la Buena Noticia de la Pascua. También Pedro y Juan ven el sepulcro vacío. Ninguno de ellos se acaba de creer que Jesús haya resucitado: “no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.

 

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“Este es el día en que actuó el Señor”. ¡Aleluya!

Naturalmente, el mensaje de este día de Pascua es la resurrección de Cristo: la noticia mejor de todo el año para los cristianos. La que cambió la vida de los primeros discípulos. La que proclamó con valentía Pedro, en su catequesis en casa de Cornelio: que a ese Jesús, el Ungido por el Espíritu, “a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al tercer día y lo nombró Juez de vivos y muertos”. Contagiándonos de su entusiasmo cantamos en el salmo nuestra alegría: “este es el día en que actuó el Señor”.

Vale la pena que resuene, también en las misas de este domingo, el anuncio gozoso del ángel a las mujeres (según el evangelio de la noche): “¡No está aquí: ha resucitado!”. Es bueno detenernos en esta convicción —”Cristo es el que vive”—, porque nos hace falta para seguir con más ánimos nuestro camino cristiano. Lo mismo que, si leemos el evangelio de Emaús, la tarde del domingo, nos tenemos que dejar convencer también nosotros y llegar a “reconocer” al Resucitado en su Palabra, en su Eucaristía, en su comunidad y luego dar testimonio de esa experiencia en nuestra vida.

No puede ocultar su alegría la oración colecta: “en este día has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte”, y pide que esta Pascua histórica que estamos celebrando nos oriente hacia la eterna: “que renovados por el Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra resurrección futura”. La alegría de la Pascua es evidente también en la oración sobre las ofrendas: “rebosantes de gozo pascual, celebramos estos sacramentos”.

El prefacio describe lapidaria y magistralmente el contenido de la fiesta de hoy: “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado: muriendo, destruyó nuestra muerte, resucitando, restauró la vida”. ¿Se puede expresar en menos palabras el misterio de la redención que Cristo ha obrado en su Pascua? Parece un “parte de guerra”, el telegrama de una victoria anunciada a la comunidad.

Dios ha dicho “sí” a su Hijo. El grano de trigo, sepultado en la tierra, ha muerto, pero ha renacido y dará fruto abundante. Es también la fiesta de nuestra liberación y nuestra resurrección. Podemos manifestar con aleluyas solemnes y flores nuestra alegría de cristianos seguidores del Resucitado. Haciendo caso del salmo de hoy, que nos invita a que este día, “en que actuó el Señor”, también “sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

 

Carácter bautismal de la Pascua

Pascua es la fiesta bautismal, porque en el Bautismo es cuando por primera vez nos sumergimos en la muerte y resurrección, en la nueva vida del Señor. Pablo, con una comparación “botánica” muy expresiva, dijo que, por el Bautismo, hemos sido “injertados” (“complantati sumus”) en la nueva vida de Cristo. En la Vigilia de anoche se han celebrado probablemente, si no se han dejado para este domingo, algunos bautizos, después de la preparación de la Cuaresma.

Este día, y toda la Cincuentena, tiene carácter bautismal. En la oración sobre las ofrendas hablamos de “estos sacramentos en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta tu Iglesia”, o sea, los sacramentos de la iniciación cristiana. La oración poscomunión insiste: “tu Iglesia, renovada por los sacramentos pascuales”.

Por eso es lógico que, al comienzo de la Eucaristía de los ocho domingos del Tiempo Pascual, realicemos el gesto simbólico de la aspersión bautismal. En vez del acto penitencial y del “Señor ten piedad”, nos dejamos “mojar” en recuerdo del sacramento por el que fuimos “sumergidos” por primera vez en Cristo muerto y resucitado.

Por la tarde, como les ha parecido a bastantes comunidades, se puede recuperar la antigua costumbre de las “vísperas bautismales”, yendo en procesión, durante el Magníficat, a la fuente bautismal y santiguándose todos con su agua bendita.

 

Los apóstoles, testigos

Leyendo, desde hoy, el libro de los Hechos de los Apóstoles durante el Tiempo Pascual, se nos propone el ejemplo de aquella comunidad que dio testimonio de su fe en Cristo Jesús y se dejó guiar por su Espíritu en su expansión al mundo conocido.

Las primeras “evangelizadoras” fueron las mujeres. En el evangelio de la noche, son las mujeres que acudieron al sepulcro las que oyeron de labios del ángel la noticia: “no está aquí, ha resucitado”. En el evangelio de Juan es Magdalena la que va al sepulcro, lo ve vacío y corre a anunciarlo a los apóstoles.

Para los discípulos de Emaús fue aquel “viajero peregrino”, Cristo mismo, a quien de momento no supieron reconocer, quien les explicó las Escrituras y les aseguró la verdad de su resurrección. Luego serán los apóstoles, los ministros de la comunidad, los anunciadores oficiales de la Pascua. Pedro, en casa de Cornelio, es consciente de este encargo: “nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado, a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de la resurrección”. E insiste: “nosotros somos testigos… nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”. En verdad los apóstoles dieron con valentía este testimonio.

El libro de los Hechos nos recuerda que la historia continúa. Se puede decir que no tiene último capítulo: nosotros mismos, a inicios del siglo XXI, seguimos escribiendo estos “hechos”. En el rito copto, que celebran sobre todo los cristianos de Egipto, cuando se proclama este libro en Misa, el lector dice al final, a modo de aclamación: “Y la Palabra de Dios sigue creciendo, en esta Iglesia y en todas las Iglesias”.

Ahora somos nosotros los que nos comprometemos a anunciar a Cristo a este mundo, a nuestra familia, a la sociedad. Los cristianos no sólo debemos ser buenas personas, sino además “testigos”, con nuestra palabra y nuestra conducta, de que Cristo ha resucitado y es el Salvador. Eso en casa de Cornelio, un pagano, o en medio de una sociedad también paganizada, en nuestra familia, en el mundo de educación, en el cuidado de los ancianos y enfermos, en la actividad profesional, en los medios de comunicación.

 

Vida pascual

Pascua es algo más que una fiesta o un “tiempo litúrgico”. Pascua es un estilo de vida, una mentalidad que mueve nuestras palabras y nuestras obras. La Pascua de Cristo debe contagiarnos y convertirse en Pascua nuestra, de modo que imitemos su vida nueva.

Es lo que le preocupa a Pablo. En su carta a los Colosenses les invita a que, ya que en el orden del ser —ortológicamente—, han recibido la vida de Cristo en el Bautismo, ahora se trata de que en la práctica vivan pascualmente. Para Pablo eso significa vivir como resucitados, “buscar los bienes de allá arriba”, “aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Si celebramos bien la Pascua, también nosotros debemos morir a lo viejo y resucitar a lo nuevo, morir al pecado y vivir con Cristo la novedad de su vida. Al final resucitaremos corporalmente, pero ya ahora vivimos como resucitados, alimentados con la Eucaristía, que nos hace participar de la vida ya definitiva del Señor.

Vivimos en este mundo, y es serio nuestro compromiso con la tarea que aquí tenemos encomendada, pero los cristianos “buscamos los bienes de allá arriba”, porque estamos en camino y somos ciudadanos de otro mundo, el mundo en el que ya ha entrado Cristo Resucitado.

(También en la otra carta alternativa, a los Corintios, Pablo nos invita a que eliminemos de nuestra comunidad toda levadura vieja, toda malicia y corrupción, y vivamos una vida nueva, en la sinceridad y la verdad).

Una instrucción que se publicó en 1964, ínter Oecumenici, para la recta aplicación de la reforma litúrgica, daba una feliz definición de lo que es una liturgia bien celebrada, sobre todo de la liturgia pascual: “ut Mysterium Paschale vivendo exprimatur”, que el misterio pascual lo expresemos con nuestra vida, con nuestra alegría, nuestra entrega por los demás, nuestra energía para el bien, nuestra valentía en la lucha contra el mal y contra toda injusticia, nuestra esperanza y novedad de vida.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B