Vísperas – Viernes Santo

VÍSPERAS

VIERNES SANTO

Los que participan en la acción litúrgica de la Pasión del Señor no rezan hoy las Vísperas.

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Victoria!, tú reinarás.
¡Oh cruz, tú nos salvarás!

El Verbo en ti clavado, muriendo nos rescató;
de ti, madero santo, nos viene la redención.

Extiende por el mundo tu reino de salvación.
¡Oh cruz fecunda, fuente de vida y bendición!

Impere sobre el odio tu reino de caridad;
alcancen las naciones el gozo de la unidad.

Aumenta en nuestras almas tu reino de santidad;
el río de la gracia apague la iniquidad.

La gloria por los siglos a Cristo libertador,
su cruz nos lleva al cielo, la tierra de promisión.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Mirad, pueblos todos, y ved si hay dolor como el mío.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, pueblos todos, y ved si hay dolor como el mío.

SALMO 142

Ant. Mi aliento desfallece, mi corazón dentro de mí está yerto.

Señor, escucha mi oración;
tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú, que eres justo, escúchame.
No llames a juicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte,
empuja mi vida al sepulcro,
me confina a las tinieblas
como a los muertos ya olvidados.
Mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos
y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor,
que me falta el aliento.
No me escondas tu rostro,
igual que a los que bajan a la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,
ya que confío en ti.
Indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo, Señor,
que me refugio en ti.
Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
por tu clemencia, sácame de la angustia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mi aliento desfallece, mi corazón dentro de mí está yerto.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido.» E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido.» E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

LECTURA: 1P 2, 21-24

Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado.

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

PRECES

Se prefieren las preces propuestas para este día en el Misal romano, a las que se enuncian a continuación.

Al conmemorar la muerte de nuestro Señor Jesucristo, de la que brotó la vida del mundo, oremos a Dios Padre, diciendo:

Por la muerte de tu Hijo, escúchanos Señor.

Mantén, Señor, la unidad de la Iglesia.

Protege al Papa Francisco I.

Santifica por tu Espíritu a los obispos, presbíteros, diáconos y a todo tu pueblo santo.

Acrecienta la fe y la sabiduría de los catecúmenos.

Congrega a los cristianos en la unidad.

Haz que Israel llegue a conseguir en plenitud la redención.

Ilumina con tu gracia a los que no creen en Cristo.

Haz que los que no creen en Dios lleguen a descubrir tu amor a través de las obras de la creación.

Guía los pensamientos y decisiones de los gobernantes.

Concede tu consuelo a los atribulados.

Da tu perdón pleno a los difuntos.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Mira, Señor de bondad, a tu familia santa, por la cual Jesucristo, nuestro Señor, aceptó el tormento de la cruz, entregándose a sus propios enemigos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes Santo

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO

“Enséñanos que la cruz es vía a la Resurrección. Enséñanos que el Viernes Santo es camino hacia la Pascua de la luz. Enséñanos que Dios no olvida nunca a ninguno de sus hijos, y no se cansa nunca de perdonarnos y abrazarnos con su infinita misericordia. Pero enséñanos también a no cansarnos nunca de pedir perdón y creer en la misericordia sin límites del Padre” (3 de abril de 2015).

  MEDITACIÓN-REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DE JUAN

1.- La pasión de Jesús según San Juan vista con ojos de resucitado.

«Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan». Con esta sencilla introducción, el lector comienza el evangelio del viernes santo (Jn 18,1-19,42). Parece que en la Iglesia romana se ha seguido siempre la tradición de leer la pasión según san Juan en este día. San Juan, el teólogo y místico, ve la pasión con mayor profundidad que los otros evangelistas, a la luz de la resurrección. Su fe pascual transfigura cada detalle y cada episodio de esta última fase de la vida terrena del Salvador.

2.- El trono de la Cruz.

Fijémonos, por ejemplo, en el tratamiento que da san Juan a la cruz. En sí misma es un sacrificio cruel y bárbaro; pero, desde que Cristo redimió a los hombres en el leño de la cruz, ésta es objeto de veneración. Es más que eso. Para san Juan, la cruz es una especie de trono. La cruz es descrita como una «exaltación», término que instantáneamente comunica la idea de ser elevado y glorificado.

3.- La Cruz revelación suprema del amor de Dios.

Sin quitar importancia a los sufrimientos del Señor, toda la narración está impregnada de una atmósfera de paz y serenidad. Cristo, y no sus enemigos, es quien domina la situación. No hay coacción: él libremente se encamina hacia su ejecución; con perfecta libertad y completo conocimiento del significado de lo que acontece, sale al encuentro de su destino. El motivo, la ulterior razón, es el amor. La cruz es la revelación suprema del amor de Dios.

4.- Jesús en la Cruz es Rey, Juez y Salvador.

En el cuadro que san Juan nos ofrece, Jesús aparece con una triple función: como rey, como juez y como salvador. Las burlas de los soldados y la coronación de espinas sirven para poner de manifiesto su realeza. En el acto mismo de su condena, es Jesús, no Pilato, quien aparece como juez; ante sus palabras y ante su cruz nos encontramos condenados o justificados. Finalmente, como salvador, Jesús reúne a su pueblo en unidad alrededor de su cruz. La Iglesia, representada en la túnica sin costura, queda formada. A María, su madre, le confiere una maternidad espiritual; queda constituida madre de todos los vivientes. Jesús desde la cruz entrega su espíritu, inaugurando así el período final de la salvación. De su costado brota sangre y agua, símbolos de salvación y del Espíritu que da vida. Cristo se muestra como el verdadero cordero pascual cuya sangre ya había salvado a los israelitas. Volverse a él con fe es salvarse. (DABAR).

«TU CRUZ ES TRONO DE GLORIA»

Gracias, Señor. En la cruz
celebras tu eterna «Boda»,
sellando «Alianza de sangre»
con la humanidad, tu esposa.

No te importa ser objeto
de escarnios, blasfemias, mofa …
Tu amor, convertido en sangre,
se derrama gota a gota.

Manos, pies y corazón,
llagados, son cinco rosas
que huelen a compasión,
perdón y misericordia.

En la cruz, cambias, Señor,
el rumbo de nuestra «historia».
El poder y el odio muerden
el polvo de la derrota.

Sobre el pecado y la muerte
celebramos tu victoria.
Muerto, Señor, por amor,
tu cruz es trono de gloria.

Mirando tu Santa Cruz
respiramos un aroma
de libertad, paz, amor,
fraternidad y concordia.

Te bendecimos, Señor.
Nuestro corazón te adora.
Nadie podrá eliminar
tu «Cruz» de nuestra memoria.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes Santo

(Jn 18, 1- 19, 42)

Leer la Pasión del Señor es una experiencia de tremenda intensidad. Porque en esa lectura se despiertan nuestros dramas más profundos, nuestras resistencias al amor, nuestra dificultad para aceptar los límites de la vida, nuestro rechazo ante el sufrimiento, el recuerdo de nuestros pecados e infidelidades. Pero también, si lo hacemos en oración e invocando la ayuda del Espíritu Santo, puede ser una experiencia de purificación y de liberación interior.

Pero leer la Pasión del Señor debe ser ante todo una experiencia de contemplación, porque él es el importante, él es el digno de ser contemplado, adorado, exaltado. La reflexión sobre nuestra vida y nuestra respuesta no debe opacar lo principal, que es el espectáculo de amor desbordante que él nos ofrece; y por eso la mirada debe estar más en él que en nosotros mismos. Esto vale especialmente si se trata del evangelio de Juan, donde es la gloria de Dios la que paradójicamente se manifiesta en la humillación de la pasión. Es en la entrega total donde el Señor muestra su señorío y su hermosura. El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús fuerte y firme en la pasión. Y nos indica que él no quiere reinar en nuestras vidas porque es débil y necesitado de poder, sino para transmitir a nuestra vida algo de su gloria y hermosura.

También aparece, al final del relato, la figura de la Madre, que en la gran hora de su hijo cumple lo más importante de su misión: ser madre de los discípulos, dar a luz a la nueva humanidad uniendo su dolor de madre a la entrega del Hijo en la cruz.

A la luz de los relatos de la pasión podemos decir que Jesús soportó en la cruz no solamente el dolor físico, sino toda la variedad de angustias que suelen pasar por nuestro corazón humano: tristeza, miedo, desilusión, cansancio, abandono, etc. Pero para que en la cruz estuviera también el dolor de las madres cuando ven sufrir a sus hijos, para eso estaba María junto al crucificado con una espada traspasando su corazón materno.

Oración:

“Lléname de tu gracia Señor, afiánzame con tu poder, para que también yo pueda estar a tu lado en la pasión y acompañarte también permaneciendo fiel junto a la cruz, contemplándote junto a la Madre”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

El ateísmo sistemático

20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.

Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.

Misa del domingo: misa con niños

1.- ACOGIDA

  Hermanos y hermanas:

Sed bienvenidos, en este día gozoso de la Pascua, a celebrar la Resurrección del Señor. Jesús, el crucificado, vive ahora para siempre: ha resucitado. Su paz, su gracia, su amor inmenso, su vida que es nuestra vida, está con nosotros, con su Iglesia.

(Decoramos la iglesia con muchas flores, especialmente la pila bautismal y el cirio pascual encendido junto al presbiterio. Se puede colocar el dibujo de fano VIVE en grande. En algunas parroquias hace una especie de altar con flores – tomado seguramente de oriente- con el agua bendecida de la vigilia pascual, los óleos; también se pueden poner la corona de espina, el martillo y los clavos. Debe haber un clima muy alegre y festivo toda la pascua).

En el nombre… Cristo Resucitado, vivo y presente entre nosotros, esté con todos vosotros.

2.- RENOVACIÓN BAUTISMAL

Recordando nuestro propio bautismo por el que se nos incorporó a la misma vida de Dios vamos a recibir sobre nosotros esta agua que se bendijo anoche en la Vigilia Pascual. Se trata de un signo que nos hace presente la grandeza de Dios y el compromiso que adquirimos en el bautismo.

3.- MONICIÓN A LAS LECTURAS

Cada domingo, en la Eucaristía, se hace presente entre nosotros Jesús muerto y resucitado, vivo para siempre. Hoy, en el domingo más grande y festivo del año, el domingo de Pascua, las lecturas nos anunciarán este hecho decisivo que nos reúne aquí en el templo domingo tras domingo: La vida nueva de Jesús, que nos da vida a nosotros. Escuchemos con atención este anuncio salvador.

4.- CREDO O RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS BAUTISMALES:

  • Renunciáis al pecado para vivir verdaderamente como hijos de Dios Sí, renuncio.
  • Renunciáis a todas las obras del mal en vuestra vida. Sí, renuncio.
  • Renunciáis a vivir pensando solo en vosotros mismos, olvidándoos de los demás y de Dios Sí, renuncio.
  • ¿Creéis en DIOS PADRE cuya palabra liberadora sostiene la vida de las personas y su trabajo creador. Porque Él es la Vida? – Sí Creo
  • ¿Creéis en su HIJO presente entre nosotros que caminábamos en tinieblas y nacido entre los más pobres para manifestar el amor a Dios. Porque El es el Señor?
  • ¿Creéis en el ESPÍRITU SANTO que nos ha hecho renacer a la vida de Dios y que nos llena de fuerza y valor en nuestras luchas por seguir a Jesús. Porque Él es el Amor?
  • ¿Creéis en la IGLESIA, puesta al servicio de los hombres para que todos reciban la plenitud de Dios. Porque ella es mensajera de Buena Noticia?
  • ¿Creéis en la VIDA ETERNA de todos los testigos del amor de Dios en el mundo. Porque  esa es nuestra Esperanza? 

Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia, la que se proclamó en nuestro bautismo y que ahora hemos renovado.

 5.- PETICIONES

Dios Padre, que nos da la Vida, escucha ahora nuestra oración; llenos de esperanza, le decimos:

Por la pasión de tu Hijo, sálvanos.

  1. Por la Iglesia, para que manifieste siempre un estilo positivo y alegre. Oremos.
  2. Para que los pueblos encuentren vías eficaces de diálogo, colaboración y solidaridad. Oremos.
  3. Para que no falte la sonrisa a los niños, la ilusión a los jóvenes, el trabajo a los adultos y la atención cariñosa a los ancianos. Oremos.
  4. Para que cuidemos las montañas y los ríos, las plantas y los animales como manifestación de la belleza de la vida. Oremos.
  5. Por nosotros mismos, para que en toda circunstancia, seamos promotores de la armonía y el progreso humanos. Oremos.

Jesús resucitado, escucha nuestra oración. Tú, Señor, hermano, que vives y reinas…

6.- OFRENDAS

-PLANTA: Con esta hermosa planta queremos representar la nueva primavera que nos ha traído Jesús con su Resurrección. Que lejos de marchitarse nuestra esperanza, la mantengamos viva con nuestra FE.

-¡GRACIAS!: Con esta palabra “¡gracias!” le decimos a Jesús que  estamos agradecidos por su triunfo sobre la muerte. Entre otras cosas porque, al resucitar, también nosotros resucitaremos un día.

-PAN Y VINO: Aún suenan en nuestros oídos las palabras de Jesús en Jueves Santo “tomad y comed…, tomad y bebed”. Pues para que Jesús vea que no olvidamos su mandato aquí traemos el pan y el vino para que se haga presente y no nos falte nunca su presencia en el altar.

Misa del domingo

Las mujeres cumplen fielmente con las tradiciones judías. La primera tradición es respetar el descanso del sábado (Sabbat). Ellas lo hacen. El viernes, antes de que anochezca, descuelgan el cuerpo de Jesús y lo llevan a un sepulcro que ya habían concertado. Lo hacen para que el sábado, día sagrado para los judíos, no se vea manchado por la imagen de los crucificados. Además hay que tener en cuenta que era la Pascua judía y que muchos judíos venían a Jerusalén para celebrarla. Se habla de que si la población era de 10.000 habitantes normalmente, en estas fiestas aumentaba llegando a los 70.000 u 80.000.

Los discípulos se han dispersado y escondido tras el prendimiento de Jesús. Seguramente han aparecido, a lo lejos, cuando Jesús carga con la cruz y es clavado en ella. Sólo aparecen al pie de la cruz, María, la madre y el discípulo amado, Juan. El resto está escondido, con miedo. Los que han descendido a Jesús de la cruz no son los discípulos que estaban con él todos los días, sino un tal José de Arimatea, hombre de bien entre los ciudadanos de Jerusalén.

Las mujeres han acompañado a Jesús en esos últimos momentos. Tampoco muchas han sido. María Magdalena, María la de Santiago y Salomé. Estas han acompañado a Jesús en todo su ministerio, durante los tres años. Han sido fieles hasta el final.

El domingo, pasada la fiesta de la Pascua judía, han subido al sepulcro donde estaba el cuerpo con la intención de cumplir con las leyes judías, limpiar el cuerpo y embalsamarlo con perfumes y aceites, algo que se hacía cuando el cuerpo iba a ser enterrado. No les preocupa si el cuerpo ya huele, si va a ser un trago muy duro porque la sangre esté reseca o si lo que van a encontrarse les haga vomitar. Van hablando de la piedra. ¿Cómo van a moverla ya que era muy grande? Era normal que estas piedras, que hacían la función de puerta, fuesen pesadas, para evitar que los ladrones pudieran saquear los sepulcros. De todas formas, seguramente que ya encontrarían solución a este problema, porque es posible que los líderes judíos pidiesen a los romanos que pusiesen vigilancia en el sepulcro para evitar que los discípulos de Jesús se llevasen el cuerpo y luego decir que había resucitado, recordando las palabras que el mismo Jesús les había dicho: “Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días”. “El Hijo del hombre tiene que perecer y al tercer día resucitar”… Creo que es Mateo el que indica precisamente esto, que mandan que vigilen el sepulcro por miedo a que los discípulos lo roben con esta intención.

La figura de la mujer en tiempos de Jesús era de un mejor objeto. La mujer era una posesión del hombre que se podía comprar, vender e incluso cambiar. No valía nada y además su testimonio tampoco tenía mucho valor. Por ejemplo, cuando le llevan a Jesús una adultera para ver si la apedrean o no, sólo llevan a la mujer, ¿y por qué no llevan al que estaba con ella, porque ha cometido el mismo pecado que la mujer? Así pues, el que Jesús incluyera entre sus seguidoras mujeres, viene a indicar que su mensaje de salvación es para todo el mundo, sin hacer distinción de sexos, razas, naciones…

Por otra parte las mujeres, a lo largo de los evangelios, nos han dado ejemplo de fidelidad, de coherencia. No tenemos más que ver el ejemplo de María, la madre de Jesús, que es fiel a la palabra del Señor y se compromete con ella.

Hoy en la Iglesia las mujeres son las que más acuden a la misma. No sólo a la Eucaristía, sino también a la hora de ser catequistas, de grupos de formación, de leer la Palabra… Vemos que es una presencia importante la de la mujer. Otra cosa es que la tradición siempre las halla dejado relegadas a un segundo plano en cuestiones del sacerdocio, por ejemplo, y ahí no me quiero meter porque podría ser un debate largo, ya que no me parece justo.

La mujeres van preocupadas por la piedra, cómo moverla, quién les abrirá el sepulcro. Cuando llegan allí su sorpresa es mayor, porque el sepulcro está abierto. Es imposible que una persona sola pueda abrirla. Allí no encuentran más que a un joven vestido de blanco. Si había soldados vigilando el sepulcro (lo más probable) allí no estaban. Y lo peor de todo, el cuerpo de Jesús tampoco está. ¿Se lo han llevado? ¿Quién?

El evangelista nos insiste en lo grande que era la piedra para indicarnos que aquello era un hecho extraordinario. Jesús había resucitado y había vencido a la muerte. El sepulcro sellado con la piedra nos indica que allí no hay vida, que nadie puede entrar ni salir por su propia voluntad. Si bien, la resurrección de Jesús supone vencer la muerte. Sólo Dios puede descorrer esta piedra de la muerte. Dios ha resucitado a Jesús para mostrarnos que era su Hijo unigénito. Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días, escuchábamos en el evangelio del domingo pasado. Jesús se refería al templo de su cuerpo. Las escrituras se han cumplido, al tercer día resucita.

El joven sugiere al mensajero de Dios que va a indicar el siguiente paso que hay que dar. En la Anunciación del ángel a María ya vemos a un joven que anuncia que va a ser la Madre de Dios. A los pastores, un coro de ángeles (mensajeros) les anuncian que el Mesías ha nacido en un portal y que vayan a adorarlo. Ahora nuevamente un joven (vestido de blanco, supongo que por aquello de la pureza), se presenta a las mujeres (y en el evangelio de Juan a Pedro y Juan) y les anuncia que deben ir a Galilea.

Las mujeres venían al sepulcro en busca del cuerpo de Jesús para cumplir con la ley judía de embalsamar y limpiar a los difuntos. Y lo que encuentran es un sepulcro vacío. Allí no está Jesús de Nazaret, porque ha resucitado. Ellas se asustan. ¿Por encontrar el sepulcro vacío o por encontrarse con aquel joven? El evangelista no lo dice. Pero supongo que fue más el susto de encontrar el sepulcro vacío. Supongo que la sorpresa de encontrar el sepulcro vacío les llevaría a creer que aquello era otro de los trucos de los judíos para deshacerse de esa persona que tanto les ha estado fastidiando y diciendo lo que estaban haciendo mal.

Sin embargo el joven les insiste que ha resucitado, que allí no lo van a encontrar. Que además si quieren encontrarlo tienen que volver a Galilea. Que él ya está allí y ahora deben encontrarse de nuevo con él.

Galilea es donde empezó todo. En Galilea Jesús crece. En Galilea Jesús se da a conocer. En Galilea empieza a predicar, a hacer sus milagros curando gente. Galilea es “la casa”. Galilea es nuestro día a día. Ahora deben volver a Galilea, donde Jesús les precede y volver a encontrarse con él. Pero este volver a empezar no es sólo físico. No es volver a recorrer el camino sin más, sino recorrerlo a la luz de la resurrección. De esta forma el mensaje de Jesús tiene una nueva lectura.

Nuestra vida de cristiano es un constante regreso a Galilea. Recorrer el camino de Jesús desde Galilea a Jerusalén, haciendo realidad su Reino. Esta es la estructura del evangelio de Marcos. Desde Galilea a Jerusalén y una vez allí, volver a empezar.

Si Jesús no hubiera resucitado, los cristianos seríamos los más tontos de todo el mundo. Seguiríamos a un hombre maravilloso que hizo muchos gestos estupendos, que tuvo una vida solidaria genial. Pero en el fondo no sería más que eso, porque hubiera muerto en una cruz, la muerte más indignante en aquellos tiempos para los judíos y no judíos. Sin embargo la resurrección hace que todo lo que Jesús hizo y dijo tuviera un significado diferente. Seguimos a un hombre-Dios resucitado que está continuamente alentando y animando nuestra vida. Un hombre-Dios que camina a nuestro lado y que nos va enseñando lo que Dios-Padre quiere de cada uno de nosotros. Él está con nosotros. No físicamente, pero sí a través de su Espíritu. El mensaje del evangelio tiene como centro a Cristo resucitado. Esa es la buena noticia que nos proclama. No puedo quedarme quieto, tengo que ponerme en movimiento. Volver a Galilea (mi Galilea es el espacio donde vivo y donde desarrollo mi actividad) y anunciar que Cristo vive, que ha resucitado y ha vencido a la muerte. Es más, anunciar que eso es lo que tiene Dios destinado para mí y para todos nosotros. Un día resucitaremos, como don gratuito de Dios.

Es hora de la Vida Nueva

Es hora de entrar en la noche sin miedo, 
de atravesar ciudades y pueblos,
de quemar lo viejo y comprar vino nuevo, 
de quedarse en el corazón del mundo, 
de creer en medio de la oscuridad y los truenos. 

¡Es la hora de la vida nueva! 
Es hora de levantarse del sueño, 
de salir al balcón de la vida, 
de mirar los rincones y el horizonte, 
de asomarse al infinito aunque nos dé vértigo, 
de anunciar, cantar y proclamar. 

¡Es la hora de la vida nueva! 
Es hora de romper los esquemas de siempre, 
de escuchar las palabras del silencio, 
de cerrar los ojos para ver mejor, 
de gustar su presencia callada, 
de andar por los desiertos. 

¡Es la hora de la vida nueva! 
Es hora de despertar al alba, 
de descubrir su presencia entre nosotros, 
de iniciar caminos nuevos, de andar en confianza, 
de pasar a la otra orilla. 

¡Es la hora de la vida nueva! 
Es la hora de confesar la vida, 
de hablar poco y vivir mucho, 
de arriesgarlo todo apostando por Él, 
de sentarse a la mesa y calentar el corazón, 
de esperar contra toda esperanza. 

¡Es la hora de la vida nueva! 
¡Es Pascua, 
el paso de Dios por nuestro mundo 
lavando las heridas, 
sembrando esperanza, 
levantando la vida, 
llenando de semillas nuestras alforjas vacías!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes Santo

      Hoy tocan lecturas largas y comentario breve. No es tiempo de largos discursos sino de grandes y respetuosos silencios. A pesar de que los creyentes sabemos que esto no es más que una celebración, un recuerdo, una memoria. A pesar de que ya sabemos que a continuación, dos días después vamos a celebrar la resurrección de Jesús, que es el hecho que completa esta memoria de la Pascua de Jesús. A pesar de que es una celebración que hacemos todos los años. A pesar de todas estas cosas, el corazón se nos sigue quedando encogido ante el misterio de la muerte de Jesús. 

      Jesús en la cruz es un grito permanente contra la injusticia, contra cualquier injusticia. Los cristianos hemos hecho de la cruz nuestro signo. Lo que para otros es signo de suprema humillación. Lo que visto con ojos humanos no tiene sentido ninguno. Lo que es la demostración del fracaso definitivo de Jesús, se convierte para los creyentes en el signo de la victoria.  Porque el grano de trigo que muere es el único capaz de engendrar nueva vida. Porque en la cruz, en la muerte de Jesús en la cruz, es cuando comienza la resurrección. 

      Casi podemos ver este acontecimiento como una especie de apuesta por parte de Jesús. Una apuesta entre él y las fuerzas que pretenden eliminarle, hacerle desaparecer. Es como si unos y otros se hubiesen dicho: vamos a ver si ese Dios Padre del que tanto habla, es capaz de sacarle de este atolladero. Jesús también hace su apuesta. Desde su más completo fracaso pone su confianza en su Dios, en su Padre. Aún sintiendo el abandono más total, el que se puede sentir cuando está clavado en la cruz de la ignominia y de la muerte, Jesús mantiene su fe, mantiene su apuesta. Se juega todo a una sola carta. Y deja que Dios haga su parte. Está convencido de que no lo abandonará, aunque parece que lo ha abandonado del todo. 

      No se trata hoy de pensar mucho ni de leer pesados libros de teología. Basta con dejarnos llevar por la contemplación de estas últimas horas de Jesús. Basta con que hagamos un ejercicio de “sentir-con”. Y que sintamos también el dolor del mundo, de tantos y tantas que mueren cada día injustamente, que sufren sin sentido. Y ahí, desde ahí, hacernos fuertes en la fe y en la confianza. Como Jesús. 

Fernando Torres, cmf

Meditación – Viernes Santo

Hoy es Viernes Santo.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 18, 1—19, 42): 

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?». 

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo. 

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. 

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron». 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Hoy, asombrados, conmemoramos la Pasión de Jesucristo. He aquí su itinerario: el cenáculo de la Eucaristía, el Huerto de Getsemaní, los palacios de Caifás y Herodes, el pretorio de Pilatos, el Calvario de la muerte y el sepulcro. En cada uno de estos lugares, entre unos y otros, le hemos hecho sufrir.

Dios podía redimirnos de mil modos distintos. Eligió el camino del sufrimiento hasta dar la vida. “Perder la vida” es la manifestación más radical de amor. No hay improvisación: profetizado ya en el Antiguo Testamento, Jesús lo predijo varias veces; en la Última Cena nos regaló como alimento su “Cuerpo que será entregado”; en Getsemaní reza y dice “sí” a Dios-Padre. En la Cruz —plenamente consciente— vuelve a decir “SÍ”, entregando con libertad y serenidad su espíritu.

—Jesús, mi Redentor, te cuidaré con mis manos, te defenderé con mis brazos, te ensalzaré con la inteligencia, te adoraré de todo corazón. Lo haré con tu —¡nuestra!— bendita Madre, Santa María.

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench