Comentario – Viernes Santo

(Jn 18, 1- 19, 42)

Leer la Pasión del Señor es una experiencia de tremenda intensidad. Porque en esa lectura se despiertan nuestros dramas más profundos, nuestras resistencias al amor, nuestra dificultad para aceptar los límites de la vida, nuestro rechazo ante el sufrimiento, el recuerdo de nuestros pecados e infidelidades. Pero también, si lo hacemos en oración e invocando la ayuda del Espíritu Santo, puede ser una experiencia de purificación y de liberación interior.

Pero leer la Pasión del Señor debe ser ante todo una experiencia de contemplación, porque él es el importante, él es el digno de ser contemplado, adorado, exaltado. La reflexión sobre nuestra vida y nuestra respuesta no debe opacar lo principal, que es el espectáculo de amor desbordante que él nos ofrece; y por eso la mirada debe estar más en él que en nosotros mismos. Esto vale especialmente si se trata del evangelio de Juan, donde es la gloria de Dios la que paradójicamente se manifiesta en la humillación de la pasión. Es en la entrega total donde el Señor muestra su señorío y su hermosura. El cuarto evangelio nos muestra a un Jesús fuerte y firme en la pasión. Y nos indica que él no quiere reinar en nuestras vidas porque es débil y necesitado de poder, sino para transmitir a nuestra vida algo de su gloria y hermosura.

También aparece, al final del relato, la figura de la Madre, que en la gran hora de su hijo cumple lo más importante de su misión: ser madre de los discípulos, dar a luz a la nueva humanidad uniendo su dolor de madre a la entrega del Hijo en la cruz.

A la luz de los relatos de la pasión podemos decir que Jesús soportó en la cruz no solamente el dolor físico, sino toda la variedad de angustias que suelen pasar por nuestro corazón humano: tristeza, miedo, desilusión, cansancio, abandono, etc. Pero para que en la cruz estuviera también el dolor de las madres cuando ven sufrir a sus hijos, para eso estaba María junto al crucificado con una espada traspasando su corazón materno.

Oración:

“Lléname de tu gracia Señor, afiánzame con tu poder, para que también yo pueda estar a tu lado en la pasión y acompañarte también permaneciendo fiel junto a la cruz, contemplándote junto a la Madre”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día