El cuerpo glorioso del Señor Jesús

1.- Es lógico que, en esta mañana hermosa de primavera, se nos agolpen los recuerdos de la noche anterior. La Vigilia es, siempre, una gran fiesta de luz y de oración. Hoy, sin embargo, esta “Misa del Día” nos ha podido parecer la celebración más como las otras misas de otros días. Las lecturas son menos, y aunque destaca poderosísimamente el bello texto de la Secuencia, pues parece como si quedaran atrás esos relatos completos de la Pasión, como el Domingo de Ramos o el Jueves Santo, a las diez lecturas con sus correspondientes salmos de anoche.

Y, sin embargo, la conmemoración de hoy tiene la importancia de abrir otro periodo prodigioso de nuestro quehacer de cristianos: el Tiempo Pascual. Este tiempo no refleja otra cosa—y no es poco—que aquel periodo de cincuenta días en los que Jesús dio sus últimas enseñanzas a los discípulos. Les preparaba para algo más definitivo que era la llegada del Espíritu Santo. Y desde luego para su marcha a los cielos.

Pero para los discípulos, este Jesús que iba y venía, que aparecía y desparecía, no era el mismo. Era él. Pero no era igual. Su cuerpo glorificado, además de tener cualidades que desafiaban a nuestra “esclavitud” en el tiempo y el espacio, tenía otro aspecto. Sin duda, era el reflejo de la divinidad. Y al auspicio de ese brillo divino comenzaron a llamarle el Señor, el Señor Jesús. El término Señor sólo lo utilizaban los judíos para nombrar a Dios. Ya el prodigio de la Resurrección había quitado algunas –no todas—las escamas de los ojos de los discípulos. Se iba a operar, poco a poco, el milagro de su curación como ciegos de espíritu. Los ojos del corazón y de la mente se abrían a una nueva dimensión, impensable e increíble, pero que estaba ahí. Jesús había resucitado, pero ellos intuían que no era una vuelta a la vida con fecha de caducidad, como la nueva vida de Lázaro. Ese cuerpo glorioso que, aunque hasta cierto punto, les inquietaba, les añadía también una certeza de eternidad, jamás entrevista antes.

2.- El Evangelio de San Juan que hemos escuchado es una de las piezas más bellas del conjunto de los relatos evangélicos. Tiene mucho de lenguaje cinematográfico. El apóstol Juan, protagonista del relato de hoy, lo guardaba muy fresco en su memoria, no cabe la menor duda, ya que sería escrito muchos años, muchos años después, por él mismo, según la tradición. Pedro y Juan han escuchado a Maria Magdalena y salen corriendo hacia el sepulcro. Llega Juan antes. Corría más, era más joven. Pero no entra, tal vez por algún tipo de temor, o más probablemente por respeto a la jerarquía ya declarada y admitida de Pedro. Describe el evangelista la escena y la posición –vendas y sudario—de los elementos que había en la gruta. “Y vio y creyó”. Esa es la cuestión: la Resurrección como ingrediente total del afianzamiento de la fe en Cristo, como Hijo de Dios es lo que nos expresa Juan en su evangelio de hoy. Y es lo que, asimismo, nos debe quedar a nosotros, que hemos de contemplar la escena con los ojos del corazón, y abrirnos más de par en par a la fe en el Señor Jesús.

3.- El fragmento del capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa ya la escena mucho tiempo después. El Espíritu ya ha llegado y Pedro sale pujante a la predicación. Eso todavía no era posible en la mañana del primer día de la Semana, del Domingo en que resucitó el Señor, pero está bien que se nos ofrezca como primera lectura de hoy, pues marca el final importante de este Tiempo Pascual que iniciamos hoy. La muerte en Cruz de Jesús, sirvió, por supuesto, para la redención de nuestras culpas, pero sin la Resurrección la fuerza de la Redención no se hubiera visto. Guardemos una alegre reverencia ante estos grandes misterios que se nos han presentado en estos días. Meditemos sobre ellos y esperemos: la gloria de Jesús un día llegará a nosotros mismos, a nuestros cuerpos el día de la Resurrección de todos.

Angel Gómez Escorial

Vísperas – Sábado Santo

VÍSPERAS

SÁBADO SANTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena,
y a Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos
le faja una doncella nazarena.

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Oh muerte, yo seré tu muerte; yo seré, oh abismo, tu aguijón.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh muerte, yo seré tu muerte; yo seré, oh abismo, tu aguijón.

SALMO 142

Ant. Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo, tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.

Señor, escucha mi oración;
tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú, que eres justo, escúchame.
No llames a juicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte,
empuja mi vida al sepulcro,
me confina a las tinieblas
como a los muertos ya olvidados.
Mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos
y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor,
que me falta el aliento.
No me escondas tu rostro,
igual que a los que bajan a la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,
ya que confío en ti.
Indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo, Señor,
que me refugio en ti.
Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
por tu clemencia, sácame de la angustia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo, tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. «Destruid este templo —dice el Señor—, y en tres días lo levantaré.» Él hablaba del templo de su cuerpo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Destruid este templo —dice el Señor—, y en tres días lo levantaré.» Él hablaba del templo de su cuerpo.

LECTURA: 1P 1, 18-21

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él; y pronto lo glorificará.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él; y pronto lo glorificará.

PRECES

Adoremos a nuestro Redentor, que por nosotros y por todos los hombres quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, de tu corazón traspasado por la lanza salió sangre y agua, signo de cómo la Iglesia nacía de tu costado;
— por tu muerte, por tu sepultura y por tu resurrección vivifica, pues, a tu Iglesia.

Tú que te acordaste incluso de los apóstoles que habían olvidado la promesa de tu resurrección,
— no olvides tampoco a los que por no creer en tu triunfo viven sin esperanza.

Cordero de Dios, víctima pascual inmolada por todos los hombres,
— atrae desde tu cruz a todos los pueblos de la tierra.

Dios del universo, que contienes en ti todas las cosas y aceptaste, sin embargo, ser contenido en un sepulcro,
— libra a toda la humanidad de la muerte y concédele una inmortalidad gloriosa.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, Hijo de Dios vivo, que colgado en la cruz prometiste el paraíso al ladrón arrepentido,
— mira con amor a los difuntos, semejantes a ti por la muerte y la sepultura, y hazlos también semejantes a ti por su resurrección.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado Santo

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos, y se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa, quedando desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, con cuya exuberancia iniciarán los cincuenta días pascuales.

El Sábado Santo es el tercer día del Triduo Pascual, por tanto es un día de silencio y reflexión en el cual los cristianos conmemoran a Jesús de Nazaret en el sepulcro y su descenso al Abismo.

Sábado Santo no es una extensión del Viernes Santo, día en que se rememora la pasión y muerte de Jesús. El Sábado Santo es un día de dolor y tristeza que se destina para el silencio, luto, y reflexión. Durante el Sábado Santo en la Iglesia Católica no se realizan eucaristías, no se tocan las campanas, el Sagrario se deja abierto y vacío, el altar está despojado y no se administra ningún sacramento excepto la Unción de los enfermos y la Confesión de los pecados.

Tal vez sea bueno recordar las distintas situaciones que vivieron los seguidores de Jesús después de su muerte en la Cruz y ver en cuál de ellas nos situamos nosotros.

Situación de desilusión y decepción.

Fueron protagonistas los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35).

“Nosotros esperábamos”.

Después de haberlo visto morir en la Cruz ya no esperan nada. Sólo les queda un vago recuerdo del pasado que hay que olvidarlo como una mala noche. Se han quedado con un credo frío, recitado de memoria, pero sin incidencia en la vida: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras…lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron”.

Sin la presencia viva del resucitado, también nosotros podemos recitar en Misa “credos fríos”, oraciones huecas, ceremonias llenas de ritualismo pero sin vida, sin entusiasmo.

Situación de miedo y de puertas cerradas.

Protagonistas fueron los discípulos en el cenáculo (Jn. 20,19-22). Sin la presencia de Cristo Resucitado, esos discípulos no tienen perspectivas, no tienen horizonte. Tampoco tienen nada que decir.  Predicar a un Cristo muerto en una cruz es una mala noticia. Jesús, a pesar de ser una persona maravillosa y que pasó haciendo el bien, hubiera sido un hombre bueno pero fracasado.

Hoy día también el miedo a enfrentarnos con una sociedad pagana y atea nos puede dar miedo. Corremos el peligro de cerrar puertas y ventanas y olvidarnos de una “Iglesia en salida”. Pero sólo pueden salir los que tienen algo que decir. Sólo la experiencia gozosa con el Resucitado abre las puertas al mundo. Sólo el encuentro con el Resucitado nos da alegría y entusiasmo.

Situación de creyentes en Cristo sólo para esta vida.

Aquí podemos situar al apóstol Tomás. Se ha aferrado al Cristo de carne y hueso y no da el salto a la fe. Sólo quiere ver, palpar, tocar. Y también en esta situación están las mujeres, incluida María Magdalena. Aman mucho a Jesús y se conforman con ir “a embalsamar el cadáver”. Al morir Jesús, sólo les queda su recuerdo, sus añoranzas, y también  sus huellas, su cadáver. Tampoco ellas creían en Cristo Resucitado.

Hoy día, hay  muchos cristianos, incluso de los que vienen a Misa, que creen en la Resurrección de Cristo, pero no en la propia resurrección. Este día es bueno para pensar en el vacío que habría en la Iglesia sin la presencia vida del Resucitado. Aquellos personajes que vivieron en el tiempo de Jesús: un Pilato, un Herodes, un Caifás… ¡Qué lejos nos quedan!

Pero Jesús está vivo, tan vivo como aquel día en que entre el rocío del jardín y el alborear de la mañana se apareció a María Magdalena.

Situación de María, la Madre de Jesús.

A María no se le ve ir al sepulcro con las otras mujeres. Ellas van a poner aromas y perfumes sobre un cuerpo muerto. María siente a su Hijo vivo en su corazón. Las otras mujeres y los apóstoles necesitan las apariciones para creer. María cree en la Resurrección por la fuerza de su fe. A ella especialmente está dirigida la bienaventuranza de Jesús: “Dichosos los que sin ver  creyeren”. (Jn. 20,29). A la muerte de Jesús el sol se oscurece y vinieron sobre la tierra las tinieblas. En medo de esa densa  oscuridad hay una luz encendida, una lamparita que nunca se ha apagado, es la luz de la fe de María. Jesús resucita en el mismo corazón de su madre. 

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

¡Aleluya! Cristo ha resucitado ¡Aleluya!

1. Estaban satisfechos los enemigos de Jesús porque creían que todo había terminado. Jesús se había convertido en una pesadilla para ellos. Ahora, ya están tranquilos. También los amigos de Jesús creían que con su muerte había llegado el final. La fe de todos se tambaleó. Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo firme, sin ninguna sombra de vacilación. La vela del tenebrario que queda encendida después de todas apagadas en maitines. Se lleva detrás del altar y se saca después. Es la fe de María. María Magdalena no hacía más que llorar. Para ella nada tenía ya sentido. Jesús ya no está con ellos. Su cadáver está en el sepulcro. Ella hacía poco tiempo que había derrochado una fortuna para ungirle con perfume. Judas la criticó y Jesús la defendió porque le había perfumado proféticamente ungiéndole para la sepultura. El viernes, a las tres de la tarde, todo se había consumado. José de Arimatea y Nicodemo le amortajaron y le enterraron. María Magdalena quiso perfumarle también, después de muerto, una vez transcurrido el descanso legal del Sábado judío.

2. Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! Juan 20,1.

3. Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. “Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”. Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto. Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacío, y antes de sus apariciones personales, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.

4. Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: “No había aún entendido la Escritura que dice que Él había de resucitar de entre los muertos”. Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando… “Se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?”. -“María”. -“Maestro” (Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado.

5 “Jesús le dijo: “Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro” (Jn 20,17) María deja alejarse a su Amado. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: “¿Adónde te escondiste, Amado, – y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste – habiéndome herido, – salí tras ti clamando – y eras ido”.

6. Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede estar quieto. “Qui non zelat non amat”, dice San Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección. Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá más.

7. Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez: “que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y bebido con él después de la resurrección. Los que creen en él reciben el perdón de los pecados” Hechos 10,34. En consecuencia: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra” Colosenses 3,1.

8. Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja “el intenso moverse” contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo Resucitado.

9. Proclamemos que “este es el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo” Salmo 117. Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. “¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?” (Pregón Pascual).

10 Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Señor Jesús”

Jesús Martí Ballester

¡Qué mañana, Dios mío! ¡Feliz Pascua! ¡Somos felices!

1.- ¿Podemos pedir algo más y mejor que la felicidad? Hemos visto tantos gestos de Jesús en estos días. Hemos compartido tantos sentimientos en su camino hacia la Pasión y Muerte que, este día de Resurrección, se convierte para nosotros en un momento apoteósico y de triunfo: ¡Ha resucitado!

Este el objetivo de la cuaresma. La verdad que latía en lo más hondo de estos días que hemos celebrado. Detrás de todo, el amor de Dios se manifiesta en la vida que quiere para sus hijos. ¿Qué puede esperar un Padre, como Dios, sino vida para sus hijos?

¡Por nosotros resucitó! ¡Para vosotros lo resucité! ¡Con El resucitaremos! Son aclamaciones de júbilo y de fe que, espontáneamente, deben de salir del corazón tocado por la gracia de estos días de la Pascua. No podemos vivir indiferentes y sordos, ante el anuncio de esta mañana donde, Jesús, sale victorioso y vuelve a compartir una existencia totalmente nueva.

2.- ¿Que es difícil de entender o de comprender? Pongamos el corazón, la credulidad y, Dios, hará lo demás.

El Jesús que vino en Belén como buena noticia, una vez más, surge del sepulcro para darnos vida pero eterna. Nos hace renacer a una vida de eternidad ¡Dios mío qué gran regalo!

La frontera de la muerte ha sido rebasada, destruida. Caen los muros que separaban a Dios del hombre. La muerte ha sido, no solamente ganada a pulso, sino traspasada y rebasada con creces por la misma persona de Jesús. Y, por si fuera poco, Jesús nos engancha a todos y nos hace partícipes de este gran don: ¡la Resurrección!

Hoy es una de esas mañanas que quedará para siempre grabada en la conciencia, en la reunión y en el ser de un cristiano: el día primero de la semana. En este día, el Señor, actuó. Intervino brillantemente y por sorpresa. Ante un mundo vacío y al que le gusta juguetear con la nada, Jesús, se convierte en un punto de referencia. En una cuerda a la que agarrarnos para no dejarnos vencer por las dificultades y por las pruebas cotidianas.

–¡Quién cómo Dios! Para dar vida después de la muerte. Para lapidar las aflicciones de nuestros caminos con la luz de la Pascua.

–¡Quién cómo Dios! Para transportarnos el/al esplendor y el resplandor de la Pascua. ¡Ha resucitado el Señor! Hoy brilla en el cielo, después de la noche oscura que asustaba a la humanidad, la posibilidad de un final y de un futuro feliz.

–¡Quién como Dios! Sólo El es capaz de llenar y de orientar nuestra alma hacia la ciudad de la eternidad. Lo demás, y lo sabemos por la ansiedad que produce el tener, nos conduce a la insatisfacción, al agobio o a la sensación de inestabilidad.

–¡Quién como Dios! Nos lo anuncian y comunican las campanas que, en el DOMINGO más grande del año, convocan para alabar, escuchar y disfrutar con la presencia resucitada y resucitadora de Jesús. Un Jesús que ha proclamado con valentía y libremente la bondad de Dios, invitado al ejercicio del amor, bajando a la muerte pero –sabiendo- que todo era, ni más ni menos, en beneficio del hombre. Hemos acelerado el caminar. También nosotros queríamos ver el sepulcro vacío.

3.- ¡Ojala muchos de nuestros hermanos lo viesen tan a las claras como nosotros! ¡Bendita la fe que es don para comprender y ver lo que muchos no entienden ni intuyen!

Hemos activado el paso porque, necesitábamos revivir nuestra fe con los colores de la Pascua y de la fiesta que reviste esta casa.

Si en Navidad entonábamos ¡Aleluya, el Señor ha nacido! En este mismo lugar, en el alba de la Pascua gritamos con más fuerza ¡Aleluya, el Señor ha resucitado! ¡Aleluya, el Señor nos llama a una vida nueva!

Nos hemos apresurado madrugadores, porque hemos creído todo lo que Jesús ha dicho estos días atrás. Nos dejamos llevar por El. ¡Impresionados nos quedamos con el Señor de los milagros! ¡Seducidos por su palabra! ¡Conquistados por los valores de su reino! ¡Escuchad hombres de la tierra! ¡Ha resucitado!

4.- Como iglesia hemos comido juntos y reafirmado nuestra fe. Ahora es el momento de proclamarla a los cuatro vientos. ¿Que muchos no escucharán el latido de nuestro corazón pascual? ¡Insistiremos por Dios y por ellos mismos!

Aunque algunos no se molesten en asomarse al sepulcro, nosotros seguiremos señalando una gran verdad: ¡Jesús no está porque ha resucitado!

Aunque algunos, no quieran ver a Jesús, les ayudaremos a encontrar las gafas de la fe que les posibilite, como a nosotros, ser hombres y mujeres de Pascua.

Y si los ojos cegados por el lodo impiden contemplar las vendas tiradas por el duro suelo, nos desataremos de aquellas cuerdas que no nos dejan dar razón de Cristo victorioso.

¡Ha resucitado! Esta alborada, es el sol más brillante del año, el amanecer con más futuro para el hombre, la noticia que ningún medio de comunicación social tendría que dejar de señalar en primera página: ¡hoy el hombre, por fin, tiene solución! ¡Cristo ha resucitado!

¡QUE NO PUEDAN DECIR! ¡DIGAMOSLO PRIMERO!
Abrid el sepulcro; ¡no está! ¡Ha resucitado!
Levantad el ánimo; ¡no está! ¡Ha resucitado!
Elevad un canto de acción de gracias; ¡no está! ¡Ha resucitado!
Llamad y comunicad vuestra alegría; ¡no está ¡Ha resucitado!
Ungid vuestras manos con la fragancia del sudario; ¡no está! ¡Ha resucitado!
Y no ceséis de pregonar vuestro gozo: ¡no está! ¡Ha resucitado!
Aprovechad este caudal de salvación; ¡no está! ¡Ha resucitado!
Porque si no abrís el sepulcro, otros dirán que estuvo cerrado siempre
Si os cerráis al secreto de la Pascua, no viviréis alegremente
Si no cantáis vuestra fe, alguien dirá que fuisteis cristianos sin tono ni sonido
Porque si no dais razón de vuestra esperanza;
podrán decir que os la reservasteis para vosotros exclusivamente
Y si no os acercáis a lo poco que quedó de Jesús
olvidaréis que, como vosotros, tuvo que arroparse.
Ciertamente, amigos, no podemos dejar de gritar a los cuatro vientos
lo que la fe nos ha sugerido
Aquel, que con fe, hemos celebrado.
Que Jesucristo, después de muerto, ha resucitado
Y, si alguien os dice que no, que eso no es posible,
decidle sencillamente:
¡Asómate al sepulcro vacío!
Eso sí, para asomarse, hay que hacerlo sin vértigo,
sin miedo y con los ojos de la fe
¡Aleluya! ¡Ha resucitado!

Javier Leoz

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Actitud de la Iglesia ante el ateísmo

21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza.

Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen.

La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.

Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.

El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.

La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.

La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello que “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

La realidad de la Resurrección

1.- “…Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo…” (Hch 10, 38)La unción y el poder son propios del Rey de Israel. Jesús es por ello el nuevo Rey de la casa de David. Los reyes anteriores a él habían recibido una unción efímera, un óleo caduco y carente de poder. Reyes que iban sucediéndose unos a otros sin más trascendencia. Hombres débiles, víctimas de intrigas y pasiones, con un final trágico o feliz, pero siempre sepultados en la historia y en el olvido. En Jesús la unción ha sido diversa y el final muy distinto. Cuando todo parecía haber terminado, entonces era cuando todo empezaba. Los apóstoles pensaron que la cruz, la muerte vergonzosa en el madero, era el final. Les parecía que el telón había caído de modo definitivo, borrando para siempre el nombre de Jesús sobre la tierra. Pero no era así, el telón se ha rasgado para no bajar ni subir más. Y al descubierto ha dejado, envuelto en un halo de luz permanente, la figura de Cristo resucitado, el vencedor de la invencible muerte, exaltado sobre toda la creación, dueño y Señor del universo. Rey de reyes, alfa y omega, principio y fin. Jesucristo ayer y hoy y para siempre. “…que pasó haciendo el bien…” (Hch 10, 38). Jesús pasó por nuestros polvorientos caminos. Y su paso llenó de paz y de alegría nuestros paisajes. Una primavera eterna se inicia con él, que tiñe de verdor y da fragancia a nuestros campos.

La muerte y el pecado habían ensombrecido el horizonte del hombre, sembrando en su corazón la angustia y el temor, la incertidumbre ante el más allá. Nos llenaba de zozobra la idea de un final definitivo, el hundirnos en las sombras y el silencio para siempre. Nos dolía la separación de nuestros seres queridos. Sufríamos al pensar que todo terminaba en una fosa, quedando sólo la espera muda y fría de un cuerpo muerto comido de gusanos. Sin embargo, después del triunfo de Jesucristo, la vida de un cristiano no es así. Para el que cree en Cristo la muerte no es más que un mal sueño, una pesadilla, unas lágrimas y suspiros quizás, que dan paso a la esperanza y a la paz… Jesús ha resucitado, y con él resucitaremos todos. Así es. Si no lo fuera, nuestra fe sería algo vacío, nuestra vida tremendamente desgraciada, algo sin sentido. Pero no, Cristo ha resucitado y ha sido ensalzado hasta la diestra del Padre, donde está para interceder por nosotros. Por eso hay que alegrarse hasta cantar de gozo en este tiempo pascual, dejar cauce libre a la alegría que estalla en mil aleluyas, porque Jesucristo ha instaurado el Reino de la Vida.

2.- Dad gracias al Señor…” (Sal 118, 1) Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Si damos las gracias por el más mínimo detalle de consideración hacia nosotros, cómo no hemos de dar las gracias a este Dios y Señor nuestro que tantos beneficios nos otorga continuamente, a este Padre bueno que tan a menudo perdona nuestras infidelidades, nuestras faltas y pecados. Tanto hemos recibido, tanta comprensión y tanto cariño nos ha mostrado que bien podemos afirmar sin la menor duda que es bueno, que eterna es su misericordia hacia esta nuestra perenne debilidad y malicia. “La diestra del Señor es poderosa –dice el salmo de hoy–, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor”. Esta exclamación esperanzadora hemos de hacerla nuestra y afirmar gozosos que también nosotros viviremos para proclamar el poder imponente del Altísimo, su amor inefable. Y así, aunque el peso de nuestros pecados nos llene de pesar y de temor, tengamos una gran fe en Jesús que ha triunfado, y nos hace triunfar a nosotros, sobre la muerte y sobre el pecado.

“Este es el día en que actuó el Señor” (Sal 118, 24) Han pasado los días tristes de la Pasión, están lejos ya los momentos amargos del Getsemaní y de la flagelación. Entonces Jesús se dejó atar, se entregó al traidor sin la más mínima resistencia. Maniatado y silencioso soportó el dolor y la burla de sus enemigos. Pero ahora esa pasividad ha cesado. Este es el día en que actuó el Señor, el día en que rompió con violencia y para siempre las cadenas de la muerte, cuando removió la losa de granito que tapaba la tumba, cuando arrancó de entre las garras de Satanás a su víctima –el hombre–, presa de sus mentiras y de sus engaños. El Cordero salvó al rebaño/ Cristo inocente reconcilia/ al Padre Dios y al que hizo el daño./ Muerte y vida trabaron duelo/ y muerto el dueño de la vida/ gobierna, vivo, tierra y cielo…/ Vive el Señor, que es mi esperanza./ En Galilea veréis su gloria./ Cristo, sabemos que estás vivo./ Rey vencedor, certeza nuestra,/ mira a tu Iglesia compasivo. Amén. Aleluya.

3.- “Ya que habéis resucitado con Cristo…” (Col 3, 1) Cristo ha resucitado. Un hecho histórico que se mantiene en toda la vigencia de su autenticidad, a pesar de los múltiples ataques que ha venido recibiendo a lo largo de todos los siglos. Ya desde el principio, cuando apenas si se había realizado el prodigio inefable de la victoria de Cristo sobre la muerte. Cuando los soldados comunican a los enemigos de Cristo la noticia, surge pronto la mentira y la falsa acusación, la patraña. Diréis –adoctrinan a los soldados– que cuando estabais dormidos vinieron los discípulos de Cristo y robaron su cuerpo. San Agustín se reirá después de semejante ocurrencia, y piensa en la estupidez que supone buscarse unos testigos que duermen cuando se lleva a cabo el hecho de que dan testimonio. Cristo ha resucitado. Y nosotros, los que creemos en Él y le amamos, también hemos resucitado. Hemos despertado del sueño de la muerte que es la vida humana, hemos comenzado, aunque parcialmente aún, la grandiosa aventura de vivir la vida misma de Dios, la vida que dura siempre.

Y por eso hemos de vivir proyectados hacia lo alto, pisando en la tierra, pero aspirando a las cumbres del cielo. “Porque habéis muerto…” (Col 3,3) Sí, pisar la tierra para lanzarse al cielo. Esta tierra ha de ser para nosotros una pista de lanzamiento, el lugar donde tomamos velocidad para despegar y elevarnos a las alturas inconmensurables de los cielos nuevos… Parece una paradoja, una contradicción, un absurdo. San Pablo nos habla de haber resucitado y a renglón seguido nos dice que hemos muerto. Y añade que nuestra vida está en Cristo escondida en Dios. Y cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con Él, en la gloria. No hay paradoja, no hay contradicción ni absurdo. Porque se trata de morir a todo lo que nos aleja del bien. Es como un cortar amarras, un levar anclas, un prescindir de todo lo que supone una rémora, un peso que nos impide vivir la vida nueva que Cristo nos da. Se trata de una tarea de toda la vida, porque durante toda la vida habrá algo que nos tire hacia abajo, algo que sea un impedimento para el alto vuelo a que estamos llamados.

4.- “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer…” (Jn 20, 1) María Magdalena fue la primera en llegar al sepulcro. Lo hizo además en cuanto pudo, cuando comenzaban los albores del día primero después del descanso sabático. Su amor por el Maestro podía más que su necesidad de descanso y la impulsaba a estar muy cerca de él, aunque ya estuviese muerto. Con razón había dicho el Señor que amaba más aquel que hubiera sido más perdonado. María Magdalena no pudo olvidar nunca aquel perdón de Jesucristo, a pesar de ser tan graves sus culpas, y cambió radicalmente de forma de vivir… Pensemos cuánto y cuántas veces nos ha perdonado el Señor a cada uno de nosotros, y tratemos de corresponder a tan grande amor como implica el perdón de Dios, con una conversión sincera. Simón Pedro y Juan escuchan asombrados el relato de Magdalena que les comunica persuasiva que el sepulcro está vacío. Aquello les resultaba inverosímil, pero ante tanta insistencia corren hacia el huerto de José de Arimatea, para comprobar por sí mismos la veracidad del hecho. Juan, el más joven, llega antes pero no se atreve a entrar hasta que llega Pedro.

Este relato, como los demás que narran las apariciones de Jesús resucitado, está cargado de detalles que avalan y apoyan la realidad de lo ocurrido, en contra de cualquier hipótesis, más o menos absurda, contra la facilidad de la Resurrección. Las vendas y el sudario de la cabeza estaban allí. No se podía tratar de un robo. Primero porque, fuera de ellos mismos, quién podía robar un cadáver y para qué. Además, de haberlo robado, lo hubieran hecho rápidamente, pues había una guardia de soldados, y es absurdo pensar que se hubieran entretenido allí mismo a desligar el cuerpo de las vendas y a dejar doblado el sudario. Los datos que se dan indican más bien que se trató de un despojarse de aquellas ataduras de forma sencilla, y como atravesándolas sin más. El cuerpo glorioso de Jesús, que luego atravesaría las paredes del Cenáculo, bien pudo atravesar los lienzos que envolvían su cuerpo. Por eso las vendas yacen todavía liadas pero vacías y plegadas, mientras que el sudario reposa vacío en el lugar donde estuvo la cabeza del Señor. Juan entra detrás de Pedro y observa con atención cuanto tenía ante sus ojos. Enseguida comprendió y creyó, convencido de que a Cristo no podrían encontrarle entre los muertos sino entre los que viven. Recordaron entonces las predicciones del Maestro sobre su Resurrección, el suceso más crucial y comprometedor de toda la Historia.

Antonio García Moreno

La huella profunda de la Resurrección

1. Nuestra fe en la resurrección de Jesucristo se fundamenta en el testimonio de los apóstoles y demás discípulos del Señor, que vivieron con él, lo vieron morir en la cruz y después se encontraron con Él, una vez resucitado. María Magdalena y los apóstoles vivieron una honda experiencia, que les dejó una huella profunda y que les impulsó a comunicarla a otros. Esta experiencia, que ha impactado en su afectividad, se deja traslucir y se comunica como un verdadero descubrimiento.

Les sucedió también a los discípulos de Emaús, que fueron corriendo a comunicar a los demás, que habían visto al Señor resucitado. Quien ha experimentado en su vida la presencia de Jesucristo resucitado se convierte en un verdadero testigo, en un auténtico evangelizador, que testimonia su propia experiencia. Y es lógico que dicha comunicación se haga a las personas más cercanas e inmediatas.

2. El testimonio cristiano consiste fundamentalmente en suscitar el encuentro personal con Jesucristo, para que la otra persona pueda sentir la mirada amiga del Señor, que le llama por su nombre y que tiene un proyecto sobre él; y, de este modo, comienza la historia otro encuentro decisivo con el Señor.

La evangelización es fundamentalmente siempre la misma, pero asume connotaciones diversas según las situaciones históricas. Los apóstoles anunciaron a Jesucristo en la sociedad judía, dominada por los romanos; a nosotros nos toca anunciarlo en nuestra sociedad concreta. En el contexto actual en que vivimos, lo cristiano se ha convertido, sociológicamente, en un hecho secundario y casi residual.

Nuestra cultura pública occidental se aleja conscientemente de la fe cristiana y camina hacia un ‘humanismo inmanentista’ que se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión de la Iglesia. Se da una situación de ‘nuevo paganismo’: el Dios vivo es apartado de la vida diaria, mientras los más diversos ídolos se adueñan de ella. Es en esta sociedad donde el Señor nos pide que seamos sus testigos de la Resurrección con obras y palabras.

3. Simón Pedro hace una confesión pública de su fe en Cristo, ungido por el Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y Dios lo resucitó de entre los muertos.

Esta actitud de claro testimonio es necesaria para los cristianos de hoy, en medio de un ambiente cultural “light”, con la tentación del relativismo y del mal entendido pluralismo religioso. El anuncio de la fe cristiana no puede quedar reducido a un conjunto de palabras vagas, de teorías filosóficas, de meros gestos de religiosidad, de simples propuestas humanitarias o de signos concretos de solidaridad: todo esto sería una presentación reduccionista y minimista del cristianismo.

El cristiano debe anunciar de manera clara e inequívoca a Cristo Jesús, como Dios y Hombre verdadero, Redentor del mundo. Por tanto no habrá evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios.

El mensaje central del nuestra predicación no puede ser otro: “Que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras”. Sin escuchar este mensaje no se llega a la fe, y si no se acoge este anuncio y se le presta la debida adhesión del corazón no se es del todo cristiano.

En consecuencia, es preciso poner a Dios como centro de nuestro anuncio y de toda la pastoral; hablar de Dios no como un aspecto o un tema de la fe, sino como el objeto central, el principio y fin de toda la creación, el sentido, fundamento, plenitud y felicidad del hombre, Hoy no son suficientes los signos de amor y de solidaridad; son necesarias las palabras, que desvelen a la humanidad el rostro del Dios único y verdadero. Hay que volver a hablar de Dios con lenguaje fresco y vital. Hemos de anunciar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor, que nos invita a su amistad; que por Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, nos ha redimido y nos da la posibilidad de ser hijos de Dios por la donación del Espíritu Santo; que a través de la Iglesia y los sacramentos nos comunica la vida divina, que es la gracia, anticipo de la vida y la felicidad eterna, a la que estamos llamados.

4. La fe es un don de Dios, que se recibe de la Iglesia y se confiesa en la comunión de la Iglesia. Siendo un acto personal, no es un acto solitario y aislado. Nadie puede creer solo, como tampoco nadie se ha dado la fe a sí mismo. La fe es transmitida por la Iglesia y de ella se recibe. Resulta ilógico, incluso, que algunas iglesias o comunidades cristianas acepten el texto bíblico de la Iglesia, pero después interpreten este mismo texto de manera arbitraria. Decir “yo creo”, equivale a decir “yo creo en la fe de la Iglesia”. Por tanto, la fe es eclesial y necesita referirse constantemente a la Iglesia.

En la fe común de la Iglesia está presente la fe confesada, a lo largo de la historia, por los miembros del pueblo de Dios: los apóstoles, que la recibieron de Cristo y nos la transmitieron; los santos, que la han vivido con heroicidad, y algunos incluso hasta el derramamiento de su sangre; los pastores, que la han enseñado e interpretado con autenticidad; y todos los creyentes, que la han vivido y testimoniado en su vida ordinaria.

La fe en Cristo es un don de Dios para vivirlo en comunidad y para irradiarlo al exterior, tanto con el testimonio de vida como con la palabra. Los mismos apóstoles enseñan que la misión de comunicar la “buena noticia” de Jesús está confiada al pueblo de Dios en su globalidad: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirables”. Hay que tomar mayor conciencia de esta tarea misionera: La misión corresponde a todos.

Y sólo será posible realizar esta misión si somos testigos del amor, viviendo el mandamiento nuevo: Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia pero si faltara la caridad (ágape), todo sería inútil. La caridad es verdaderamente el “corazón” de la Iglesia.

Antonio Díaz Tortajada

Somos ciudadanos del cielo

1.- La Iglesia se ha preparado con una larga Cuaresma para este día y hoy exulta de alegría, y lanza las campanas al vuelo. ¿Toda esta alegría, por qué? ¿Por la mera resurrección biológica de Jesús? ¿Por una resurrección como fue la de Lázaro?

De ninguna manera. La resurrección de Lázaro cae dentro de los hechos temporales e históricos que pueden ser comprobados por la ciencia. La Resurrección de Jesús, su nueva existencia, es algo totalmente nuevo, es el hombre nuevo que no tiene ejemplar ninguno similar a él en la raza de Adán y sus descendientes. Es un ser nuevo, totalmente libre de toda servidumbre al pecado, a la muerte, al dolor.

2.- Creer en la Resurrección no es sólo creer que Jesús fue sacado de la tumba por Dios, es creer, que siendo cabeza de todos nosotros, el proyecto del hombre nuevo que Dios tiene sobre la humanidad se ha cumplido ya en Jesús y se puede y va a cumplirse de una manera plena en todos nosotros.

No es solo que la resurrección tiene un sentido ejemplar para nosotros, que sí lo tiene también, sino en cuanto que por el hecho de nuestra fe en el Señor y por el bautismo hay una semilla en cada uno de nosotros que se va desarrollando en nosotros, haciendo posible el Reino de Dios, liberándonos del pecado, de nuestros egoísmos y odios, de nuestras debilidades, hasta que un día por la muerte esa semilla reviente y se convierta en maravillosa flor de una vida eterna y feliz, como sucedió con Cristo.

3.-. El que cree en mi tiene vida eterna. Ya la tiene. Por eso nos dice la segunda lectura “que hemos resucitado con Cristo, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. Es ya la vida que tenemos dentro. Somos un ser humano nuevo, distinto, no por nuestras fuerzas ni méritos, sino por la comunicación del Espíritu, que es la vida de Dios.

4.- Por eso somos ciudadanos del cielo, no por pasaporte, sino por nuestra naturaleza. Esa nueva vida nos da la nueva conciudadana. Nuestra patria es el cielo.

Esa semilla de la fe, cuando la cultivamos debidamente, nos va dando una vivencia de lo sobrenatural, va luchando dentro de nosotros, pujando por manifestarse en toda su grandeza y libertad, nos va haciendo connaturales con Dios, y por eso realmente somos hijos suyos, con la participación de su propia vida. Es que nos llamamos hijos de Dios y lo somos, y un día aparecerá lo que ya somos.

5.- ¿Siendo ciudadanos del cielo realmente buscamos las cosas de arriba? ¿De nuestra patria?

–¿Oímos las noticias de nuestra patria con el interés con que seguimos las de nuestra patria en la tierra?

–¿Nos interesan más los periódicos con noticias tantas veces falseadas de nuestra patria terrena, que ese gran periódico de la Palabra de Dios que es la Biblia?

–¿Nos interesa más la subida de la Bolsa, que la subida o bajada del número de hermanos que creen en Dios con sinceridad de vocaciones sacerdotales?

–¿Nos interesamos más por los programas políticos de los partidos que se disputan el poder entre nosotros, que el programa religioso de Cristo en las Bienaventuranzas, en sus declaraciones públicas sobre que los dos grandes mandamientos son el amor a Dios y al prójimo?

–¿Damos más importancia a la razón y a sus argumentos, que a la fe?

–¿Viendo como vivió Jesús, entregado a la tarea de hacer el bien, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos”, vivimos nosotros la preocupación por los demás, o nos encogemos de hombros ante las penas y necesidades de los demás?

–Señores, señoras, amigos, ¿somos ciudadanos del cielo o puros ciudadanos de esta tierra en que vivimos?

José María Maruri, SJ

Jesús tenía razón

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús?¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?

Jesús resucitado, tenías razón.

Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando «Padre» con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.

Jesús resucitado, tenías razón.

Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier ley o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.

Jesús resucitado, tenías razón.

Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y los abusos. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.

Jesús resucitado, tenías razón.

Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.

Jesús resucitado, tenías razón.

Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu evangelio la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.

Jesús resucitado, tenías razón.

Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

José Antonio Pagola