La realidad de la Resurrección

1.- “…Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo…” (Hch 10, 38)La unción y el poder son propios del Rey de Israel. Jesús es por ello el nuevo Rey de la casa de David. Los reyes anteriores a él habían recibido una unción efímera, un óleo caduco y carente de poder. Reyes que iban sucediéndose unos a otros sin más trascendencia. Hombres débiles, víctimas de intrigas y pasiones, con un final trágico o feliz, pero siempre sepultados en la historia y en el olvido. En Jesús la unción ha sido diversa y el final muy distinto. Cuando todo parecía haber terminado, entonces era cuando todo empezaba. Los apóstoles pensaron que la cruz, la muerte vergonzosa en el madero, era el final. Les parecía que el telón había caído de modo definitivo, borrando para siempre el nombre de Jesús sobre la tierra. Pero no era así, el telón se ha rasgado para no bajar ni subir más. Y al descubierto ha dejado, envuelto en un halo de luz permanente, la figura de Cristo resucitado, el vencedor de la invencible muerte, exaltado sobre toda la creación, dueño y Señor del universo. Rey de reyes, alfa y omega, principio y fin. Jesucristo ayer y hoy y para siempre. “…que pasó haciendo el bien…” (Hch 10, 38). Jesús pasó por nuestros polvorientos caminos. Y su paso llenó de paz y de alegría nuestros paisajes. Una primavera eterna se inicia con él, que tiñe de verdor y da fragancia a nuestros campos.

La muerte y el pecado habían ensombrecido el horizonte del hombre, sembrando en su corazón la angustia y el temor, la incertidumbre ante el más allá. Nos llenaba de zozobra la idea de un final definitivo, el hundirnos en las sombras y el silencio para siempre. Nos dolía la separación de nuestros seres queridos. Sufríamos al pensar que todo terminaba en una fosa, quedando sólo la espera muda y fría de un cuerpo muerto comido de gusanos. Sin embargo, después del triunfo de Jesucristo, la vida de un cristiano no es así. Para el que cree en Cristo la muerte no es más que un mal sueño, una pesadilla, unas lágrimas y suspiros quizás, que dan paso a la esperanza y a la paz… Jesús ha resucitado, y con él resucitaremos todos. Así es. Si no lo fuera, nuestra fe sería algo vacío, nuestra vida tremendamente desgraciada, algo sin sentido. Pero no, Cristo ha resucitado y ha sido ensalzado hasta la diestra del Padre, donde está para interceder por nosotros. Por eso hay que alegrarse hasta cantar de gozo en este tiempo pascual, dejar cauce libre a la alegría que estalla en mil aleluyas, porque Jesucristo ha instaurado el Reino de la Vida.

2.- Dad gracias al Señor…” (Sal 118, 1) Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Si damos las gracias por el más mínimo detalle de consideración hacia nosotros, cómo no hemos de dar las gracias a este Dios y Señor nuestro que tantos beneficios nos otorga continuamente, a este Padre bueno que tan a menudo perdona nuestras infidelidades, nuestras faltas y pecados. Tanto hemos recibido, tanta comprensión y tanto cariño nos ha mostrado que bien podemos afirmar sin la menor duda que es bueno, que eterna es su misericordia hacia esta nuestra perenne debilidad y malicia. “La diestra del Señor es poderosa –dice el salmo de hoy–, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor”. Esta exclamación esperanzadora hemos de hacerla nuestra y afirmar gozosos que también nosotros viviremos para proclamar el poder imponente del Altísimo, su amor inefable. Y así, aunque el peso de nuestros pecados nos llene de pesar y de temor, tengamos una gran fe en Jesús que ha triunfado, y nos hace triunfar a nosotros, sobre la muerte y sobre el pecado.

“Este es el día en que actuó el Señor” (Sal 118, 24) Han pasado los días tristes de la Pasión, están lejos ya los momentos amargos del Getsemaní y de la flagelación. Entonces Jesús se dejó atar, se entregó al traidor sin la más mínima resistencia. Maniatado y silencioso soportó el dolor y la burla de sus enemigos. Pero ahora esa pasividad ha cesado. Este es el día en que actuó el Señor, el día en que rompió con violencia y para siempre las cadenas de la muerte, cuando removió la losa de granito que tapaba la tumba, cuando arrancó de entre las garras de Satanás a su víctima –el hombre–, presa de sus mentiras y de sus engaños. El Cordero salvó al rebaño/ Cristo inocente reconcilia/ al Padre Dios y al que hizo el daño./ Muerte y vida trabaron duelo/ y muerto el dueño de la vida/ gobierna, vivo, tierra y cielo…/ Vive el Señor, que es mi esperanza./ En Galilea veréis su gloria./ Cristo, sabemos que estás vivo./ Rey vencedor, certeza nuestra,/ mira a tu Iglesia compasivo. Amén. Aleluya.

3.- “Ya que habéis resucitado con Cristo…” (Col 3, 1) Cristo ha resucitado. Un hecho histórico que se mantiene en toda la vigencia de su autenticidad, a pesar de los múltiples ataques que ha venido recibiendo a lo largo de todos los siglos. Ya desde el principio, cuando apenas si se había realizado el prodigio inefable de la victoria de Cristo sobre la muerte. Cuando los soldados comunican a los enemigos de Cristo la noticia, surge pronto la mentira y la falsa acusación, la patraña. Diréis –adoctrinan a los soldados– que cuando estabais dormidos vinieron los discípulos de Cristo y robaron su cuerpo. San Agustín se reirá después de semejante ocurrencia, y piensa en la estupidez que supone buscarse unos testigos que duermen cuando se lleva a cabo el hecho de que dan testimonio. Cristo ha resucitado. Y nosotros, los que creemos en Él y le amamos, también hemos resucitado. Hemos despertado del sueño de la muerte que es la vida humana, hemos comenzado, aunque parcialmente aún, la grandiosa aventura de vivir la vida misma de Dios, la vida que dura siempre.

Y por eso hemos de vivir proyectados hacia lo alto, pisando en la tierra, pero aspirando a las cumbres del cielo. “Porque habéis muerto…” (Col 3,3) Sí, pisar la tierra para lanzarse al cielo. Esta tierra ha de ser para nosotros una pista de lanzamiento, el lugar donde tomamos velocidad para despegar y elevarnos a las alturas inconmensurables de los cielos nuevos… Parece una paradoja, una contradicción, un absurdo. San Pablo nos habla de haber resucitado y a renglón seguido nos dice que hemos muerto. Y añade que nuestra vida está en Cristo escondida en Dios. Y cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con Él, en la gloria. No hay paradoja, no hay contradicción ni absurdo. Porque se trata de morir a todo lo que nos aleja del bien. Es como un cortar amarras, un levar anclas, un prescindir de todo lo que supone una rémora, un peso que nos impide vivir la vida nueva que Cristo nos da. Se trata de una tarea de toda la vida, porque durante toda la vida habrá algo que nos tire hacia abajo, algo que sea un impedimento para el alto vuelo a que estamos llamados.

4.- “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer…” (Jn 20, 1) María Magdalena fue la primera en llegar al sepulcro. Lo hizo además en cuanto pudo, cuando comenzaban los albores del día primero después del descanso sabático. Su amor por el Maestro podía más que su necesidad de descanso y la impulsaba a estar muy cerca de él, aunque ya estuviese muerto. Con razón había dicho el Señor que amaba más aquel que hubiera sido más perdonado. María Magdalena no pudo olvidar nunca aquel perdón de Jesucristo, a pesar de ser tan graves sus culpas, y cambió radicalmente de forma de vivir… Pensemos cuánto y cuántas veces nos ha perdonado el Señor a cada uno de nosotros, y tratemos de corresponder a tan grande amor como implica el perdón de Dios, con una conversión sincera. Simón Pedro y Juan escuchan asombrados el relato de Magdalena que les comunica persuasiva que el sepulcro está vacío. Aquello les resultaba inverosímil, pero ante tanta insistencia corren hacia el huerto de José de Arimatea, para comprobar por sí mismos la veracidad del hecho. Juan, el más joven, llega antes pero no se atreve a entrar hasta que llega Pedro.

Este relato, como los demás que narran las apariciones de Jesús resucitado, está cargado de detalles que avalan y apoyan la realidad de lo ocurrido, en contra de cualquier hipótesis, más o menos absurda, contra la facilidad de la Resurrección. Las vendas y el sudario de la cabeza estaban allí. No se podía tratar de un robo. Primero porque, fuera de ellos mismos, quién podía robar un cadáver y para qué. Además, de haberlo robado, lo hubieran hecho rápidamente, pues había una guardia de soldados, y es absurdo pensar que se hubieran entretenido allí mismo a desligar el cuerpo de las vendas y a dejar doblado el sudario. Los datos que se dan indican más bien que se trató de un despojarse de aquellas ataduras de forma sencilla, y como atravesándolas sin más. El cuerpo glorioso de Jesús, que luego atravesaría las paredes del Cenáculo, bien pudo atravesar los lienzos que envolvían su cuerpo. Por eso las vendas yacen todavía liadas pero vacías y plegadas, mientras que el sudario reposa vacío en el lugar donde estuvo la cabeza del Señor. Juan entra detrás de Pedro y observa con atención cuanto tenía ante sus ojos. Enseguida comprendió y creyó, convencido de que a Cristo no podrían encontrarle entre los muertos sino entre los que viven. Recordaron entonces las predicciones del Maestro sobre su Resurrección, el suceso más crucial y comprometedor de toda la Historia.

Antonio García Moreno