Lectio Divina – Sábado Santo

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos, y se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa, quedando desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, con cuya exuberancia iniciarán los cincuenta días pascuales.

El Sábado Santo es el tercer día del Triduo Pascual, por tanto es un día de silencio y reflexión en el cual los cristianos conmemoran a Jesús de Nazaret en el sepulcro y su descenso al Abismo.

Sábado Santo no es una extensión del Viernes Santo, día en que se rememora la pasión y muerte de Jesús. El Sábado Santo es un día de dolor y tristeza que se destina para el silencio, luto, y reflexión. Durante el Sábado Santo en la Iglesia Católica no se realizan eucaristías, no se tocan las campanas, el Sagrario se deja abierto y vacío, el altar está despojado y no se administra ningún sacramento excepto la Unción de los enfermos y la Confesión de los pecados.

Tal vez sea bueno recordar las distintas situaciones que vivieron los seguidores de Jesús después de su muerte en la Cruz y ver en cuál de ellas nos situamos nosotros.

Situación de desilusión y decepción.

Fueron protagonistas los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35).

“Nosotros esperábamos”.

Después de haberlo visto morir en la Cruz ya no esperan nada. Sólo les queda un vago recuerdo del pasado que hay que olvidarlo como una mala noche. Se han quedado con un credo frío, recitado de memoria, pero sin incidencia en la vida: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras…lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron”.

Sin la presencia viva del resucitado, también nosotros podemos recitar en Misa “credos fríos”, oraciones huecas, ceremonias llenas de ritualismo pero sin vida, sin entusiasmo.

Situación de miedo y de puertas cerradas.

Protagonistas fueron los discípulos en el cenáculo (Jn. 20,19-22). Sin la presencia de Cristo Resucitado, esos discípulos no tienen perspectivas, no tienen horizonte. Tampoco tienen nada que decir.  Predicar a un Cristo muerto en una cruz es una mala noticia. Jesús, a pesar de ser una persona maravillosa y que pasó haciendo el bien, hubiera sido un hombre bueno pero fracasado.

Hoy día también el miedo a enfrentarnos con una sociedad pagana y atea nos puede dar miedo. Corremos el peligro de cerrar puertas y ventanas y olvidarnos de una “Iglesia en salida”. Pero sólo pueden salir los que tienen algo que decir. Sólo la experiencia gozosa con el Resucitado abre las puertas al mundo. Sólo el encuentro con el Resucitado nos da alegría y entusiasmo.

Situación de creyentes en Cristo sólo para esta vida.

Aquí podemos situar al apóstol Tomás. Se ha aferrado al Cristo de carne y hueso y no da el salto a la fe. Sólo quiere ver, palpar, tocar. Y también en esta situación están las mujeres, incluida María Magdalena. Aman mucho a Jesús y se conforman con ir “a embalsamar el cadáver”. Al morir Jesús, sólo les queda su recuerdo, sus añoranzas, y también  sus huellas, su cadáver. Tampoco ellas creían en Cristo Resucitado.

Hoy día, hay  muchos cristianos, incluso de los que vienen a Misa, que creen en la Resurrección de Cristo, pero no en la propia resurrección. Este día es bueno para pensar en el vacío que habría en la Iglesia sin la presencia vida del Resucitado. Aquellos personajes que vivieron en el tiempo de Jesús: un Pilato, un Herodes, un Caifás… ¡Qué lejos nos quedan!

Pero Jesús está vivo, tan vivo como aquel día en que entre el rocío del jardín y el alborear de la mañana se apareció a María Magdalena.

Situación de María, la Madre de Jesús.

A María no se le ve ir al sepulcro con las otras mujeres. Ellas van a poner aromas y perfumes sobre un cuerpo muerto. María siente a su Hijo vivo en su corazón. Las otras mujeres y los apóstoles necesitan las apariciones para creer. María cree en la Resurrección por la fuerza de su fe. A ella especialmente está dirigida la bienaventuranza de Jesús: “Dichosos los que sin ver  creyeren”. (Jn. 20,29). A la muerte de Jesús el sol se oscurece y vinieron sobre la tierra las tinieblas. En medo de esa densa  oscuridad hay una luz encendida, una lamparita que nunca se ha apagado, es la luz de la fe de María. Jesús resucita en el mismo corazón de su madre. 

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén