Morir, entregarse a la vida

 

El relato del evangelio termina de manera abrupta y en cierto modo contradictoria con el mensaje que pretende transmitir. Les anuncian la resurrección de Jesús, les piden que lo transmitan a los discípulos, pero ellas tenían tal miedo que “no dijeron nada a nadie”.

No sabemos si, con ese final, el autor del evangelio quiso justificar algunos silencios de primera hora. Pero lo cierto es que el miedo se halla directamente relacionado con la muerte.

Probablemente todos nuestros miedos sean expresión del miedo radical a la muerte. Se despiertan siempre que tememos perder algo y, en definitiva, la muerte, para el yo, significa perderlo todo.

Algo parece claro: todo lo que nace habrá de morir, y todo lo que aparece, desaparecerá. Es la ley de la impermanencia que rige el mundo de las formas.

Sin embargo, desde que tenemos noticia, entre los humanos siempre se ha sostenido la idea de que habría de existir algo más allá de la barrera de la muerte. Lo que ocurre es que, con frecuencia, aquella idea (o intuición) se plasmó en imágenes que no eran sino proyección de la vida que conocemos. Hasta el punto de que, en algunos casos, parecía como si la muerte no fuera sino la prolongación del yo, que entraría a vivir así en la eternidad. Sin advertir que, a pesar del temor que la muerte le pueda producir, el yo no podría tolerar un tiempo sin final: una existencia sin límite temporal sería su peor condena.

Si la muerte es el final de las formas, eso significa que lo único que no muere es aquello que nunca nació, lo sin-forma. Lo que, en nuestro caso, llamamos “identidad”, la sustancia ultima de lo real, Aquello que somos, más allá del cuerpo, de la mente y del yo.

A mayor identificación con el yo, más miedo a la muerte. En la medida en que crece la comprensión de lo que somos, tal temor desaparece: el yo se ve simplemente como una “forma” que aparece en la espaciosidad atemporal e ilimitada que somos. Cambia o desaparece la forma, permanece la espaciosidad; termina la personalidad, permanece la identidad.

Somos vida. Pero, frente a la omnipresente trampa de la apropiación, parece necesario insistir en que el sujeto de esa frase no es el yo. De ahí que, hablando con propiedad y rigor, no habría que decir “Yo soy vida”, sino “La vida es yo”. No hablamos de un yo que viviera eternamente, sino de otra identidad que trasciende al yo. En síntesis, la muerte nos pone de manifiesto que no somos el yo que pensamos ser -y que tiembla, con razón, ante la muerte-, sino la vida que se está experimentando temporalmente en este yo, pero que no se reduce en absoluto a él.

¿Cómo me sitúo ante la muerte? ¿Y ante la vida?

 

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo de Resurrección

II VÍSPERAS

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
— derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
— y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
— y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.

Tú que has vencido la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
— para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido levantado a la derecha del Padre,
— recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Fugitivas (y fugitivos)

“Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo…”

El final del evangelio según Marcos es así de abrupto. No acaba como los otros con apariciones del Resucitado, envío de los Doce o palabras de consuelo y debió resultar tan chocante para las primeras comunidades, que le añadieron un final menos desconcertante. Sin embargo, bajo la cáscara amarga del final primitivo, esas mujeres fugitivas son una almendra a saborear: habían acudido siguiendo la costumbre de lo conveniente y adecuado, pero nada sucedió como esperaban: por mucho que madrugaron, ya el sol se les había anticipado; se preguntaban cómo iban a mover la piedra y la piedra estaba ya corrida; llevaban perfumes para embalsamar un cadáver, pero el lugar estaba vacío; buscaban a un crucificado y les anunciaron a un Viviente. Nadie acogió los perfumes de sus manos: se los cambiaron por una misión confiada a sus voces, hasta entonces silenciadas. El lugar cerrado se había convertido en un espacio abierto que debían abandonar y no volver a rondar nunca más: era en Galilea donde él iba a preceder a los suyos. En lugar de un cuerpo, habían recibido una palabra, ya no podían seguir estando en los lugares que antes frecuentaban. Estaban enfrentadas a un acontecimiento inesperado e inaudito que sobrepasaba todas sus capacidades. Por eso reaccionaron con estupor y sobrecogimiento, lo mismo que Pedro, Santiago y Juan cuando Jesús se transfiguró en el monte ante ellos; lo mismo que los discípulos después de la tormenta en el lago, o los que vieron en pie a la hija de Jairo.

Lo mismo que las mujeres, escuchamos hoy el mismo anuncio: “Ha resucitado, no está aquí. Mirad el sitio donde le pusieron” y estamos convocados a hacer lo que ellas hicieron – convertirse en fugitivas- y escapar de tumbas tan vacías como estas:

La tumba de la inocencia perdida, aquella dulce ignorancia que nos protegía en aquel tiempo añorado de la “normalidad”, cuando vivíamos ajenos a la realidad de que éramos tan vulnerables y nuestra especie estaba tan amenazada; cuando dábamos por supuesto que se nos iba a impedir reunirnos, abrazarnos o marcharnos a la segunda vivienda; cuando imaginábamos que los viejecitos estaban cuidados y a salvo en sus residencias; cuando la mascarilla de los chinos nos parecía una costumbre exótica suya, lo mismo que comer pangolín que, gracias a Dios, aquí no tenemos; cuando nos parecía que lo del IMV era para los pobladores de la Cañada Real, pobrecillos; cuando pensábamos que de la precariedad de los temporeros y de su hacinamiento, ya se ocupaban las inspecciones de trabajo; cuando al oír “colas del hambre” pensábamos que era una serie distópica de Netflix.

Se nos han caído muchas vendas de los ojos y tiritamos a la intemperie, pero la lucidez es mejor que el engaño y con la verdad viene la libertad, como dicen que decía Jesús.

La tumba de los Desalentados sin fronteras, ese depósito de tinta de calamar que vamos expandiendo a diestro y siniestro mientras avanzamos como los zombies de The Walking dead: “lo dije desde el principio: nadie aprenderá nada de la crisis”, “ya es tarde para frenar el cambio climático”, “no hay solución para tanto desastre”, “¿Fratelli tutti? Pura utopía”, “¿qué te apuestas a que va a llegar la cuarta ola?”, “dicen que para las nuevas cepas del virus no sirve la vacuna…”

La tumba del solo “devote”. Cuesta ponerlo en relación con las tumbas porque, de entrada, es una alegría el auge de la adoración eucarística, escuchar de nuevo el “Adorote devote” y ver a gente joven de rodillas y en silencio ante la custodia. Pero precisamente por ser algo precioso hay que salvarlo de derivas peligrosas: que el “adorote” se quede solo en el “devote; que algunos celebrantes compitan en ver quién resiste más tiempo en la elevación; que el movimiento de adoración y de mirar a Jesús, no nos encienda el deseo urgente de vivir como él una vida “ex-puesta”; que su Presencia, tan accesible y disponible en la simplicidad del pan, no nos contagie su pasión por el derecho de cada ser humano a comer y a vivir; que no se prolongue en forma de conciencia inquieta por las desigualdades pavorosas acentuadas por la pandemia; que se convierta en una burbuja insonorizada al viento del Espíritu y nos asfixiemos con el humo del incienso.

Son tumbas “de rabiosa actualidad” y hay que escapar de ellas a toda prisa dejando, eso sí, los sudarios cuidadosamente doblados.

Leamos hasta el final el evangelio de Marcos porque ahí se hace posible la coincidencia entre la condición de mujeres fugitivas con la de discípulos convocados.

Y como alegría extra, una fantástica propina de este año al Notición de Pascua: se ha levantado el corte perimetral y podemos viajar libremente a Galilea.

Dolores Aleixandre

Domingo I de Pascua

La realidad pascual es, tal vez, la más difícil de reflejar en conceptos mentales. La palabra Pascua (paso) tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero también nos pueden despistar y enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la palabra resurrección, también ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas, que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y con lo que tiene que pasar en nosotros.

La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de manera material y directa. También la Pascua cristiana debía tener ese efecto de paso, pero en un sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica. Juan lo explica muy bien en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, es imposible entrar en el Reino de Dios.

Cuando el grano de trigo cae en tierra, “muriendo”, desarrolla una nueva vida que ya estaba en él en germen. Cuando ya ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su muerte, ya estaba en él antes de morir, pero estaba velada. Solo cuando desapareció como viviente biológico, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.

Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección, que empleamos para designar lo que pasó en Jesús después de su muerte. En realidad, no pasó nada. Con relación a su Vida Espiritual, Divina, Definitiva, no está sujeta al tiempo ni al espacio, por lo tanto no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Con relación a su vida biológica, como toda vida era contingente, limitada, finita y no tenía más remedio que terminar. Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos qué pasó con su cuerpo. Un cadáver no tiene nada que ver con la vida.

Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no resucitamos, nuestra fe es vana, es decir vacía. Aquí debemos buscar el meollo de la resurrección. La Vida de Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la muerte biológica, porque no puede afectarla para nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu. ¡Y nosotros empeñados en utilizar el Espíritu para que permanezca nuestra carne!

Los discípulos pudieron experimentar como resurrección la presencia de Jesús después de su muerte, porque para ellos, efectivamente, había muerto. Y no hablamos solo de la muerte física, sino del aniquilamiento de la figura de Jesús. La muerte en la cruz significaba precisamente esa destrucción total de una persona. Con ese castigo se intentaba que no quedase de ella ni el más mínimo rastro, el recuerdo. Los que le siguieron entusiasmados durante un tiempo vieron como se hacía trizas su persona. Aquel en quien habían puesto todas sus esperanzas había terminado aniquilado por completo. Por eso la experiencia de que seguía vivo fue para ellos una verdadera resurrección.

Hoy nosotros tenemos otra perspectiva. Sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la muerte y por lo tanto no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada ni nadie puede detener ese proceso. Cuando vemos la espiga de trigo que está madurando, ¿a quién se le ocurre preguntar por el grano que la ha producido y que ha desaparecido? El grano está ahí, pero ha desplegado sus posibilidades de ser, que antes solo eran germen.

Meditación-contemplación

Comprender lo que pasó en Jesús no es el objetivo último.
Es solo el medio para saber qué tiene que pasar conmigo.
También yo tengo que morir y resucitar, como Jesús.
Como Jesús tengo que morir al egoísmo.
Día a día tengo que morir a todo lo terreno.
Día a día tengo que nacer a lo divino.

Fray Marcos

Comentario – Domingo I de Pascua

(Jn 20, 1-9)

(El Sábado Santo no tiene otra celebración litúrgica fuera de la Vigilia pascual. Por eso, no hay textos litúrgicos sobre el misterio de Jesús reposando en el sepulcro, sino sobre Jesús ya resucitado. La mañana del sábado ya está anunciando la resurrección. La tormenta ya ha pasado, Jesús ha muerto confiado en los brazos del Padre, y el Padre está por cumplir sus promesas).

Los relatos de la Resurrección son bastante sobrios. El misterio glorioso trasciende todas las palabras que puedan contarlo. De hecho, el momento y la manera de la resurrección no aparecen en ninguno de los relatos evangélicos; nadie lo vio, nadie es testigo de ese instante glorioso. Jesús resucitado se va manifestando poco a poco y con distintos signos, para que puedan reconocerlo vivo.

Lo importante es que la muerte no ha sido la última palabra y que su triunfo y su vida nueva le dan sentido a nuestra vida y a nuestra esperanza: “Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes” (1 Cor 15, 17). Porque nuestra fe cristiana no depende tanto de una doctrina, de un código moral, de unas costumbres, sino de una Persona que nos comunica su vida.

Se destaca la fe del primer discípulo que cree en la resurrección. Pedro vio que no estaba el cadáver, vio los lienzos y el sudario, pero no le bastó para creer. El otro discípulo, en cambio, dejó que esa escena fuera iluminada por la Palabra de Dios, por los anuncios que decían que el Redentor iba a triunfar (Is 52, 13; 53, 11) y por los anuncios de Jesús que hablaban de su resurrección. Por eso reconoció que el Señor había resucitado.

Esto nos ayuda a descubrir que también los hechos aparentemente oscuros de nuestra vida, si los iluminamos con la Palabra del Señor, adquieren un significado de vida nueva, de resurrección, de esperanza; así como el sepulcro vacío, iluminado por la Palabra de Dios, anunciaba a gritos que Cristo venció a la muerte.

Oración:

“Te adoro a ti, mi Señor resucitado, lleno de vida y de hermosura, vestido de luz y de gloria infinita. Derrama en todo mi ser esa vida resucitada, ese poder y esa luz de tu resurrección para que toda mi existencia se transfigure con tu presencia”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Cristo, el Hombre nuevo

22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.

Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.

Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.

Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!

Lectio Divina – Domingo de Resurrección

Él había de resucitar de entre los muertos

INTRODUCCIÓN

En los relatos de Resurrección aparecen exclamaciones. ¡Es verdad! También se cantan himnos al Resucitado. Y el himno canta lo que las palabras son incapaces de expresar. Y se condensa la fe en un credo sencillo:” Si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”. (Ro. 10,9).  Debajo de la corteza de estos viejos textos, debemos escuchar el gozo y la admiración de una Comunidad que ha quedado asombrada por este acontecimiento y ha vibrado de emoción y de entusiasmo.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Hech. 10,34,37-43.     2ª Lectura: Col. 3, 1-4.

EVANGELIO

Juan, 20,1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Corrió entonces a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho y les dijo: ¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto! Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro.  Se agachó a mirar y vio allí las vendas, pero no entró.  Detrás de él llegó Simón Pedro, que entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas, y vio además que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado y creyó. Y es que todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar de entre los muertos.

REFLEXIÓN

Al leer los evangelios, nos damos cuenta de lo difícil que tuvo que ser para ellos el intentar narrar lo inenarrable; plasmar en lenguaje humano un acontecimiento que ya pertenece a otra realidad, a una situación totalmente diferente.  Veamos algunos datos.

1.- El primer día de la semana.

Era el día siguiente del sábado, día de descanso, día de fiesta, consagrado a Yahvé. Para los cristianos, el gran día que van a celebrar es el día en que Jesús Resucitó. Con Cristo Resucitado llega un nuevo día, una nueva época.  El primer día ya no será el del Génesis cuando Dios creó el cielo y la tierra. Con la Resurrección de Jesús hay una nueva creación. Y con Él “se hacen nuevas todas las cosas” (Apo. 21,5).

2.– Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.  

A María Magdalena le interesa el “cadáver” para poder ungirlo con perfumes. Todavía le falta la fe, pero derrocha mucho amor. Por eso se desconcierta cuando piensa que se han llevado esa frágil y precaria presencia del Señor. No es posible un robo porque unos ladrones no pierden el tiempo en despegar las vendas adheridas a la sangre del cuerpo y dejarlas bien plegadas. La Resurrección de Jesús no es como la de Lázaro que sale envuelto en las vendas y el sudario, es decir, sigue atado a las realidades de este mundo. Otra vez le volverán a vendar cuando muera de nuevo. Jesús ha resucitado para no morir y ha entrado glorioso y para siempre en la vida de Dios.  A esta Resurrección nos asocia a todos nosotros y no a la de Lázaro.

3.– Pedro entró, vio, pero no creyó. Juan entró, vio y creyó.

En el evangelio de Juan hay un “ver” con minúscula y un VER con mayúscula.  Sólo los que ven con mayúscula, es decir, en profundidad, creen. Y en este caso, el primero que da el paso a la fe es el discípulo amado.  Pedro y María Magdalena, iluminados por el Espíritu, creerán más tarde.  

4.– No habían entendido la Escritura que dice que Él tenía que resucitar.

Es muy interesante esta aportación que nos hace Juan al vincular la Resurrección de Jesús con las Escrituras.  En este relato no se habla de apariciones ni de Jesús ni de ángeles. A través de la Palabra de Dios, profundizada por el Espíritu Santo, tenemos un acceso a la fe del Resucitado. Sin necesidad de apariciones, con la Palabra de Dios, en la fe desnuda, nos podemos encontrar con el Resucitado. Y podemos hacer nuestra la bienaventuranza de Jesús a Tomás: “Dichosos los que sin ver, creyeren” (Jn.20,29).  Es el Espíritu Santo el que nos lleva a la verdad completa, a la verdad profunda, a la verdad sin dudas.

PREGUNTAS

1.- ¿Vivo la Resurrección de Jesús como un acontecimiento de gozo intenso y permanente?

2.- ¿Estoy convencido de que la Resurrección puede cambiar totalmente mi vida? ¿O es algo que dejo para después de la muerte?

3.- La Resurrección confirma la vida de Jesús. Ese Jesús bueno, servicial, soñador de un mundo mejor, tenía razón. ¿Te apuntas a seguirle?  

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

El sepulcro está vacío
y removida la piedra.
Tú vives «RESUCITADO»
en una existencia nueva.

Tu Resurrección, Señor,
no es objeto de la ciencia.
Sólo quien con fe te busca
con tu persona se encuentra.

Cree en tu Resurrección
quien de corazón apuesta
seguir la vida de amor,
que Tú viviste en la tierra.

Vivimos resucitados,
si sentimos tu presencia
en tu Palabra, en el Pan,
en el hogar de tu Iglesia.

Resucitar es amar,
saborear la experiencia
de vivir con los hermanos,
compartiendo casa y mesa.

Al resucitar, Señor,
nos regalaste una estrella,
una fuente de alegría,
una flor de primavera.

La resurrección, Señor,
será también nuestra meta.
Ven, camina con nosotros
para llegar a tu Fiesta.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Domingo de Pascua. Misa del día

 

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: «Cristo ha resucitado» y «Dios ha resucitado a Jesús»; resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema. Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

Tres reacciones ante la resurrección de Jesús (Juan 20,1-9)

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado. En él se cumple lo que dirá días más tarde Jesús a Tomás: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Porque, en realidad, lo único que ha visto es unos lienzos y un sudario.

El evangelio de Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que, más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que «es el Señor». Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, y lo espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);

b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

«Dios lo resucitó y él nos encargó predicar» (Hechos 10, 34a. 37-43)

Las palabras de Pedro forman parte de un largo episodio del libro de los Hechos que cuenta uno de los momentos capitales del cristianismo primitivo: la predicación del evangelio a los paganos. Según Lucas, antes de que Pablo y la comunidad de Antioquía emprendiesen esta labor revolucionaria, ya Pedro había recibido de Dios el encargo de aceptar la invitación del centurión Cornelio y dirigirse a su casa (con escándalo inicial del mismo Pedro y escándalo posterior de los sectores más conservadores de la comunidad de Jerusalén). Pedro hablará de Jesús y de los testigos que lo acompañaron.

A Jesús lo presenta destacando tres aspectos durante su actividad terrena: estuvo ungido con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien, Dios estaba con él. Después de la resurrección adquirió una dignidad mucho mayor: Dios lo constituyó juez de vivos y muertos, con poder de perdonar los pecados a quienes creen en él. La enorme dignidad que esto supone solo se comprende teniendo en cuenta los textos apocalípticos, que presentan a Dios como único juez. Para Cornelio y su familia es el mayor argumento a favor de creer en Jesús.

«Nosotros» somos testigos de lo que hizo durante su actividad pública y de la realidad de su resurrección, ya que comimos y bebimos con él. Y esto no obliga a predicar al pueblo. Pero el episodio de Cornelio deja claro que «el pueblo» no es solo Israel. Ahora también tienen cabida los paganos.

«Aspirad a los bienes de arriba» (Colosenses 3,1-4)

«Cristo ha resucitado». ¿Es un simple saludo? ¿Cambia esto nuestra vida? El autor de la carta a los colosenses (Pablo o un discípulo suyo) subraya el profundo cambio que debe producirse en nosotros. Para ello, debemos comenzar preguntándonos qué buscamos en la vida, a qué aspiramos. Cuando hubiésemos hecho la lista de aspiraciones, nos sorprendería el texto de la carta.

El autor distingue dos etapas en la vida cristiana, marcadas por dos situaciones de Cristo: ahora está sentado a la derecha de Dios, escondido en él; más tarde se aparecerá glorioso. Del mismo modo, el cristiano debe ahora esconderse con Cristo en Dios, buscar los bienes de arriba, aspirar a ellos.

¿Qué significa esto en la práctica? La carta indica inmediatamente qué es lo del cielo y qué lo de la tierra. A la tierra corresponden «fornicación, impureza, pasión concupiscencia y avaricia», «cólera, ira, malicia, maledicencia, obscenidades». Al cielo, «compasión entrañable, amabilidad, humildad, modestia, paciencia, soportarse mutuamente, perdón… y por encima de todo, el amor, que es el broche de la perfección» (Col 3,5-14). La resurrección de Cristo nos obliga a adoptar una nueva forma de vida.

José Luis Sicre

Emaús: El Domingo de Pascua por la tarde

1.- Entre las diversas narraciones que la tradición evangélica ha conservado, la que narra el encuentro por el camino de Emaús, destaca por su simpatía. Jesús resucitado no ha olvidado lo que ya dijo en su vida histórica: es, y quiere ser, un amigo.

Marchan confusos, derrotados, pero no vencidos. Caminan. No se encierran en su depresivo estado de ánimo. Son comunicativos. Debemos aprender de ellos a no encerrarnos en nosotros mismos y estar dispuestos a abrirnos a la ayuda que desde fuera nos puedan prestar. Se ha acercado un desconocido y han conversado, están dispuestos a aceptar lo que les pueda decir. Caminan.

Llegan al lugar de su residencia, donde podrán descansar a gusto. Es su casa. 2.- Pero también quieren que sea la casa de aquel desconocido que les ha trasmitido paz interior. A veces solo se agradece aquello que tiene precio. Ellos no, les ha iluminado su interior y alejado un poco la pena. Y le están agradecidos. ¡Quédate con nosotros, que anochece! Se queda.

Contrasta su proceder con el que narra el soneto de Lope de Vega: ¡Cuántas veces el Ángel me decía: “Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!”¡Y cuántas, hermosura soberana, “Mañana le abriremos”, respondía, para lo mismo responder mañana. La hospitalidad que ofrecen los de Emaús es admirable, la actitud que refleja el autor clásico, por desgracia, acostumbra ser la nuestra. Examinémonos.

3.- Le reconocieron por un gesto sencillo que hizo: la fracción del pan. Indica lo dicho que habían tenido contactos muy próximos. Sabían, se habían fijado, en como lo partía. Pero la demostración, la evidencia, la tuvieron cuando recapacitaron y se dijeron para sus adentros: ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras? Pasarían siglos y Pascal diría que el corazón tiene razones que el cerebro no es capaz de vislumbrar. Creemos que todo lo deducible, lo demostrable, lo erudito, es lo único que tiene garantías de ser verdad. No obstante, el verdadero progreso humano es consecuencia de la intuición. Y la intuición es riesgo. Los caminantes de Emaús se arriesgaron. Nosotros contratamos seguros para todo, hasta, a veces, pretendemos tenerlos para la Vida Eterna.

Una tradición muy respetable afirma que uno de ellos era primo de Jesús. No le había reconocido. La Fe le llega como fruto de la escucha y la hospitalidad, más que por influencias familiares.

Y no se quedan en casa a saborear el encuentro, ellos solos. Jesús había celebrado la primera misa en el Cenáculo con los Doce. Esta segunda, con ellos dos solos. Pero no se quedan la experiencia para gozarla, sin que los demás participen de ella. Marchan a Jerusalén y allí, en vez de desgastarse su riqueza, al compartirla con la de los demás discípulos, se engrandece.

4.- La resurrección del Señor y sus primeras apariciones ocurrieron en domingo. Jesús se apresuró para que sus amigos disfrutasen de su triunfo. La segunda misa ocurrió en el mismo día. La comunión (comunicación) fraterna se realizó inmediatamente. La comunidad cristiana aprendió la lección. Substituyeron la fiesta del Sabat por la del domingo y le dieron nuevo sentido y riqueza espiritual. Lo consideraban el primer día de la semana, para algunos es el último. Con acierto, algunos le llaman el octavo día de la semana. Se tiende hoy en día a borrar estos aciertos y substituirlos por el utilitario fin-de-semana. Craso y grave error.

No sabemos donde estaba el Emaús histórico. Varios lugares dicen que lo son, y podrían serlo. Quizá sea mejor así, de esta manera, con nuestra actitud interna, siendo hospitalarios, con nuestra capacidad de descubrir la Fe, cuando nos ha invadido la desesperanza, con nuestro afán de compartir, en medio de una cultura individualista, podemos conseguir estar en Emaús en cualquier momento y sitio.

Pedrojosé Ynaraja

Luz de Cristo

Todos utilizamos el símil de la oscuridad en diferentes sentidos: decimos que alguien “tuvo una etapa oscura” en su pasado para referirnos a hechos negativos; o que “hay una parte oscura en su personalidad”, para señalar algún defecto de su carácter; o que “estoy a oscuras” cuando no entiendo algo de algún tema. Y también utilizamos el símil de la luz en diferentes E sentidos: decimos que alguien “vive una etapa luminosa” para referirnos a hechos positivos; o que “desprende luz” para señalar la bondad de su carácter; o que “se me hizo la luz” cuando llegamos a entender algo.

Toda esta Semana Santa hemos estado reflexionando cómo la liturgia nos ayuda a vivir y profundizar en el sentido de lo que estamos celebrando. Y en esta noche, la liturgia de la Vigilia Pascual nos orienta para que pasemos de la oscuridad del Viernes Santo a la luz de la Resurrección.

Por eso, lo propio de la Vigilia Pascual es celebrarla de noche, y las rúbricas prescriben se apaguen las luces de la iglesia, ya que la primera parte de la Vigilia es el “Lucernario”, que comienza con la bendición del fuego y la preparación y encendido del Cirio Pascual. Y en la puerta de la iglesia, el sacerdote eleva el cirio y canta: “Luz de Cristo”. En ese momento todos comienzan a encender sus velas en la llama del Cirio Pascual, y van entrando en el templo que continúa a oscuras. Resulta impactante ver cómo poco a poco va haciéndose la luz a medida que los fieles entran con sus velas encendidas. En algunos lugares se mantiene la iglesia en semipenumbra hasta el canto del Gloria, en que se encienden todas las luces y se hacen voltear las campanas, para expresar que Dios ha iluminado esta noche santa con la gloria de la resurrección, y desde entonces, toda nuestra vida ha quedado iluminada por Cristo, para que andemos en una vida nueva (Epístola), porque ésta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de la oscuridad del pecado (Pregón Pascual). Podemos andar en una vida nueva porque, en medio de nuestras oscuridades “se nos ha hecho la luz”, y no una luz cualquiera, sino la Luz de Cristo Resucitado.

Y necesitaremos un proceso, un tiempo de asimilación de la Luz de Cristo Resucitado, como lo necesitaron los primeros discípulos: las mujeres se asustaron ante el anuncio de la Resurrección (Evangelio de la Vigilia); Pedro y el otro discípulo no creyeron a María Magdalena y corrieron al sepulcro a verlo vacío (Evangelio del día). No es fácil pasar de la oscuridad de la tristeza y el miedo a la luz de la esperanza. Ellos fueron descubriendo signos que les llevaron a reconocer que el Crucificado ha resucitado, y nosotros necesitamos también descubrir esos signos, aunque sean pequeñas luces, como las velas del Lucernario, pero que nos transmiten la Luz de Cristo Resucitado.

Y así iremos descubriendo el sentido nuevo que tiene la vida humana para quien cree en la Resurrección del Señor, porque Jesús, con su muerte y resurrección, nos ha revelado quién es Dios, ha vencido toda oscuridad del pecado y de la muerte, y nos ha otorgado la salvación.

El que Jesús haya resucitado nos debe mover a seguir con Él el camino de nuestra vida. Y para hacer ese camino es necesario que andemos en una vida nueva, a lo que también nos ayuda la liturgia de hoy, con la renovación de las promesas bautismales, que se hace de nuevo con las velas encendidas, recordándonos que desde el Bautismo hemos recibido la Luz de Cristo, para que conscientemente renunciemos al pecado y afirmemos nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El anuncio del ángel: ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado, pide de nosotros una respuesta. Una respuesta que no consiste sólo en un asentimiento intelectual a una “verdad de fe” del Catecismo, sino que es una respuesta vital, el testimonio de quien ha dejado atrás sus “etapas y facetas oscuras” para vivir una vida iluminada por la Luz de Cristo Resucitado.

Que la celebración de la Vigilia y de la Misa del día nos ayuden a descubrir los signos de la presencia de Cristo Resucitado, y podamos exclamar: ¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino! (Pregón Pascual). Qué día tan dichoso en el que Dios nos ha abierto las puertas de la vida por medio de su Hijo, vencedor de la muerte (oración colecta del día).