Emaús: El Domingo de Pascua por la tarde

1.- Entre las diversas narraciones que la tradición evangélica ha conservado, la que narra el encuentro por el camino de Emaús, destaca por su simpatía. Jesús resucitado no ha olvidado lo que ya dijo en su vida histórica: es, y quiere ser, un amigo.

Marchan confusos, derrotados, pero no vencidos. Caminan. No se encierran en su depresivo estado de ánimo. Son comunicativos. Debemos aprender de ellos a no encerrarnos en nosotros mismos y estar dispuestos a abrirnos a la ayuda que desde fuera nos puedan prestar. Se ha acercado un desconocido y han conversado, están dispuestos a aceptar lo que les pueda decir. Caminan.

Llegan al lugar de su residencia, donde podrán descansar a gusto. Es su casa. 2.- Pero también quieren que sea la casa de aquel desconocido que les ha trasmitido paz interior. A veces solo se agradece aquello que tiene precio. Ellos no, les ha iluminado su interior y alejado un poco la pena. Y le están agradecidos. ¡Quédate con nosotros, que anochece! Se queda.

Contrasta su proceder con el que narra el soneto de Lope de Vega: ¡Cuántas veces el Ángel me decía: “Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!”¡Y cuántas, hermosura soberana, “Mañana le abriremos”, respondía, para lo mismo responder mañana. La hospitalidad que ofrecen los de Emaús es admirable, la actitud que refleja el autor clásico, por desgracia, acostumbra ser la nuestra. Examinémonos.

3.- Le reconocieron por un gesto sencillo que hizo: la fracción del pan. Indica lo dicho que habían tenido contactos muy próximos. Sabían, se habían fijado, en como lo partía. Pero la demostración, la evidencia, la tuvieron cuando recapacitaron y se dijeron para sus adentros: ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras? Pasarían siglos y Pascal diría que el corazón tiene razones que el cerebro no es capaz de vislumbrar. Creemos que todo lo deducible, lo demostrable, lo erudito, es lo único que tiene garantías de ser verdad. No obstante, el verdadero progreso humano es consecuencia de la intuición. Y la intuición es riesgo. Los caminantes de Emaús se arriesgaron. Nosotros contratamos seguros para todo, hasta, a veces, pretendemos tenerlos para la Vida Eterna.

Una tradición muy respetable afirma que uno de ellos era primo de Jesús. No le había reconocido. La Fe le llega como fruto de la escucha y la hospitalidad, más que por influencias familiares.

Y no se quedan en casa a saborear el encuentro, ellos solos. Jesús había celebrado la primera misa en el Cenáculo con los Doce. Esta segunda, con ellos dos solos. Pero no se quedan la experiencia para gozarla, sin que los demás participen de ella. Marchan a Jerusalén y allí, en vez de desgastarse su riqueza, al compartirla con la de los demás discípulos, se engrandece.

4.- La resurrección del Señor y sus primeras apariciones ocurrieron en domingo. Jesús se apresuró para que sus amigos disfrutasen de su triunfo. La segunda misa ocurrió en el mismo día. La comunión (comunicación) fraterna se realizó inmediatamente. La comunidad cristiana aprendió la lección. Substituyeron la fiesta del Sabat por la del domingo y le dieron nuevo sentido y riqueza espiritual. Lo consideraban el primer día de la semana, para algunos es el último. Con acierto, algunos le llaman el octavo día de la semana. Se tiende hoy en día a borrar estos aciertos y substituirlos por el utilitario fin-de-semana. Craso y grave error.

No sabemos donde estaba el Emaús histórico. Varios lugares dicen que lo son, y podrían serlo. Quizá sea mejor así, de esta manera, con nuestra actitud interna, siendo hospitalarios, con nuestra capacidad de descubrir la Fe, cuando nos ha invadido la desesperanza, con nuestro afán de compartir, en medio de una cultura individualista, podemos conseguir estar en Emaús en cualquier momento y sitio.

Pedrojosé Ynaraja