Vísperas – Lunes dentro de la Octava de Pascua

VÍSPERAS

LUNES DENTRO DE LA OCTAVA DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

LECTURA: Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús salió al encuentro de las mujeres y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron y le abrazaron los pies. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús salió al encuentro de las mujeres y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron y le abrazaron los pies. Aleluya.

PRECES

Con espíritu gozoso, invoquemos a Cristo a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle:

Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que ya desde ahora, con el espíritu, vivamos en tu reino,
— donde estás sentado a la derecha del Padre.

Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos
— condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de la verdad plena.

Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren luz en tu victoria,
— y que tu gloriosa resurrección los consuele y los conforte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Al terminar este día, te ofrecemos nuestro homenaje, oh Cristo, luz imperecedera,
— y te pedimos que con la gloria de tu resurrección ilumines a los que han muerto.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos, concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes de la Octava de Pascua

1.- Introducción

Señor, como hombre, debo reconocer con humildad, el papel tan importante que jugaron las mujeres en la Resurrección. Y también debemos reconocer el papel fundamental en el momento de la crucifixión. Ellas fueron las que te acompañaron en el Calvario; ellas te lloraron y envolvieron tu cuerpo muerto con el perfume de su cariño. Haz, Señor, que las mujeres ocupen en la Iglesia el lugar que tú, Jesús, les quisiste dar.

2.- Lectura sosegada del evangelio Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: «Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos.» Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Es notorio el papel que las mujeres desempeñan en la Resurrección de Jesús. A ellas se les apareció en primer lugar y fueron las primeras que dieron al mundo esta gran noticia (Jn. 20,11; Mt 28,9; Mc. 16,9). Como era natural, los discípulos no les dieron crédito puesto que, por ley judía, el testimonio femenino carecía de valor. Jesús busca deliberadamente el conflicto: la mujer, considerada como un ser de segunda clase, es incorporada por Jesús a dar las primeras, el mensaje más nuclear del evangelio: La Resurrección. “Mujer” fue la primera palabra que pronunció Jesús–Resucitado. (Jn. 20,15). Y el primer nombre que brotó de sus labios fue también un nombre de mujer: María. Fueron unos ojos de mujer quienes recogieron la primera imagen del Cristo nuevo y fueron unas manos de mujer quienes primero tocaron la carne resucitada del nuevo Adán: “Ellas se acercaron a abrazar sus pies” (Mt. 28,9).

Palabra del Papa

En este lunes después de Pascua, el Evangelio nos presenta el pasaje de las mujeres que, al ir al sepulcro de Jesús, lo encuentran vacío y ven a un ángel que les anuncia que Jesús ha resucitado. Y mientras ellas corren para dar la noticia a los discípulos, se encuentran con el mismo Jesús que les dice: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”. Galilea es la “periferia” donde Jesús inició su predicación, y desde allí partirá de nuevo el Evangelio de la Resurrección, para que sea anunciado a todos, y cada uno pueda encontrarse con Él, el Resucitado, presente y operante en la historia. También hoy Él está con nosotros, aquí en la plaza…Esta es la buena noticia que estamos llamados a llevar a los otros en cualquier lugar, animados por el Espíritu Santo. La fe en la resurrección de Jesús y la esperanza que Él nos ha llevado es el don más bello que el cristiano puede y debe ofrecer a los hermanos. A todos y cada uno, por tanto, no nos cansemos de repetir: ¡Cristo ha resucitado! Repitamos las palabras, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida. La feliz noticia de la Resurrección debería manifestarse en nuestro rostro, en nuestros sentimientos y actitudes, en la forma en la que tratamos a los otros. (Homilía de S.S. Francisco, 7 de abril de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito. Un intento por descubrir en cada mujer a la Virgen María.

6.-Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y yo ahora le respondo con mi oración.

Señor, quiero terminar mi oración dándote gracias por la cercanía que has tenido con las mujeres, especialmente después de Pascua. Ellas tuvieron un comportamiento exquisito contigo en los momentos de dolor y Tú quieres agradecerlo con tu presencia especial con ellas después de la Resurrección. Y te agradezco de una manera especial esa presencia envolvente con tu madre en el interior de su propio corazón. Ella no necesitó apariciones para creer. Le bastó la fe desnuda.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Hemos visto al Señor

El sueño de la justa distribución

Este es un espacio para la espiritualidad, no para la economía. Sin embargo, la economía tiene algo que ver con la espiritualidad porque la economía se refiere al gobierno de la casa y la espiritualidad al gobierno de nuestro cuerpo, nuestra casa interior. Cuando en la Primera Carta a los Corintios, Pablo habla de los dones del Espíritu dice que han sido distribuidos por Dios entre muchos para que nadie se jacte y nos necesitemos los unos a los otros, porque ninguno solo posee en plenitud la riqueza del Espíritu. La clave está en no llamar ‘suyo propio” a nada de lo que se tenga, sea material o espiritual. La idea de poner todo lo que se es y se tiene al servicio de la comunidad por encima de uno mismo es primordial. Sin embargo, toda distribución justa, para que alcance a todos lo suficiente y que nadie pase necesidad, dependía de los apóstoles, que eran considerados ‘los administradores fieles’ puestos al frente de la comunidad por el mismo Señor.

Los pobres de todos los tiempos y de todos los lugares han sido, y siguen siendo, los que aspiran a convertir en realidad el sueño de la justa redistribución de todo tipo de riquezas, como bien sabemos. Según todos los indicios históricos, las primeras generaciones cristianas de la iglesia madre de Jerusalén, el principal núcleo desde donde se expandió el cristianismo, estaban conformadas, desde el punto de vista socioeconómico, en sus mayorías, por los segmentos pobres y marginales de la sociedad. Buena parte de ellos, además, eran de origen galileo, originarios del norte de Palestina, y que como migrantes en Jerusalén, en el sur, lo debieron de pasar bastante mal para subsistir. Es más, sobrevivieron gracias a la ayuda mutua que entre ellos fueron capaces de crear y establecer. El hecho que Pablo organizara una gran colecta entre las comunidades que acompañaba, más ricas y pudientes, para la iglesia de Jerusalén nos indica que se trataba de una comunidad más bien pobre y necesitada.

En la larga historia de la Iglesia, el sueño comunitario de alcanzar la justicia social y la redistribución en equidad de bienes y recursos, siempre ha estado presente. Pero este ideal fue más una aspiración que una realidad global al interior de la comunidad cristiana. Desde fechas tempranas, próximas a los inicios cristianos, se sabe por las denuncias y exhortaciones que hacen los Padres de la Iglesia del desamparo de los pobres, la codicia de los ricos y la falta de solidaridad cristiana entre algunos de los bautizados. Otro ejemplo, bastante posterior, sucedió en el siglo XIII, con la emergencia de las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, etc.) que van a intentar reconstruir y animar, desde ellas mismas, no solo el sueño originario cristiano de la justa distribución, sino que lo intentarán llevar a cabo desde sus respectivas familias religiosas. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta llegar a fechas cercanas a nosotros; uno de los más llamativos, por extendido y provocador, fue el ‘movimiento hippie’ de las últimas décadas del pasado siglo.

Desde la misericordia y la verdad

La doctrina social de la iglesia no nace, sin embargo, de un sueño utópico, sino de la vida y predicación de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, confesado como Señor y experimentado, religiosamente, como resucitado. Habrá siempre una gran distancia entre los que ‘vieron’ al Señor resucitado y todos los demás, incluido San Pablo, que solo podemos ‘tener una vivencia’, una experiencia, de la Resurrección del Señor por la vía religiosa, es decir, provocada desde la fe. Una fe que brota en virtud del encuentro personal con la Palabra de Dios y el testimonio histórico de aquellos que lo vieron resucitado. Hemos venido a la fe porque otros nos han compartido ese testimonio, hemos creído en él y nos ha impactado.

Desde que Jesús saliera de Nazaret hasta su muerte, en cruz, en Jerusalén su vida pública, todo lo que dijo e hizo, tenía como horizonte mostrar la cercanía y misericordia de aquel que llamaba ‘Abba’, identificado con el Dios de la Alianza del Antiguo Testamento. El desvelo de Jesús fue mostrar el empeño que ese Dios tenía por querer establecer con la humanidad, por su mediación, confesado como su Hijo y Mesías, una nueva Alianza que tuviera a las Bienaventuranzas por ‘carta magna’ en el horizonte escatológico de un juicio en el que solo seremos, al final, examinados en el amor. Testigo de todo esto fueron aquellos a los que Él mismo llamó y asoció a su propia misión, en especial, a los apóstoles, a los enviados.

En Jesús, el Cristo, confluyen la misericordia y la verdad de Dios Trinidad. La misericordia para ser verdadera tiene que ser activa y la verdad dinámica para ser cierta. La una necesita de la otra para construir la Verdad del Dios Misericordioso que pasa por el encuentro, la comunidad y el compartir. Del mismo modo que nadie puede concebirse a sí mismo, si no es por obra de otros, nadie, por sí mismo, puede alcanzar lo que pueda llegar a ser y menos aún conquistar su propia salvación. En cristiano, al menos, todo pasa por el partir y el compartir. La nuestra no es una fe destinada para unos pocos escogidos o de una doctrina reservada a unos pocos elegidos, sino un camino abierto a todos los que se dejan encontrar por el Espíritu de Jesús resucitado.

No se trata de ver para creer, sino de creer para poder ver

Aunque el ‘ver’ forma parte de la experiencia religiosa, su componente esencial es el ‘creer’. No es fácil definir o hablar en términos aceptables, para nuestro lenguaje común y coloquial, sobre la creencia. La mayoría de las veces nos sucede, además, que no ‘acertamos’ a expresar atinadamente cuando hablamos de nuestras convicciones religiosas, y peor aún si, además, percibimos en los que nos escuchan, en ‘los otros’, indiferencia, burla, hostilidad o sarcasmo. Considero que nunca ha sido fácil transmitir la fe viva y estos nuestros tiempos, dominados por la increencia generalizada y la ostentosa secularización, son particularmente retadores para los creyentes que quieran dar a conocer a Jesús, evangelizar o transmitir su fe.

Creer en el núcleo fundamental y fundacional de nuestra fe, en la resurrección, no es un asunto menor. El final del Evangelio de San Juan es una prueba de ello (el actual capítulo 21 fue un añadido posterior). Termina el Evangelio, ciertamente, haciendo una confesión de fe por parte de Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!, pero en un contexto general donde la ‘duda’, razonable por otra parte, del mismo Tomás, es un factor incómodo. Hablar de la resurrección y, más aún, experimentarla, aunque sea de forma religiosa, es algo fuera de lo común, ya que de lo que sí tenemos plena evidencia es de la muerte y de que con ella toda vida individual se termina. Es la fe del mismo creyente la que le hace dar un paso más allá.

La fe compartida, la Palabra y los Sacramentos construyen la Iglesia, nos convierten en miembros de una comunidad histórica en la que, gracias al testimonio de los que fueron testigos acreditados de la resurrección de Jesús de entre los muertos, la vida, y no la muerte, tiene la última palabra. Es la definitiva Palabra de Dios: he venido para que tengan vida eterna. Pascua, que significa ‘paso’, es atreverse a dejar el miedo a una evidencia, la muerte, por abrazar una esperanza nacida de la fe, plenitud de la vida enraizada en ese Dios que compartió nuestra condición humana, que murió por nosotros y que resucitó como primicia de nuestra propia resurrección. Feliz tiempo pascual. Alegraos, porque el Señor, en verdad, ha resucitado.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

Comentario – Lunes dentro la Octava de Pascua

(Mt 28, 8-15)

María Magdalena y otras mujeres son las primeras en ver a Jesús resucitado. Jesús sigue con su empeño de privilegiar a los pobres y despreciados, ya que en esa época el testimonio de una mujer no se consideraba válido. La mezcla de miedo y de gozo que embargaba a las mujeres es la experiencia del que se encuentra deslumbrado frente a lo sagrado; porque ellas descubrían la belleza y la gloria de lo divino y al mismo tiempo experimentaban más que nunca su pequeñez y su indignidad. En toda experiencia auténtica de la presencia de Dios la persona siente que está recibiendo un regalo gratuito, y de ninguna manera cree que lo haya merecido o que lo haya conquistado con sus esfuerzos.

Esa presencia supera los límites de la propia pequeñez, que se siente colmada y desbordada. Eso es lo que el evangelio expresa con la palabra “temor”. Pero también el temor debe ser vencido: “No teman”. La propia pequeñez está más segura que nunca si se deja tomar por el amor y el poder de Dios.

A las que han tenido el privilegio de encontrar al Señor resucitado, que se puso en su camino y las liberó del miedo, se les encomienda la misión de anunciar lo que han visto: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos…” (1 Jn 1, 1). Todo el que se encuentra con el resucitado está llamado a comunicarlo, a compartirlo con los demás para que también ellos puedan encontrarlo.

Los judíos inventan un pretexto para justificar su incredulidad frente a la resurrección de Jesús. También nosotros buscamos pretextos para no vivir la vida de resucitados, para seguir aferrados a la muerte. Porque cuando no nos atrevemos a la alegría y le tenemos miedo a la vida preferimos aferramos al Cristo muerto. Y siempre habrá alguna excusa para rechazar la resurrección.

Oración:

“Impúlsame, Señor Jesús, con tu poder, para que me llene de deseos de llevarte a los demás, para que sienta el anhelo incontenible de compartirte con los hermanos, para que mi alegría sea transmitir esa vida nueva que ha llegado a mi existencia, de manera que tú seas todo en todos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

CAPÍTULO II

LA COMUNIDAD HUMANA

Propósito del Concilio

23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.

Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto ampliamente la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita a recordar tan sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de aquéllas fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.

Homilía – Domingo II de Pascua

1

Concluye la octava de Pascua

Dentro de la Cincuentena Pascual, tiene personalidad propia esta primera semana que hoy acaba, la “octava de Pascua”, que se celebra como un único día. Hoy, en el prefacio, todavía decimos: “en este día en que Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado”.

La tercera edición oficial del Misal Romano (año 2002) le da a este domingo el nombre de “Domingo II de Pascua o de la divina misericordia”. Lo cual no significa ninguna fiesta nueva, ni ningún cambio en los textos del domingo. Es antigua tradición en diversas liturgias (como en la hispánica) distinguir los domingos con un título que alude a sus contenidos: “el domingo de Lázaro”, o “de la samaritana”, o “del Buen Pastor”. A este mismo domingo otros le llaman “domingo de Tomás”. Desde muy antiguo, se le ha llamado también “dominica in albis”, porque en Roma, durante toda esta octava, los neófitos conservaban el vestido blanco que habían recibido en el Bautismo de la Noche pascual, y el domingo de la octava se despojaban de él: por eso se llamaba a este domingo “in albis”, o sea, “in albis deponendis”, “el domingo en que se despojan ya de los vestidos blancos”. Por influencia de una santa polaca, Faustina Kowalska, se ha generalizado en Polonia, y después en otras partes, esta “devoción a la divina misericordia”. Pero el decreto con que se estableció el nuevo nombre de este domingo, el año 2000, indica claramente que seguimos celebrando la Pascua del Señor, precisamente en su día octavo, y que no cambian los textos bíblicos ni las oraciones de este domingo.

Hoy es un buen día para dirigir la atención de la comunidad hacia la realidad del domingo, como día en el que de modo privilegiado “se aparece” el Señor a los suyos: el “primer día” de la semana, y luego “a los ocho días”, o sea, de nuevo el primer día, pero de la semana siguiente.

 

Hechos 4, 32-35. Todos pensaban y sentían lo mismo

La página que leemos hoy es el llamado segundo “sumario” que incluye Lucas en su relato: una visión global de la vida de aquella primera comunidad. Una visión un tanto idealizada, pero que expresa la que tendría que ser identidad característica de una comunidad cristiana, transformada por la experiencia de la resurrección del Señor y la infusión de su Espíritu.

A la vez que daban testimonio valiente de Cristo Jesús, vivían con un estilo fraterno de unidad: “todos pensaban y sentían lo mismo”, y esa solidaridad afectiva se traducía en hechos: “lo poseían todo en común… vendían sus posesiones y ponían el precio a disposición de la comunidad” y “nadie pasaba necesidad”.

El salmo responsorial, más que comentar la lectura 1ª, sintoniza con la Pascua que estamos celebrando: “hay cantos de victoria en las tiendas de los justos”, y nos invita a alabar a Dios: “dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. En ningún tiempo como en este tenemos motivos para expresar esta alegría, porque sigue siendo “el día en que actuó el Señor y tiene que ser nuestra alegría y nuestro gozo”.

 

1 Juan 5, 1-6. Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo

No empezamos a leer la carta de Juan en orden, sino con un pasaje de su último capítulo.

El autor trata sus varios temas preferidos en una sucesión dinámica y cíclica: creer en Jesús, nacer de Dios, amar, cumplir los mandamientos, vencer al mundo…

Al final aparece el binomio “agua y sangre”, acompañado del Espíritu, que es quien da testimonio de la verdad.

 

Juan 20, 19-31. A los ocho días, se ¡es apareció Jesús

Por una venerable tradición, se lee cada año en este domingo el evangelio en el que Juan nos cuenta las dos apariciones del Resucitado a los apóstoles: el “primer día de la semana”, en ausencia de Tomás, y “a los ocho días”, ahora con la presencia del incrédulo, que tiene la ocasión de expresar su fe con una confesión muy afortunada: “Señor mío y Dios mío”.

Las dos veces el saludo de Jesús es un saludo de paz que les llena de alegría: “¡shalom!”. Pero el encuentro es también de misión, “así también os envío yo”, y de donación del Espíritu, “recibid el Espíritu Santo”. Para Juan la infusión del Espíritu sucede en el día mismo de Pascua, y no a los cincuenta días, como en el relato de Lucas.

La donación del Espíritu y la misión tienen un contenido muy importante: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (este es el motivo por el que desde la Iglesia de Polonia se ha pedido que este domingo se llame también “de la misericordia divina”).

 

2

Se llenaron de alegría al ver al Señor

La noticia pascual por excelencia —que Cristo vive y nos está presente—, sigue resonando hoy con fuerza para todas las comunidades cristianas del mundo. El Resucitado es el mismo que el Crucificado, y por eso enseña las llagas de sus manos y de su costado. Pero también el Crucificado es ahora el Resucitado, que vive para siempre.

La aparición de Jesús a los suyos el primer día, y luego el día octavo, les llena con razón de alegría. Esa misma resurrección y presencia es la razón de ser de la confianza que rezuma la carta de Juan: “¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” .

Continúa además, al final de esta octava, el carácter bautismal de nuestra comunidad, porque es todavía muy reciente la experiencia de los bautizos y tal vez de las Confirmaciones. La oración colecta, aludiendo a los sacramentos de iniciación, que son también los sacramentos más pascuales, pide la gracia de que “comprendamos mejor que el Bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido”. En la oración sobre las ofrendas también afirmamos sentirnos “renovados por la fe y el Bautismo”, camino de la eterna bienaventuranza.

 

Una comunidad “pascual”: ¿cuadro utópico?

En el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos espejarnos en verdad las comunidades cristianas de todos los tiempos.

Es una comunidad de creyentes. El primer fruto de la Pascua de Cristo y de la bajada de su Espíritu en Pentecostés es una comunidad transformada por el gran acontecimiento: “¡hemos visto al Señor!”. Son el grupo de los que creen. Como dice Juan en su carta, “el que cree ha nacido de Dios”, y además “el que ha nacido de Dios, vence al mundo”.

Es una comunidad sacramental. Los que creen y reciben el Bautismo, agregándose a la comunidad, además de celebrar la Eucaristía, son depositarios de otro signo sacramental, el de la Reconciliación: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados”.

Es una comunidad misionera que crece. “Yo os envío”, dice Jesús a sus apóstoles, y el libro de los Hechos nos va describiendo con qué valentía daban testimonio de Jesús, el efecto que su estilo de vida iba produciendo en su entorno y cómo muchos se les iban agregando. No es una comunidad cerrada, sino abierta y misionera, que, a pesar de las persecuciones, “da testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”.

Es una comunidad experta en dolor. Ahora ya está formada por personas que “no han visto a Jesús”, que tienen, por tanto, mérito en su fe, y que por eso a veces tienen la tentación de la duda. Una comunidad que ya desde el primer siglo es perseguida por un mundo hostil o indiferente. El libro de los Hechos nos contará muchos de estos momentos difíciles, que van superando apoyados en la fe y la esperanza en Cristo Jesús.

La carta de Juan, además, nos presenta a una comunidad de renacidos y vencedores: esta es la energía y la vitalidad que la Pascua del Señor comunica a los suyos: “el que cree ha nacido de Dios, y el que ha nacido de

Dios, vence al mundo”. No se trata de triunfalismos, pero sí de un estilo más positivo, dinámico, de los que no sólo creen en la resurrección de Cristo, sino que se dejan contagiar vitalmente de sus valores, desterrando todo lo “antipascual” que pueda tentarnos: la tristeza, la pereza, el pesimismo, el egoísmo, el conformismo…

Es un buen espejo para que nos examinemos nosotros hoy: nuestras comunidades cristianas, parroquiales o religiosas, ¿tienen estas cualidades que admiramos en la primera? Puede parecemos un poco utópico el cuadro “pascual” que nos presenta Lucas (seguramente está idealizado: basta seguir leyendo en los capítulos siguientes). Pero es el programa de vida nueva al que Dios nos invita al unirnos al Resucitado y dejarnos guiar por su Espíritu. Es un reto para toda comunidad cristiana de hoy: ¿en qué se va a notar que los cristianos celebramos la Pascua?

 

Una comunidad fraterna y solidaria que nos interpela

El aspecto que la página que leemos hoy en los Hechos resalta más es que esta comunidad de Jerusalén es una comunidad fraterna y solidaria. “Lo tenían todo en común y nadie llamaba suyo propio a nada de lo que tenía”.

Los creyentes no comparten sólo su fe, sino también se muestran solidarios: “vendían sus posesiones y ponían el dinero a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno”. Es una comunidad fraterna, unida hacia dentro. Con el resultado de que “ninguno pasaba necesidad”.

También en este aspecto puede haber idealizado algo Lucas la situación de aquellos primeros cristianos, que, como nosotros, también eran personas débiles, aunque estuvieran movidos por una convicción y un fervor típicos de los comienzos de un movimiento. Más adelante leemos, por una parte, un ejemplo edificante: el de Bernabé, que vende sus campos y pone su precio a disposición de la comunidad (Hch 4, 36s). Pero, por otra, tenemos el caso de Ananías y Safrra (Hch 5, lss), que intentan engañar a la comunidad respecto a sus bienes. No debió durar mucho este “comunismo cristiano de bienes”, porque vemos cómo Pablo en sus cartas promueve en otras comunidades más ricas una campaña de solidaridad a favor de los de Jerusalén.

Pero la afirmación de Lucas responde ciertamente a una realidad de unión fraterna en buena parte conseguida en aquella primera comunidad, y que es lo que tal vez más impactó más y atrajo a los que veían de ese estilo de vida.

Este pasaje nos interpela seriamente a nosotros. ¿Somos solidarios? ¿somos capaces de cumplir el consejo de Jesús a aquel joven: “vende lo que tienes y dalo a los pobres”? ¿estamos dispuestos en la práctica a hacer partícipes a otros de nuestros bienes? ¿nuestra solidaridad es de palabra, o toca también al bolsillo? ¿hablamos de “globalización” creyendo lo que decimos?

Eso se puede cumplir (o dejar de cumplir) en el nivel internacional, en que somos conscientes de la escandalosa y creciente diferencia entre países ricos y pobres, y también en el más doméstico: porque también en nuestra sociedad, y hasta en la propia familia, hay personas necesitadas de nuestra ayuda. A eso nos mueve no sólo la estricta justicia social, sino más todavía la caridad cristiana. Como dice Juan en su carta, “el que no ama a su hermano, a quien ve, es incapaz de amar a Dios, a quien no ve” (Un 1,20).

¿Se podría decir de nosotros, no sólo por nuestra fe teórica, sino también por nuestra caridad y solidaridad fraterna, que “Dios los miraba a todos con mucho agrado”, como Lucas afirma de los cristianos de Jerusalén?

 

Los domingos se nos “aparece” el Señor

Otra dimensión importante de la comunidad cristiana, ya desde el principio, es la de comunidad eucarística, que se reúne cada domingo para celebrar el memorial de la Pascua que Jesús les ha dejado en testamento. Para los cristianos, cada domingo es la Pascua semanal.

Hoy parece como si el evangelio nos quisiera transmitir una “catequesis del domingo cristiano”. La primera de las apariciones que nos cuenta Juan sucede “el día primero de la semana”, y la segunda “a los ocho días”, o sea, de nuevo el primer día: pero de la semana siguiente, lo cual apunta a nuestra marcha constante, semana tras semana, hacia la plenitud de los tiempos.

Uno podría preguntarse si en los días intermedios no tuvieron aquellos discípulos la convicción de la presencia del Resucitado. Jesús se había despedido diciendo: “estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Pero aquí Juan parece como si quisiera convencernos de que es en este día del domingo cuando de un modo privilegiado experimentamos la gracia de la presencia del Señor.

La reunión dominical es un momento muy significativo en que nos reunimos en torno a Cristo (“donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo”), escuchamos su Palabra y participamos en el memorial de su sacrificio pascual, comulgando con su Cuerpo y Sangre.

Vale también hoy lo que ha sido lema y consigna desde el principio de la Iglesia: la “comunidad del Señor” se reúne en “el día del Señor” para celebrar la “cena del Señor”.

Ser fieles a esta convocatoria eucarística del domingo es como una garantía de que los cristianos seguiremos creciendo en la unión con Cristo, en la pertenencia a su comunidad y en la vida de fe. La Eucaristía dominical es como una inyección de esperanza y el motor para vivir “endomingados” toda la semana.

 

Creer en tiempo de dudas

El que Tomás tuviera dudas puede resultar estimulante para nosotros: “si no meto la mano en su costado, no lo creo”. No creyó a lo que le decían sus hermanos de comunidad. A todos nos viene la tentación de pedir a Dios pruebas de su cercanía, como un “seguro de felicidad” o poco menos. Quisiéramos tal vez “ver el rostro de Dios” (como en el AT había sido el deseo de Moisés y de Elias), o recibir signos de que nuestro camino es el bueno. Algunos, incluso, tienen un excesivo afán de milagros y apariciones en los que basar su fe. Queremos “ver” para poder “creer”. Mientras que Jesús llama bienaventurados a los que creen sin haber visto.

Todos podemos tener dudas y momentos de crisis en la fe: o porque Dios parece haber entrado en eclipse, o porque se nos han acumulado las desgracias que nos hacen dudar del amor de Dios, o porque las tentaciones nos han llevado por caminos no rectos o porque nos hemos ido enfriando en nuestro fervor inicial.

No es que sea buena la duda en sí. Sobre todo si es sistemática, puede resultar casi patológica e impedirnos seguir el camino con ilusión. Pero la duda tiene también aspectos positivos. Dudar puede significar que no ponemos nuestra confianza en cosas superficiales, que somos peregrinos siempre en búsqueda. Dudar puede significar que nuestra fe no se basa sólo en que nuestra familia nos la ha transmitido, sino que, además de ser don de Dios, es también conquista nuestra, que pide nuestro “sí” personal, en medio de la ventolera de ideas que hay a nuestro alrededor, que puede hacer tambalear nuestras seguridades en un momento determinado.

Podemos aprender de la duda de Tomás a despojarnos de falsos apoyos, a estar un poco menos seguros de nosotros mismos y aceptar la purificación que suponen los momentos de inseguridad, sabiendo creer en el testimonio de la comunidad que, desde hace dos mil años, nos anuncia de palabra y de obra la presencia del Resucitado, aunque no le veamos.

Nosotros pertenecemos a esas generaciones que tienen más mérito que la primera al creer en Cristo, porque no hemos oído ni visto ni tocado personalmente y, sin embargo, creemos en él. Se nos aplica lo que Jesús dijo al incrédulo Tomás: “porque me has visto, Tomás, has creído: dichosos los que crean sin haber visto”.

Tanto en los momentos en que en nuestra vida brilla el sol como cuando hay nubarrones que nos hacen tener miedo o dudas, debemos imitar a Tomás en la segunda de sus actitudes, en su fe, que nos haga decir también a nosotros: “Señor mío y Dios mío” y nos haga vivir de acuerdo con esa fe.

Ojalá a los que no “vemos” personalmente a Jesús nos resulte fácil “descubrirle” presente por el testimonio de su comunidad. Si la comunidad eclesial, si cada familia cristiana, fueran como la que dibuja Lucas —unida, alegre, abierta, solidaria, rica en fe y esperanza— no necesitaríamos milagros ni apariciones para creer en Jesús. Su “aparición” serían las personas que dicen creer en él y, en efecto, imitan su estilo de vida y crean a su alrededor un espacio de esperanza. No hace falta que la Iglesia sea perfecta, sino que en medio de sus debilidades o dificultades, de dar testimonio creíble de esa buena noticia que es la presencia viva del Señor.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 20, 19-31 (Evangelio Domingo II de Pascua)

¡Señor mío! La resurrección se cree, no se prueba

El texto es muy sencillo, tiene dos partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26). Las apariciones, pues, son un encuentro nuevo de Jesús resucitado que no podemos entender como una vuelta a esta vida. Los signos de las puertas cerradas por miedo a los judíos y cómo Jesús las atraviesa, “dan que pensar”, como dice Ricoeur, en todo un mundo de oposición entre Jesús y los suyos, entre la religión judía y la nueva religión de la vida por parte de Dios. La “verdad” del texto que se nos propone, no es una verdad objetivable, empírica o física, como muchas veces se propone en una hermenéutica apologética de la realidad de la resurrección. Vivimos en un mundo cultural distinto, y aunque la fe es la misma, la interpretación debe proponerse con más creatividad.

El “soplo” sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas que nos hablan de la nueva creación, de la vida nueva, por medio del Espíritu. Se ha pensado en Gn 2,7 o en Ez 37. El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. El Israel viejo, al que temen los discípulos, está fuera de donde se reúnen los discípulos (si bien éstos tienen las puertas cerradas). Será el Espíritu del resucitado el que rompa esas barreras y abra esas puertas para la misión. En Juan, “Pentecostés” es una consecuencia inmediata de la resurrección del Señor. Esto, teológicamente, es muy coherente y determinante.

La figura de Tomás es solamente una actitud de “anti-resurrección”; nos quiere presentar las dificultades a que nuestra fe está expuesta; es como quien quiere probar la realidad de la resurrección como si se tratara de una vuelta a esta vida. Tomás, uno de los Doce, debe enfrentarse con el misterio de la resurrección de Jesús desde sus seguridades humanas y desde su soledad, porque no estaba con los discípulos en aquel momento en que Jesús, después de la resurrección, se les hizo presente, para mostrarse como el Viviente. Este es un dato que no es nada secundario a la hora de poder comprender el sentido de lo que se nos quiere poner de manifiesto en esta escena: la fe, vivida desde el personalismo, está expuesta a mayores dificultades. Desde ahí no hay camino alguno para ver que Dios resucita y salva.

Tomás no se fía de la palabra de sus hermanos; quiere creer desde él mismo, desde sus posibilidades, desde su misma debilidad. En definitiva, se está exponiendo a un camino arduo. Pero Dios no va a fallar ahora tampoco. Jesucristo, el resucitado, va a «mostrarse» (es una forma de hablar que encierra mucha simbología; concretamente podemos hablar de la simbología del “encuentro”) como Tomás quiere, como muchos queremos que Dios se nos muestre. Pero así no se “encontrará” con el Señor. Esa no es forma de “ver” nada, ni entender nada, ni creer nada.

Tomás, pues, debe comenzar de nuevo: no podrá tocar con sus manos las heridas de las manos del Resucitado, de sus pies y de su costado, porque éste, no es una *imagen+, sino la realidad pura de quien tiene la vida verdadera. Y es ante esa experiencia de una vida distinta, pero verdadera, cuando Tomás se siente llamado a creer como sus hermanos, como todos los hombres. Diciendo «Señor mío y Dios mío», es aceptar que la fe deja de ser puro personalismo para ser comunión que se enraíce en la confianza comunitaria, y experimentar que el Dios de Jesús es un Dios de vida y no de muerte.

1Jn 5, 1-6 (2ª lectura Domingo II de Pascua)

El amor vence al mundo

En la segunda lectura se plantea el tema de la fe como fuerza para cumplir los mandamientos y como impulso para vencer al mundo, es decir, su ignominia. Creer que Jesús es el Cristo no es algo que se pueda «saber» por aprendizaje, de memoria o por inteligencia. El autor nos está hablando de la fe como experiencia, y por ello, el creer es dejarse guiar por Jesucristo, que ha resucitado; dejarse llevar hacia un modo nuevo de vida, distinta de la que ofrece el mundo. Por eso se subraya el cumplir los mandamientos de Jesús.

Pero se ha de tener muy en cuenta que no se trata de una propuesta simplemente moralizante que se resuelve en los mandamientos. ¿Por qué? Porque el mandamiento principal del Jesús joánico es el amor; el amor, como Él nos ha amado. Esta es la victoria de la resurrección y la forma de poner de manifiesto de una vez por todas que la muerte es transformada en vida verdadera. El amor, pues, no es solamente el mandamiento principal del cristianismo, sino el corazón mismo que mueve las relaciones entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí.

Hch 4, 32-35 (1ª Lectura Domingo II de Pascua)

La Resurrección crea comunión de vida

La primera lectura está tomada de Hechos 4, 23-35 que es uno de los famosos sumarios, es decir, una síntesis muy intencionada de la vida de la comunidad que el autor de los Hechos, Lucas, ofrece de vez en cuando en los primeros capítulos de su narración (ver también Hch 2, 42-47;5, 12-16). ¿Qué pretende? Ofrecer un ideal de la vida de la comunidad primitiva para proponerlo a su comunidad (quizá en Corinto, quizá en Éfeso) como modelo de la verdadera Iglesia de Jesucristo que nace de la Resurrección y del Espíritu.

Tener una sola alma y un sólo corazón, compartir todas las cosas para que no hubiera pobres en la comunidad es, sin duda, el reto de la Iglesia. ¿Es el idealismo de la comunidad de bienes? Algunos así lo han visto. Pero debemos considerar que se trata, más bien, de un desafío impresionante y, posiblemente, una crítica para el mal uso y el abuso de la propiedad privada que tanto se defiende en nuestro mundo como signo de libertad. Es una lección que se debe sacar como praxis de lo que significa para nuestro mundo la resurrección de Jesús. Eso, además, es lo que libera a los apóstoles para dedicarse a proclamar la Palabra de Dios como anuncio de Jesucristo resucitado.

En este sumario, el testimonio de los apóstoles sobre la resurrección está, justamente, en el centro del texto, como cortando la pequeña narración de la comunidad de bienes y de la comunión en el pensamiento y en el alma. Eso significa que la resurrección era lo que impulsaba esos valores fundamentales de la identidad de la comunidad cristiana primitiva.

Comentario al evangelio – Lunes de la Octava de Pascua

Empezamos la Octava de Pascua. A lo largo de la semana, la liturgia de la Palabra se centra en las apariciones de Jesús a sus discípulos, en las más variadas formas, buscando así probar la resurrección. Junto con las apariciones están los obstáculos que hacen difícil pasar de la evidencia de la muerte a la fe en la resurrección.

La experiencia pascual de los discípulos y discípulas tiene la forma de un encuentro personal, pero con una circunstancia muy peculiar y sorprendente. Se trata del encuentro con una persona que se deja ver, que les sale al encuentro después de haber muerto y haber sido sepultado recientemente. Por consiguiente, ese encuentro les conduce a una afirmación lógica: Jesús ha resucitado, está vivo.

En el texto de hoy, Jesús se aparece a las mujeres que regresan asustadas pero felices del sepulcro vacío. Fueron las primeras en notar el episodio de la resurrección. Por eso, corrieron a dar la noticia a los demás discípulos, cuando se les acercó el mismo Jesús mismo. Aunque se sientan felices, las primeras palabras de Jesús son que permanezcan en esa alegría: “Alegraos”. La resurrección es la mayor de todas las alegrías. Esta experiencia también está dirigida a nosotros hoy.

Jesús hace otras dos peticiones a las mujeres: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. No tener miedo y pedir a los discípulos que dirijan a Galilea. El tema del miedo se hace recurrente en las horas siguientes a la crucifixión e incluso en las escenas de resurrección, lo cual es más sorprendente. Probablemente tiene un propósito catequético. Los ángeles y mensajeros de la resurrección y el mismo Resucitado tienen que repetir una y otra vez “No tengas miedo” (Mt 28,5.10; Mc 16,6).

El camino de los discípulos hacia la fe en el Cristo, hacia la fe cristiana, es un camino de regreso desde el escándalo de la cruz. Pero tiene como fundamento el largo camino que habían recorrido ya con el Jesús terreno, sobre todo en Galilea. El seguimiento de Jesús en Galilea permite a los discípulos enfrentar el escándalo de la cruz, cuando tienen lugar las apariciones del Resucitado. El camino andado con el Jesús terreno les permite identificar al Crucificado Resucitado. Por eso, las escenas de aparición están cargadas de invitaciones a regresar a Galilea, el lugar del seguimiento, para encontrarse con Él.

Si creemos en todo lo que celebramos estos días, es el momento de salir al encuentro de nuestros hermanos y decirles que también nosotros nos hemos encontrado con Jesús resucitado y que Él está vivo en medio de nosotros. Para ello, es necesario que vayamos a las “Galileas” de nuestros tiempos y allí reencontrar los rostros sufrientes que necesitan la buena noticia de la resurrección.

Eguione Nogueira, cmf