Comentario al evangelio – Martes dentro de la Octava de Pascua

En el evangelio de hoy, María Magdalena está llorando ante el sepulcro vacío. Su corazón está lleno del dolor irreparable por la muerte de quien tanto amaba. Por eso no percibe las señales de la resurrección. Cuando nuestro corazón se llena de dolor o cualquier otro sentimiento negativo (dolor, rencor, ira, odio, miedo …) tenemos dificultad para percibir entre nosotros los signos de Cristo resucitado.

Con el corazón traspasado por el dolor de la muerte de Jesús, María Magdalena no podía ver más allá de la tumba vacía la presencia de la ausencia de Jesús. No era solo el sepulcro que estaba vacío. Su corazón también estaba vacío. Era necesario que Jesús se manifestara físicamente a ella y la llamara por su nombre para que ella pudiera percibir su presencia.

El tema central de los relatos de apariciones el encuentro y el reconocimiento del Resucitado. Es interesante notar que las apariciones de Jesús son personificadas para cada situación. En varios relatos destaca un hecho significativo: el Resucitado aparece de incógnito y sólo en un segundo momento se da a conocer o es reconocido por los discípulos. Hoy, aparece en la figura de un jardinero. Luego, aparecerá en la figura de un peregrino. Más tarde, le confundirán con un fantasma, con un mendigo junto al mar que pide algo de comer. ¿Qué significa esta figura de jardinero?

Jesús es, de hecho, el jardinero del Padre. Como vemos en el libro del Génesis, el mundo fue creado a imagen y semejanza de un jardín, el Jardín del Edén. Allí se colocó al ser humano, en la figura de Adán y Eva, para cuidar este jardín. Por tanto, Adán sería el jardinero de Dios. Sin embargo, debido a su ambición (deseo de ser como Dios), el jardín fue destruido. Jesús es el nuevo Adán encargado de recuperar la creación. 

Que la liturgia de esta semana abra nuestros corazones para ver cómo Cristo resucitado se manifiesta en nuestras vidas y en los acontecimientos diarios.

Eguione Nogueira, cmf