Anunciar la misericordia de Dios

1- Hace unos días se anunciaba en un telediario que sólo el 14 % de los españoles era “practicante”. Que había bajado un 25 % la “práctica dominical” en los últimos 20 años. Se decía también que sólo el 6 % de los españoles se declaraba ateo. Ante estos datos surge la pregunta: ¿qué pasa con el 80% restante? Pues simplemente que la fe, si la tienen, no tiene significación en su vida, tal vez muchos ni se han planteado la existencia de Dios o viven como si Dios no existiera. Ya dijo Juan Pablo II que el gran mal de nuestro mundo es el indiferentismo religioso, es decir el echar a Dios de nuestra vida, pues entonces el hombre acaba deshumanizándose y perdiendo todos los valores que nos distinguen de las demás criaturas. La madre Teresa de Calcuta dejó escrita una sentencia que nos debe hacer pensar: “El peor mal es la indiferencia”.

2- Sin embargo hemos podido ver cómo estos días de Semana Santa la gente sale a la calle y se enfervoriza con las procesiones. Impresiona ver las lágrimas de muchas personas al ver pasar la imagen del “Jesús de Medinaceli”. Cada viernes acuden a El para pedirle favores miles de personas. ¿Es ésta la fe que Jesús desea en sus discípulos? Hoy El nos dice: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Tomás vio y creyó, pero, como dice San Agustín, “quería creer con los dedos”. Tiene que meter sus dedos en las cicatrices para creer. El santo obispo de Hipona se pregunta: ¿y si hubiera resucitado sin las cicatrices? Entonces…..Tomás no hubiera creído, “pero si no hubiera conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón”. Jesús alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Sin embargo Tomás nos resulta simpático porque se parece mucho a nosotros, hombres del siglo XXI tecnificado: queremos comprobar las cosas antes de creerlas. Hay muchas personas que se fían de Jesús, todo ese pueblo sencillo y humilde de las procesiones nos da ejemplo de confianza, porque creer es fiarse de Aquél que nunca nos falla.

3- Para que nuestra fe sea auténtica es necesario dar un paso más. No vale sólo con vivir las emociones de un momento. La fe nos compromete y nos anima a seguir a Jesús y a poner en práctica su mensaje, pues “la fe sin obras es una fe muerta”, nos dice Santiago. El mensaje de Jesús en este segundo domingo de Pascua es doble: la paz y la misericordia. En primer lugar nos trae la paz: “Paz a vosotros”. Es la paz que no puede regalarnos nadie más en la vida, la paz interior, la paz que da sentido a nuestra vida y la plenifica. Por eso los discípulos “se llenaron de alegría al ver al Señor”. Hay algo que todavía no tenemos asumido los que nos decimos seguidores de Jesús: tenemos que ser misericordiosos. Jesús nos envía a perdonar no a condenar, es el evangelio de la misericordia lo que nos trae Jesús. Me alegré mucho al escuchar las últimas palabras del Papa Benedicto en el Vía Crucis del Coliseo de Roma. Nos recordó que tenemos que anunciar la misericordia de Dios. Nosotros tenemos que ser mensajeros de perdón, aprender a perdonarnos primero a nosotros mismos y ser instrumentos de perdón y reconciliación para todos. Este es el Evangelio auténtico. Quizá muchos no dan el paso de entrar en nuestras celebraciones desde la calle después de las procesiones porque no ven en nosotros esos signos evangélicos de paz, misericordia y alegría. Hoy es el día de la “Divina misericordia”. Que la celebración de este día nos ayude a ser misericordiosos todo el año.

4- El modelo de vida de la primera comunidad cristiana es consecuencia de la vivencia de nuestra fe. Esta no puede vivirse sólo “por libre”, quedaría muy pobre, como les ocurre a mucho de los que reducen su fe a seguir una procesión. Sólo es cristiana de verdad si se comparte en comunidad. Los pilares, idealizados por supuesto, de la primera comunidad son muy claros: pensaban y sentían lo mismo (comunión de vida), lo poseían todo en común (comunidad de bienes), daban testimonio de la resurrección del Señor (evangelizaban). Sabemos también por el capítulo 2º de los Hechos que acudían asiduamente a la oración común y a la fracción del pan (Eucaristía). En el fondo, como dice San Agustín, “hallaban el gozo en lo común, no en lo privado”. ¿Se parecen nuestras comunidades a ésta? ¿Qué tenemos que mejorar para ser de verdad una comunidad que sigue a Jesucristo?

José María Martín OSA