Comentario – Domingo II de Pascua

Pascua es tiempo de paso, pero un paso que deja huella. En la Pascua cristiana, el que pasa es el Señor resucitado; y pasa “apareciéndose” a quienes determinó aparecerse, a quienes habían sido testigos de su muerte y lo serán también de su resurrección.

El evangelio de hoy se detiene en algunos aspectos de esta aparición. En primer lugar, en la situación física y emocional en que se encuentran los discípulos destinatarios de la aparición: encerrados en una casa y atemorizados. Era el miedo, como sucede tantas veces, el que les tenía en esa situación de encerramiento y paralización: miedo a sufrir la misma suerte que su maestro; miedo a la persecución, a la tortura y a la muerte. Tal es su situación anímica. Están atenazados por el miedo, un miedo que no les deja salir a la calle.

En esto entró Jesús, poniéndose en medio de ellos. Y les enseñó las manos y el costado. ¿Por qué las manos y el costado? Porque ahí, en las manos y el costado, estaban las señales identificativas de la crucifixión, las llagas de los clavos y de la lanza, las credenciales de su identidad: ni era un fantasma, ni era “otro”, sino el mismo que antes habían visto morir en la cruz, el mismo, aunque en modo distinto, el mismo, aunque glorioso, resucitado, pero el mismo con sus cicatrices.

Esta entrada en escena de Jesús, vivo después de muerto, cambia totalmente la situación y el ánimo de aquellos discípulos atemorizados, que pasan casi al instante del temor a la alegría. Bastó una simple visión del que había sido objeto de sus expectativas de liberación antes de ser la causa de su decepción para que todo empezara a cambiar.

Con su visión del Resucitado, sus expectativas destrozadas pasaban a ser esperanzas rehechas desde la nueva vida que se les descubría de improviso en el cuerpo glorioso de su Señor. Y en la entraña de semejante descubrimiento empieza a germinar la planta de la misión. Había que anunciar al mundo la nueva vida que se dejaba ver en el Resucitado. Con él llega el Espíritu Santo y los poderes que le estaban asociados; sobre todo, el poder de perdonar pecados, un poder que no tiene otro objetivo que el de acabar con el imperio del mal.

Pero el grupo de los discípulos no estaba completo; faltaba uno de los Doce, Tomás el Mellizo, el que días antes había dado muestras de audacia y valentía, invitando a sus compañeros a compartir la suerte de su maestro, cuando éste había manifestado su intención de marchar a Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas: Vamos también nosotros y muramos con él. Tomás no cree en el testimonio de los demás discípulos, aun siendo un testimonio unánime, colectivo y sin fisuras: Hemos visto al Señor –le dicen-.

Pero Tomás necesita mucho más que un simple testimonio para creer en un suceso como el que se le anuncia: la vuelta a la vida de un muerto. Tomás necesita ver por sí mismo, más aún, necesita tocar. Era la necesidad de acumular testigos sensoriales. El tacto vendría en auxilio de la vista, aportándole una firmeza mayor. Y es que la experiencia de la muerte es tan imponente que no parece dejar espacio al resurgir de la vida. Nosotros mismos manifestamos muchas veces nuestras dudas al respecto. La muerte se nos impone con tal fuerza que nos parece imposible poder escapar de ella una vez apresados.

Las resistencias de Tomás, por tanto, no nos son extrañas, ni ajenas; al contrario, nos parecen muy razonables y justificadas. Se le pide un acto de fe en algo que desafía a la experiencia de desintegración de todo organismo corporal; se le pide un acto de fe que va a condicionar enteramente su vida.

Y Jesús, que comprende la resistencia de Tomás –hombre orgulloso y consciente de su propia dignidad-, condesciende con sus exigencias, se doblega a sus condiciones (si no veo… si no meto) y le dice: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. La respuesta del incrédulo es significativa: Señor mío y Dios mío.

Ante la actitud de Jesús, Tomás ha quedado desarmado y sin recursos. No le queda sino arrodillarse y hacer una solemne profesión de fe: tan sincera como clamorosa, tan contundente como hermosa. Tomás confiesa al Aparecido que le muestra las señales de la crucifixión su Señor y su Dios, que es mucho más que reconocerle Resucitado, vivo, tras haber pasado por la muerte. Pero el que tiene poder sobre la muerte ha de ser necesariamente su Señor y su Dios, pues no hay nada más poderoso que la muerte en este mundo. Por tanto, el que es capaz de escapar definitivamente de la muerte tiene que ser más poderoso que ella; ha de ser su Señor.

Y no seas incrédulo, sino creyente. La recomendación de Jesús a Tomás vale para todos nosotros. Tomás creyó después de haber visto y tocado un cuerpo vivo que antes estuvo muerto y sepultado; creyó en la vida resucitada, porque la palpó allí donde antes sólo había muerte; creyó en el poder de Dios porque pudo ver sus efectos saludables en el cuerpo cadavérico de un difunto.

Pues bien, este incrédulo que había transitado hacia la fe por razón de lo que se le permitió ver y tocar, pudo oír de labios del Resucitado: Dichosos los que crean sin haber vistoDichosos, porque la fe es posesión (aunque en esperanza) y, por tanto, dicha; y dichosos porque no han necesitado pruebas como las exigidas por Tomás, que revelan siempre el sufrimiento o la tortura interior del desconfiado (porque no se fía del testimonio de otros), del decepcionado (de la vida, de la Iglesia, de la política, de la fe que tuvo y ya no tiene, etc.), del incrédulo. Y el incrédulo suele ser alguien que no cree, pero que desearía creer, que desearía creer que hay Dios, y que es providente, bueno y poderoso, más poderoso que todos esos poderes que amenazan al hombre; lo desearía, pero no encuentra razones suficientes para ello.

Jesús declara dichosos a los que sí han encontrado tales razones, o a los que no necesitan más pruebas, porque les basta con las que les han ofrecido; a los que no piden más signos, porque los signos que les han sido dados son suficientes. No es que tengamos que ser crédulos o ingenuos, aceptando cualquier testimonio llegado de fuera; hay que sopesar las razones; hay que valorar los motivos de credibilidad; pero, una vez hechas estas valoraciones, hemos de ser generosos y dar el salto de la fe, que es confianza en el testimonio revelado y abandono en Dios, sin garantías absolutas, sin exigencias desmedidas, sin pretensiones imposibles, con esa humildad que es simplemente conciencia de nuestra condición terrena y creatural, de nuestra pequeñez en la inmensidad del universo.

Sólo así, fundados en la fe, hallaremos la paz y la alegría; y eso nos permitirá vivir con una confianza radical en lo que nos rodea y nos funda, en la bondad de las cosas, en el amor que da origen a la vida, en la vida que vence a la muerte, en la presencia de aquel que encarna el amor y la vida, el Cristo encarnado y glorioso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo II de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

 

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

 

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

 

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

 

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

 

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

 

PRECES

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tú que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,
— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
— concede a todos los bautizados, perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

 

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

 

ORACION

Oh Dios, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado dentro de la Octava de Pascua

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy te pido que me ayudes a creer en tu Resurrección. No nos cuesta nada creer en tu dolor, en tu sufrimiento, en tu muerte. Nos cuesta más creer en tu triunfo definitivo, que es también el nuestro. Y es que esta vida nos da más malos ratos que buenos. Es un valle de lágrimas.  Nos cuesta creer que Tú, Señor, nos creaste para que fuéramos felices, plenamente felices. Haz que todo lo que me pase en este día y en todos los días de mi vida lo viva a la luz de la pascua.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 16, 9-15

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; Pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron. Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creatura».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Todos los estudiosos del evangelio están de acuerdo en aceptar que el Evangelio de Marcos termina en Mc. 18,8. Todo lo que viene detrás, incluidos los versículos de hoy Mc. 16,9-15 es un añadido posterior. De hecho, son resúmenes de otras apariciones: la de la Magdalena, la de los discípulos de Emaús, y la de los Once. Lo que llama la atención es aquello en que las tres apariciones coinciden: NO CREYERON. ¿Por qué? Normalmente nos creemos antes las malas noticias que las buenas. Parece que en nuestro mundo “nos hemos acostumbrado a los palos”, a recibir malas noticias o las esperamos. Por otra parte, no se trataba de creer que un muerto había vuelto a la vida, como en el caso de Lázaro a quien podían ver, ni de la inmortalidad, ni de la prolongación de esta vida nuestra en la otra. Se trataba de la Resurrección, de la entrada de Jesús definitivamente en el mundo de Dios para no volver ya ni a sufrir, ni a morir. Se trataba de la entrada de Jesús en la plenitud: la plenitud de la vida, la plenitud de la verdad, la plenitud del amor, la plenitud de la felicidad. A esa vida plena en Dios nos llama Jesús a todos en la Resurrección. Es verdad que no la merecemos, pero no es cuestión de méritos sino de “gracia”, de don, de regalo. Y esta plenitud ya tiene que comenzar en este mundo. Cristo Resucitado quiere que ya en esta vida “pregustemos” las alegrías de la futura felicidad. Cuando estos discípulos pasaron del no-creer al creer, se quedan “asombrados”.

Palabra del Papa

“Los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio, y así? se ven colmados de alegría. ¿Por qué? no entramos también nosotros en este torrente de alegría? “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. Los discípulos son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización. […] En muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres… Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones”. (S.S. Francisco, Mensaje para la 88ª Jornada Mundial de las Misiones, 14 de junio de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito: En algún momento del día me retiro para “quedar sobrecogido” por el acontecimiento de la Pascua de Resurrección.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de la Palabra. Y yo ahora le respondo con mi oración.

Señor, sería una inmensa ingratitud por mi parte si hoy no cayera de rodillas y, con el corazón conmovido, no te diera inmensas gracias por el acontecimiento de la Resurrección.  Tu amor es tan enorme que no te has limitado a salvarnos y llevarnos al cielo, sino que quieres darnos tu misma felicidad, esa que tenías en la mañana de Pascua y que no quisiste guardarla para ti solo, sino que la quisiste compartir con nosotros. Todavía más: Quieres que esa felicidad total la pregustemos ya en este mundo. ¡Gracias, Señor!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Qué no nos asusten nuestras propias dudas

1.- Tomás no se oponía a la fe en el Señor, pero no creía, sin embargo, el testimonio de los Apóstoles. No le era posible aceptar la resurrección de Jesús, ni la “irracionalidad” del mantenimiento glorioso, no sangrante, de sus heridas. Si meditamos un poco en ello, nos damos cuenta que, dentro de un cierto orden de categorías mentales, se puede admitir la aparición perfecta del Señor, pero no con la presencia de sus antiguas heridas. Por eso, probablemente, Tomás no habla de tocar su rostro o estrechar las manos del maestro. Se plantea la inspección táctil de las heridas transformadas.

El cuerpo glorioso de Jesús tomó una apariencia muy distinta, no es reconocido por María Magdalena, ni por los discípulos de Emaús. Ni tampoco por los discípulos reunidos en el interior de una casa. No es fácil –tampoco serio– especular con las diferencias visibles que experimentó el cuerpo del Señor al resucitar. Es uno de los misterios paradójicos que dan más fuerza a la verosimilitud del relato evangélico. Un “inventor” habría creado unos datos más fáciles, menos chocantes o difíciles. Tomás creyó después ardientemente, con la fe fuerte de los incrédulos. Por eso no nos deben asustar nuestras propias dudas porque de ellas saldrán grandes avances.

2.- En la primera lectura, sacada de los Hechos de los Apóstoles, nos presentan esa situación comunitaria y “comunista” en que los primeros cristianos se unían para compartir todo, absolutamente todo y no solo la propiedad. Dicen que los conventos –y en general las órdenes religiosas– son hoy una continuación de ese tipo de comunidad total. No hay duda que algunos suspiramos con nostalgia por ese ambiente de reparto de la propiedad privada. Pero no hay que engañarse. También se repartía el amor y el pensamiento, porque “todos pensaban y sentían lo mismo”. En cualquiera de los casos no era una decisión impuesta y, por tanto, el engaño sería tan duramente castigado. Como en las profecías pacificas de Isaías no se puede evitar una gran emoción al ver instituida la paz, aquí ocurre lo mismo ante la posibilidad de obviar “el tengo y el quiero” por una actitud de igualdad fraterna y voluntaria.

3.- Lo que mejor define al cristiano es su amor del que genera paz por doquier. Ese sentido de lo pacífico es lo que debería evitar la explotación económica que tiende a producir violencia sin límites. Se entiende muy bien que los Apóstoles decidieran tenerlo todo en común. No duró. Sin embargo, no por eso debe dejar de ser un anhelo de los seguidores de Cristo. Y todo ello inserto en una realidad pacífica y pacifista. Y la conversión no es otra cosa que pasar de incrédulos a creyentes. Y de ahí a pacíficos. Luego nos podremos hacer “comunistas” pero en paz sin violencias. El error de muchos movimientos de tinte cristianos que han buscado a ultranza la reforma social ha sido no hacerlo sobre una base de paz total. Hace años, la Teología de la Liberación, al menos en alguna de sus concreciones, abusó de la violencia. La “lucha” pacífica es posible. Y ahí están ejemplos como los de Ghandi, Martin Luther King y, sobre todo, la proeza maravillosa de Jesús, Nuestro Señor.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado dentro de la Octava de Pascua

(Mc 16, 9-15)

Después de presentar un resumen de las apariciones de Jesús, destacando la incredulidad de los discípulos ante los que les anunciaban su resurrección, Jesús envía a los discípulos a todo el mundo a anunciar la buena noticia.

Aquí llaman la atención las señales que Jesús promete: agarrar serpientes, tomar veneno sin sufrir daño, etc. En realidad son signos tomados del Antiguo Testamento para mostrar que ya ha llegado el tiempo mesiánico. No se quiere decir que esos signos serían una realidad cotidiana para todo creyente, ni que siempre deban estar presentes precisamente esos signos concretos y no otros.

De todos modos, tampoco podemos negar que Jesús regala a su Iglesia algunos signos peculiares de su poder y de su presencia. El evangelio dice que cuando los discípulos “salieron a predicar por todas partes, el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que los acompañaban”.

Si realmente Cristo ha resucitado y es siempre el mismo, con el mismo poder y la misma gloria, no podemos negar la posibilidad de que también hoy se manifieste algunas veces con signos peculiares que reavivan nuestra confianza.

San Pablo relativizará la importancia de estos signos, recordando que el signo más grande, más bello y más importante es que Jesús haya dado su vida por nosotros, es su amor que llegó hasta el fin: “Mientras los judíos buscan signos… nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos” (1 Cor 1, 22-23). Esto significa que, aun después de la resurrección de Jesús, su entrega en la cruz no es un hecho del pasado que haya que olvidar, porque su vida clavada en la cruz sigue siendo el gran signo de su amor, el signo precioso de nuestra fe. Yo creo en alguien que “me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

Oración:

“Señor Jesús, ayúdame a reconocer los signos de tu amor que también están presentes en mi vida. No quiero desconfiar de tu poder y de tu presencia; por eso pongo en tus manos lo que me preocupa y te pido que te manifiestes en mi vida”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Respeto y amor a los adversarios

28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.

Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.

La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo : “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por lo que os persiguen y calumnian”» (Mt 5,43-44).

¿Puertas cerradas o abiertas?

1.- En el anochecer de este día, como en aquel otro del día primero de la semana, seguimos impresionados por el paso de Jesús en medio de nosotros. Aquellos hombres, tenían sus puertas cerradas por temor a los judíos. ¿No las tendremos también cerradas -en algunos momentos- por miedo al mundo, al materialismo imperante o por el riesgo a ser rechazados o contestados?

¡Hemos vivido tan intensamente la Pascua del Señor!

Pero, volvemos a la cruda realidad, y nos preguntamos: ¿Qué hacer para que los “Tomás de hoy” crean lo que nosotros hemos sentido, vivido, cantado, expresado y celebrado con la presencia del resucitado? ¿No nos tomarán por chalados? ¿No pensará, mas de uno, que tenemos comido el tarro?

2.- Tomás, cuando llegó, se encontró a los discípulos exuberantes y alegres por la aparición de Jesús Resucitado. ¿Lo estamos nosotros? ¿Resplandecen nuestros rostros, nuestras obras, nuestras actitudes por el encontronazo que hemos tenido con Jesús? ¿O, tal vez, no refleja nuestro semblante el orgullo y la pertenencia a la comunidad del resucitado?

Nosotros, en cierto sentido, tenemos hasta más mérito que Santo Tomás. Éste necesitó de pruebas para creer; tuvo que palpar el cuerpo de Jesús para convencerse; de mirar a los pies de Cristo para cerciorarse de lo que le decían. Nosotros por el contrario, siglos después, confiamos en el testimonio de aquellos apóstoles que, aunque asustados, vivieron con emoción las últimas horas de Jesús y con asombro las primeras de su ser resucitado.

3.- Y tenemos mérito, por creer en tiempos de incredulidad; por fiarnos aunque no veamos; por dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu aún en medio de tanto vendaval que aturde y congela conciencias y almas; por confesar, incluso públicamente, que Jesús sigue siendo el Señor y el Dios de nuestra existencia, el motor de nuestro vivir y la razón de este encuentro dominical.

–¿Puertas cerradas o abiertas?

–¿Miedo o valentía para confesar nuestra fe?

–¿Incredulidad o fe en Jesús?

–¿Fuerza o debilidad para transmitirla?

–¿Entusiasmo o tibieza para presentar a Jesús?

A Tomás, el testimonio de sus amigos, no le metía en costura, ni le bastaba para hacerse a la idea del retorno de Jesús. Sólo, cuando Jesús le mostró las huellas de su trágica pasión, Tomás pronunció la profesión más solemne de todo el Nuevo Testamento: ¡Señor mío y Dios mío!

COMO TOMÁS

Creo, si veo tu rostro
Confieso tu nombre, si te veo primero
Me arrodillo, si me demuestras que existes
Creo, si toco tu cuerpo
Confieso tu presencia, si me pones fácil el descubrirte
Me arrodillo, si me dejas ver los agujeros que los clavos dejaron
Creo, si me abres tus manos taladradas
Confieso tu resurrección, si me dejas buscar tu costado traspasado
Me arrodillo, si no me pides demasiado a cambio
Señor;
¡Qué difícil resulta creer sin ver!
Seguirte y proponer a otros que te sigan
Conocerte e indicar a los hombres ese mismo camino
Acogerte y, anunciar con alegría, que Tú vives en mí
Ayúdame, Señor:
A no cerrar las puertas por miedo a nadie
A no cerrar las puertas por temor a nada
A no cerrar las puertas para que me descubran en amistad contigo
A no cerrar las puertas para no dar la cara por Ti
¡Qué difícil, Señor!
Llevar la paz, que sólo Tú conoces, a un mundo violento
Llenar de alegría, una realidad tan mediatizada por la tristeza
Sentirnos enviados, ante tanta incomprensión y rechazo
¡Te he visto, Señor!
¡Con eso me basta para seguir adelante!

Javier Leoz

¿Utopía hasta el extremo?

1.- El texto del Libro de los Hechos de los Apóstoles que la liturgia de este domingo nos trae como primera consideración para esta jornada es un texto que ha dado mucho juego a lo largo de los siglos de existencia de la Iglesia: “Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”.

Siempre que en el seno de la Iglesia se ha producido un movimiento de reforma autentica ––y de reforma auténtica siempre se ha inspirado en el mensaje de la “buena noticia” del Evangelio––, la memoria de este pasaje de la Escritura ocupa el primer plano de actualidad. En él se propone a la decisión de todos los creyentes un estilo de vida hecho de compartir los bienes, de distribuir a cada cual según la necesidad de cada uno, de renuncia a las propiedades ––tierras o casas–– con objeto de poner fin a las distancias económicas entre los miembros de la comunidad y subvenir a todas sus necesidades.

2.- A la lectura de este pasaje no faltaran voces que digan, y con todo fundamento, que esta página, mas que describir una realidad comprobada y objetiva, cuela bajo la expresión de un hecho lo que debería ser aspiración e ideal de la comunidad creyente. Pero, aún así, ¿persigue la comunidad creyente de hoy ese ideal, lo asume como el horizonte hacia el cual debería tender con sinceridad, lo calificamos de utopía hasta el extremo de que nos sirva de incitación y de punto de mira?

La falta de conciencia social de muchos creyentes revela que se ha dejado a un lado, completamente, esta proposición del libro de los Hechos. Y el dato de que la Iglesia haya estado escorada hacia las fuerzas de derechas durante mucho tiempo ¿no demuestra ––pese a muchas a las explicaciones que pueden darse de este fenómeno que este ideal de comunidad cristiana está como abandonado por los más de los creyentes?

3.- Sin embargo, la segunda de las lecturas de hoy, tomada de una carta del apóstol san Juan, nos aporta razones más que sobradas para que el compromiso de los creyentes en favor del hombre fuera el más serio y radical de cuantas opciones políticas o sociales se atrevieran a proponer. “El que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él”. Para el creyente, todo hombre es hijo de Dios por origen y por vocación de destino; y, por ello, todo atentado contra la dignidad humana y todo rebajamiento de la mejor justicia, incluso de la justicia social, evidencia la insinceridad del amor a Dios.

¿Puede amarse de verdad al Creador y al Salvador sin amor simultáneamente a los creados y salvados por Dios, y amarlos además como Dios los ama? Para san Juan, el verdadero amor se traduce en el cumplimiento de los mandamientos de Dios y éstos son, en definitiva, una regulación de la convivencia humana.

4.- Para aceptar esta visión de una realidad humana en cuyo amor se expresa el amor a Dios se precisa partir de la fe. “Nuestra fe, ésta es la victoria que vence al mundo”, entendiendo por éste el egoísmo, el apegamiento a los bienes materiales, el individualismo que en nada tiene el bien de la comunidad, la superficialidad y el hedonismo de la existencia…

Ver a Dios en el prójimo es todo un desafío, tanto o mayor que el desafío a que se vieron sometidos los apóstoles en la Resurrección del Señor. Pero hoy, como ayer con Tomás, el creyente sabe cual es la palabra de Dios: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Antonio Díaz Tortajada

El vencedor de la muerte

1.- “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma…” (Hch 4, 32) La palabra de Dios iba cayendo en todos los surcos de la tierra. Y una multitud de hombres y mujeres encontraron el camino de la salvación. En las negras sombras del paganismo se había encendido la clara luz de Cristo. Se había borrado la frontera de la muerte con la resurrección del Señor. El muro del egoísmo y del odio había sido derrumbado por la fuerza de la generosidad y el amor.

Entre los cristianos había un mismo sentir, un corazón y un alma les vivificaba. Tanto que los que les veían exclamaban maravillados: Mirad cómo se aman. Era un amor traducido en obras concretas y convincentes, tejido más con hechos que con palabras. Cuanto tenían lo entregaban para atender a los más necesitados. Un comunismo singular donde la acción divina, secundada por el hombre, creaba una sociedad en la que reinaba la paz y el gozo.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos, Señor? En nuestros corazones ha vuelto a germinar la ambición y el egoísmo. La ley del amor ha sido aminorada por el cansancio y la desilusión. Duele ver cómo repetimos “mío, mío”, o “yo, yo, yo”, muchos que nos decimos cristianos. Y no es que tu doctrina niegue el derecho de propiedad como algunos han hecho, anulando así la iniciativa privada y la creatividad ilusionada. Pero sí es necesario tener presente que el Evangelio va contra el derecho de propiedad exclusiva o excluyente. Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y generosos.

“Y con gran energía testificaban los apóstoles la resurrección del Señor…” (Hch 4, 33) Cristo ha resucitado. Este es el eje del pregón pascual que sigue resonando, para llevar a los hombres el convencimiento de esa verdad maravillosa que tan de cerca nos afecta a todos. En efecto, la resurrección de Jesucristo es la primicia de la nuestra. Por eso, ahora como entonces, la voz de los evangelizadores se alza con energía y constancia, para proclamar el mensaje de nuestra salvación.

Y, sin embargo, la muerte sigue apenando a los hombres, incluidos muchos que se dicen creyentes que temen demasiado a la muerte, o que lloran a los difuntos como si no hubiera nada más allá de la tumba. Se ha desfigurado el sentido cristiano de la muerte, se vive como si todo terminara acá abajo. Es corriente encontrar en las lápidas de nuestros cementerios motivos de pasión o de muerte; faltan figuras de Cristo resucitado, símbolos de resurrección. Nos hemos olvidado que cementerio significa lugar de reposo o “dormitorio”, y no “tanatorio” o depósito de cadáveres. Como si la vida se acabara en el nicho, como si la historia de Cristo hubiera finalizado en el Calvario.

No, no es así. Cristo ha resucitado… Necesitamos, Señor, que nos convenzas, que claves en nuestro corazón la verdad de la vida eterna, que se nos meta en el alma que la muerte es sólo un mal trago, un túnel oscuro por el que pasar, para llegar a la región de la luz, del amor sin fin, de la vida dichosa… Si lo creyéramos, todo cambiaría, la muerte no sería algo terrible, y la vida se nos haría más amable.

2.- “Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia ” (Sal 117, 2) El salmo del día de Pascua vuelve a repetirse, los mismos sentimientos de gozo y de esperanza vuelven a florecer en el campo cuajado de la liturgia. Y esos mismos sentimientos han de renacer en nuestro pobre corazón marchito. La primavera que invade los árboles y las plantas ha de penetrar también en lo más íntimo de nuestras vidas, en la corriente vital de nuestras venas, en el torrente de ese misterioso mundo de nuestra psiquis, del pensamiento y de la voluntad, del querer y del soñar.

Jesús ha resucitado, ha dominado a la muerte, al enemigo nunca derrotado, y con ella también ha vencido al pecado. Pero su victoria no se encierra en él sólo. Antes al contrario, esa victoria es una eclosión de alegría y de fuerza, de perdón y de gracia, un caudal impetuoso de luz y de gozo que nos llega a todos y cada uno de los que en él creemos… Por todo eso el tema de la alegría, preferido de la Iglesia en este tiempo, pascual se resume en una palabra: Aleluya. Una expresión que hemos de hacer jaculatoria, -una saeta que llega al corazón de Dios- para repetirla jubilosos una y mil veces: Aleluya, aleluya, aleluya.

“La piedra que desecharon los arquitectos…” (Sal 117, 22) Aleluya. Es decir, alabad a Yahvé, cantad a Dios, invocadlo con el corazón pletórico de paz y de inefable alegría. Aleluya es una de esas palabras hebreas que se remontan al instante mismo en que el hombre, inspirado en el Espíritu Santo, pronunciara extasiado palabras divinas. Una de esas palabras que han permanecido intactas, quizá porque el traducirlas fielmente era imposible. Una profunda alegría que expresada de otra forma pierde sonoridad, se aminora su sencillez y su encanto, su fascinante acento divino.

Y el motivo que nos mueve a repetir constantemente el aleluya pascual está en la resurrección de Cristo, en su maravilloso e inesperado triunfo, en su inusitada victoria: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente…”. Resurrección que nos resucita a todos los que creemos y esperamos en él, a todos cuantos le amamos. Y lo mismo que él resucitó, también nosotros resucitaremos. Es tal la victoria y el gozo confiadamente esperado, que poco importa cuanto tengamos que sufrir ahora por conseguirlo. Por eso, pase lo que pase, digamos serenos, contentos y felices: aleluya, aleluya, aleluya.

3.- “En esto conocemos que amamos…” (1 Jn 5, 2) Todos queremos ser amados y poder amar. Es como una necesidad vital del corazón humano. Si no se ama ni se es amado, la vida del hombre es algo baldío, seco, árido, truncado, roto, vacío. Ser amado y amar, la única felicidad que de veras puede llenar las ansias más íntimas del hombre.

Por eso precisamente Cristo llega a decir que la señal inequívoca de sus discípulos es la de amarse mutuamente. Tan importante es el amor que en él se resumen toda la ley y los profetas; es decir, toda la revelación de Dios. El amor es como la síntesis perfecta de todo lo que el Señor manda. Y es que el amor es parte integrante de la esencia misma de Dios. Y Dios quiere que lleguemos a ser un día como él mismo es, empezando ya aquí por medio del amor.

Abrirse a los demás, abrirse ante todo a Dios. Y desde la íntima unión con Dios volcarse hacia los hombres en perenne actitud de servicio. Sencillamente, hacer lo que Dios nos manda en cada momento, eso que nuestra conciencia, bien formada e informada, nos va dictando. Nada más y nada menos.

Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4) Nos vemos desbordados, nos sentimos impotentes, incapaces de amar siempre, según el querer de Dios. Muchas veces nuestro corazón es ciego a la luz de Dios. Se empeña en seguir su propio camino. Y camina sin rumbo con los ojos tapados… Y entonces, al final de ese camino que parecía maravillosamente iluminado, se entra en el valle oscuro de la tristeza y el desengaño, víctima del poder del Príncipe de este mundo.

No, el amor que salva ha de conjugarse con la fe. La fe en Dios y en su palabra, la fe en Cristo, en su Evangelio, en la Iglesia que él fundó. Esa fe es la que nos conducirá a la posesión plena del amor, a la victoria sobre el maligno y sus secuaces.

El hombre tendrá que caminar por caminos escarpados, por senderos difíciles de recorrer. Muchas veces, menos de las que pensamos, se tendrá la impresión de vivir crucificados, cosidos a la cruz de la renuncia y de la generosidad. Pero todo eso es la prueba que garantiza la autenticidad del verdadero amor, y la purificación dolorosa del fuego, que hace posible el milagro supremo de amar y de ser amado con el más grande amor que existe, el único verdadero amor, el de Dios.

4.- “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana…” (Jn 20, 19) Jesús se apresura a volver junto a sus discípulos y apóstoles después de resucitar. Él sabía lo tristes y decaídos que se encontraban después de su crucifixión y muerte. Él comprendía que los de Emaús iniciaran una dispersión que, de haber tardado un día más, hubiera sido general. Aquellos hombres no podían ni imaginar que Jesús atravesara ileso las barreras de la muerte. A pesar de que el Maestro lo había predicho, ellos ni le habían entendido, ni habían aceptado como posible tal realidad; lo mismo que no aceptaron entonces ni comprendieron luego cómo era posible que el Mesías, el Rey de Israel, terminase sus días en una cruz.

El Maestro amaba entrañablemente a los suyos y no les toma en cuenta tanta incredulidad, aquella dureza de corazón para aceptar sus palabras. Por eso se llega hasta ellos y les saluda con la paz, como si nada hubiera ocurrido, como si no le hubieran dejado solo cuando más los necesitaba, como si todo siguiera igual. Y no sólo les da la paz; le confiere, además, unos poderes únicos y supremos, los de perdonar los pecados, los de ser continuadores de su misión salvadora, ser sus enviados lo mismo que él lo es del Padre.

Para hacer posible esa misión grandiosa, les comunica el Espíritu Santo, la fuerza misma de Dios que en Pentecostés vendrá con ímpetu y ardor los transformará en grandes pescadores de hombres, a ellos que eran unos pobres pecadores. Empujados por el viento divino alcanzarán los más lejanos puertos y pescarán en las más profundas aguas, realizarán la pesca más milagrosa de toda la Historia.

Hombres débiles eran, duros de mente para las cosas de Dios. Lo mismo que dudó Tomás, hubieran dudado probablemente todos los demás. Eran desconfiados, difíciles de convencer, hombres que se guiaban sobre todo por sus sentidos. Para creer no sólo tenían que ver sino también tocar.

Jesús volvió de nuevo, dándoles otra vez su paz, pasando por alto su rudeza e incredulidad. “Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás cae rendido ante la evidencia y confiesa con humildad el señorío y la divinidad de Jesús. El Señor piensa entonces en nosotros, en los que vendríamos después y también quisiéramos, como Tomás, ver y tocar para creer. En aquella ocasión, para animarnos a creer, enuncia la última de sus bienaventuranzas, la felicidad inefable de quienes no necesitan verle para creer en él y para amarle sobre todas las cosas.

Antonio García Moreno

Nuevo inicio

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?

Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?

El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarnos del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Solo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre ha encomendado a Jesús.

Lo que necesita hoy la Iglesia no es solo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un «nuevo inicio» a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Solo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Solo él puede impulsar la comunión. Solo él puede renovar nuestros corazones.

No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es solo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.

José Antonio Pagola