El vencedor de la muerte

1.- “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma…” (Hch 4, 32) La palabra de Dios iba cayendo en todos los surcos de la tierra. Y una multitud de hombres y mujeres encontraron el camino de la salvación. En las negras sombras del paganismo se había encendido la clara luz de Cristo. Se había borrado la frontera de la muerte con la resurrección del Señor. El muro del egoísmo y del odio había sido derrumbado por la fuerza de la generosidad y el amor.

Entre los cristianos había un mismo sentir, un corazón y un alma les vivificaba. Tanto que los que les veían exclamaban maravillados: Mirad cómo se aman. Era un amor traducido en obras concretas y convincentes, tejido más con hechos que con palabras. Cuanto tenían lo entregaban para atender a los más necesitados. Un comunismo singular donde la acción divina, secundada por el hombre, creaba una sociedad en la que reinaba la paz y el gozo.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos, Señor? En nuestros corazones ha vuelto a germinar la ambición y el egoísmo. La ley del amor ha sido aminorada por el cansancio y la desilusión. Duele ver cómo repetimos “mío, mío”, o “yo, yo, yo”, muchos que nos decimos cristianos. Y no es que tu doctrina niegue el derecho de propiedad como algunos han hecho, anulando así la iniciativa privada y la creatividad ilusionada. Pero sí es necesario tener presente que el Evangelio va contra el derecho de propiedad exclusiva o excluyente. Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y generosos.

“Y con gran energía testificaban los apóstoles la resurrección del Señor…” (Hch 4, 33) Cristo ha resucitado. Este es el eje del pregón pascual que sigue resonando, para llevar a los hombres el convencimiento de esa verdad maravillosa que tan de cerca nos afecta a todos. En efecto, la resurrección de Jesucristo es la primicia de la nuestra. Por eso, ahora como entonces, la voz de los evangelizadores se alza con energía y constancia, para proclamar el mensaje de nuestra salvación.

Y, sin embargo, la muerte sigue apenando a los hombres, incluidos muchos que se dicen creyentes que temen demasiado a la muerte, o que lloran a los difuntos como si no hubiera nada más allá de la tumba. Se ha desfigurado el sentido cristiano de la muerte, se vive como si todo terminara acá abajo. Es corriente encontrar en las lápidas de nuestros cementerios motivos de pasión o de muerte; faltan figuras de Cristo resucitado, símbolos de resurrección. Nos hemos olvidado que cementerio significa lugar de reposo o “dormitorio”, y no “tanatorio” o depósito de cadáveres. Como si la vida se acabara en el nicho, como si la historia de Cristo hubiera finalizado en el Calvario.

No, no es así. Cristo ha resucitado… Necesitamos, Señor, que nos convenzas, que claves en nuestro corazón la verdad de la vida eterna, que se nos meta en el alma que la muerte es sólo un mal trago, un túnel oscuro por el que pasar, para llegar a la región de la luz, del amor sin fin, de la vida dichosa… Si lo creyéramos, todo cambiaría, la muerte no sería algo terrible, y la vida se nos haría más amable.

2.- “Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia ” (Sal 117, 2) El salmo del día de Pascua vuelve a repetirse, los mismos sentimientos de gozo y de esperanza vuelven a florecer en el campo cuajado de la liturgia. Y esos mismos sentimientos han de renacer en nuestro pobre corazón marchito. La primavera que invade los árboles y las plantas ha de penetrar también en lo más íntimo de nuestras vidas, en la corriente vital de nuestras venas, en el torrente de ese misterioso mundo de nuestra psiquis, del pensamiento y de la voluntad, del querer y del soñar.

Jesús ha resucitado, ha dominado a la muerte, al enemigo nunca derrotado, y con ella también ha vencido al pecado. Pero su victoria no se encierra en él sólo. Antes al contrario, esa victoria es una eclosión de alegría y de fuerza, de perdón y de gracia, un caudal impetuoso de luz y de gozo que nos llega a todos y cada uno de los que en él creemos… Por todo eso el tema de la alegría, preferido de la Iglesia en este tiempo, pascual se resume en una palabra: Aleluya. Una expresión que hemos de hacer jaculatoria, -una saeta que llega al corazón de Dios- para repetirla jubilosos una y mil veces: Aleluya, aleluya, aleluya.

“La piedra que desecharon los arquitectos…” (Sal 117, 22) Aleluya. Es decir, alabad a Yahvé, cantad a Dios, invocadlo con el corazón pletórico de paz y de inefable alegría. Aleluya es una de esas palabras hebreas que se remontan al instante mismo en que el hombre, inspirado en el Espíritu Santo, pronunciara extasiado palabras divinas. Una de esas palabras que han permanecido intactas, quizá porque el traducirlas fielmente era imposible. Una profunda alegría que expresada de otra forma pierde sonoridad, se aminora su sencillez y su encanto, su fascinante acento divino.

Y el motivo que nos mueve a repetir constantemente el aleluya pascual está en la resurrección de Cristo, en su maravilloso e inesperado triunfo, en su inusitada victoria: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente…”. Resurrección que nos resucita a todos los que creemos y esperamos en él, a todos cuantos le amamos. Y lo mismo que él resucitó, también nosotros resucitaremos. Es tal la victoria y el gozo confiadamente esperado, que poco importa cuanto tengamos que sufrir ahora por conseguirlo. Por eso, pase lo que pase, digamos serenos, contentos y felices: aleluya, aleluya, aleluya.

3.- “En esto conocemos que amamos…” (1 Jn 5, 2) Todos queremos ser amados y poder amar. Es como una necesidad vital del corazón humano. Si no se ama ni se es amado, la vida del hombre es algo baldío, seco, árido, truncado, roto, vacío. Ser amado y amar, la única felicidad que de veras puede llenar las ansias más íntimas del hombre.

Por eso precisamente Cristo llega a decir que la señal inequívoca de sus discípulos es la de amarse mutuamente. Tan importante es el amor que en él se resumen toda la ley y los profetas; es decir, toda la revelación de Dios. El amor es como la síntesis perfecta de todo lo que el Señor manda. Y es que el amor es parte integrante de la esencia misma de Dios. Y Dios quiere que lleguemos a ser un día como él mismo es, empezando ya aquí por medio del amor.

Abrirse a los demás, abrirse ante todo a Dios. Y desde la íntima unión con Dios volcarse hacia los hombres en perenne actitud de servicio. Sencillamente, hacer lo que Dios nos manda en cada momento, eso que nuestra conciencia, bien formada e informada, nos va dictando. Nada más y nada menos.

Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4) Nos vemos desbordados, nos sentimos impotentes, incapaces de amar siempre, según el querer de Dios. Muchas veces nuestro corazón es ciego a la luz de Dios. Se empeña en seguir su propio camino. Y camina sin rumbo con los ojos tapados… Y entonces, al final de ese camino que parecía maravillosamente iluminado, se entra en el valle oscuro de la tristeza y el desengaño, víctima del poder del Príncipe de este mundo.

No, el amor que salva ha de conjugarse con la fe. La fe en Dios y en su palabra, la fe en Cristo, en su Evangelio, en la Iglesia que él fundó. Esa fe es la que nos conducirá a la posesión plena del amor, a la victoria sobre el maligno y sus secuaces.

El hombre tendrá que caminar por caminos escarpados, por senderos difíciles de recorrer. Muchas veces, menos de las que pensamos, se tendrá la impresión de vivir crucificados, cosidos a la cruz de la renuncia y de la generosidad. Pero todo eso es la prueba que garantiza la autenticidad del verdadero amor, y la purificación dolorosa del fuego, que hace posible el milagro supremo de amar y de ser amado con el más grande amor que existe, el único verdadero amor, el de Dios.

4.- “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana…” (Jn 20, 19) Jesús se apresura a volver junto a sus discípulos y apóstoles después de resucitar. Él sabía lo tristes y decaídos que se encontraban después de su crucifixión y muerte. Él comprendía que los de Emaús iniciaran una dispersión que, de haber tardado un día más, hubiera sido general. Aquellos hombres no podían ni imaginar que Jesús atravesara ileso las barreras de la muerte. A pesar de que el Maestro lo había predicho, ellos ni le habían entendido, ni habían aceptado como posible tal realidad; lo mismo que no aceptaron entonces ni comprendieron luego cómo era posible que el Mesías, el Rey de Israel, terminase sus días en una cruz.

El Maestro amaba entrañablemente a los suyos y no les toma en cuenta tanta incredulidad, aquella dureza de corazón para aceptar sus palabras. Por eso se llega hasta ellos y les saluda con la paz, como si nada hubiera ocurrido, como si no le hubieran dejado solo cuando más los necesitaba, como si todo siguiera igual. Y no sólo les da la paz; le confiere, además, unos poderes únicos y supremos, los de perdonar los pecados, los de ser continuadores de su misión salvadora, ser sus enviados lo mismo que él lo es del Padre.

Para hacer posible esa misión grandiosa, les comunica el Espíritu Santo, la fuerza misma de Dios que en Pentecostés vendrá con ímpetu y ardor los transformará en grandes pescadores de hombres, a ellos que eran unos pobres pecadores. Empujados por el viento divino alcanzarán los más lejanos puertos y pescarán en las más profundas aguas, realizarán la pesca más milagrosa de toda la Historia.

Hombres débiles eran, duros de mente para las cosas de Dios. Lo mismo que dudó Tomás, hubieran dudado probablemente todos los demás. Eran desconfiados, difíciles de convencer, hombres que se guiaban sobre todo por sus sentidos. Para creer no sólo tenían que ver sino también tocar.

Jesús volvió de nuevo, dándoles otra vez su paz, pasando por alto su rudeza e incredulidad. “Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás cae rendido ante la evidencia y confiesa con humildad el señorío y la divinidad de Jesús. El Señor piensa entonces en nosotros, en los que vendríamos después y también quisiéramos, como Tomás, ver y tocar para creer. En aquella ocasión, para animarnos a creer, enuncia la última de sus bienaventuranzas, la felicidad inefable de quienes no necesitan verle para creer en él y para amarle sobre todas las cosas.

Antonio García Moreno