El apóstol científico

1.- Antes de leer este comentario hay que recordar las dos apariciones de Jesús, que leemos en el evangelio del presente domingo.

Los niños pequeños lo tocan todo, más que ojos, tienen dedos. Los mayores también damos mucha importancia al contacto, como si con él no se pudieran cometer muchos errores. Con las manos podemos acariciar, robar, llevarnos un alimento a la boca, golpear, tocar la guitarra o dar una limosna. ¡es tan importante tener unas buenas manos!

Creemos a veces que tocar es lo mas seguro. Le pasaba esto a Tomás, uno de los apóstoles de Jesucristo. Creyó él que para estar convencido de que su Maestro no yacía muerto y enterrado en el sepulcro, era preciso tocarle las cicatrices de aquellas terribles heridas. Tomás seguramente que nunca había jugado, con los ojos tapados, a adivinar que es lo que uno toca, incurriendo en muchas equivocaciones. Ni le debían haber enseñado las falsas percepciones que uno puede experimentar con los dedos.

2.- Tomás se creía científico y quería someter lo que le habían contado a su análisis personal. Quería someter la Resurrección del Señor a un buen control de calidad, como hacen los empresarios que se precian. ¡pobre Tomás! Hizo el ridículo delante de todos sus compañeros. Pero hay que reconocer que no se azoró y hundió, sino que supo corregirse a tiempo. Además, sin avergonzarse de su anterior proceder, reconoció que aquel Jesús, que tenía delante, además de ser el que él había acompañado en sus comunes andanzas por Galilea, era, y ahora lo proclamaba, su Señor y Dios.

Jesús no quiso humillarle. Aprovechó la ocasión para inventar una nueva bienaventuranza. Una bienaventuranza que nos concierne a todos y en todo momento. Porque no siempre podemos ser pobres, o llorar, o mantener control de la situación y difundir paz a nuestro alrededor. Las bienaventuranzas que había proclamado en su etapa histórica no siempre puede uno cumplirlas, pero esta que anuncia a raíz de la intervención de Tomás, esta siempre está a nuestro alcance. Podemos siempre creer, creer sin ver, creer sin tocar, creer sin evidencias. Creer, como una aventura arriesgada y fascinante de nuestro pensamiento.

3.- Era domingo las dos veces que se apareció, según lo que nos cuenta el evangelio de hoy. Era domingo cuando resucitó, era domingo cuando se encontró con los dos discípulos camino de Emaús y celebró con ellos un banquete. Nosotros, por nuestra cuenta, hemos convertido el domingo en el fin de semana, hemos olvidado las obras maravillosas de Dios y dedicamos el día a las vulgares actividades que continúan esclavizándonos o que satisfacen nuestra vanidad. Se aprovecha el día para lavar el coche, para competir un partido, para acabar unos estudios atrasados…¡tantas cosas ocupan nuestro domingo, que no damos oportunidad a Jesús para que se nos acerque y nos aliente, nos limpie y nos alegre!

¡Pobre del cristiano que ha perdido el domingo! ¡Y tantos hay!

Pedrojosé Ynaraja