Vísperas – Lunes II de Pascua

VÍSPERAS

LUNES II DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

SALMO 44:

Ant. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Aleluya.

LECTURA: Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. Aleluya.

PRECES

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado el mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudaban de ti,
— acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.

No permitas que tus fieles sean torpes y necios para creer,
— aumenta su fe, para que te proclamen vencedor de la muerte.

Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,
— y manifiéstate a ellos, para que te confiesen como a su salvador.

Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos en tu cuerpo,
— concede la paz y la unidad a las naciones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres el juez de vivos y muertos,
— otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas sus culpas.

Acudamos a Dios Padre, tal como nos enseñó Jesucristo:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes II de Pascua

1.- Introducción.

Señor, hoy me pides algo muy difícil: nacer de nuevo. Me pides que de una vuelta a mi vida, que cambie mis viejos esquemas, viejas costumbres, viejas actitudes, viejos pecados. Me pides que no me deje guiar por mi viejo espíritu egoísta y me deje llevar por el Espíritu Santo. Todo esto no lo puedo hacer por mi cuenta: por eso te pido que me des tu Santo Espíritu.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Juan 3, 1-8

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.» Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»

3.- Qué dice el texto.

A un viejo fariseo judío le pide el Señor que nazca de nuevo. ¡Casi nada! El fariseo es precisamente el piadoso judío aferrado a las costumbres y tradiciones del pasado. Las recuerda, las vive, las celebra, las predica. En eso emplea toda su vida. Y precisamente a él le pide el Señor que “nazca de nuevo”. Y entiende tan mal estas palabras del Señor que las interpreta al pie de la letra, como si Jesús se hubiera pasado de rosca. Jesús le habla de un nuevo nacimiento en el Espíritu.

Es precisamente Juan el especialista en lo que podríamos llamar “impactos de novedad”. Nos habla de un “nuevo vino”, de un “nuevo templo, de una “nueva agua”, de un “nuevo maná”, de una “nueva luz”, de una “nueva vida”. Los milagros de Jesús en Juan son “signos” de nuevas realidades. Precisamente Jesús ha venido a hacer nuevas todas las cosas.  (Apo. 21,5) El Papa Francisco nos está invitando a cambiar, a no dejar las cosas como están, a no hacer las cosas simplemente porque “siempre se han hecho así”. Y, sobre todo, nos está invitando a “nacer de nuevo”.

Todos los nacimientos son bonitos: el nacimiento de un río, el nacimiento de una flor, el nacimiento del día, el nacimiento de un pájaro. ¿Qué diremos del nacimiento de un niño? Y, sobre todo, ¿qué diremos del nacimiento de un adulto? No se trata de entrar de nuevo en el vientre de su madre, sino de nacer a una “vida nueva”. A los nuevos cristianos les llamaban “hombres inéditos”. Con la venida de Jesús al mundo se inaugura “una nueva edición de hombre y de mujer”. Hombres y mujeres “al estilo de Jesús.

Meditación del Papa Francisco

El ‘renacer de lo Alto’, renacer del Espíritu que dio vida al primer núcleo de los primeros cristianos, cuando ‘aún no se llamaban así’. Tenían un solo corazón y una sola alma. Una comunidad en paz. Esto significa que en esa comunidad no había lugar para el chismorreo, para las envidias, para las calumnias, para las difamaciones. El amor cubría todo. Para calificar una comunidad cristiana sobre esto, debemos preguntarnos cómo es la actitud de los cristianos. ¿Son mansos, humildes? ¿En esa comunidad hay disputas entre ellos por el poder? ¿Disputas de envidia? ¿Hay chismorreo? No están en el camino de Jesucristo. Esta peculiaridad es muy importante, muy importante, porque el demonio busca separarnos siempre. Es el padre de la división […]Y esto es lo que explicaba Jesús a Nicodemo: este nacer de lo Alto. Porque el único que puede hacer esto es el Espíritu. Esta es obra del Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. Espíritu hace unidad. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 29 de abril de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Silencio)

5.-Propósito. Hoy voy a mirar a las personas con unos ojos nuevos, con la mirada de Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque siempre me animas, me ayudas, me ofreces caminos nuevos, rutas inexploradas, horizontes fenomenales. A Ti no te va lo viejo ni lo aburrido, ni lo cansado, ni lo repetido. A Ti te va la novedad, el estreno, la sorpresa. Gracias, Señor porque, aunque tenga muchos años, siempre me llamas a tener un corazón joven.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Vosotros sois testigos

Miedo, sorpresa, alegría…hasta la fe

Por esas situaciones pasan los apóstoles según el texto evangélico de san Lucas. No podían “creer”, que Jesús se había hecho presente: era imaginación de ellos, lo que veían era un fantasma, pensaron. La alegría de verle, palpar sus manos y pies impedía su fe, era una maravillosa ilusión. Fue necesario que se abriera su entender, captar que lo sucedido estaba anunciado en la Escritura y Jesús mismo se lo había anunciado a ellos, para llegar a la fe. Así logran pasar del signo a lo que se significaba. De la evidencia sensible a la fe. Que es fe ante el misterio.

Los signos que fortalecen nuestra fe

1º El testimonio de los apóstoles. Los apóstoles se juegan su vida -y la pierden- por defender la resurrección ante los testigos de la crucifixión y muerte. Y lo proclaman con valentía, como hace Pedro, según leemos en la primera lectura.

2º Sentir al hermano. Es decir: cuando compartimos lo que somos y tenemos, Al partir el pan lo reconocieron los discípulos de Emaús; al compartir el pez asado los discípulos en el evangelio de este domingo los apóstoles.

3º Hacer vida la fe. Como indica en la segunda lectura, “guardando sus mandamientos”. Es así como llegamos a conocerlo, afirma Juan. La fe se fortalece, viviendo de acuerdo con lo que ella nos pide. En fin, nuestra fe en Jesús resucitado se manifiesta, y se fortalece, en el esfuerzo continuo por seguirle.

Tener fe en el Resucitado

Cuando nos familiarizamos con su evangelio, cuando acomodamos nuestra vida a la suya, cuando mantenemos la confianza en un Jesús que sigue presente en nuestra historia, la colectiva y la individual, tenemos fe en el Resucitado. Esto nunca será perfecto. Por el contrario, con numerosas limitaciones. Pero siempre nos queda lo que pide Pedro a quienes le escuchan “arrepentíos y convertíos…”

Esto es lo que celebramos en la Pascua: la alegría nunca colmada, siempre entretejida con los dolores del vivir y el convivir, los de nuestro ser, que se manifiesta en actitud esperanzada y confiada, porque Jesús pasó por el dolor, pero mantuvo y proclamó la esperanza de su resurrección, que ahora vivimos y celebramos.

Fray Juan José de León Lastra

Comentario – Lunes II de Pascua

(Jn 3, 1-8)

Ahora nos encontramos con un importante fariseo, una autoridad de Jerusalén, que también se sintió cautivado por Jesús y no quiso perder el gusto de tratarlo personalmente. Quizás Jesús tendría una respuesta para sus preguntas más profundas, quizás le revelaría el sentido más profundo de su vida.

Pero, por otra parte, Nicodemo no quiso que lo identificaran con ese grupo de gente extraña. Lo vemos entonces escurriéndose en la oscuridad de la noche, que simboliza la desorientación, el pecado, el mal. Aquí están simbolizados entonces todos aquellos que, aferrados a sus tradiciones, tienen temor de abandonar esa seguridad y de lanzarse abiertamente detrás de Cristo.

Nicodemo reconoce a Jesús como “maestro”, pero en realidad lo que hace es aceptarlo como uno de su mismo rango, un colega. Por eso poco después Jesús le va a mostrar de un modo algo irónico que todavía tiene mucho que aprender: “¡Tú eres maestro en Israel y no sabes estas cosas!” (v. 10).

Cuando Jesús dice a Nicodemo que debe renacer de lo alto, Nicodemo no entiende, o parece interpretarlo de un modo físico: “¿Cómo se puede nacer de nuevo cuando uno ya es viejo? ¿Hay que entrar otra vez dentro de la madre?” Pero en realidad el problema de Nicodemo es que él no aceptaba renacer, porque eso significaba renunciar a una vida ya armada, ya acomodada; siendo viejo, él creía que ya había logrado lo que necesitaba para vivir tranquilo, y no estaba dispuesto a dejar sus seguridades. Jesús le indica que para eso es necesario renacer plenamente por la obra del Espíritu Santo. Sin ese paso, es imposible que nos liberemos de las insatisfacciones y de las enfermedades más profundas del corazón.

 

Oración:

“Señor, no quisiera instalarme cómodo en lo que ya he conseguido y olvidar que el Espíritu Santo con su dinamismo quiere permanentemente renovar mi vida y hacerme renacer cada día. Hazme dócil a tu Espíritu, Señor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Hay que superar la ética individualista

30. La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No sólo esto; en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo.

La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.

Homilía – Domingo III de Pascua

1

Ha resucitado el Señor

La resurrección de Jesús sigue siendo la Buena Noticia por excelencia. Es la que anuncia Pedro en su discurso ante el pueblo (“matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”) y el centro de la “catequesis” que el mismo Jesús hace a los apóstoles sobre el misterio de su entrega pascual (“así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará al tercer día”).

Continúa la Pascua. Sigue el Cirio encendido y las flores y los cantos y los aleluyas. El pueblo cristiano se siente “renovado y rejuvenecido en el espíritu”, con la “alegría de haber recobrado la adopción filial” (oración colecta), “renovado con estos sacramentos de vida eterna” (poscomunión), “exultante de gozo porque en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría” (oración sobre las ofrendas).

 

Hechos 3, 13-15. 17-19. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Hoy leemos parte del importante discurso misionero del apóstol Pedro, uno de los cinco suyos que ofrece el libro de los Hechos: esta vez ante el pueblo, maravillado por la curación del paralítico.

Con valentía y claridad acusa Pedro a la multitud de que han rechazado a Jesús, cuando Pilato había decidido soltarlo, o sea, han rechazado “al Santo, al Justo”, mientras que han pedido el indulto de un asesino: “matasteis al autor de la vida”. Pero en seguida llega al que es siempre el meollo de sus discursos: “pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. También añade una convicción repetida: “y nosotros somos testigos”.

Pedro disculpa al pueblo, y también a las autoridades responsables: “sé que lo hicisteis por ignorancia”. El pasaje termina con la invitación a que se arrepientan y se conviertan a Jesús.

El salmo pide humildemente a Dios que haga “brillar sobre nosotros la luz de su rostro”. Porque “¿quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”. Sólo en Dios podemos encontrar la paz: “tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo”.

 

1 Juan 2, 1-5. El es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero

Este año leemos como segunda lectura, casi todos los domingos de Pascua, la primera carta de Juan, que leemos más completa en las ferias del tiempo de Navidad.

Un primer aspecto del pasaje de hoy es la invitación a no pecar y, a la vez, a seguir teniendo confianza a pesar del pecado, porque tenemos a Jesús como “víctima de propiciación” y abogado que nos defiende ante el Padre.

Pero hay otra preocupación en toda la carta, como ya comentábamos en la introducción a la Cincuentena Pascual. Los gnósticos, a fines del siglo I, propalaban la doctrina que basta el “conocimiento intelectual” (la “gnosis” griega) para salvarse. Juan les recuerda que hacen falta además las obras, que sólo “conoce” quien “guarda los mandamientos”, o sea, quien “guarda la palabra” de Cristo: “en esto sabemos que lo conocemos, en que guardamos sus mandamientos… Quien dice: yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso”.

 

Lucas 24, 35-48. Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

Inmediatamente después de la escena de los discípulos de Emaús, que leíamos el domingo pasado, escuchamos hoy la primera aparición del Resucitado al grupo de sus discípulos.

La reacción de estos es de susto, de miedo, de incredulidad: creían ver un fantasma. Jesús les asegura que no es un fantasma y les muestra sus manos y sus pies con las llagas de la pasión todavía visibles: “soy yo en persona… un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Para más demostración, pide algo de comer, y le ofrecen un trozo de pez asado, que come delante de ellos.

Jesús les hace a continuación una catequesis, como la que había hecho a los dos discípulos en el camino de Emaús. Les abre el entendimiento para comprender las Escrituras: lo que habían anunciado de él Moisés y los profetas y los salmos se estaba cumpliendo en plenitud.

 

2

Sigue la alegría de la Pascua

Los textos de hoy siguen, naturalmente, con el tono de entusiasmo y alegría que inauguramos hace apenas dos semanas, por la gran noticia de la resurrección del Señor.

En la oración colecta pedimos a Dios “que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente”. La oración sobre las ofrendas habla de la “Iglesia exultante de gozo” y pide: “pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno”. La poscomunión enlaza las dos perspectivas: “ya que has querido renovar a tu pueblo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa”.

En el amor que nos ha mostrado Dios y en la entrega que Cristo Jesús ha hecho de sí mismo por nosotros está la motivación más profunda de nuestra alegría. Un creyente puede decir con el salmo: “en paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo”.

A los discípulos se les cambió la duda y el miedo en una inmensa alegría, aunque no acababan de creer que fuera verdad la presencia del Resucitado.

¿Y nosotros? Todavía nos quedan cinco semanas de Pascua. ¿Estamos progresando en esta actitud de alegría interior, de paz, de confianza? ¿nos creemos de veras la Buena Noticia de la vida de Jesús y su presencia entre nosotros? ¿se puede decir que los demás nos ven con otra cara, más pascual, con una nueva visión de los acontecimientos y las personas?

Se cumplen las promesas del Antiguo Testamento

Como Pedro habla a judíos, puede argumentar a partir de los textos que ellos conocían: les hace ver la “continuidad” y el “cumplimiento” de los anuncios del AT en Jesús de Nazaret: “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús”. Lo mismo hace Jesús en las palabras con que explica el sentido de la historia a los apóstoles: “todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. En concreto, lo que les costaba más de comprender era lo de que: “estaba escrito que el Mesías padecerá y resucitará al tercer día”.

Ahí fue donde por primera vez debió entender Pedro la idea del mesianismo que tenía Jesús, tan distinta de la que él había imaginado. El que más instintivamente había reaccionado al oír hablar de la muerte de Jesús, es el que ahora, en su discurso al pueblo, afirma con rotundidad: “Dios cumplió lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer”.

Todo el AT se cumple en Jesús. También los salmos, que rezamos “desde Cristo” para captar todo su sentido. O porque los dirigimos a él (el día de la Ascensión, “pueblos todos batid palmas… Dios asciende entre aclamaciones”), o porque los ponemos en sus labios (en el momento de su muerte: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).

Como dice la introducción al Leccionario, en el AT y en el NT “la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo”, porque “en el Antiguo Testamento está latente (“latet”) el Nuevo, y en el Nuevo se hace patente (“patet”) el Antiguo” (OLM 5).

Ojalá también a nosotros el Señor nos abra el entendimiento para comprender las Escrituras. En cada Eucaristía, en su primera parte, escuchamos con fe y atención las lecturas bíblicas, tanto del AT (aunque no en este tiempo de Pascua) como del NT y del evangelio. En nuestra generación, sobre todo después del Vaticano II, la comunidad cristiana ha tomado mucho más en serio esta proclamación y escucha de la Escritura.

 

La Pascua pide novedad de vida

La vida nueva que Cristo nos quiere comunicar significa, en la práctica, que los cristianos debemos evitar el pecado. En su carta, Juan dice cuál es el objetivo de su escrito: “os escribo esto para que no pequéis”. Porque aunque sea verdad que los bautizados en Cristo Jesús “han nacido de Dios”, también lo es que siguen siendo débiles y vulnerables.

Pascua no es sólo el canto de aleluyas. Exige un estilo de vida libre del pecado. Las lecturas de hoy nos invitan a la conversión. Pedro termina su discurso al pueblo: “por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados”. Juan, en su carta, urge a que no pequemos, aunque tengamos “una víctima de propiciación por nuestros pecados”. El mismo Jesús, al presentar a sus discípulos el cumplimiento del AT en su muerte y resurrección, añade que “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”.

La celebración de la Pascua, para los cristianos, es vivir en la luz, en el amor, en la verdad.

 

Los que se saben perdonados, perdonan más fácilmente

Junto al pecado y la conversión, está también la gran noticia del perdón. Jesús anuncia a la vez “la conversión y el perdón de los pecados”. Y Juan nos dice que ni siquiera el pecado que pueda existir en nuestra vida nos tiene que privar de la confianza que debemos tener en Dios, porque “si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo”.

Cuando Jesús, en la escena de su aparición, pide algo para comer, se puede interpretar su gesto como prueba de que “no es un fantasma”, sino una persona de carne y hueso. Pero también tiene otro sentido, como lo tiene el que en la escena del lago les haya preparado un “desayuno pascual” con aquel pescado asado: quien “come con otros”, está mostrando su buena disposición para con ellos. En este caso, su actitud de perdón por haberle abandonado todos en el momento de su pasión.

Es interesante constatar que sea precisamente Pedro, el que tenía sobre su conciencia un grave acto de cobardía al negar a Jesús, quien ofrece a sus oyentes judíos esta salida airosa, disculpándoles de su pecado: “sé que lo hicisteis por ignorancia”. Él, a quien Jesús perdonó después de la resurrección, haciéndole fácil su rehabilitación ante los demás, es quien está mejor dispuesto a ofrecer el perdón a los demás, distinguiendo el pecado, que condena, y al pecador, a quien disculpa e invita a la conversión. Quien se sabe perdonado, perdona más fácilmente.

 

¿Por qué os alarmáis?

Como los discípulos que escapaban a Emaús se sentían tristes y desilusionados, y como el grupo de los apóstoles, recluidos por miedo a los judíos, estaban llenos de dudas y de alarma, también nosotros, en algunos momentos de nuestra vida, podemos experimentar esas mismas dudas y falta de entusiasmo.

Por tanto, podemos merecer la queja de Jesús: “¿por qué os alarmáis? ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?”. En vez de sentir la alegría de la Pascua, ¿creemos ver fantasmas y nos dejamos asaltar por la duda y la desilusión?

Es verdad que nosotros no pretendemos ver en persona Jesús, y que coma con nosotros, pero tenemos fe en su presencia real, aunque invisible. No estamos celebrando sólo que hace dos mil años resucitó y que el sepulcro estaba vacío. Sino que sigue vivo, y que “está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”, aunque no le veamos. En la Eucaristía también a nosotros se nos “aparece” como Palabra viviente y como Pan de vida. También a nosotros nos dice “soy yo en persona”.

Por difíciles que sean estos tiempos, y por fuertes que se nos presenten los interrogantes y los motivos de duda, en esta Pascua tendríamos que dejarnos contagiar de la vida del Resucitado e imitar el ejemplo de aquella primera comunidad, que tampoco vivió unos tiempos precisamente fáciles.

Vosotros sois testigos de esto

La experiencia del encuentro con el Resucitado -sobre todo en la Eucaristía- debe cambiar algo en nuestras vidas, como lo hizo con los dos de Emaús o con los demás apóstoles y discípulos. Nos debe enviar claramente a una “misión”, a dar testimonio de nuestra fe en la vida.

Pedro nos da un admirable ejemplo de coherencia y valentía. Hacía pocos días había negado que conociera a Jesús y, en el momento de la cruz, había huido como casi todos los demás, acobardados. Pero ahora han tenido la experiencia de la Pascua, se han visto inundados por la fuerza del Espíritu el día de Pentecostés, están llenos de ánimo y se atreven a decir ante todo el pueblo: “vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó… y nosotros somos testigos”, haciendo así eco a las palabras de Jesús en su primera aparición: “vosotros sois testigos de esto”.

Ahora también hacen falta cristianos y comunidades así. La Buena Noticia no la hemos escuchado nosotros por boca de ángeles, sino por el testimonio de la Iglesia. Nadie nace cristiano: continuamente está en marcha la dinámica de la “nueva evangelización”, por parte de la comunidad eclesial, en particular por las familias y las escuelas cristianas.

Son testigos creíbles de Cristo los cristianos que se aman y promueven la paz y la justicia, que se esfuerzan por ayudar a todos, en actitud de servicialidad, en medio de un mundo egoísta. Ya nos dijo él: “en esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros”.

Por grandes que sean las dificultades y por hostil o indiferente que nos parezca el ambiente social, si estamos llenos de la Pascua del Señor, convencidos de la fe en él y movidos por su Espíritu, se nos notará en las palabras y en los hechos, cuál es nuestra motivación. Nos mantendremos firmes en nuestra fe, independientes de las modas o de las corrientes ideológicas o de los intereses humanos o de nuestras cobardías y miedos.

Al empezar la tercera semana de Pascua, ¿se nota algún cambio en nuestra vida? ¿estamos todavía en el “viaje de ida” de los de Emaús, o ya en el de vuelta? ¿todavía en el susto y la tristeza de los apóstoles encerrados, o ya en la luz y la alegría? ¿en la cobardía o en la valentía del testimonio? ¿qué consecuencias tiene en nuestra vida la Eucaristía que celebramos, en la que Cristo se nos hace presente en la comunidad reunida, en la que nos “abre el entendimiento” para que entendamos las Escrituras, y en la que se nos da él mismo como alimento espiritual para el camino?

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Lc 24, 35-48 (Evangelio – Domingo III de Pascua)

Una nueva experiencia con el Resucitado

La lectura del texto lucano quiere enlazar, a su manera, con el del domingo pasado (el evangelio de Tomás), ya que todo el capítulo lucano es una pedagogía de las experiencias decisivas de la presencia del Viviente, Jesús el crucificado, en la comunidad. El que se mencione en esta escena el reconocimiento que hicieron los discípulos de Emaús al partir el pan, viene a ser una introducción sugerente para dar a entender que el resucitado se «presenta» en momentos determinados entre los suyos con una fuerza irresistible. El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos… pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una apologética de la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos.

Esta forma semiótica, simbólica, de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo; las experiencias que tiene con los discípulos (aunque exageradas por la polémica apologética de que los cristianos habían inventado todo esto) les fascina, pero no para concebirlas en términos de fantasía sobre la resurrección, sino para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa, anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a todos los hombres.

No podemos olvidar que las apariciones pertenecen al mundo de lo divino, no al de las realidades terrestres. Por lo mismo, la presentación de un relato tan “empirista” como este de Lucas requiere una verdadera interpretación. Lo divino, es verdad, puede acomodarse a las exigencias de la “corporeidad” histórica, y así lo experimentan los discípulos. Pero eso no significa que, de nuevo, el resucitado da un salto a esta vida o a esta historia. Si fuera así no podíamos estar hablando de “resurrección”, porque eso sería como traspasar los límites de la “carne y de la sangre”, que no pueden heredar el reino de Dios (cf 1Cor 15,50). Los hombres podemos aplicarle a lo divino nuestras preconcepciones antropológicas. Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la “carne y la sangre”.

Hoy está planteado en el evangelio la realidad y el sentido de las apariciones del resucitado y debemos ser valientes para “predicar y proclamar” que las apariciones de Jesús a los suyos no pueden ser entendidas como una vuelta a esta vida para que los suyos lo reconocieran. Se hizo presente de otra manera y ellos lo experimentaron tal como eran ellos y tal como sentían. Esto es lo que pasa en estas experiencias extraordinarias en las que Dios interviene. Jesús no podía comer, porque un resucitado, si pudiera comer, no habría resucitado verdaderamente. Las comidas de las que se quiere hablar en nuestro texto hacen referencia a las comidas eucarísticas en las que recordando lo que Jesús había hecho con ellos, ahora notan su presencia nueva. En definitiva: la “corporeidad” de las apariciones de Jesús a sus discípulos no es material o física, sino que reclama una realidad nueva como expresión de la persona que tiene una vida nueva y que se relaciona, también, de forma nueva con los suyos. Esta capacidad nueva de relación de Jesús con los suyos y de éstos con el resucitado es lo que merece la pena por encima de cualquier otra cosa.

1Jn 2, 1-5 (2ª lectura – Domingo III de Pascua)

La muerte redentora frente al mundo

La segunda lectura, al igual que el domingo pasado, insiste en los mandamientos de Jesús para vencer al pecado. La comunidad joánica se enfrenta con el “pecado del mundo”, le abruma, y el autor pone ante sus ojos la muerte redentora de Jesús como posibilidad excepcional de la victoria sobre el mismo.

Es verdad que no debemos entender la expiación de Jesús en un sentido jurídico, como una necesidad metafísica para que Dios se sienta satisfecho, ya que Dios no necesita la muerte de su Hijo. Pero su muerte es un sacrificio por nosotros, porque en ella está la fuerza que vence al mundo y el pecado del mundo, el pecado en el que se estructura la historia de la humanidad y que los cristianos deben vencer desde la fuerza de la muerte redentora de Jesús.

Hch 3, 13-19 (1ª lectura Domingo III de Pascua)

Anunciar que el crucificado vive, ¡sin miedo!

La primera lectura de hoy es el segundo discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, el segundo discurso kerigmático, después del de Pentecostés, porque «proclama» con claridad la fuerza del mensaje pascual: la muerte y resurrección de Jesús. La ocasión es la curación extraordinaria de un cojo, alguien que está impedido de andar, como si el evangelista Lucas, que tanto interés ha puesto en el camino, en el seguimiento, quisiera decirnos que la resurrección de Jesús hace posible que todas las imposibilidades (físicas, psíquicas y morales), no fueran impedimento alguno para seguir el camino nuevo que se estrena especialmente por la resurrección de Jesús.

Pedro, pues, el primero de los apóstoles, es el encargado de este tipo de discursos oficiales en Jerusalén para ir dejando constancia que ahora yo no tendrán miedo para seguir a Jesús, el crucificado, ni ante las autoridades judías, ni ante las autoridades romanas. Al contrario, deben anunciarlo ante el pueblo, para poner de manifiesto que ellos están por este crucificado que es capaz de dar un sentido nuevo a su existencia. Es un discurso en el que se pone de manifiesto que el Dios de los «padres», el Dios de la Alianza, el Dios de Israel, es el que hace eso, no otro dios cualquiera. Que si quieren ser fieles a las promesas de Dios, el único camino es el de Jesús muerto y resucitado.

Comentario al evangelio – Lunes II de Pascua

Los discípulos vieron claro muy pronto que, en este mundo, los poderes se alían -en este caso hablan de Herodes y Poncio Pilato- y siempre hay gente dispuesta entre “los nuestros” a ser parte de la alianza si con eso ganan algún beneficio.

Y sigue ocurriendo hoy en todos los ámbitos, porque mercadear con el poder es muy humano. En toda cultura y tiempo. Cambiarán las formas y los modos, pero seguiremos dejando inocentes a la orilla del camino: a unos porque les hacen sombra, otros los viven como una amenaza a su bienestar, otros no quieren problemas y bajan la cabeza, otros se pliegan a las medidas sabiendo que son injustas por un plato de lentejas… En fin, cada uno sabe. Así ocurrió con Jesús porque así había ocurrido antes con miles de hombres y mujeres y sigue ocurriendo hoy.

Hagamos nuestra la oración de Pedro: “Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía (parresía, dice el texto griego)”.

Seguimos amenazados y amenazando a otros cuando elegimos pactar con el poder, con el mal, con las medias-tintas, con la falta de verdad… Y ante eso, o acogemos el don de la parresía o no podremos ser fieles a Jesús y su Evangelio. Aquel día, la respuesta de Dios a la oración de los discípulos fue llenarlos de su Espíritu Santo.

Es como contemplar en la primera lectura lo que ya en el Evangelio anunció Jesús a Nicodemo, ese personaje incómodo y poco simpático (al menos para mí) que teniendo clara la verdad y por dónde caminar, no acaba de decidirse. No es capaz de romper con su vida, su posición social y religiosa… su “hombre viejo”. Por eso suele aparecer en la noche, medio oculto siempre.

Pero, ¿podemos decir que nosotros no tenemos nada de Nicodemo y su tibieza?, ¿acaso no somos buena gente, sabemos qué es lo correcto e incluso lo defendemos en la intimidad pero nos sentimos incapaces de abandonar la seguridad de lo conocido y la protección del anonimato?

¿Algo de esto tendrá que ver con nacer de nuevo y pasar de nuestro ser viejo al nuevo? (recordemos que Jn 3,4 dice el ser humano (ánthropos) viejo, no el hombre (andrós) viejo, porque el griego sí lo distingue). Lo que es seguro es que es cuestión de dejarse llevar por el Espíritu, que no casa bien con la tibieza ni la falta de valentía y verdad.

Rosa Ruiz rmi