Comentario – Lunes II de Pascua

(Jn 3, 1-8)

Ahora nos encontramos con un importante fariseo, una autoridad de Jerusalén, que también se sintió cautivado por Jesús y no quiso perder el gusto de tratarlo personalmente. Quizás Jesús tendría una respuesta para sus preguntas más profundas, quizás le revelaría el sentido más profundo de su vida.

Pero, por otra parte, Nicodemo no quiso que lo identificaran con ese grupo de gente extraña. Lo vemos entonces escurriéndose en la oscuridad de la noche, que simboliza la desorientación, el pecado, el mal. Aquí están simbolizados entonces todos aquellos que, aferrados a sus tradiciones, tienen temor de abandonar esa seguridad y de lanzarse abiertamente detrás de Cristo.

Nicodemo reconoce a Jesús como “maestro”, pero en realidad lo que hace es aceptarlo como uno de su mismo rango, un colega. Por eso poco después Jesús le va a mostrar de un modo algo irónico que todavía tiene mucho que aprender: “¡Tú eres maestro en Israel y no sabes estas cosas!” (v. 10).

Cuando Jesús dice a Nicodemo que debe renacer de lo alto, Nicodemo no entiende, o parece interpretarlo de un modo físico: “¿Cómo se puede nacer de nuevo cuando uno ya es viejo? ¿Hay que entrar otra vez dentro de la madre?” Pero en realidad el problema de Nicodemo es que él no aceptaba renacer, porque eso significaba renunciar a una vida ya armada, ya acomodada; siendo viejo, él creía que ya había logrado lo que necesitaba para vivir tranquilo, y no estaba dispuesto a dejar sus seguridades. Jesús le indica que para eso es necesario renacer plenamente por la obra del Espíritu Santo. Sin ese paso, es imposible que nos liberemos de las insatisfacciones y de las enfermedades más profundas del corazón.

 

Oración:

“Señor, no quisiera instalarme cómodo en lo que ya he conseguido y olvidar que el Espíritu Santo con su dinamismo quiere permanentemente renovar mi vida y hacerme renacer cada día. Hazme dócil a tu Espíritu, Señor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día