Comentario – Martes II de Pascua

(Jn 3, 7-15)

Así como el viento sopla donde quiere, así es el que nace del Espíritu. Está dispuesto a dejarse llevar, a dejarse movilizar sin pretender tenerlo todo bajo control, sin querer encasillarlo todo dentro de planes y esquemas rígidos que le den seguridad. Para el que nace del Espíritu la seguridad está simplemente en la confianza puesta en él.

Este nacimiento no se refiere sólo al bautismo, porque el bautismo es un germen, un comienzo; se refiere al renacimiento que el Espíritu va realizando permanentemente en nosotros, hasta el último momento de nuestra vida, renacimiento que sólo será pleno y definitivo en la gloria celestial. Por eso, en 1 Juan 3, 9 leemos que “el que nació de Dios ya no peca”. Evidentemente no se refiere simplemente al que ha sido bautizado, sino al que ha renacido plenamente por la acción del Espíritu. Así, este texto es una invitación a no conformarnos con haber recibido el bautismo, como si eso bastara, sino a dejarnos tomar por el Espíritu en un renacimiento permanente.

Nicodemo sigue sin entender, porque mira a Jesús como si fuera uno más, que está dando una opinión como un maestro cualquiera. Por eso, antes de responderle, Jesús quiere hacerle notar que él no es un maestro cualquiera, sino el único que puede enseñar con verdadera autoridad, porque él viene del cielo y dice lo que “ha visto” en el cielo, en la presencia del Padre. Nadie más viene del cielo, porque nadie ha podido llegar allí para traer la verdad.

Pero la serpiente elevada, a través de la cual se recuperaba la salud, es Cristo elevado en la cruz que trae la salvación al hombre. El que vino del cielo termina siendo elevado en una cruz para que lo contemplemos y tengamos vida.

Oración:

“Señor, no quisiera considerarte un maestro más, o creer que tu Palabra es sólo una opinión. Dame la gracia de aceptarte como el único maestro perfecto, que conoces más que nadie la verdad de la vida”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día