La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LA LUZ EN EL CANDELERO

Mc 4, 21-23; Lc 8, 16; 11, 33

Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que entran vean la luz.

Quien sigue a Cristo –quien enciende una lámpara– no solo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. El Señor lo ilustra con diversas imágenes muy expresivas y asequibles. En todas las casas alumbraba el candil al caer la tarde, y todos conocían dónde se colocaba y por qué. El candil está para iluminar y había de colocarse bien alto; quizá colgaba de un soporte puesto solo para ese fin, o se situaba encima de una base fija, para que quedara a la altura necesaria para iluminar la estancia. A nadie se le ocurría esconderlo de tal manera que su luz quedara oculta. ¿Para qué iba a servir entonces?

Vosotros sois la luz del mundo, había dicho en otra ocasión a sus discípulos. La luz del discípulo es la misma del Maestro. Sin este resplandor de Cristo, la sociedad queda en las más espesas tinieblas. Y cuando se camina en la oscuridad se tropieza y se cae.

Cristo se refleja en sus santos, en quienes le siguen: «Sabemos que ha salido el sol por los objetos que reflejan sus rayos. Así son también aquellos en los que habita Cristo. Ellos no son la luz, pero irradian la luz para que otros lleguen a la luz»[1].


[1] SAN AGUSTÍN, Comentario al Evang. de san Juan, 2, 6.