Comentario – Jueves II de Pascua

(Jn 3, 31-36)

Este texto nos muestra cómo nuestra fe cristiana está completamente centrada en la Persona de Jesús. El Padre lo ama y ha puesto todo en sus manos, y su humanidad está repleta del Espíritu Santo, porque el Padre “le da el Espíritu sin medida” (v. 34). De esa humanidad del Hijo de Dios, llena del Espíritu, desborda para nosotros la fuerza de la vida divina.

Por eso podemos decir que su Corazón Sagrado es la fuente del Espíritu Santo para nosotros, la fuente del amor divino, la fuente de la gracia. Y por eso mismo, “quien cree en el Hijo tiene vida eterna”. El es el corazón de la Iglesia, él vive en el interior de la comunidad cristiana para llenarla del poder del Espíritu, de la fuerza del amor. Pero también en el interior de la vida de cada cristiano él es el corazón, él es la fuente de la vida nueva, de la verdadera vida.

Así podemos entender por qué nuestra fe es vana si Cristo no ha resucitado, ya que el Padre ha querido que todos los dones de su gracia broten para nosotros de esa humanidad gloriosa de Cristo resucitado. Porque Dios ha querido salvar a la humanidad “desde adentro”, haciéndose presente con su poder salvador en la entraña misma de nuestra vida humana, y derramar su Espíritu desde un corazón humano.

Esto es tan bello que algunos doctores de la Iglesia, especialmente de la escuela franciscana, han sostenido que aunque el hombre no hubiera pecado, el Hijo de Dios igualmente se habría encarnado. Ya que no es sólo nuestro pecado lo que lo movió a encarnarse, sino su amor, que ha buscado acercarse a nosotros hasta el colmo de hacerse uno de nosotros.

Oración:

“Señor Jesús, que estás repleto de la vida, del amor y de la luz del Espíritu Santo, abre tu Corazón Sagrado y derrama en mí el poder de tu Espíritu, llena a mi familia de tu Espíritu, transforma este mundo con la fuerza de amor del Espíritu Santo”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día