Comentario al evangelio – Viernes II de Pascua

Si sólo leyéramos pasajes del evangelio como la multiplicación de los panes y los peces, sería fácilmente entendible que Jesús fuera recibido en Jerusalén con hosannas y al grito de “Viva nuestro Rey”. ¿Quién no quiere apuntarse al séquito de alguien que nos da de comer y beber sin medida y con quien no pasaremos necesidad alguna? El problema fue, ya sabemos, que la concepción del éxito que tenía Jesús pareció distanciarse bastante de la del pueblo, hasta el punto de morir ajusticiado como un malhechor en la cruz.

Por eso sorprende más el contraste con la prudente equidistancia de Gamaliel. En muchas ocasiones quisiéramos tener cerca una mente tan práctica como la suya: sin tomar opción, sin dar su opinión, sin comprometerse con ninguna de las posiciones… Simplemente dejar que las cosas sigan su curso y con el tiempo, se verá si eran de Dios o no por los éxitos que cosechen. Gamaliel es esa prudencia muy útil para evitar conflictos pero no para resolverlos.

Aquí, en España, se utiliza una expresión que creo está bastante cercana a la estrategia de Gamaliel: la de don Tancredo. Parece que fue un personaje taurino popular allá por los inicios del siglo XX. Su modo de hacer frente al toro bravo era esperar impasible sobre un pedestal a que saliera el astado embravecido a la plaza. Y así, impávido don Tancredo en el centro del ruedo, casi siempre maquillado y con ropas cómicas, conseguía salvar la vida y acabó siendo famoso. Ciertamente, evitó el conflicto, pero no se puede decir que toreara ni mucho menos que hiciera alguna aportación al arte taurino.

Los que seguimos al Maestro, al Cristo, al que multiplicaba los panes y los peces pero rehuía ser proclamado rey por la gente y acabó muriendo en cruz, no sé si podemos permitirnos tal prudencia: ni la de Gamaliel ni la de don Tancredo. Lo nuestro creo que está más llamado a vivir con tal pasión y entrega que sean menos los aplausos y los hosannas y más la inevitable soledad al retirarnos como Jesús cuando nos aclamen por darles de comer. Que el Resucitado nos ayude.

Rosa Ruiz rmi