Comentario – Viernes II de Pascua

(Jn 6, 1-15)

Este texto sobre la multiplicación de los panes nos muestra la verdadera voluntad de Dios: que no falte el pan para todos. Los apóstoles ofrecieron a Jesús los panes de un niño, que parecían poca cosa, pero fueron una ofrenda que le bastó a Jesús para hacer su prodigio.

Porque cada vez que nosotros nos dejamos usar por la fuerza de su amor y le ofrecemos lo poco que tenemos, hay pan para todos, y sobra. Pero cuando algunos se dejan llevar por el egoísmo, el pan se acumula en pocas manos y no hay pan para todos. Porque Dios actúa en nuestra historia a través de instrumentos humanos, y cuando esos instrumentos se resisten a cumplir su función y se encierran en la ambición y la comodidad, no se cumple la voluntad de Dios en nuestra tierra.

Hasta ese punto se ha sometido Dios a nuestra libertad, hasta el punto de aparecer impotente y débil frente a nuestros males.

Frente a la seriedad de esta verdad no podemos dejar de preguntarnos qué estamos haciendo con los dones que Dios nos ha dado, en qué gastamos nuestras energías, en qué ocupamos nuestra mente, nuestro tiempo y nuestras capacidades. Porque está en juego algo sagrado: la felicidad de los demás. Por nuestra falta de entrega alguien puede quedarse sin el pan que necesita, sin un momento de alegría, sin una palabra que lo consuele.

Pero además, estos panes son un símbolo de la Eucaristía, del pan espiritual del cual va a hablar Jesús más adelante. Y la Eucaristía siempre es pan para todos; nadie se ve privado de ella por falta de dinero; es pan sobreabundante tanto para ricos como para pobres, es pan que no hace distinción de personas.

Oración:

“Señor, que eres generoso, que regalas tus dones en abundancia, toca los corazones humanos para que el egoísmo no deje a muchos de tus pobres sin el pan que necesitan para vivir. Transforma este mundo de ambición e indiferencia de manera que haya pan para todos”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día