Comentario – Domingo III de Pascua

Según los relatos evangélicos, las apariciones de Jesús se fueron sucediendo de manera imprevista en lugares y tiempos diversos. San Lucas refiere que mientras los dos de Emaús cuentan a los demás discípulos lo que les ha pasado por el camino y cómo llegaron a reconocerlo al partir el pan, Jesús de nuevo se presentó en medio de ellos y les saludó con el saludo pascual: Paz a vosotros.

La aparición les pilla de sorpresa y les infunde temor. Creen ver un fantasma y, por tanto, un producto de su propia imaginación, una ‘fantasía’. Tienen, pues, la impresión de estar siendo víctimas de una alucinación; y Jesús tiene que confirmarles en la veracidad de su percepción sensible: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Y para certificar sus palabras les mostró las manos y los pies.

Pero como no salían de su asombro y seguían atónitos, les pidió de comer, y ellos le ofrecieron un trozo de pez asado, y él lo tomó y comió delante de ellos. A continuación les dijo: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.

De nuevo la referencia a las Escrituras y a su cumplimiento, como veremos hacer después a todos los grandes teólogos de la antigüedad cristiana. Y Jesús se aplica a la misma operación de hacerles entender el contenido de estas Escrituras proféticas. Todo estaba escrito y, por tanto, previsto. Otra voluntad más grande que las voluntades humanas regía los designios de la historia.

No había que alarmarse como si hubieran empezado a adueñarse del mundo, escribiendo su historia con trazos tenebrosos e infames, las fuerzas del mal. Estaba escrito que el Mesías, esto es, el ungido de Dios, habría de padecer hasta la muerte; pero también que habría de resucitar de entre los muertos al tercer día y que en su nombre habría de predicarse la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén, el lugar de su martirio y aparente fracaso y de su resurrección y triunfo.

Jesús presenta, pues, su muerte y resurrección como algo previsto por el Señor de la historia que no puede permitir en ningún caso la prevalencia del mal. La crucifixión de Jesús podía aparecer ante el mundo como el triunfo del mal sobre el bien o del pecado sobre la inocencia; pero aquélla no era el punto y final de la historia de este movimiento iniciado por Jesús.

Era sólo un final provisional. Porque a la crucifixión y muerte sucederá la resurrección al tercer día; y a ésta el testimonio de los testigos, de los que comieron y bebieron con Jesús tras su resurrección; y al testimonio, la predicación del perdón de los pecados y la llamada a la conversión, empezando por Jerusalén y, en consecuencia, por sus mismos jueces y verdugos, es decir, por todos aquellos que lo habían llevado a la cruz. ¿Cómo no iba a ofrecer el perdón a todos aquellos por quienes había pedido el perdón estando en el suplicio de la cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen?

El mal que se había cebado con el Inocente quedaría anegado por poder de la resurrección y el agua balsámica del perdón que brotaba del sepulcro con el Resucitado. El mal no podía prevalecer sobre el bien. No sólo estaba escrito; es que el Dios, que es bondad por esencia, no lo podía permitir. Y Dios es tan poderoso que puede sacar siempre bien del mal; y es que ni siquiera el mal podría darse sin el bien de esa naturaleza en la que se da, como un accidente, o que lo produce, como un efecto. Toda naturaleza creada es buena; así lo proclama el Génesis: Y vio Dios que era bueno.

Si esto es así, el mal no puede ser naturaleza creada, sino sólo efecto o accidente de la misma. Por eso tenemos esta convicción: Dios no puede permitir que este accidente arruine enteramente su obra. Si fuese así, desaparecería la misma naturaleza y con ella el mismo mal que es efecto de la misma.

Pues bien, como no puede prevalecer el mal sobre el bien, hoy se sigue predicando en nombre de Jesús la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, incluyendo a los congregados en su Iglesia. Pero se sigue predicando, porque sigue habiendo pecados y, por tanto, mal; porque aún no se ha logrado la victoria definitiva sobre el mal, ni en el mundo ni en nosotros mismos. Jesús resucitado es nuestra esperanza. Apoyémonos en él y en su Espíritu y lo lograremos en su día.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo III de Pascua


I VÍSPERAS

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, vida y resurrección de todos los hombres, y digámosle con fe:

Hijo de Dios vivo, protege a tu pueblo.

Te rogamos, Señor, por tu Iglesia extendida por todo el mundo:
— santifícala y haz que cumpla su misión de llevar tu reino a todos los hombres.

Te pedimos por los hambrientos y por los que están tristes, por los enfermos, los oprimidos y los desterrados:
— dales, Señor, ayuda y consuelo.

Te pedimos por los que se han apartado de ti por el error o por el pecado:
— que obtengan la gracia de tu perdón y el don de una vida nueva.

Salvador del mundo, tú que fuiste crucificado, resucitaste, y has de venir a juzgar al mundo,
— ten piedad de nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te rogamos, Señor, por los que viven en el mundo
— y por los que han salido ya de él, con la esperanza de la resurrección.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado II de Pascua

1.- Oración introductoria.

Señor, yo que vengo a orar por la mañana, me doy cuenta de que muchas veces estoy, como los discípulos, en el “atardecer”. Se va la luz, llega la noche con su oscuridad y me da miedo. Sí, Señor, te lo confieso: tengo miedo a la vida y, sobre todo, tengo miedo a la muerte. Pero tu palabra me ensancha el corazón cuando hoy me diriges a mí las mismas palabras que a los apóstoles: “Soy Yo, no tengáis miedo”. Si Tú eres la Verdad, no tengo miedo a la mentira; si Tú eres la Luz, no tengo miedo a la oscuridad; si Tú eres la Vida, no tengo miedo a la muerte. Gracias, Jesús, “el quita-miedos”

2.- Lectura reposada del evangelio: Juan 6, 16-21

Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

Este texto parece indicarnos la situación de los apóstoles (también la nuestra) cuando Jesús no está. Usa tres frases: “Bajan a la orilla del mar”.  En aquel tiempo el mar era considerado como símbolo del mal. Allá está Leviatán, ese monstruo marino que es una constante amenaza contra la vida de las personas. Es una fuerza malévola.  Sin Jesús la vida resulta “un mar de amargura”. “Había ya oscurecido”. Sin Jesús, que es la Luz, la tierra se llena de oscuridad y de tinieblas. Es la total desorientación. Sin Jesús el hombre está totalmente perdido. “Soplaba un fuerte viento”. Una barca, azotada con un fuerte viento, amenaza la destrucción y la ruina. Y ¿Qué pasa cuando aparece Jesús? Viene la calma. Con Jesús las fuerzas del mal tienen que ceder. Con Jesús viene la luz, y con la luz, la orientación, el sentido de la vida, la alegría. Jesús se pone en medio de nosotros y nos dice: “Soy yo. No tengáis miedo”. Con Jesús desaparecen los miedos, las angustias, las zozobras. Con Jesús recuperamos el derecho a ser felices.

Palabra del Papa

Pregunta del presentador: ¿Qué mensaje le quiere decir Francisco a estos cinco chicos que lo escucharon y a todos los miles de niños de todo el mundo que están siguiendo ahora esta comunicación? ¿Qué mensaje les quieres dar a todos? R. Una cosa que no es mía –Jesús la decía muchas veces–: “No tengan miedo”. Nosotros en mi país tenemos una expresión que no sé cómo la traducirán en inglés: “No se arruguen”. No tengan miedo, vayan adelante, tiendan puentes de paz, jueguen en equipo y hagan el futuro mejor porque acuérdense que el futuro está en las manos de ustedes. Sueñen el futuro volando, pero no olviden la herencia cultural, sapiencial y religiosa que les dejaron sus mayores. Adelante y con valentía. Hagan el futuro. (S.S. Francisco, palabras con motivo del lanzamiento de la Plataforma de Scholas, 5 de septiembre de 2014)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto meditado (Silencio)

5.- Propósito. Hoy daré gracias al Padre por habernos hecho el regalo de su Hijo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero decirte con San Pedro:” Si nos apartamos de ti, ¿adónde iremos?. Es bueno sentirnos perdidos sin Él Es bueno constatar que, si no está Jesús en nuestra vida, quedamos desnortados. Es como si nos faltara el aire para respirar, el agua para beber, el suelo para sostenernos, el sol para iluminarnos y darnos calor. Gracias por haber venido a nuestro mundo. Si te hubieras quedado en el cielo ¿qué hubiera sido de nosotros en esta tierra?

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La “última” catequesis de Jesús

1.- Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C–se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. En el texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de Lucas de hoy, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Ya en días anteriores hemos hablado bastante sobre el aspecto del cuerpo glorificado de Jesús.

Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas—querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina. Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos va a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello.

2.- Otro aspecto que debemos tener en cuenta dentro de la catequesis del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús—es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacia duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, de los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles y resto de los discípulos. No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y todo ello en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo.

3.- La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial.

4.- Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habitación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado II de Pascua

(Jn 6, 16-21)

Al prodigio de la multiplicación de los panes se une el prodigio del caminar de Jesús sobre las aguas. El hecho de que los dos prodigios estén juntos tiene un significado especial. Porque si repasamos el Antiguo Testamento, podemos ver que la obra prodigiosa de Yavé, cuando liberó a su pueblo de la opresión egipcia, se resume en dos portentos: el “poder de Yavé sobre las aguas”, que se manifestó cuando hizo pasar a su pueblo por el Mar Rojo, y el regalo del maná con el que alimentó a su pueblo a lo largo del desierto. Así lo vemos en Éx 12, 12; Sal 77, 20; 78, 24; 107, 4-5.23.25.27-30, etc.

Por otra parte, al finalizar estas narraciones (6, 20), Jesús se presenta diciendo “Yo soy”, lo que nos recuerda el nombre divino con el cual Yavé se presentaba y manifestaba su majestad.

De este modo, el evangelio nos dice que así como Yavé manifestó su presencia poderosa en medio de su pueblo, así también Jesús manifestó su poder dominando el mar y alimentando a su pueblo. Jesús no es sólo el gran profeta anunciado (6, 14), el nuevo Moisés, sino Dios mismo en medio de su pueblo, alimentándolo y manifestándose poderoso.

Cuando los discípulos estaban navegando, preocupados por la agitación del mar, no supieron descubrir la presencia de Jesús que se acercaba a ellos, dominante sobre las aguas, y al miedo por la tormenta se unió el miedo a Jesús.

También a nosotros puede sucedemos que, teniendo a Jesús cerca de nosotros para liberarnos, nos dejamos llevar por el miedo a su presencia, a su poder; y preferimos seguir en nuestra vida miserable y enferma en lugar de darle a él las riendas de nuestra vida para ser liberados y salvados, para recuperar la calma.

Oración:

“Señor, que te manifestaste poderoso, dominador y señor sobre las aguas, ayúdame a reconocer que en el fondo de tu corazón humano reina también la gloria infinita de tu divinidad, que tú, Jesús, eres el Hijo de Dios perfecto igual que el Padre”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Ordenación de la actividad humana

35. La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo.

Por tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación.

Testigos

1.- Una niña estaba muriendo de una enfermedad de la que su hermano, de 14 años, había logrado recuperarse tiempo atrás. El médico dijo al muchacho:

–Sólo una transfusión de su sangre puede salvar la vida de tu hermana. ¿Estás dispuesto a dársela?”.

Los ojos del muchacho reflejaron verdadero pavor por unos instantes, finalmente dijo:

–De acuerdo, doctor, lo haré.

Una hora después de realizar la transfusión, el muchacho preguntó indeciso:

–¿Dígame, doctor, cuando voy a morir?

Sólo entonces comprendió el doctor el momentáneo pavor que había detectado en los ojos del muchacho: creía que, al dar su sangre, iba también a dar la vida por su hermana. El amor a su hermana llevó al muchacho a realizar este gesto heroico. El amor de Jesús por todos nosotros es lo que le llevó a dar su vida. Pero venció a la muerte y su resurrección indica que nosotros debemos dar lo que somos y tenemos por los demás.

2.- Pedro, tras la curación del tullido en la Puerta Hermosa del Templo pronuncia este segundo discurso. Tras la admiración que ha provocado el milagro, proclama la resurrección de Jesús y su papel en la salvación de los hombres. Los que reciben con asombro este signo de curación son invitados por la palabra de Pedro a descubrir su sentido. No basta con saber para salir de la ignorancia. Ellos, por ignorancia, mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ahora ya lo saben, pero no basta con descubrirlo, es necesario cambiar de actitud para salir de la ignorancia: ” arrepentíos y convertíos”. Aceptar que el paralítico ha sido curado en nombre de Jesús es aceptar que el resucitado es el Dios de la vida, actúa en la vida y transforma nuestra experiencia por el perdón que sigue al arrepentimiento. A pesar del mal y de la muerte, la vida sigue siendo posible por Cristo resucitado. El discurso de Pedro señala dos ideas fundamentales:

–Jesús, el siervo de Dios crucificado, es autor y dador de vida, el origen y el que nos guía hasta ella porque venció a la muerte con su resurrección.

— El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el “nombre de Jesús”. La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud.

3.- El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que “era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. Hay dos cosas que nos llaman la atención:

— No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que El es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Comprendemos que dice al tercer día porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.

–Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado?

En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.

José María Martín OSA

Un llamamiento al realismo

1.- El peligro de reducir la fe del creyente a pura afirmación de la ortodoxia cristiana esta ahí, a la vuelta de la esquina. La revelación de Dios en Cristo Jesús comporta un mensaje al que, por la fe, presta adhesión el creyente; pero la tentación y el peligro estriban en concederle tan solo una asunción intelectual, sin incidencia en la vida práctica. Y esto es desnaturalizar a un mismo tiempo la razón de ser del mensaje y la entraña más viva y caliente de la fe. Porque el mensaje es de vida y no de ideología, y la fe es adhesión obediencial que se expresa en la conversión y compromete toda la persona. La ortodoxia es inseparable de la ortopraxis. Lo decía ya san Juan en su primera carta: “En esto sabemos que le conocemos; en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “Yo lo conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no esta en él”.

2.- Hay en todo esto un llamamiento al realismo. El Resucitado aduce el testimonio de las llagas de sus manos y de sus pies crucificados: “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Y el Resucitado comió “un trozo de pez asado” a la vista de sus discípulos que no acaban de dar crédito a lo que estaban viendo, porque lo tenían delante. Este realismo es reclamado por el mensaje de vida y por la adhesión personal de la fe. ¿De que valdría afirmar el mensaje en la pura zona intelectual si luego no fuéramos a buscar las heridas de tantas manos de hijos de Dios y los agujeros de los clavos de tantos crucificados en los que el Resucitado se hace presente? A partir de la afirmación de que “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús”, todo creyente en el Evangelio de Jesús ha de afirmar que “el autor de la vida” es muerto y asesinado de nuevo cuando de nuevo se mata y se asesina a los hijos de Dios. El realismo de la fe se convierte de este modo en un compromiso de la fe.

3.- Es este el cometido de todo creyente y la responsabilidad inesquivable de quien se dice seguidor del Señor Resucitado. La ignorancia de este realismo ––ver en quien padece y sufre la permanente presencia de la Cruz y ver en todo hombre a un hijo de Dios por la fuerza del Resucitado–– es aducida por el apóstol Pedro en un gesto de benevolencia; pero el mismo Apóstol califica al creyente como “testigo” de este imperioso realismo de la resurrección. ¿Habrá que recordar la relación entre ese “testimonio” y el “martirio”? Las Escrituras son claras al subrayar que la resurrección no estalla sin el previo paso por el padecimiento y la cruz, sin la previa conversión del que quiere seguir la ruta del Resucitado. Pero se trata de un padecimiento, de una cruz y de una conversión que ha de traducirse en acercamiento efectivo al mundo de los hombres y en un compromiso con los problemas del mundo de los hombres. Falta de este realismo, la fe se diluye en adhesión a lo que el mismo Cristo llamará “fantasma”

Antonio Díaz Tortajada

Renacer a la esperanza

1.- “Israelitas, ¿de qué os admiráis?” (Hch 3, 12) Había motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre, postrado en la puerta Hermosa, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, llevaba inválido años y años. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Deja constancia de que, en realidad, el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acosado, hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. “Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos”. Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo nombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados” (Hch 3, 19) La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa real, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban sin saber que era el Hijo de Dios y Salvador del mundo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta comprensión para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- “Ten piedad de mí y escucha mi oración” (Sal 4, 2) “Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío: Tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración…”. La súplica del salmista refleja hoy su gran confianza en el Señor, su inquebrantable esperanza en el poder divino. Por eso recurre a él en los momentos de dificultad, en los instantes en que todo parece hundirse… Pero no olvidemos que esas palabras fueron inspiradas por Dios para que también nosotros las hiciéramos nuestras, para que las repitiéramos en nuestras dificultades con idéntica confianza, con la misma esperanza contra toda esperanza. Al fin y al cabo, Dios es el mismo de entonces; porque aunque quien pide es otro, quien recibe la petición es el mismo.

Y que no nos desaliente nuestra propia miseria, que no nos retraiga nuestra pequeñez. Tengamos en cuenta que Dios escucha al hombre, a la pobre criatura que recurre a él, no porque ésta tenga derecho alguno a ser atendida, sino que el Señor complace la petición porque es misericordioso y bueno. Es su amor sin límites lo que le inclina hacia nosotros y, en definitiva, mueve su corazón y su brazo.

“Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo” (Sal 4, 9) Sí, Dios mío, tú sólo me sostienes. Si me apoyo en los demás siempre me siento inseguro, siempre me queda el temor de que me fallen. Quizá porque uno mismo se ve tan frágil, desconfía de la aparente fortaleza de los demás. Lo cierto es que Dios mismo maldice al que confía en el hombre.

Y si me apoyo en mí mismo, entonces sí que me tambaleo. Por mucho que uno haga por estar en pie, por sentirse firme y libre de todo peligro, hay algo que siempre nos amenaza, algo que nos muestra la debilidad esencial de la pobre naturaleza humana caída.

Por todo eso, Señor, sólo tú me haces vivir tranquilo. Sólo tú me sostienes en el camino, tan duro a veces, con una fe y una fidelidad inquebrantables a tu llamada de exigencias y de amores divinos… Concédenos la luz suficiente para comprenderlo, para aceptarlo y convencernos de una vez. Y que esta convicción en tu poder y en tu amor nos dé la paz, el gozo de vivir, sufrir o reír, por ti y para ti.

3.- “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis” (1 Jn 2, 1) Al fin y al cabo, todo cuanto se escribe en nombre de Dios es para exhortarnos a no pecar, para ayudarnos en nuestra lucha diaria por ser mejores, para que no olvidemos que la suprema desgracia es la de ofender a Dios. Y cuánto se ha escrito sobre esto, y cuánto se sigue escribiendo. Predicar oportuna o inoportunamente, una y otra vez, desde un ángulo y desde otro; con la ilusión de ser atendido y sembrar así la alegría en el corazón triste de los hombres, o quizás con la sensación de que muchas veces es una semilla que se pierde, como unos granos que nunca echarán raíces, o unas palabras que no hallarán resonancia alguna.

De todos modos, la siembra ha de continuar. Porque de todas formas, siempre habrá, hay ciertamente, un rincón, un rescoldo de buena tierra que recoge la simiente y da fruto, el maravilloso fruto del verdadero amor, el que no muere nunca, el fruto de la vida sin muerte… Sí, vale la pena sembrar siempre, seguir caminando por la tierra con el zurrón generosamente abierto, la mano llena de buena semilla, la de Cristo, la del amor, la de la justicia, la de la paz; y desparramarla al viento, sembrar a fondo perdido, llenos de ilusión y de esperanza.

“Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo ” (1 Jn 2, 2) Una exhortación continua a no pecar, un deseo siempre encendido que pide con tenacidad el fiel cumplimiento de la voluntad divina, con la convicción plena de que sólo amando a Dios y a los hombres por él, crecerá la felicidad y el gozo en este nuestro valle de lágrimas.

Pero esa exhortación a no pecar llega aún más lejos. Es una llamada de Dios que busca nuestro interés y nada más. Por eso es una llamada llena de comprensión, una llamada que hace brotar la esperanza. Así, pues, San Juan nos sigue diciendo que si alguno peca que no se desanime, que no se deje vencer por la tristeza y la desesperanza, que se levante de nuevo, que camine otra vez hacia la casa del Padre, persuadido de que ese buen Padre está esperando nuestro retorno con los brazos abiertos, dispuesto siempre al perdón, y a empezar de nuevo.

Y es que, ante el Padre y muy cerca de él, tenemos a Jesús que, con los brazos en cruz, es nuestro abogado, el perfecto Mediador que siempre consigue el perdón del pecador, aun del más grande que podamos imaginar. Sólo es necesaria una cosa para obtener el perdón: pedirlo.

4.- “Mientras hablaban se presentó Jesús en medio…” (Lc 24, 36) Los acontecimientos postpascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza, tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. “Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros”. Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciaba y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, “no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos”. Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño…

El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: “¿Tenéis algo que comer? –les pregunta–. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. A partir de entonces la luz de la Pascua, en efecto, se extendió hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.

Antonio García Moreno

Compañero de camino

 

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del «fanático», que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición. La suya es una fe cerrada donde falta acogida y escucha del Misterio, y donde sobra arrogancia. Esta fe no libera de la rigidez mental ni ayuda a crecer, pues no se alimenta del verdadero Dios.

Está también la posición del «escéptico», que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más.

Está además la postura del «indiferente», que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Solo le interesa lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?

Está también el que se siente «propietario de la fe», como si esta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta.

Está además la «fe infantil» de quienes no creen en Dios, sino en aquellos que hablan de él. Nunca han tenido la experiencia de dialogar sinceramente con Dios, de buscar su rostro o de abandonarse a su misterio. Les basta con creer en la jerarquía o confiar en «los que saben de esas cosas». Su fe no es experiencia personal. Hablan de Dios «de oídas».

En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Solo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.

Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino». Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Jesús como «compañero de camino».

 

José Antonio Pagola