Comentario – Sábado II de Pascua

(Jn 6, 16-21)

Al prodigio de la multiplicación de los panes se une el prodigio del caminar de Jesús sobre las aguas. El hecho de que los dos prodigios estén juntos tiene un significado especial. Porque si repasamos el Antiguo Testamento, podemos ver que la obra prodigiosa de Yavé, cuando liberó a su pueblo de la opresión egipcia, se resume en dos portentos: el “poder de Yavé sobre las aguas”, que se manifestó cuando hizo pasar a su pueblo por el Mar Rojo, y el regalo del maná con el que alimentó a su pueblo a lo largo del desierto. Así lo vemos en Éx 12, 12; Sal 77, 20; 78, 24; 107, 4-5.23.25.27-30, etc.

Por otra parte, al finalizar estas narraciones (6, 20), Jesús se presenta diciendo “Yo soy”, lo que nos recuerda el nombre divino con el cual Yavé se presentaba y manifestaba su majestad.

De este modo, el evangelio nos dice que así como Yavé manifestó su presencia poderosa en medio de su pueblo, así también Jesús manifestó su poder dominando el mar y alimentando a su pueblo. Jesús no es sólo el gran profeta anunciado (6, 14), el nuevo Moisés, sino Dios mismo en medio de su pueblo, alimentándolo y manifestándose poderoso.

Cuando los discípulos estaban navegando, preocupados por la agitación del mar, no supieron descubrir la presencia de Jesús que se acercaba a ellos, dominante sobre las aguas, y al miedo por la tormenta se unió el miedo a Jesús.

También a nosotros puede sucedemos que, teniendo a Jesús cerca de nosotros para liberarnos, nos dejamos llevar por el miedo a su presencia, a su poder; y preferimos seguir en nuestra vida miserable y enferma en lugar de darle a él las riendas de nuestra vida para ser liberados y salvados, para recuperar la calma.

Oración:

“Señor, que te manifestaste poderoso, dominador y señor sobre las aguas, ayúdame a reconocer que en el fondo de tu corazón humano reina también la gloria infinita de tu divinidad, que tú, Jesús, eres el Hijo de Dios perfecto igual que el Padre”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día