Miedo y paz

 

En principio, el miedo es un componente de nuestro propio sistema biológico. Constituye una señal que nos alerta de algún peligro o amenaza, con lo cual nos predispone para hacerle frente, a través de los conocidos mecanismos de huida, ataque o congelación.

Sin embargo, todo se complica por dos motivos: por un lado, porque el cerebro no distingue las amenazas reales de las imaginarias; por otro, porque la mente pensante es una fábrica incesante de pensamientos, preocupaciones y, en no pocos casos, de peligros que únicamente existen en ella.

Más allá de aquellos factores que, fruto de la propia psicobiografía, son la causa del miedo mental, podría decirse que el miedo es hijo de la ignorancia, de la misma manera que la paz es hija de la comprensión.

La ignorancia es desconocimiento de nuestra verdadera identidad y, en la misma medida, creencia de estar separados de la vida. O por decirlo brevemente: ignorancia es sinónimo de consciencia de separatividad. A partir de esta creencia, el miedo es tan inevitable como imposible de superar.

La comprensión nos hace salir de aquella ignorancia mental al reconocer que somos uno con la vida. Más allá de la “apariencia” del yo, somos Aquello que está “detrás” de él, lo que es consciente de él y de las formas que lo acompañan. La comprensión de lo que somos es fuente de paz: lo que somos es uno con todo lo que es y se halla siempre a salvo. Nuestra peripecia existencial podrá atravesar circunstancias de todo tipo, pero lo que somos se halla siempre a salvo. Quien sabe que es vida ha encontrado la fuente de la paz.

¿Qué ocupa más espacio en mí: el miedo o la paz?

 

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo III de Pascua

II VÍSPERAS

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya..

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Y se ha aparecido a Simón.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
— derrama el fuego del espíritu santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
— y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
— y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.

Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
— para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido elevado a la derecha del padre,
— recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

¡Mirad mis manos y mis pies!

En aquellos tiempos…, el recuerdo de la pasión y muerte de Jesús seguía vivo, tan vivo que producía confusión en las comunidades. La generación anterior había visto a un hombre colgado de un madero y sabía que eso significaba que había muerto como un proscrito, sin salvación; había oído que acusaron a Jesús de proclamarse hijo de Dios, y eso era una blasfemia imperdonable. Creer en Jesús era caminar sobre arenas movedizas.

Además, cuando Lucas escribió su evangelio se habían extendido las persecuciones. Los hombres y mujeres bautizados se jugaban la vida y compartían miedos, dudas, descubrimientos y esperanzas para sostenerse mutuamente. Necesitaban reavivar continuamente su fe en Jesús resucitado, necesitaban recordar el testimonio de quienes habían tenido experiencias de encuentro con el Viviente y construían su fe sobre roca.

Lucas no actúa como un detective que muestra las pruebas que ha encontrado sobre la muerte y resurrección de Jesús. Es un catequista que reúne varias tradiciones, como si todo hubiera ocurrido en un solo día. Un día muy intenso en el que Jesús no reprocha nada a quienes están aturdidos, fuera de sí y llenos de dudas; no les regaña por su falta de fe ni por su incapacidad para comprender las Escrituras. Les envuelve en su paz, una paz distinta de la que ofrece el mundo, como les había explicado muchas veces.

Un día en el que era necesario fijarse en las manos y en los pies de Jesús. Unas manos que tocaron a las personas intocables, bendijeron a quienes estaban malditos, levantaron del suelo a la mujer que estuvo a punto de morir lapidada, partieron el pan en la casa contaminada de Zaqueo, mojaron el pan en el mismo plato que Judas, y cogieron un látigo cuando, al interior del templo, el perdón y la misericordia habían dejado de ser gratuitas y se habían convertido en un negocio.

Unos pies cansados, sucios y llagados de tanto andar por los caminos buscando a la oveja perdida, a la rebelde, a la soberbia…, y a la que estaba enredada en las zarzas porque caminaba por valles tenebrosos.

Al mirar sus manos y sus pies recordaron y recordamos su opción de vida.

¿Qué nos puede sugerir hoy esta catequesis de Lucas? Que podemos encontrarnos, una y otra vez, con Cristo resucitado. Que podemos estar tan llenos de dudas o de miedo como los discípulos, pero no recibiremos ningún reproche por parte de Jesús. Al contrario, nos ofrece un “día intenso”,  en el que sale a nuestro encuentro.

¿Dónde y cómo? a) En cada prójimo, pero hace falta que caminemos imparablemente hacia la “projimidad” y com-partamos el pan. b) En las Escrituras, pero necesitamos las llaves que nos abren el entendimiento: el estudio, la exégesis, la oración, la Ruah, la comunidad, el silencio…  c) En la Eucaristía, purificada de rutina y cumplimiento fariseo. d) En la comunidad, apostando por tejer lazos de misericordia y romper juicios y prejuicios.

Cada encuentro nos convierte en testigos… ¿Qué vemos y oímos? Vemos cómo la propia imagen y el dinero se han convertido en ídolos poderosos que exigen culto y adoración, a costa de la propia vida o de la ajena. Vemos los muros que se levantan por doquier. Oímos los clamores de la desigualdad y la injusticia, de los atentados contra la dignidad y del sufrimiento en todas sus formas.  Vemos las manos y los pies de Jesús en los crucificad@s de la tierra.

Sin duda, partir el Pan en comunidad y compartir el pan con el prójimo, nos abrirá la mente, entenderemos mejor las Escrituras, y nos enseñará a ser cirene@s en la pasión del mundo.

Marifé Ramos

Que les costar tanto creer es una garantía para nosotros

Vamos a hacer un rápido repaso por todos los relatos de apariciones para que quede claro que no son crónicas de lo que sucedió tal día a tal hora en cierto lugar. Si fueran relatos de algo que ha sucedido, los primeros que escriben lo tendrían más reciente y podían hacerlo con mucha más precisión que aquellos que lo hacen habiendo pasado mucho más tiempo. Pero resulta que en los relatos pascuales que nos han llegado pasa justo lo contrario.

Marcos, que es el primero que escribió, no sabe nada de apariciones. Incluso en el final canónico, que es un añadido del s. II, únicamente se mencionan algunas apariciones constatadas ya en otros evangelistas. Mateo tampoco aporta un relato completo. Jesús se aparece a las mujeres que van al sepulcro y les manda anunciar a los discípulos que vayan a galilea, que allí le verán. En un monte en Galilea se aparece Jesús y les manda a predicar y a bautizar. Lc y Jn que son los últimos que escriben tienen relatos con todo lujo de detalles, lo que nos indica que los relatos se han ido elaborando por la comunidad a través de los años.

En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) “dejarse ver”. Es un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, pero no es una traducción adecuada. Para que veáis la dificultad de traducir esa palabreja, basta recordar que Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Cefas, a Santiago y a Pablo; y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles. La misma palabra se emplea para decir que Moisés y Elías se “aparecieron” junto a Jesús. Las lenguas de fuego también “aparecieron” sobre los apóstoles en Pentecostés. Es claro que no tiene el sentido que hoy le damos a aparecerse.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más. En Mateo se duda que sea el Cristo; en Lc y Jn se duda de que sea Jesús de Nazaret. La materialización y la duda están relacionadas entre sí. Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos.

En Lucas todas las apariciones, y la subida al cielo, tienen lugar en el mismo día. En el episodio que leemos hoy, Jesús aparece ‘a los once y a todos los demás’, de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús. Se presenta en medio, no viene de ninguna parte. El relato de Emaús, que precede, había dejado claro que Jesús se hace presente en el camino de la vida, en la Escritura y en la fracción del pan. Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la comunidad, cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

Llenos de miedo. No tiene mucha lógica. Los discípulos ya conocían el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no narra. Los de Emaús estaban contando lo que les acababa de pasar. Si a pesar de todo siguen teniendo miedo, quiere decir que fue difícil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra, no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido. En Juan, los discípulos tienen miedo de los judíos; en Lucas, tienen miedo del mismo Jesús.

Creían ver un fantasma. Los textos se empeñan en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús. Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle. Incluso Magdalena, que le quería con locura, pensó que se trataba del hortelano. ¿Qué nos quieren decir estas acotaciones? Era Jesús, pero no era él. En relato de hoy se dice: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros”. ¿Es que en ese momento no estaba con ellos? Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos.

Mirad mis manos y mis pies, palpadme. Las manos y los pies, prueba de su muerte por amor en la cruz; y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron. Una vez más se insiste en la materialidad, para demostrar que no se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. En absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección, más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos. Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir, aunque al envolverlo en un relato, tenemos el peligro de quedarnos en el envoltorio. No les importa la falta de lógica del relato.

¿Tenéis ahí algo que comer? Dice un adagio latino: quod satis probatur nihil probatur. Lo que prueba demasiado no prueba nada. Si el cuerpo de Jesús seguía desarrollando las funciones vitales, necesitaría seguir comiendo y respirando etc. Sería un absurdo completo y no tiene ninguna posibilidad de que fuese real. Lo que intenta es decirnos lo difícil que fue para ellos aceptar que había una Vida después de la muerte. El afán por demostrar lo indemostrable les lleva a estas incongruencias y meteduras de pata.

Así estaba escrito. Lucas insiste, siempre que tiene ocasión, en que se tienen que cumplir las Escrituras. En todos los salmos que hablan de siervo doliente, termina con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica al humillado. Los primeros cristianos eran todos judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura. A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para interpretar su figura. Al insistir en que la Escrituras se tienen que cumplir, nos está diciendo que todo está bajo el control de Dios.

Mientras estaba con vosotros. Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación material. Jesús está presente en medio de la comunidad. Su presencia es objeto de experiencia personal, pero no se trata de la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos. Jesús es el mismo, pero no está con ellos de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea. Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes. Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar se apoya en la Escritura. La buena nueva es la conversión y el perdón. Si pecado es toda opresión, el dejarse matar antes que oprimir a nadie, es la señal de que el pecado está superado. La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. En la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que debemos manifestar ese amor de Dios. “arrepentíos y convertíos para que se perdonen los pecados”; y Juan: “Quien dice, yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él”.

Para terminar, recordar la última diferencia notable entre Lc y Jn. En Jn exhala su aliento sobre ellos y les confiere el Espíritu. En Lc les promete que se lo enviará. La diferencia es solo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad Espiritual que está siempre en nosotros. Podemos decir que llega a nosotros cuando lo descubrimos y dejamos que su presencia renueve todo nuestro ser.

Meditación

Jesús se hace presente en medio de la comunidad.
Ésta es la realidad pascual vivida por los primeros seguidores.
Ésta es la realidad que tememos que vivir hoy.
Somos nosotros los que tenemos que hacerle presente.
Eso solo es posible a través del amor manifestado.

Fray Marcos

Comentario – Domingo III de Pascua

(Lc 24, 35-48) 

A pesar de todos los anuncios recibidos, de las experiencias y el testimonio de varios de ellos, cuando Jesús se aparece en medio del grupo de los discípulos, son incapaces todavía de reconocerlo resucitado. Más bien sospechan que se trata de una especie de fantasma, se espantan y tiemblan de miedo.

Jesús los tranquiliza con su palabra y los invita a que lo toquen para que se convenzan y pierdan el temor. Porque “el amor perfecto echa fuera el temor” (1 Juan 4, 18). Entonces, viendo sus manos y sus pies (que conservaban las llagas) el miedo se convierte en gozo y asombro.

Cuando el texto dice que no acababan de creer está indicando que les parecía demasiado hermoso, demasiado grande, demasiado consolador. La poca fe consiste en la incapacidad de reconocer todavía de qué maravillas es capaz Dios cuando cumple sus promesas.

Pero para terminar de convencerlos de que era un ser de carne y hueso, aunque estuviera transfigurado, Jesús come un pedazo de pescado.

Finalmente, quiere mostrarles la armonía maravillosa del plan de Dios, porque las cosas no habían sucedido por casualidad, y les recuerda todo lo que él les había anunciado y lo que las Escrituras habían predicho. Pero el texto aclara que además de explicarles “les abrió la inteligencia”. No basta leer la Palabra de Dios si no le rogamos que nos abra la inteligencia para comprenderla. El Señor resucitado, que ya no está limitado a un tiempo y a un espacio, ahora puede actuar en el interior del hombre. El puede hacerse presente en la intimidad de cada ser humano para iluminarlo con su presencia, para llenarlo de su gozo y de su paz. Por eso, en el peor abandono, podemos liberarnos del miedo y de la soledad. El está.

Oración:

“Creo Señor, pero aumenta mi fe. Toca mi interior con tu luz para que pueda creer más en tu Palabra y te reconozca resucitado en medio de mi vida. Dame el gozo de descubrirte glorioso y radiante, triunfante y feliz”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

La justa autonomía de la realidad terrena

36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.

Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.

Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.

Lectio Divina – Domingo III de Pascua

INTRODUCCIÓN

Estos domingos después de Pascua tienen una finalidad: meter en nuestra dura cabeza que es verdad que Cristo ha resucitado y está vivo. Qué tremendas dificultades tenemos para aceptar las buenas noticias. En cambio, con qué facilidad aceptamos las malas. La Resurrección de Jesús es LA GRAN NOTICIA. Estamos acostumbrados a ver esa imagen de la Plaza de San Pedro llena, después de la fumata blanca. El cardenal Camarlengo, grita: “Anuntio vobis graudium magnum: Papam habemos.” Son palabras dichas por el ángel para anunciar el nacimiento de Jesús. Y más importante para nosotros es la Pascua de Resurrección. Si Cristo ha resucitado, el destino del hombre ya no es la muerte sino la vida, y no una vida cualquiera sino la Vida con Cristo para siempre.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Hech. 3,13-15.17-18.       2ª Lectura: 1Jn. 2,1-5ª.

EVANGELIO

San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.  Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.  Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.  Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

REFLEXIÓN

1.- “Se puso en medio de ellos”

Jesús Resucitado es el centro de la vida y de la historia. Todo lo anterior es preparación y lo que sigue es consecuencia. Cristo Resucitado es el centro del tiempo.  Y Cristo Resucitado es también el Señor de nuestra vida. A Él le entregamos las riendas de nuestra historia. Pero no es un Señor que se eleva por encima de nosotros para humillarnos, sino que desciende hasta nuestro corazón para realizarnos plenamente. Ciertamente Él es el “exaltado a la diestra” (Hechos 2,33); es el “Señor y Mesías” (Hechos 2,36); es el “Hijo de Dios en poder” (Ro. 1,4); pero sigue siendo el amigo, el cercano, el que acompaña a los discípulos de Emaús y les explica las Escrituras; el que se aparece a esas mujeres que han ido a embalsamar su cuerpo con el perfume de su cariño; el que llama a María Magdalena por su nombre en un bonito requiebro de amor. ¡Cuánta ternura, cuanta delicadeza, cuanta finura! El título de Señor que el Padre le ha dado desde el cielo, ciertamente, no se le ha subido a la cabeza. Sigue pisando tierra en la Galilea de los pobres y sencillos de todos los tiempos. Y, como decía el Papa Francisco, en Galilea siempre podemos encontrar “el amor primero”.

2.– “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”

Como dice San Pablo: “Hasta el día de hoy, cuando leen a Moisés, un velo les cubre la mente. Pero cuando vuelva el Señor, se removerá el velo” (2Cor. 3,15-16).  Es el Señor Resucitado el que tiene la llave para abrir el sentido profundo de las Escrituras. Y esta llave no la ha entregado el Señor a las Universidades bíblicas, sino a la gente sencilla que nunca se atreve a leer la Biblia sin rezar. Y, entre esta gente sencilla está el Papa Francisco que, antes de hacer su homilía en Santa Marta, ha leído la Palabra, la ha meditado, la ha contemplado, la ha saboreado. Después, sin papeles, coge el texto y lo va explicando con unción y devoción. Sus palabras siempre son actuales, bellas, desafiantes.  Se puede decir de él lo que la gente sana y humilde decía de las palabras de Jesús: “Una doctrina nueva” (Mc. 1,27).

3.– “Vosotros sois testigos de esto

Los apóstoles lo tenían muy difícil a la hora de presentar como Dios a un hombre colgado en una Cruz. Sólo la luz de Pascua, la luz de Cristo Resucitado pudo hacer desaparecer las densas tinieblas de una muerte tan cruel en la cima del monte calvario. Pronto la tristeza se convirtió en gozo; la ausencia en presencia; el miedo en coraje, y la amarga desesperación en dulce esperanza. Con Cristo Resucitado se crea una raza nueva. Cuando alguien les pedía explicaciones sobre el tema de la Resurrección, se limitaban a decir: “nosotros somos testigos”. Vivimos como hermanos, aquí nadie pasa necesidades porque el que más tiene da al que no tiene, tenemos un solo corazón y una sola alma, compartimos todo con alegría. No es raro que la gente se quedara extrañada y quisiera pertenecer a ese grupo. ¡Cuanto tenemos que aprender los cristianos del siglo XXI de esta experiencia de las primeras comunidades!

PREGUNTAS

1.– ¿Es para mí el Señor, el centro de mi vida?  ¿O tengo ídolos en el corazón?

2.- ¿Me comprometo a no leer la Biblia sin haber rezado antes?

3.- ¿Doy testimonio de mi fe? ¿En qué se nota que soy cristiano?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ

Los discípulos pasaban
por dudas y sobresaltos.
Era “difícil creer”
en Jesús Resucitado.
Al contrario que la ciencia,
“la fe no ve todo claro”.
Las cosas espirituales
se mueven “en otro plano”.
Nos anima a tener fe
fijarse en los resultados.
Por eso, Jesús nos dice:
“Mirad mis pies y mis manos”.
Mirad mis pies de “pastor”,
Pies gastados hasta ser,
por amor, en cruz clavados.
Mirad  mis manos de “amigo”,
siempre llenas de regalos:
de bendiciones, caricias
y panes multiplicados.
Abre, Señor, nuestra mente.
Perdona nuestros pecados.
Vivimos resucitados,
si amamos a los hermanos.
Comiste con tus amigos
“un trozo de pez asado”.
Gracias, hoy, por invitarnos
a tu “Banquete Sagrado”.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Perdón, Resurrección y misión

Las tres lecturas de hoy coinciden en el tema del perdón de los pecados a todo el mundo gracias a la muerte de Jesús. La primera termina: «Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados». La segunda comienza: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo». En el evangelio, Jesús afirma que «en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos».

Personas con poco conocimiento de la cultura antigua suelen decir que la conciencia del pecado es fruto de la mentalidad judeocristiana, que desea amargarle la vida a la gente. Pero la angustia por el pecado se encuentra documentada milenios antes, en Babilonia y Egipto. Lo típico del NT es anunciar el perdón de los pecados gracias a la muerte de Jesús.

Aparición y catequesis (Lucas 24,35-48)

El evangelio de hoy se divide en dos escenas claramente distintas. En la primera, Jesús se aparece y da pruebas de que es él. En la segunda, tiene una breve catequesis sobre su pasión, muerte y resurrección.

Aparición y pruebas de la resurrección

En la introducción a los relatos de las apariciones indiqué las diversas etapas por las que fue pasando este tema. Las recuerdo brevemente.

1. En el relato más antiguo, Jesús no se aparece. La única prueba es que la tumba está vacía (Mc 16,1-8).

2. En el relato posterior de Mateo, Jesús se aparece a las mujeres y estas pueden abrazarle los pies (Mt 28,9-10).

3. Lucas parece moverse entre cristianos que tienen muchas dudas a propósito de la resurrección, y proyecta esa situación en los apóstoles: ellos son los primeros en dudar y negarse a creer, pero Jesús les ofrece pruebas físicas irrefutables: camina con los dos de Emaús, se sienta con ellos a la mesa, bendice y parte el pan. El episodio que leemos este domingo insiste en las pruebas físicas: Jesús les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de tocarlos, y llega a comer un trozo de pescado ante ellos.

Catequesis

El hecho de que Jesús comiese un trozo de pescado podría ser una prueba contundente para los discípulos, pero no para los lectores del evangelio, que debían hacer un nuevo acto de fe: creer lo que cuenta Lucas.

Por eso, Lucas añade un breve discurso de Jesús que está dirigido a todos nosotros: en él no pretende probar nada, sino explicar el sentido de su pasión, muerte y resurrección. Y el único camino es abrirnos el entendimiento para comprender las Escrituras. A través de ellas, de lo anunciado por Moisés, los profetas y los salmos, se ilumina el misterio de su muerte, que es para nosotros causa de perdón y salvación.

La frase final: «vosotros sois testigos de esto» parece dirigida a nosotros, después de veinte siglos. Somos testigos de la expansión del evangelio entre personas que, como dice la primera carta de Pedro a propósito de Jesús: «lo amáis sin haberlo visto». Esta es la mejor prueba de su resurrección.

«Dios lo resucitó. Arrepentíos y convertíos» (Hechos 3,13-15.17-19)

Días después de Pentecostés, Pedro y Juan suben al templo, ven a un paralítico de nacimiento, Pedro lo agarra de la mano y lo levanta. La multitud, asombrada, se reúne junto a los apóstoles en el pórtico de Salomón, y Pedro tiene un largo discurso del que se han entresacado estas palabras, especialmente relacionadas con la muerte y resurrección de Jesús. Es interesante que no acusa de asesinato ni siquiera a las autoridades (postura muy distinta a la de Pablo en 1 Tes 2,15, donde acusa a los judíos de haber dado muerte al Señor Jesús). Por otra parte, Pedro no se limita a exponer unas verdades, invita a sacar las consecuencias, arrepintiéndose y convirtiéndose para conseguir el perdón de los pecados.

«Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre» (1 Juan 2,1-5a)

Uno de los principales problemas de la comunidad de Juan es la idea propagada por algunos de que quien conoce a Dios no ha pecado ni peca. Es un tema que el autor aborda desde el primer momento con bastante pasión. «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos» (1,8) y hacemos pasar a Dios por mentiroso (1,10). Pero reconocer el propio pecado no debe llevar a la angustia, porque tenemos a Jesús, que intercede por nosotros. Como respuesta, debemos observar sus mandamientos, que, más tarde, se recordará que consisten en amar a los hermanos, con especial referencia a los que pasan necesidad.

José Luis Sicre

¿Comen los resucitados?

A nosotros nos parece que, dados los encuentros que desde el mismo domingo de Pascua tuvo Jesús con sus discípulos, no debían de tener estos la menor duda de que el Maestro realmente estaba vivo. Nos parece, porque lo consideramos teóricamente, sin detenernos a analizar la situación. En la mente de ellos, y de los otros, lo que les había quedado grabado era la tortura, pasión y muerte en cruz. Unos porque fueron testigos, otros porque se lo contaron con pelos y señales. Seguramente que, dados los lazos afectivos que les unían al Señor, la ejecución sumarial a la que le condenaron, les produjo lo que hoy en día llamaríamos un trauma psíquico, tenían como una herida interior que todavía sangraba, sin cicatrizar. En una situación tan lamentable, les sorprendía la noticia de que todo aquello no era verdad, o sí que era verdad, pero que no, que se había superado la situación, como si nada hubiera pasado, o sí, que lo que había pasado, en vez de ser una cosa mala, resultaba buena, que nadie acababa de entender. Todo este jaleo interior era muy difícil de olvidar, superar y asimilar.

Llevaban más de tres años gozando de la compañía del Maestro, comiendo, caminando y contemplando los paisajes juntos. Una de las cosas que me molestan de las películas sobre Jesús es que nos lo presentan siempre en movimiento, parece que nunca hubiera estado quieto, que tenía siempre prisa, que no disponía de tiempo para charlar y compartir con sus compañeros de fatigas ¿se puede tener amigos, si no hay ocasión de echarse en el suelo a contemplar un cielo estrellado? Cuando alguien así, que ha llenado el corazón de delicadezas y la mente de enseñanzas, muere, lo que uno más siente es la presencia de su ausencia. El vacío que ha dejado, convirtiéndose esta sensación en un autentico tormento, que se graba en el alma. No es de extrañar, pues, que no acabaran de creerse que el Jesús que les había dejado, brutalmente asesinado por las autoridades y vilmente traicionado por uno de los suyos, no estuviera muerto, que viviera sí, pero de una manera difícil de entender. Sin casa, sin necesidad de caminar, sin pasar frío ni calor. No era como uno de ellos. Pero se les parecía mucho, estaban convencidos.

La delicadeza del Señor es maravillosa. Siendo superior a ellos, sabía siempre adaptarse a la pequeñez de los suyos. Quería Él que estuvieran seguros de que no era un fantasma, que continuaba siendo humano, sin dejar su maravillosa divinidad, que había triunfado. ¿Qué hay más humano que el comer? Pues para que comprobaran que lo era, merendó con ellos. Se trataría de algún pescado traído de sus tierras galileas, a medio sazonar y por ello capaz de tener buen sabor, si uno lo asaba. Eran pescadores y nunca les faltaba este alimento. Así, mientras en su compañía iba comiendo, con naturalidad, les instruía.

Nosotros ahora, de este hecho al parecer pura anécdota, aprendemos que la vida, después de la muerte, no es una prisión de reencarnaciones sucesivas, ni una disolución en un absoluto impersonal. No sabemos como será nuestra feliz existencia eterna, pero algo podemos intuir. Gozaremos, como seres humanos que somos, de una felicidad humana, que es lo que nuestro corazón más ansía, por muy superior y excelsa que se nos ofrezca esta eternidad feliz.

No, no necesitan comer los resucitados. En el Cielo nadie sufrirá hambre, ni empachos. Pero aquella merienda con los discípulos amigos, nos dio una lección de esperanza eterna y grandiosa, a la medida humana, ensanchada y crecida por la gracia. Para ellos y para nosotros.

Casi siempre que como pescado asado, y lo hago en muchas ocasiones, me acuerdo de que tostado, aun de diferente manera al que lo sería el de aquel día, debe tener un gusto parecido, y me alegro con ello, por todo lo que me evoca, más que por su sabor, que también me place.

Pedrojosé Ynaraja

Dios (no) ha muerto

El filósofo Friedrich Nietzsche publicó en 1882 su obra “La gaya ciencia”, una de cuyas frases más conocidas es: “Dios ha muerto. Sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”. El autor recoge una corriente de pensamiento que ya se había ido gestando desde tiempo atrás y que desemboca en el nihilismo: Dios había ido dejando de ser el fundamento de la moral y de los principios que rigen la vida humana. “Dios ha muerto” porque ya no es la base que da sentido al mundo y a la existencia, y los seres humanos ahora son “libres” para vivir sin esa referencia al “más allá” y ser ellos mismos quienes establezcan los valores y el sentido de la existencia. Desde entonces, esta idea ha continuado presente, considerando la religión como algo anacrónico o una forma de no querer afrontar la desesperación que provoca la dura realidad del vacío existencial.

Esta corriente de pensamiento, en todas sus variantes y ramificaciones, supone un serio cuestionamiento a nuestra fe, más aún en estos tiempos de pandemia, en los que muchos se preguntan dónde está Dios y cómo conjugar la idea de un Dios bueno con tanto dolor y sufrimiento. Y concluyen que Dios no existe, “ha muerto” y no hay que esperar ya nada de Él.

Esto también puede afectarnos a nosotros. Aunque nos consideremos “creyentes” y aunque hagamos oración y participemos en la Eucaristía, ante la aparente ausencia de Dios podemos sentirnos como los discípulos en el Evangelio, que creían ver un fantasma. Y aunque mantengamos las formas religiosas, caemos en un ateísmo práctico, que es peor, viviendo como si Dios no existiera.

Por eso, hoy cobran especial fuerza las palabras de Pedro en la 1ª lectura: matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. El tiempo de Pascua deberíamos vivirlo como lo que es: el tiempo verdaderamente “fuerte” del año litúrgico, porque la Resurrección de Cristo es lo que da sentido a todo lo demás. Y este tiempo debería servirnos para profundizar en las razones por las que creemos en la Resurrección de Cristo.

San Pedro habla de “ser testigos”. Un testigo no es alguien que habla de sus ideas o de lo que otros le han dicho; un testigo es alguien que tiene un conocimiento directo de algo, en este caso, de la Resurrección de Cristo. Un conocimiento que va más allá de sus sentimientos o experiencias personales que, aun siendo reales, pueden ser interpretados erróneamente, como hemos escuchado en el Evangelio. Los discípulos están viendo a Jesús, en carne y hueso, sus manos y sus pies, Él comió delante de ellos, pero como no acababan de creer y seguían atónitos, hacía falta algo más: Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Jesús Resucitado es el cumplimiento de todas las promesas recogidas en las Escrituras, y esto, junto a la experiencia personal, convierte al discípulo en testigo.

Ante tantos que afirman que Dios ha muerto, el Señor cuenta con nosotros para que repitamos las palabras de Pedro: matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Y para ser testigos creíbles debemos conocer las Escrituras, porque como escribió San Jerónimo: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. Y conocer las Escrituras no sólo en cuanto a su contenido, sino también a su inspiración, interpretación, formación del canon…

¿En alguna ocasión me han dicho, o he pensado, “Dios ha muerto”? ¿Supe dar razón de mi fe? ¿Soy un testigo creíble de la Resurrección de Cristo? ¿Conozco la Escritura?

Cuando, de forma directa o indirecta, desde muchos ámbitos se afirma que “Dios ha muerto”, el tiempo de Pascua ha de servirnos para profundizar en las razones de nuestra fe en Cristo Resucitado, para ser testigos, como Pedro, de que “Dios no ha muerto” y proponer esta fe a los demás. Porque si no buscamos las razones de nuestra fe, como escribió el Papa Francisco en “Christus vivit”, “corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada” (124). Pero ante la desesperación, “si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono” (125). Ante el vacío existencial y la ausencia de sentido, “si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede” (127).