¿Comen los resucitados?

A nosotros nos parece que, dados los encuentros que desde el mismo domingo de Pascua tuvo Jesús con sus discípulos, no debían de tener estos la menor duda de que el Maestro realmente estaba vivo. Nos parece, porque lo consideramos teóricamente, sin detenernos a analizar la situación. En la mente de ellos, y de los otros, lo que les había quedado grabado era la tortura, pasión y muerte en cruz. Unos porque fueron testigos, otros porque se lo contaron con pelos y señales. Seguramente que, dados los lazos afectivos que les unían al Señor, la ejecución sumarial a la que le condenaron, les produjo lo que hoy en día llamaríamos un trauma psíquico, tenían como una herida interior que todavía sangraba, sin cicatrizar. En una situación tan lamentable, les sorprendía la noticia de que todo aquello no era verdad, o sí que era verdad, pero que no, que se había superado la situación, como si nada hubiera pasado, o sí, que lo que había pasado, en vez de ser una cosa mala, resultaba buena, que nadie acababa de entender. Todo este jaleo interior era muy difícil de olvidar, superar y asimilar.

Llevaban más de tres años gozando de la compañía del Maestro, comiendo, caminando y contemplando los paisajes juntos. Una de las cosas que me molestan de las películas sobre Jesús es que nos lo presentan siempre en movimiento, parece que nunca hubiera estado quieto, que tenía siempre prisa, que no disponía de tiempo para charlar y compartir con sus compañeros de fatigas ¿se puede tener amigos, si no hay ocasión de echarse en el suelo a contemplar un cielo estrellado? Cuando alguien así, que ha llenado el corazón de delicadezas y la mente de enseñanzas, muere, lo que uno más siente es la presencia de su ausencia. El vacío que ha dejado, convirtiéndose esta sensación en un autentico tormento, que se graba en el alma. No es de extrañar, pues, que no acabaran de creerse que el Jesús que les había dejado, brutalmente asesinado por las autoridades y vilmente traicionado por uno de los suyos, no estuviera muerto, que viviera sí, pero de una manera difícil de entender. Sin casa, sin necesidad de caminar, sin pasar frío ni calor. No era como uno de ellos. Pero se les parecía mucho, estaban convencidos.

La delicadeza del Señor es maravillosa. Siendo superior a ellos, sabía siempre adaptarse a la pequeñez de los suyos. Quería Él que estuvieran seguros de que no era un fantasma, que continuaba siendo humano, sin dejar su maravillosa divinidad, que había triunfado. ¿Qué hay más humano que el comer? Pues para que comprobaran que lo era, merendó con ellos. Se trataría de algún pescado traído de sus tierras galileas, a medio sazonar y por ello capaz de tener buen sabor, si uno lo asaba. Eran pescadores y nunca les faltaba este alimento. Así, mientras en su compañía iba comiendo, con naturalidad, les instruía.

Nosotros ahora, de este hecho al parecer pura anécdota, aprendemos que la vida, después de la muerte, no es una prisión de reencarnaciones sucesivas, ni una disolución en un absoluto impersonal. No sabemos como será nuestra feliz existencia eterna, pero algo podemos intuir. Gozaremos, como seres humanos que somos, de una felicidad humana, que es lo que nuestro corazón más ansía, por muy superior y excelsa que se nos ofrezca esta eternidad feliz.

No, no necesitan comer los resucitados. En el Cielo nadie sufrirá hambre, ni empachos. Pero aquella merienda con los discípulos amigos, nos dio una lección de esperanza eterna y grandiosa, a la medida humana, ensanchada y crecida por la gracia. Para ellos y para nosotros.

Casi siempre que como pescado asado, y lo hago en muchas ocasiones, me acuerdo de que tostado, aun de diferente manera al que lo sería el de aquel día, debe tener un gusto parecido, y me alegro con ello, por todo lo que me evoca, más que por su sabor, que también me place.

Pedrojosé Ynaraja