Comentario – Domingo III de Pascua

(Lc 24, 35-48) 

A pesar de todos los anuncios recibidos, de las experiencias y el testimonio de varios de ellos, cuando Jesús se aparece en medio del grupo de los discípulos, son incapaces todavía de reconocerlo resucitado. Más bien sospechan que se trata de una especie de fantasma, se espantan y tiemblan de miedo.

Jesús los tranquiliza con su palabra y los invita a que lo toquen para que se convenzan y pierdan el temor. Porque “el amor perfecto echa fuera el temor” (1 Juan 4, 18). Entonces, viendo sus manos y sus pies (que conservaban las llagas) el miedo se convierte en gozo y asombro.

Cuando el texto dice que no acababan de creer está indicando que les parecía demasiado hermoso, demasiado grande, demasiado consolador. La poca fe consiste en la incapacidad de reconocer todavía de qué maravillas es capaz Dios cuando cumple sus promesas.

Pero para terminar de convencerlos de que era un ser de carne y hueso, aunque estuviera transfigurado, Jesús come un pedazo de pescado.

Finalmente, quiere mostrarles la armonía maravillosa del plan de Dios, porque las cosas no habían sucedido por casualidad, y les recuerda todo lo que él les había anunciado y lo que las Escrituras habían predicho. Pero el texto aclara que además de explicarles “les abrió la inteligencia”. No basta leer la Palabra de Dios si no le rogamos que nos abra la inteligencia para comprenderla. El Señor resucitado, que ya no está limitado a un tiempo y a un espacio, ahora puede actuar en el interior del hombre. El puede hacerse presente en la intimidad de cada ser humano para iluminarlo con su presencia, para llenarlo de su gozo y de su paz. Por eso, en el peor abandono, podemos liberarnos del miedo y de la soledad. El está.

Oración:

“Creo Señor, pero aumenta mi fe. Toca mi interior con tu luz para que pueda creer más en tu Palabra y te reconozca resucitado en medio de mi vida. Dame el gozo de descubrirte glorioso y radiante, triunfante y feliz”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día