¡Mirad mis manos y mis pies!

En aquellos tiempos…, el recuerdo de la pasión y muerte de Jesús seguía vivo, tan vivo que producía confusión en las comunidades. La generación anterior había visto a un hombre colgado de un madero y sabía que eso significaba que había muerto como un proscrito, sin salvación; había oído que acusaron a Jesús de proclamarse hijo de Dios, y eso era una blasfemia imperdonable. Creer en Jesús era caminar sobre arenas movedizas.

Además, cuando Lucas escribió su evangelio se habían extendido las persecuciones. Los hombres y mujeres bautizados se jugaban la vida y compartían miedos, dudas, descubrimientos y esperanzas para sostenerse mutuamente. Necesitaban reavivar continuamente su fe en Jesús resucitado, necesitaban recordar el testimonio de quienes habían tenido experiencias de encuentro con el Viviente y construían su fe sobre roca.

Lucas no actúa como un detective que muestra las pruebas que ha encontrado sobre la muerte y resurrección de Jesús. Es un catequista que reúne varias tradiciones, como si todo hubiera ocurrido en un solo día. Un día muy intenso en el que Jesús no reprocha nada a quienes están aturdidos, fuera de sí y llenos de dudas; no les regaña por su falta de fe ni por su incapacidad para comprender las Escrituras. Les envuelve en su paz, una paz distinta de la que ofrece el mundo, como les había explicado muchas veces.

Un día en el que era necesario fijarse en las manos y en los pies de Jesús. Unas manos que tocaron a las personas intocables, bendijeron a quienes estaban malditos, levantaron del suelo a la mujer que estuvo a punto de morir lapidada, partieron el pan en la casa contaminada de Zaqueo, mojaron el pan en el mismo plato que Judas, y cogieron un látigo cuando, al interior del templo, el perdón y la misericordia habían dejado de ser gratuitas y se habían convertido en un negocio.

Unos pies cansados, sucios y llagados de tanto andar por los caminos buscando a la oveja perdida, a la rebelde, a la soberbia…, y a la que estaba enredada en las zarzas porque caminaba por valles tenebrosos.

Al mirar sus manos y sus pies recordaron y recordamos su opción de vida.

¿Qué nos puede sugerir hoy esta catequesis de Lucas? Que podemos encontrarnos, una y otra vez, con Cristo resucitado. Que podemos estar tan llenos de dudas o de miedo como los discípulos, pero no recibiremos ningún reproche por parte de Jesús. Al contrario, nos ofrece un “día intenso”,  en el que sale a nuestro encuentro.

¿Dónde y cómo? a) En cada prójimo, pero hace falta que caminemos imparablemente hacia la “projimidad” y com-partamos el pan. b) En las Escrituras, pero necesitamos las llaves que nos abren el entendimiento: el estudio, la exégesis, la oración, la Ruah, la comunidad, el silencio…  c) En la Eucaristía, purificada de rutina y cumplimiento fariseo. d) En la comunidad, apostando por tejer lazos de misericordia y romper juicios y prejuicios.

Cada encuentro nos convierte en testigos… ¿Qué vemos y oímos? Vemos cómo la propia imagen y el dinero se han convertido en ídolos poderosos que exigen culto y adoración, a costa de la propia vida o de la ajena. Vemos los muros que se levantan por doquier. Oímos los clamores de la desigualdad y la injusticia, de los atentados contra la dignidad y del sufrimiento en todas sus formas.  Vemos las manos y los pies de Jesús en los crucificad@s de la tierra.

Sin duda, partir el Pan en comunidad y compartir el pan con el prójimo, nos abrirá la mente, entenderemos mejor las Escrituras, y nos enseñará a ser cirene@s en la pasión del mundo.

Marifé Ramos