Comentario al evangelio – Domingo III de Pascua

“¿Por qué tenéis esas dudas en vuestro corazón?


     El texto evangélico de este domingo nos presenta a los discípulos llenos de dudas, ante la repentina presencia de Jesús resucitado .”Pero Jesús les dijo: –¿Por qué estáis asustados? ¿Por qué tenéis estas dudas en vuestro corazón? … Les enseñó las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo…”. Parece que Jesús se asombra ante la reacción de sus amigos.

     Ante esta pregunta de Jesús, muchos hombres y mujeres de hoy desplegarían una larga lista de motivos para dudar, para no terminar de creer. La situación sanitaria que estamos pasando ha servido para que algunos profundicen, retomen, fortalezcan y renueven su fe. Pero también se han multiplicado los hermanos que se han ido llenando de dudas, o dicen estar perdiendo la fe, como consecuencia de su desconcierto ante la falta de respuesta de Dios, o por haberse alejado temporalmente de la práctica religiosa… y no saber cómo recuperarla, e incluso… si realmente la necesitan para algo.

     Ciertamente que ya pasaron los tiempos de «creer a ciegas». El haber sentado en un trono a la razón y la ciencia, y el no ser ya (si es que alguna vez lo fue) la fe algo generalizado en el ambiente social, e incluso que se mire con recelo, sospecha y hasta rechazo a quienes se dicen llamar creyentes… El haber confundido las prácticas religiosas y las tradiciones sociales con la auténtica fe… han puesto las cosas más difíciles a eso de ser creyentes.

    El escepticismo, la incredulidad, la desconfianza, las dudas respecto a la «identidad» de aquel que se les aparecía, son rasgos del camino lento y fatigoso que irían conduciendo a los apóstoles hacia la fe. La realidad de la resurrección les parecía demasiado bella como para ser verdad. A veces los apóstoles tuvieron la impresión de tener delante a un fantasma; otras veces, como en el lago de Tiberíades, no «reconocieron» en el Resucitado al Maestro al que habían seguido por los caminos de Palestina. O aquellos dos de Emaús del Evangelio de hoy, que no se dieron cuenta de quién era aquel peregrino hasta la Fracción del Pan. Incluso después de su última manifestación antes de la Ascensión sobre un monte de Galilea –nos cuenta el evangelista Mateo– “algunos dudaron” (Mt 28, 17).

    Sus dudas, persistentes incluso después de tantas señales dadas por el Señor, prueban, ante todo, que los apóstoles no eran unos ingenuos. Y además, muestran que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, ya que el Señor no quiere «imponerse», sino que es la respuesta libre a una llamada. Existen razones respetables para rechazarla, y el hecho de que haya incrédulos prueba que Dios actúa de manera muy discreta, que respeta la libertad humana.

     Por eso, lo primero podemos afirmar que la fe no es nunca una certeza absoluta. Que lo normal es tener dudas.  Nadie, que de verdad se haya arriesgado a creer, puede decir que alguna vez no lo han sorprendido las dudas frente a las verdades que confiesa y y que han formado parte de su vida. Según vamos avanzando en la vida y vamos acumulando experiencias, aparecen unas dudas y otras. La biografía de grandes creyentes de nuestra historia así nos lo muestran. Recordemos cómo San Juan de la Cruz hablaba de la “noche oscura del alma”. O cómo Madre Teresa de Calcuta confesaba haber tenido dudas terribles durante muchísimos años. O Unamuno (entre otros muchos) en permanente lucha entre el creer y el no creer, que dejar como epitafio : «Méteme Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo».

    Las dudas no se pueden confundir con la falta de fe. La acompañan y empujan a madurar y buscar. Sólo quien duda, avanza. No pocas veces el problema está más bien en nuestras falsas ideas y expectativas sobre Dios. Como los de Emaús es que «nosotros esperábamos, creíamos…» y resulta que la cosa se les había quedado en nada.

    En segundo lugar: no todas las dudas tienen el mismo peso. Hay dudas sobre aspectos centrales y esenciales de la fe y otras que no. Por ejemplo: dudar de la resurrección del Señor, de que Él esté vivo en medio de nosotros, o de su presencia en la Eucaristía, o las verdades recogidas en el Credo son cuestiones fundamentales… Pero no es raro que el problema esté más bien en las explicaciones que nos dieron o en el  lenguaje utilizado… que tal vez ya no nos valen. Hay cristianos que pretenden que las catequesis que recibieron en su infancia, o las explicaciones más o menos acertadas de las homilías, o de un cura o catequista en concreto… tienen que valerles para siempre y para todo. Y también decir que no pocos confunden sus dudas sobre la Iglesia, la moral o ciertas tradiciones… con la propia fe. 

     Quiero recoger apenas algunas sencillas pistas que podemos aprovechar de los relatos de san Lucas:  

Hablar de estas cosas”. Jesús se hace presente cuando sus discípulos se están contando mutuamente sus experiencias (estas cosas), no sus ideas. Comparten, expresan, dialogan, contrastan, reflexionan e interpretan lo que les ha pasado, lo que no entienden. Buscan juntos. La fe cristiana es comunitaria. Y en estos tiempos es muy conveniente buscar alguien experimentado que nos acompañe en nuestros caminos de fe.

La paz del Resucitado. Cuando las cosas están confusas, cuando hay miedos, cuando perdemos las referencias… la presencia del Resucitado pacifica (aunque también nos pueda dejar “inquietos”). Es un signo de que él anda por medio y nos permite identificarlo. Me gusta decir que «Dios no nos saca las castañas del fuego» (como esperaban los dos de Emaús y tantos otros), sino que «nos ayuda a no quemarnos con las castañas», a enfrentar las dificultades sin venirnos abajo. Es necesario, por tanto, dirigirnos a él para pedirle la paz, la serenidad, la luz que necesitamos…. Los Sacramentos son medios especialmente favorables para encontrar luz, fuerza y paz.

– A Jesús le gusta hacerse presente en medio de nuestras cosas cotidianas. «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado». Con demasiada frecuencia nuestra oración no intenta descubrir a Jesús o invitarle a nuestras cosas de cada día: comer, trabajar, compartir, la amistad y los diálogos… La oración y la vida cotidiana andan demasiado a menudo por cauces distintos. Por eso invita a los discípulos a ir a Galilea (donde compartieron la vida): «allí me veréis». 

 – Comprender las Escrituras. Lucas insiste en que no podemos «entender» a Jesús si desconocemos las Escrituras. No se trata sólo (aunque también ayuda) de tener unos mínimos conocimientos de su lectura e interpretación (esta es tarea pendiente de buena parte de los cristianos). Sino de aprender a poner en relación lo que estamos viviendo con la Palabra escrita. Aquello que dice tan bellamente un Salmo: «Lámpara es tu Palabra, Señor, para mis pasos, luz en mi sendero».

              Muchos de nosotros tendremos que seguir creyendo a tientas, entre dudas y búsquedas  permanentes, pero sin asustarnos ni huir de ellas. Y si acaso gritaremos, como aquel padre que pedía la curación de su hijo:“¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe!” (Mc 9,24).

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo

Meditación – Domingo III de Pascua

Hoy es domingo III de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 24, 35-48):

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Hoy, el Evangelio todavía nos sitúa en el domingo de la resurrección, cuando los dos de Emaús regresan a Jerusalén y, allí, mientras unos y otros cuentan que el Señor se les ha aparecido, el mismo Resucitado se les presenta. Pero su presencia es desconcertante. Por un lado provoca espanto, hasta el punto de que ellos «creían ver un espíritu» (Lc 24,37) y, por otro, su cuerpo traspasado por los clavos y la lanzada es un testimonio elocuente de que se trata del mismo Jesús, el crucificado: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,39).

«Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor», canta el salmo de la liturgia de hoy. Efectivamente, Jesús «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,45). Es del todo urgente. Es necesario que los discípulos tengan una precisa y profunda comprensión de las Escrituras, ya que, en frase de san Jerónimo, «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».

Pero esta compresión de la palabra de Dios no es un hecho que uno pueda gestionar privadamente, o con su congregación de amigos y conocidos. El Señor desveló el sentido de las Escrituras a la Iglesia en aquella comunidad pascual, presidida por Pedro y los otros Apóstoles, los cuales recibieron el encargo del Maestro de que «se predicara en su nombre (…) a todas las naciones» (Lc 24,47).

Para ser testigos, por tanto, del auténtico Cristo, es urgente que los discípulos aprendan -en primer lugar- a reconocer su Cuerpo marcado por la pasión. Precisamente, un autor antiguo nos hace la siguiente recomendación: «Todo aquel que sabe que la Pascua ha sido sacrificada para él, ha de entender que su vida comienza cuando Cristo ha muerto para salvarnos». Además, el apóstol tiene que comprender inteligentemente las Escrituras, leídas a la luz del Espíritu de la verdad derramado sobre la Iglesia.

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

Liturgia – Domingo III de Pascua

DOMINGO III DE PASCUA

Misa del Domingo (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Credo. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. I (B)

  • Hch 3, 13-15. 17-19. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
  • Sal 4.Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.
  • 1Jn 2, 1-5a. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero.
  • Lc 24, 35-48.Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.

Antífona de entrada           Sal 65, 1-2
Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya.

Monición de entrada
En este domingo, primer día de la semana, en el que la tierra entera aclama al Señor, toca en honor de su nombre y canta himnos a su gloria. Invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

(Aspersión con el agua bendita por el templo, o bien todos pasan por la pila bautismal y toman el agua santiguándose)

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta Eucaristía, nos haga dignos de participar del banquete de su Reino.

Gloria

Oración colecta
QUE  tu pueblo, Señor, exulte siempre
al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu,
para que todo el que se alegra ahora
de haber recobrado la gloria de la adopción filial,
ansíe el día de la resurrección
con la esperanza cierta de la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Se dice Credo.
Transformados por la vida nueva de Jesucristo, renovemos hoy nuestra adhesión a Él, a cuya muerte y resurrección fuimos incorporados por el Bautismo.

Oración de los fieles
Elevemos ahora nuestras súplicas confiadas a Dios nuestro Padre, y pidámosle que por los méritos de Jesucristo, su Hijo, venga en nuestra ayuda, y nos enseñe a vivir como hijos de la luz.

1.- Para que la Iglesia viva su fe en Dios y lo manifieste en el amor y compromiso con la humanidad entera. Roguemos al Señor.

2.- Para que Dios derrame en las familias cristianas el espíritu de piedad y de renuncia a lo mundano, de manera que germinen abundantes vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa. Roguemos al Señor.

3.- Para que los que tienen autoridad en el mundo trabajen para que todos los pueblos de la tierra vivan en paz, justicia, fraternidad y prosperidad. Roguemos al Señor.

4.- Para que los que se encuentran en camino y todavía no han llegado a la fe descubran al Señor Jesús caminando junto a ellos, compartiendo su mismo pan, y sus corazones se llenen de alegría. Roguemos al Señor.

5.- Para que Cristo encienda nuestro corazón con su palabra nos haga comprender el sentido actual que tiene su muerte y resurrección en nuestra vida. Roguemos al Señor.

Señor Dios, que con la muerte gloriosa de tu Hijo, víctima de propiciación por nuestros pecados, has puesto el fundamento de la reconciliación y de la paz, escucha las oraciones de tu Iglesia y haz de nosotros signo y levadura de una humanidad nueva, pacificada por tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante,
y a quien diste motivo de tanto gozo
concédele disfrutar de la alegría eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio Pascual I

Antífona de comunión            Cf. Lc 24, 35
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya.

Oración después de la comunión
MIRA, Señor, con bondad a tu pueblo
y, ya que has querido renovarlo
con estos sacramentos de vida eterna,
concédele llegar a la incorruptible resurrección
de la carne que habrá de ser glorificada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
DIOS, que por la resurrección de su Unigénito
os ha redimido y adoptado como hijos,
os llene de alegría con sus bendiciones.
R/. Amén.

Y ya que por la redención de Cristo
recibisteis el don de la libertad verdadera,
por su bondad recibáis también la herencia eterna.
R/. Amén.

Y, pues confesando la fe
habéis resucitado con Cristo en el bautismo,
por vuestras buenas obras
merezcáis ser admitidos en la patria del cielo.
R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.
R/. Amén.

Santoral 18 de abril

SAN APOLONIO EL APOLOGETA, Mártir (c. 185 d.C)

Marco Aurelio había perseguido a los cristianos por sistema; en cambio, su hijo Cómodo, quien le sucedió hacia el año 180, no odiaba a los cristianos, a pesar de que era un hombre vicioso. Durante el período de paz de que gozó el cristianismo en su reinado, aumentó el número de los fieles y muchos nobles abrazaron el cristianismo. Entre éstos, se contaba un senador llamado Apolonio, tan versado en la filosofía como en la Sagrada Escritura. Uno de sus esclavos le acusó de ser cristiano ante Perenne, prefecto de los pretorianos. Hasta entonces, no se habían vuelto a poner en vigor las leyes persecutorias de Marco Aurelio; pero Perenne, aunque condenó a muerte al esclavo por haber denunciado a su amo, exigió a Apolonio que abjurase de su religión. Como éste se negase, el prefecto dejó el asunto al juicio del Senado romano. En presencia de los senadores, Apolonio, a quien probablemente trataban con especial consideración por su saber y posición social, tuvo un debate público con Perenne y defendió valientemente su religión. Como persistiera en negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, el Senado le condenó a morir decapitado. Según otra versión menos probable, murió a causa de las heridas recibidas en las piernas durante la tortura.

Los especialistas opinan que el diálogo entre el mártir y su juez tiene todas las trazas de ser .un relato auténtico, tomado por un escribiente durante el proceso. Alban Butler, quien vivió en el siglo XVIII, no conoció ese documento, recientemente descubierto. Citaremos algunos fragmentos de las frases que pronunció el santo apologeta poco antes de morir. Su vibrante defensa de la fe, que data de hace tantos siglos, vale por todas las homilías posteriores. Tomamos nuestra cita de la traducción ligeramente abreviada, pero sustancialmente exacta, del difunto canónigo A. J. Masón.

Según dijo el mártir, todos los hombres estaban destinados a morir, y los cristianos no hacían más que prepararse para ese momento, muriendo un poco cada día. Las calumnias de los paganos contra los cristianos estaban tan lejos de ser ciertas que, en realidad, éstos no se permitían ni una mirada impura ni una mala palabra. Argüyó, además, que no era peor morir por el verdadero Dios que sucumbir víctima de la fiebre, de la disentería o de cualquier otra enfermedad. “Entonces, ¿deseas morir?”, le preguntó Perenne. “No”, respondió Apolonio, “yo amo la vida; pero ese amor no me hace temer la muerte. Nada hay mejor que la Vida, la verdadera Vida que confiere la inmortalidad a las almas que han vivido bien en el mundo.” El prefecto confesó que no entendía, y el prisionero replicó: “Siento mucho que seas tan insensible a las bellezas de la gracia. Sólo un corazón sensible puede percibir la Palabra de Dios, como sólo un ojo sensible puede percibir los matices de la luz”.

Un filósofo de la escuela de los cínicos interrumpió a Apolonio, diciendo que sus palabras eran un insulto a la inteligencia, aunque Apolonio creyese que estaba diciendo verdades muy profundas. El mártir respondió: ” A mí me han enseñado a orar y no a insultar; sólo a los ojos de los insensatos, la verdad puede parecer un insulto”. El juez le pidió que se explicase claramente. Apolonio pronunció entonces lo que Eusebio califica de elocuentísima defensa de la fe: “El Verbo de Dios, que creó los cuerpos y las almas, se hizo hombre en Judea y fue nuestro Salvador, Jesucristo. El, que era perfectamente puro y sabio, nos reveló al Dios verdadero y nos enseñó el camino de la virtud, haciéndonos conscientes de nuestra dignidad y nuestro papel en la sociedad. Con su muerte marcó definitivamente el alto al pecado. El nos enseñó a consolar a los afligidos, a ser generosos, a propagar la caridad, a renunciar a la vanagloria, a refrenar el deseo de venganza y a despreciar la muerte, cuando ésta se nos impone, no por nuestros crímenes, sino por los crímenes de los otros. También nos enseñó a obedecer su Ley, a honrar al soberano, a adorar únicamente al Dios inmortal, a creer en la inmortalidad de nuestras almas, a esperar el juicio de Dios, después de la muerte, y el premio de resurrección que Dios dará a las almas de los que vivieron según su ley. Todo eso nos los enseñó con palabras sencillas, apoyándose en razones convincentes, y ello le mereció gran gloria; pero también le ganó el odio de los malvados, como había sucedido a otros filósofos y hombres rectos. Porque los malos no soportan a los buenos. Según cierto proverbio (del Libro de la Sabiduría), los malos dicen: ‘Pongámonos al acecho del que hace el bien, porque está contra nosotros’. Y uno de los personajes de la República de Platón dice también ‘El hombre bueno será azotado, torturado, maniatado, y al fin le arrancarán los ojos y le crucificarán.’

Como los sicofantes atenienses se ganaron a la multitud y condenaron injustamente a Sócrates, así un puñado de malvados condenó a muerte a nuestro Maestro y Salvador, reprochándole lo mismo que habían reprochado antes a los profetas… Si nosotros honramos a Cristo —concluyó el mártir—, es porque nos reveló esa doctrina divina que no conocíamos. Y eso no es engaño, pero supongamos que, como vosotros decís, sea un engaño que el alma es inmortal, que hay un juicio después de la muerte, que la virtud será premiada con la resurrección y que Dios ha de juzgarnos a todos, pues bien, os aseguro que aun en ese caso, nos consideraríamos felices de morir por un engaño tan sublime, que es capaz de hacernos vivir rectamente aun en la adversidad y de tener una esperanza”.

Algo se sabía de la apología de Apolonio ante el Senado por los escritos de Eusebio, Rufino y San Jerónimo; pero se creía que no existían las actas auténticas, hasta que F. C. Conybeare tradujo un texto armenio, publicado en 1874 por los monjes mekhitaristas (ver Conybeare, The Apology and Acts of Apollonius, etc., 1894, pp. 29-48). Poco después, los bolandistas encontraron una copia del texto griego en un manuscrito de París y la publicaron en Analecta Bollandiana, vol. XIV (1895), pp. 284-294. Ambos textos llamaron la atención de los especialistas, quienes los reeditaron y tradujeron a varias lenguas. Ver la admirable exposición de las actas que hace el P. Delehaye en Les Passions des Martyrs et les genres littéraires (1921), pp. 125-136. Aunque dicho autor se pronuncia abiertamente por la autenticidad sustancial del diálogo, hace notar que tanto en la versión griega como en la armenia se advierte ya el principio del proceso de falsificación. El mismo autor da una amplia bibliografía sobre las aportaciones de Harnack, Mommsen, Klette, Greffcken y otros. Ver igualmente A. J. Masón, Historie Martyrs of the Primitive Church (1905), pp. 70-75.

Alban Butler

Laudes – Domingo III de Pascua

LAUDES

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso”.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!

En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.

La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia. Amén.

SALMO 92: GLORIA DEL SEÑOR CREADOR

Ant. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya +

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder:
así está firme el orbe y no vacila.

Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno.

Levantan los ríos, Señor,
levantan los ríos su voz,
levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,
más potente que el oleaje del mar,
más potente en el cielo es el Señor.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. La creación se verá liberada, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Aleluya.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. La creación se verá liberada, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Aleluya.

SALMO 148: ALABANZA DEL DIOS CREADOR

Ant. El nombre del Señor es sublime sobre el cielo y la tierra. Aleluya.

Alabad al Señor en el cielo,
alabad al Señor en lo alto.

Alabadlo, todos sus ángeles;
alabadlo, todos sus ejércitos.

Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes.

Alabadlo, espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.

Alaben el nombre del Señor,
porque él lo mandó, y existieron.

Les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.

Alabad al Señor en la tierra,
cetáceos y abismos del mar,

rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes,

montes y todas las sierras,
árboles frutales y cedros,

fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan.

Reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo,

los jóvenes y también las doncellas,
los viejos junto con los niños,

alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime.

Su majestad sobre el cielo y la tierra;
él acrece el vigor de su pueblo

Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El nombre del Señor es sublime sobre el cielo y la tierra. Aleluya.

LECTURA: Hch 10, 40-43

Dios resucitó a Jesús al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros. Aleluya, aleluya.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros. Aleluya, aleluya.

R/ Tú que has resucitado de entre los muertos.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mirad mis manos y mis pies: soy yo. Palpadme y ved. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mirad mis manos y mis pies: soy yo. Palpadme y ved. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, autor de la vida, a quién Dios resucitó de entre los muertos, y que por su poder nos resucitará también a nosotros, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, sálvanos.

Cristo, luz esplendorosa que brillas en las tinieblas, rey de la vida y salvador de los que han muerto,
— concédenos vivir hoy en tu alabanza.

Señor Jesús, que anduviste los caminos de la pasión y de la cruz,
— concédenos que, unidos a ti en el dolor y en la muerte, resucitemos también contigo.

Hijo del Padre, maestro y hermano nuestro, tú que has hecho de nosotros un pueblo de reyes y sacerdotes,
— enséñanos a ofrecer con alegría nuestro sacrificio de alabanza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Rey de la gloria, esperamos anhelantes el día de tu manifestación gloriosa,
— para poder contemplar tu rostro y ser semejantes a ti.

Digamos ahora, todos juntos, la oración que nos enseñó el mismo Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.