Dios (no) ha muerto

El filósofo Friedrich Nietzsche publicó en 1882 su obra “La gaya ciencia”, una de cuyas frases más conocidas es: “Dios ha muerto. Sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”. El autor recoge una corriente de pensamiento que ya se había ido gestando desde tiempo atrás y que desemboca en el nihilismo: Dios había ido dejando de ser el fundamento de la moral y de los principios que rigen la vida humana. “Dios ha muerto” porque ya no es la base que da sentido al mundo y a la existencia, y los seres humanos ahora son “libres” para vivir sin esa referencia al “más allá” y ser ellos mismos quienes establezcan los valores y el sentido de la existencia. Desde entonces, esta idea ha continuado presente, considerando la religión como algo anacrónico o una forma de no querer afrontar la desesperación que provoca la dura realidad del vacío existencial.

Esta corriente de pensamiento, en todas sus variantes y ramificaciones, supone un serio cuestionamiento a nuestra fe, más aún en estos tiempos de pandemia, en los que muchos se preguntan dónde está Dios y cómo conjugar la idea de un Dios bueno con tanto dolor y sufrimiento. Y concluyen que Dios no existe, “ha muerto” y no hay que esperar ya nada de Él.

Esto también puede afectarnos a nosotros. Aunque nos consideremos “creyentes” y aunque hagamos oración y participemos en la Eucaristía, ante la aparente ausencia de Dios podemos sentirnos como los discípulos en el Evangelio, que creían ver un fantasma. Y aunque mantengamos las formas religiosas, caemos en un ateísmo práctico, que es peor, viviendo como si Dios no existiera.

Por eso, hoy cobran especial fuerza las palabras de Pedro en la 1ª lectura: matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. El tiempo de Pascua deberíamos vivirlo como lo que es: el tiempo verdaderamente “fuerte” del año litúrgico, porque la Resurrección de Cristo es lo que da sentido a todo lo demás. Y este tiempo debería servirnos para profundizar en las razones por las que creemos en la Resurrección de Cristo.

San Pedro habla de “ser testigos”. Un testigo no es alguien que habla de sus ideas o de lo que otros le han dicho; un testigo es alguien que tiene un conocimiento directo de algo, en este caso, de la Resurrección de Cristo. Un conocimiento que va más allá de sus sentimientos o experiencias personales que, aun siendo reales, pueden ser interpretados erróneamente, como hemos escuchado en el Evangelio. Los discípulos están viendo a Jesús, en carne y hueso, sus manos y sus pies, Él comió delante de ellos, pero como no acababan de creer y seguían atónitos, hacía falta algo más: Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Jesús Resucitado es el cumplimiento de todas las promesas recogidas en las Escrituras, y esto, junto a la experiencia personal, convierte al discípulo en testigo.

Ante tantos que afirman que Dios ha muerto, el Señor cuenta con nosotros para que repitamos las palabras de Pedro: matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Y para ser testigos creíbles debemos conocer las Escrituras, porque como escribió San Jerónimo: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. Y conocer las Escrituras no sólo en cuanto a su contenido, sino también a su inspiración, interpretación, formación del canon…

¿En alguna ocasión me han dicho, o he pensado, “Dios ha muerto”? ¿Supe dar razón de mi fe? ¿Soy un testigo creíble de la Resurrección de Cristo? ¿Conozco la Escritura?

Cuando, de forma directa o indirecta, desde muchos ámbitos se afirma que “Dios ha muerto”, el tiempo de Pascua ha de servirnos para profundizar en las razones de nuestra fe en Cristo Resucitado, para ser testigos, como Pedro, de que “Dios no ha muerto” y proponer esta fe a los demás. Porque si no buscamos las razones de nuestra fe, como escribió el Papa Francisco en “Christus vivit”, “corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada” (124). Pero ante la desesperación, “si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono” (125). Ante el vacío existencial y la ausencia de sentido, “si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede” (127).