Vísperas – Lunes III de Pascua

VÍSPERAS

LUNES III DE PASCUA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

 

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

 

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

 

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

 

LECTURA: Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

 

PRECES

Con espíritu gozoso, invoquemos a Cristo a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle:

Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que ya desde ahora, con el espíritu, vivamos en tu reino,
— donde estás sentado a la derecha del Padre.

Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos
— condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de la verdad plena.

Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren luz en tu victoria,
— y que tu gloriosa resurrección los consuele y los conforte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Al terminar este día, te ofrecemos nuestro homenaje, oh Cristo, luz imperecedera,
— y te pedimos que con la gloria de tu resurrección ilumines a los que han muerto.

 

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

 

ORACION

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes III de Pascua

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy mi oración va a deslizarse por un nuevo camino. No voy a pedirte cosas: salud, bienestar, bienes de aquí abajo. Voy a despojar mi alma de todo egoísmo, de todo interés material. Quiero buscarte a Ti por el gozo de buscarte  y, una vez encontrado, te quiero seguir buscando. Sé que todo lo que encuentro contigo sólo puede ser una meta parcial para seguir buscándote. Tú siempre serás para nosotros “un Dios escondido”.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Juan 6, 22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado».

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Hoy las palabras de tu evangelio son un “aviso para caminantes”. El evangelio nos invita a revisar nuestra religiosidad. Hay un proverbio que dice: “cuando el sabio señala la luna con el dedo, sólo el necio se queda mirando el dedo”. Aquellos que habían llenado sus estómagos con el pan de la multiplicación,  buscaban a Jesús para seguir llenando sus estómagos sin trabajar. Esos son los que le querían hacer rey. ¿Un rey de holgazanes? ¿Un rey que les liberara del trabajo y del esfuerzo? ¿Ese era el Mesías que esperaban? Jesús les recrimina su comportamiento tan rastrero y les ofrece un alimento espiritual, el alimento de la fe.

Es verdad que somos “buscadores de Dios”. Pero, ¿a qué Dios buscamos? ¿Un Dios hecho a nuestra medida? ¿Un Dios tapa-agujeros? ¿O ese Dios Inmenso, Trascendente, que siempre va por delante de nosotros, y nunca lo podemos alcanzar? Ese es el Dios-Misterio  al que buscaban los místicos. ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? … “Salí tras Ti clamando y ya eras ido” (San Juan de la Cruz).

Palabra Papa

“El buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen de incertidumbre. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Esto es una clave importante, que si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Recordemos a los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, que siempre han dado espacio a la duda. Les invito a ser humildes, tenemos que hacer espacio al Señor, no a nuestras certezas. Recomiendo buscar a Dios para hallarlo, y hallarlo para buscarle siempre. Es la experiencia de los grandes Padres de la fe. Les invito a releer el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos. Abrahán, por la fe, partió sin saber a dónde iba. Todos nuestros antepasados en la fe murieron teniendo ante los ojos los bienes prometidos, pero muy a lo lejos… No se nos ha entregado la vida como un guion en el que ya todo está escrito, sino que consiste en andar, caminar, hacer, buscar, ver… Hay que embarcarse en la aventura de la búsqueda del encuentro y del dejarse buscar y dejarse encontrar por Dios”. (Cf Comentario de S.S. Francisco, en entrevista de Antonio Spadaro, el 27 de septiembre de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Me comprometo a llevar a cabo hoy un acto totalmente desinteresado.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Hoy, Señor, quiero darte gracias “con todo mi corazón”, porque me has enseñado a orar a fondo perdido, sin esperar nada de Ti sino el gozo de encontrarte. Quiero decirte: Señor, en este momento,  sólo me interesas Tú. Me interesa tu alabanza, tu reconocimiento, tu voluntad, tu proyecto personal sobre mí. Tú sabes mejor que yo lo que necesito, lo que a mí me va a hacer feliz. Me fío plenamente de Ti.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Yo soy el buen Pastor

El único nombre que salva (Hch 4,8-12)

La primera lectura de este domingo nos presenta a Pedro predicando, con toda la fuerza que le trasmite el Espíritu, que al pronunciar el nombre de Jesucristo todo lo que ocurre es bueno. El tono profético y la autoridad de sus palabras anuncian y dan la esperanza de que a partir de la Resurrección ya no hay motivos para el temor. Porque el resucitado -que es en nombre de quien actúa Pedro- nos libera de parálisis y bloqueos para apostar por una existencia en la que la libertad imprime carácter. Así pues, resulta curioso en el pasaje de hoy cómo Pedro pasa de ser acusado a ser «acusador». Y es que la fuerza y la libertad que da proclamar la verdad, en el nombre de «Jesucristo el Nazareno», hace que se denuncie todo aquello y a todos aquellos que oprimen y angustian. En definitiva denunciar todo aquello y a todos aquellos que alejen de lo único que puede salvar: el nombre de Jesús.

Un amor que nos diviniza (1 Jn 3,1-2)

La segunda lectura de este día nos muestra que Dios como padre que es, nos lo ha dado todo. Y tanto nos ha dado que, lejos de ser egoísta, nos hace partícipes de la divinidad. Y es que si lo pensamos bien ¿Qué padre no se desvive por sus hijos? ¿Qué padre no le da lo mejor que tiene a sus hijos? La experiencia que da el sabernos hijos de Dios nos introduce en una realidad amorosa que va a ir in crescendohasta que se manifieste en su totalidad. Esta es la esperanza a la que nos invita la carta de Juan. Una esperanza que es capaz de dialogar con el futuro y hacerlo más cercano.

Oler a oveja (Jn 10, 11-18)

El evangelio de este domingo nos presenta la imagen del «buen pastor». Una imagen que puede evocar muchas cosas, pero quizá la que más caracteriza el oficio de pastor es que estamos ante alguien que se dedica a cuidar. Jesús se presenta como aquel que se entrega de forma incondicional al cuidado de todos los que forman «el rebaño» que su Padre le ha confiado. Ya no hay porqué sentirse abandonado ni olvidado; despreciado ni marginado porque hay alguien -Jesús, el pastor bueno– que estará dispuesto a todo, incluso a entregar la vida, con tal de que nadie sea maltratado ni humillado. Y es que la confianza que trasmite el pastor bueno nos habla de un cuidado desde la ternura y el amor.

La cultura del cuidado en nuestros días significa estar con él, con el otro,estar atentos y escuchar todos sus lenguajes. Solo así podremos cuidarlo, solo así podremos llevar a cabo el «oficio de pastor» al estilo de Jesús de Nazaret. Porque la escucha, saber escuchar, es primordial a la hora del cuidado ya que nos remite a voluntad y disponibilidad. Escuchar requiere un diálogo que consiga un acercamiento al otro. Porque el diálogo significa la capacidad de ser en los otros sin perder la propia identidad, dado que puede enriquecer a cada uno. Supone el vigor de aceptar lo diferente como diferente, de acogerlo y dejarnos enriquecer con ello. Los peores rivales del diálogo son el individualismo y toda una serie de alteraciones dañinas que mutilan de forma considerable la labor que debe desempañar todo aquel que se entregue al cuidado de los demás: la envidia, los celos, el resentimiento, el miedo, la arrogancia. Es necesario el encuentro y el diálogo fraterno; es necesario abrirse al razonamiento del otro, pero sin ser enemigos de la verdad porque, si esto sucediera, se fractura el proceso del cuidar como un buen pastor.

Si se quiere llevar a cabo el pastoreo y el cuidado a la luz del evangelio de este domingo, habría que aplicar esa expresión que el papa Francisco no ha dudado en acuñar: «oler a oveja». Es cierto que a muchos les resulta insulsa e incluso infantil, pero no deja de ser una expresión cuya intención es despertar una sensación que el lenguaje no es capaz de describir. Porque oler a oveja -y no olvidemos el carácter vocacional de este domingo- se trata de acompañar la vida de muchos y ofrecer la posibilidad de entrar en comunión con ese Dios de quien somos sus hijos para disfrutar de esa realidad amorosa que es la divinidad. Oler a oveja es escuchar heridas y sanar errores; bendecir toda ilusión y corregir engaños. Oler a oveja es acompañar no pocas soledades y levantar pobrezas; alentar, apoyar, sostener. Y es que el pastor que huele a oveja es aquella persona creyente que ha escuchado la inquietante sugerencia de Dios para entregar su vida como ofrenda a favor de los demás, y solo para los demás. Que sabe que la más de las veces va a ser terapeuta herido, discípulo, aprendiz, con toda la grandeza y la miseria que comporta su humana condición. Pero, como en cualquier obra de arte, la grandeza que posee la entrega al cuidado del otro no está encerrada en la materialidad. Porque a través de esa entrega la compasión de Dios seguirá mirando y cuidando a la humanidad.

El olor nos dice, nos cuenta y nos revela, es decir, es fuente de conocimiento por el cual se llega a la esencia de la vida. Por ello «oler a oveja» al estilo del pastor bueno del evangelio de este domingo es mostrar, aún más, la humanidad que nos habita.

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez O.P.

Comentario – Lunes III de Pascua

(Jn 6, 22-29)

Aquí comienzan los discursos de Jesús sobre el tema del pan, para dar un mensaje más profundo. Y para llevar a la gente a otro nivel les dice: “Ustedes me buscan porque han comido los panes y se han saciado. No trabajen sólo por el alimento que se acaba, sino por el sustento que dura y da vida eterna”.

Jesús muestra así nuestra crasa realidad: somos necesitados, y buscamos permanentemente saciar nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras carencias.

Esos hombres que buscaban a Cristo todavía no se habían dejado cautivar por su enseñanza; simplemente habían descubierto que Jesús se preocupaba sinceramente por ellos, los cuidaba y no les dejaba pasar necesidad, se compadecía realmente de sus angustias.

Y Jesús no desprecia esa confianza simple, aprovecha la ocasión para invitar a esos hombres agradecidos a pasar a un nivel más profundo. Hay otro pan, hay otro alimento, porque también hay otro hambre en el corazón humano, hay otra insatisfacción más honda que busca ser colmada.

Y si bien hay que trabajar para ganarse el pan, para alcanzar este alimento no es necesario otro trabajo más que creer, abrir el corazón: “La obra del Padre es que ustedes crean”.

Todos, con el paso del tiempo, podemos ir encerrándonos en nuestras necesidades, y buscar a Dios sólo en la medida en que él pueda resolver nuestras carencias interiores. Así Dios se convierte en un objeto más de consumo. Él comprende esa debilidad nuestra, pero quiere más de nosotros, quiere más para nuestra vida. Quiere alimentar nuestros corazones con su Palabra que nos invita a la intimidad con él, a su paz, al amor fraterno, al servicio, a la generosidad, a la libertad interior.

Oración:

“Señor, no dejes que me olvide de esas necesidades más profundas que sólo con la fe puedo saciar No permitas que las angustias de cada día y las cosas urgentes me lleven a olvidar las cosas más importantes que sólo tú puedes dar”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Deformación de la actividad humana por el pecado

37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres.

A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).

Homilía – Domingo IV de Pascua

1

El domingo del Buen Pastor

De las varias imágenes que en el NT intentan describir quién es Jesús (el Cordero, el Señor, el Rey, la Piedra angular, el Hijo del Hombre, la Luz, el Siervo, la Verdad, la Vida), en este domingo IV de Pascua, cada año, se nos presenta Jesús como el Buen Pastor, siguiendo el capítulo 10 del evangelio de Juan.

De este capítulo cada año se lee un pasaje distinto. Este año, ciclo B, escuchamos los versículos centrales, en los que Cristo se nos define como el Pastor auténtico que conoce a sus ovejas y da su vida por ellas.

 

Hechos 4, 8-12. Ningún otro puede salvar

Si el domingo pasado leíamos el discurso de Pedro a la muchedumbre asombrada por la curación milagrosa del paralítico, hoy leemos el que dirigió a las autoridades, que le pedían cuentas de por qué se atrevía a hablar así de una persona de la que estaba prohibido hablar, Jesús de Nazaret. Es el tercero de los discursos de Pedro que nos ofrece el libro de los Hechos.

El mensaje central de Pedro -el “kerigma” o pregón evangelizador- es siempre el mismo, la persona de Cristo, su muerte y resurrección: “Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos”. Esta vez, citando el salmo 117, identifica a Jesús con “la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”.

Por eso el salmo no puede ser otro que este salmo: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Es el salmo “pascual” por excelencia, que nos habla del “día en que actuó el Señor”, “es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”, “dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

 

1Juan3,1-2. Veremos a Dios tal cual es

En la carta de Juan leemos hoy un breve pasaje lleno de mensajes realmente pascuales y optimistas. Sobre todo el anuncio de que somos hijos: “qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios: ¡pues lo somos!”.

Esta filiación es obra del amor que Dios nos tiene. Pero todavía “no se ha manifestado lo que seremos”. En el futuro, en la otra vida, “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Difícilmente se puede concentrar mejor que con esta sencilla frase toda la doctrina escatológica cristiana: “lo veremos tal cual es”.

 

Juan 10, 11-18. El buen pastor da la vida por sus ovejas

Jesús se nos presenta como “el buen Pastor” y nos describe las cualidades de un buen pastor, que se cumplen plenamente en él mismo.

Ante todo, “el buen pastor da la vida por las ovejas”, en contraposición a un pastor “asalariado”, que busca sobre todo su propia seguridad y bien. Y lo hace voluntariamente: “yo la entrego libremente, nadie me la quita”.

Además, Jesús, como buen pastor, puede decir: “conozco a mis ovejas, y las mías me conocen”. Finalmente, afirma: “tengo otras ovejas que no son de este redil: también a esas las tengo que traer… y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”.

 

2

Cristo, piedra angular y Salvador

El protagonista de hoy, como no podía ser de otra manera en Pascua, es Cristo Jesús, a quien las lecturas proclaman como la piedra angular, como el Salvador y como el Buen Pastor.

En la catequesis -mejor, en la predicación “kerigmática”, evangelizadora- de Pedro, esta vez ante el Sanedrín y las autoridades de Israel, define a Jesús como “la piedra angular” de un edificio, tomando pie del salmo 117.

Es expresiva la imagen: unos arquitectos rechazan una piedra porque no les sirve para el edificio que quieren levantar, y resulta que para Dios esa es la piedra principal, la angular, la que da consistencia y corona todo el edificio.

Pedro, con gran valentía -acaba de ser detenido por haber anunciado a Jesús ante la gente-, echa en cara a las autoridades que, después haberle esperado durante siglos, no han sabido reconocer al Mesías enviado por Dios y lo han rechazado.

Todavía amplía más la presentación de Jesús, llamándole Salvador de la humanidad: “ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”.

Nosotros, los cristianos, sí hemos reconocido a Jesús como nuestro Salvador y como la piedra angular sobre la que está edificada la Iglesia. Por eso nos alegramos y celebramos la Pascua cada año, y el domingo, cada semana.

 

¡Somos hijos!

Una de las convicciones que más nos pueden animar en nuestro camino es la afirmación, gozosa y atrevida que hace Juan en su carta: “mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios: ¡pues lo somos!”.

El amor de Dios nos envuelve. Su Hijo se ha hecho Hermano nuestro, y por tanto nosotros somos hijos en el Hijo. Esa es la razón de nuestra dignidad: por débiles y pobres que seamos según las medidas de este mundo, por poca salud que tengamos, sin grandes éxitos en la vida, somos hijos y Dios nos conoce y nos ama, incluso a pesar de nuestros pecados. Esto no es una metáfora para consolarnos. Es una realidad que puede hacer que nos apreciemos más a nosotros mismos, de modo que nunca perdamos la confianza ni caigamos en el desánimo. ¿En verdad nos sentimos hijos, oramos como hijos, actuamos como hijos? ¿qué prevalece en nuestra espiritualidad, el miedo, el interés o el amor? ¿nos dejamos inspirar por ese Espíritu de Dios que desde dentro nos hace decir: Abbá, Padre?

Además, como sigue diciendo Juan, “aún no se ha manifestado lo que seremos”: todavía nos espera la plenitud de nuestra identidad cristiana. Cuando se nos manifieste Cristo, “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”.

Esa es también la razón de nuestro amor a los demás. Todos son hijos en la familia de Dios y, por tanto, hermanos nuestros y merecen nuestro respeto y amor.

 

Cristo, el Buen Pastor

Puede ser que no nos resulte muy familiar ahora, a los que vivimos en ciudades, la imagen de un pastor guiando un rebaño de ovejas. Pero también los “urbanos” podemos entender fácilmente, sin necesidad de que veamos con frecuencia rebaños que cruzan nuestras calles o autopistas, lo que supone esta comparación de los que tienen cierta autoridad con ese simpático oficio de pastor, que supone ser guía y defensa de las ovejas. Sobre todo, podemos captar por qué la imagen del pastor, y en concreto del buen pastor, se aplica a Jesús.

Otros textos del día también inciden en el mismo tema de Cristo como el buen Pastor. La oración colecta pide que “el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor”; la antífona del aleluya anticipa ya el contenido del evangelio: “yo soy el Buen Pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen”; la antífona de la comunión afirma que “ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”; la poscomunión llama Pastor a Dios Padre: “Pastor bueno… haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar…”.

Puede ser también que no nos guste el símil del pastor y las ovejas, sobre todo si nos fijamos en lo del “rebaño” y que todas las ovejas “le siguen”. Parecería como si se favoreciese una visión paternalista y gregaria de la comunidad eclesial. Ciertamente, no es la intención de Cristo ese tono peyorativo del “rebaño” y del seguimiento, porque describe al pastor con rasgos claramente personalistas y de respeto a la libertad de cada uno.

 

Lecciones para los “pastores” de hoy

Cristo puede describir las cualidades que debe tener un buen pastor porque antes las cumple él mismo, en su modo de actuar.

Este cuadro sirve como de espejo para todos los que de alguna manera son “pastores” en la comunidad como colaboradores de Cristo. Ante todo los ministros ordenados, desde el Papa hasta los obispos, presbíteros y diáconos, pero también los padres, los educadores, los catequistas, los que llamamos “agentes pastorales” de una comunidad. Todos participan en un grado u otro de la misión pastoral de Jesús.

A todos ellos, así como también a los que tienen alguna autoridad social o política, les va bien recordar las cualidades que Jesús describe en el buen pastor.

a) Un buen pastor, no sólo guía a sus ovejas a buenos pastos y las defiende de los peligros, sino que está dispuesto a sacrificarse y, si hace falta, a dar su vida por ellas; no como los mercenarios, a los que en realidad no les importa el bien de las ovejas, sino el suyo propio y, ante la cercanía del peligro, huyen.

¡Cuántos “buenos pastores”, a lo largo de la historia de la Iglesia, han dado su vida por el bien de su comunidad!: mártires, misioneros, ministros que han pagado con su vida el testimonio que han dado de la verdad y de la justicia. No se han buscado a sí mismos, ni se han aprovechado de su ministerio para medrar ellos, sino que han buscado el bien de sus ovejas y entienden la autoridad como servicio y entrega, sobre todo a favor de los más pobres, los enfermos, los ancianos, los que no han tenido suerte en su vida.

“Como pastor de esta comunidad -decía Mons. Óscar A. Romero, cuya muerte recordamos todos-, estoy obligado a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas de muerte, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador”.

b) Un buen pastor conoce a sus ovejas, y ellas le conocen. ¿No es esta una invitación a que los que de alguna manera son “pastores” conozcan a cada persona y la respeten con sus características, su temperamento y su formación? ¿se puede decir que conocemos a cada persona por su nombre, en su contexto y sus circunstancias, y no consideramos que todas son iguales y las tratamos “gregariamente”?

Un buen pastor, o un buen gobernante o padre o educador, no es un frío funcionario administrativo, sino que toma en serio a cada persona, dedica tiempo a escucharla, porque se interesa por ella.

Cuando Pedro o Pablo hablaban a judíos, partían de lo que estos conocían y apreciaban. Si eran paganos, como los que encontraba Pablo con frecuencia, se apoyaba en los valores que estos apreciaban. Los apóstoles, buenos pastores, conocían y respetaban el contexto y cultural de las personas.

En la Iglesia de hoy también se está dando renovada importancia a la “inculturación”, o sea, al respeto a la cultura de cada pueblo, tanto en el anuncio de la fe como en su celebración. Lo mismo debería darse en el trato con cada persona, que tiene una situación de fe diferente: los novios que vienen a pedir la boda o las familias que piden el Bautismo o la primera comunión para sus hijos. Debemos esforzarnos por conocer a cada uno y acompañarle en su camino de fe.

c) Un buen pastor se siente “misionero” también para los más alejados y busca la unidad de todos: como Jesús, que muestra su deseo de que todos escuchen su voz y se forme “un solo rebaño bajo un solo pastor”.

Esto lo podemos aplicar no sólo en la esfera de las relaciones entre confesiones cristianos -el ecumenismo- sino también en un nivel más doméstico e interno, porque toda comunidad cristiana necesita un clima de fraternidad y unidad, para que sea posible la vida de fe de sus miembros y también para que sea eficaz su tarea misionera hacia fuera. Un buen pastor se interesa también por “las otras ovejas”, no sólo por el grupo de “adictos”. Se siente misionero y abierto también para con los más alejados.

 

El Buen Pastor nos habla y nos alimenta en la Eucaristía

La Eucaristía es tal vez el momento privilegiado en que nosotros, seguidores de Jesús, a) “escuchamos su voz”, haciendo caso de lo que nos dice, b) nos alimentamos con el Cuerpo y Sangre de Cristo, en los que él, como auténtico Buen Pastor, “nos da la vida eterna”, y c) pedimos, como fruto de este sacramento, que el Espíritu nos vaya edificando en la unidad a todos los que creemos en Cristo y le recibimos en la comunión.

En la oración sobre las ofrendas de hoy expresamos una vez más una “definición” de lo que sucede cada vez que celebramos la Eucaristía, como memorial de la muerte salvadora de Cristo: “que la actualización repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante”.

Pero también luego, fuera de la celebración, a lo largo del día y de la semana, debemos seguir siendo discípulos de Cristo que escuchan su voz y le siguen en su estilo de vida. En el “domingo del Buen Pastor”, haremos bien en examinarnos si nosotros somos “buenas ovejas”, buenos seguidores de Cristo Jesús, con una relación vital y personal con él, no sólo “creyendo en él”, sino imitándole.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 10, 1-10 (Evangelio Domingo IV de Pascua)

Yo he venido para que tengan vida en plenitud

El evangelio de Juan (10,1-10), nos habla del «buen pastor» que es la imagen del día en la liturgia de este cuarto domingo de Pascua. Comienza el evangelio con una especie de discurso enigmático -al menos para los oyentes-, aunque es un texto bien claro: en el redil de las ovejas, el pastor entra por la puerta, los ladrones saltan por la tapia. Es una especie de introducción para las propuestas cristológicas de Juan. Esas afirmaciones, con toda su carga teológica, se expresan con el lenguaje de la revelación bíblica, con el «yo soy», que en el evangelio de Juan son de gran alcance teológico. Está construido, el conjunto, en dos momentos 1) vv. 1-5 sobre el buen pastor; 2) vv. 7-10 sobre Jesús como puerta.

En el AT Dios se reveló a Moisés con ese nombre enigmático de “Yhwh” (Yahvé) (el tetragrámaton divino) (algunos piensan que significa “yo soy el que soy”, aunque no está claro). Ahora, Jesús, el Señor, según lo entiende san Juan, no tiene recato en establecer la concreción de quién y de lo que siente. Y de la misma manera que se ha presentado en otros momentos como la verdad, la vida, la resurrección, la luz (cf. especialmente el discurso de revelación de Jn 14), ahora se nos presenta con la imagen del pastor, cuya tradición veterotestamentaria es proverbial, como nos muestra el hermoso Salmo 23. Si en este salmo se dice que “el Señor es mi pastor, nada me falta”, ahora el evangelista hace que Jesús lleve a cumplir ese deseo del salmista. Jesús, pues, es el que trae lo que nos hace falta para la vida. El salmo 23 es un poema de confianza; por tanto, las palabras de revelación del evangelio de hoy hablan a favor de una revelación para la confianza de los que le oyen y le siguen.

La imagen segunda, de la puerta, es la imagen de la libertad y de la confianza también: no se entra por las azoteas, por las ventanas, a hurtadillas, a escondidas. Sin puerta no hay entradas ni salidas, ni caminos ni proyectos. En el Antiguo Testamento se habla de las puertas del templo: “¡Abridme las puertas del triunfo y entraré para dar gracias al Señor! Esta es la puerta del Señor: ¡los vencedores entrarán por ella!” (Sal 118,19-20). Las puertas del templo o de la ciudad eran ya el mismo conjunto del templo o de la ciudad santa (es una metonimia = la parte por el todo). Por eso dice el Sal 122,2: “ya están pisando nuestros pies tus puertas Jerusalén”; cf. Sal 87,1-2; 118,21; etc.). Pasar por la puerta era el ¡no va más! para los peregrinos. Ahora Jesús es como la nueva ciudad y el nuevo templo para encontrarse con Dios. Porque a eso iban los peregrinos a la ciudad santa, a encontrarse con Dios. Pero desde Jesús podremos encontrarnos con Dios escuchando su voz y viviendo su vida allá donde estemos.

Jesús en este evangelio se propone, según la teología joánica, como la persona en la que podemos confiar; por Él podemos entrar y salir para encontrar a Dios y para encontrar la vida. Quien esté fuera de esa puerta, quien pretenda construir un mundo al margen de Jesús lo puede hacer, pero no hay otro camino para encontrarse con el Dios de vida y con la verdad de nuestra existencia. No es una pretensión altisonante, aunque la afirmación cristológica de Juan sea fuerte. Eso no quita que debamos mantener un respeto y una comprensión para quien no quiera o no pueda entrar por esa puerta, Jesús, para encontrar a Dios. Nosotros, no obstante, los que nos fiamos de su palabra, sabemos que él nos otorga una confianza llena de vida.

Se habla de un “entrar y salir” que son dos verbos significativos de la vida, como el nacer y el morir. En Jesús, puerta verdadera de la vida, ésta adquiere una dimensión inigualable. Por la fórmula de revelación, del “yo”, se quiere mostrar a Jesús que hace lo contrario de los ladrones que entran de cualquier manera en la casa, para robar, para matar, para llevarse todo lo que pueden. Jesús, puerta, “viene” para dar, para ofrecer la vida en plenitud (v. 10)

1Jn 3, 1-2 (2ª lectura Domingo IV de Pascua)

El amor que nos hace hijos de Dios

El texto de la carta de San Juan está en el ámbito auténtico de la teología joánica, con todas sus características: amor, hijos de Dios, conocer, el mundo, “ver a Dios”. La carta de Juan está cargada de todos esos términos que muestran una cosa clara: la comunidad joánica, cristiana, está enfrentada al mundo. Se han insinuado muchas cosas acerca de las influencias sobre este escrito. Se ha hablado del “círculo joánico” como un círculo selectivo, a semejanza con la comunidad de Qumrán. Pero no están claras estos ascendientes, ni se puede hablar de un mundo exactamente dualista: amor/odio; luz/tinieblas.

También podemos fijarnos en la correlación existente entre “amar” y “conocer” como si se quisiera decir que el conocer es lo mismo que amar en este caso. De alguna manera eso es verdad, pero no se trata de un conocimiento de tipo “gnóstico” como encontramos en los evangelios apócrifos de Tomás o el publicado ahora de Judas (algunos lo piensan), sino que hay que tener en cuenta el sentido profundo que el “conocer” tiene en la Biblia como “experiencia de amor”; es el amor el conocimiento más profundo.

En todo caso, lo más importante es que el Padre nos hace hijos, porque nos ama. Esta afirmación teológica encierra una densidad religiosa inigualable. Dios, el Dios de Jesús, el Dios del amor, no se guarda para sí lo divino. De hecho, se insinúa una promesa todavía más intensa cuando se dice que, en la “manifestación” de Dios, al final, o en el final de cada uno, todavía seremos algo más… Esta es la promesa de un Dios, Padre, que quiere compartir su vida con nosotros; no como los “dioses” de este mundo que no quieren compartir nada.

Hch 4, 8-12 (1ª lectura Domingo IV de Pascua)

Jesús, piedra angular de la salvación de Dios

La lectura de Hechos, nos muestra la continuidad del discurso que Pedro ya había comenzado ante la gente, a causa de la curación de un tullido (c. 3). Ahora el testimonio es ante las autoridades judías que no pueden permitir que, en nombre de Dios, se hable de Jesús. Esa es la pregunta que les hacen a los apóstoles: ¿en nombre de quién? Se entiende que en nombre de Jesús, pero implícitamente es en nombre de Dios, que es quien ha resucitado a Jesús, que ellos habían condenado injustamente. La relación estrecha entre Jesús y su Dios es aquí el paradigma teológico sobre el que se construye nuestro texto. Las autoridades condenaron a Jesús para salvar el “honor” de su Dios… Pero la respuesta de Dios es radical contraria a los planes que ellos urdieron, por medio de la resurrección.

Debemos fijarnos en las veces que aparece el “nombre” (aunque se usa explícitamente Jesucristo el Nazareno) como elemento decisivo de lo que Pedro tiene que anunciar: el kerygma, es decir, la muerte y la resurrección de Jesús. Esto nos recuerda lo que Pablo nos transmite por medio del himno a los Filipenses: “un nombre sobre todo nombre” (Flp 2,9-10). Al nombre de Jesús… todo rodilla se doble. La insistencia sobre el nombre es sugerente. Sabemos que Jesús significa “Dios salva” o “Dios es mi salvador”. Por tanto, insistiendo en este discurso sobre “el nombre”, se está reivindicando al “condenado” por ellos, el “proscrito” con su juicio. Ahora es, a partir de la muerte y la resurrección de Jesús cuando el nombre de Jesús ejerce todo su quehacer dinámico, salvífico.

Dios lo ha convertido en piedra angular según la cita del Salmo 117. Así, pues, el discurso de Pedro ante las autoridades judías es una acusación a los “pastores” de ese pueblo que no han sabido o no han querido aceptar que en Jesús estaba el futuro de la salvación del pueblo. En realidad no han defendido el honor de Dios, sino que su culpabilidad clama al cielo. Los pastores que buscaban el celo de Dios han desechado la “piedra angular”. Es uno de los discurso más duros de los Hechos sobre los responsables judíos. No se trata, pues, de “antisemitismo”, sino de proclamar la verdad de lo que le sucedió con Jesús el Nazareno.

Comentario al evangelio – Lunes III de Pascua

A veces, al escuchar la Palabra de Dios, una pequeña frase se queda resonando con fuerza en el corazón. Es bueno abandonarse en ella, dejar que resuene, como una campana en lo profundo del valle de tu vida… Los discípulos le habían preguntado, después de tantas cosas vividas junto al Maestro: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”. En medio de tantas cosas que vamos viviendo, nuestra intención es hacer lo que Dios quiere de nosotros, cumplir su Voluntad, hacer su obra. Por ello le preguntamos también al Señor: ¿qué tenemos que hacer? Pero no es fácil discernir, no es fácil saber cuál sea su Voluntad.

En aquella ocasión, la respuesta de Jesús fue sorprendente. Y lo es también para nosotros. “La obra de Dios es que creáis en el que Él ha enviado”. Lo que Dios quiere es que creamos en Jesucristo. Y ya está. ¿Da lo mismo lo que hagamos con tal de que creamos en Él?

En realidad, no da lo mismo, claro. Pero es que si crees de verdad en Él no va a darte lo mismo hacer o no hacer unas cosas u otras, y no las vas a hacer del mismo modo, ni con las mismas actitudes. La decisión de qué hacer, qué vivir, a qué dedicarte, cómo y con quién hacerlo, sigue siendo de cada cual. La fe no nos quita la libertad de decidir nuestra propia vida, no nos deshumaniza. Todo lo contrario. La fe en Cristo Jesús nos hace plenamente libres. El que cree en él pasa a ser una criatura nueva, renace a la verdadera libertad. En tus manos sigue estando tu propia vida. Pero, hagas lo que hagas, si realmente crees en Él, lo harás de un modo nuevo: amando, olvidado de ti, entregado al servicio de los que más sufren, con una esperanza inquebrantable, sembrando alegría, consuelo, justicia, paz a tu alrededor, construyendo fraternidad…

La obra de Dios es que creamos en su Hijo porque unidos a él construimos comunidad y nueva humanidad, Reino de Dios.

Haz, pues, tu obra en nosotros; alimenta nuestra fe, Señor, para que creyendo de verdad en ti vivamos como Dios quiere de nosotros.

Amen

Javier Goñi