Yo soy el buen Pastor

El único nombre que salva (Hch 4,8-12)

La primera lectura de este domingo nos presenta a Pedro predicando, con toda la fuerza que le trasmite el Espíritu, que al pronunciar el nombre de Jesucristo todo lo que ocurre es bueno. El tono profético y la autoridad de sus palabras anuncian y dan la esperanza de que a partir de la Resurrección ya no hay motivos para el temor. Porque el resucitado -que es en nombre de quien actúa Pedro- nos libera de parálisis y bloqueos para apostar por una existencia en la que la libertad imprime carácter. Así pues, resulta curioso en el pasaje de hoy cómo Pedro pasa de ser acusado a ser «acusador». Y es que la fuerza y la libertad que da proclamar la verdad, en el nombre de «Jesucristo el Nazareno», hace que se denuncie todo aquello y a todos aquellos que oprimen y angustian. En definitiva denunciar todo aquello y a todos aquellos que alejen de lo único que puede salvar: el nombre de Jesús.

Un amor que nos diviniza (1 Jn 3,1-2)

La segunda lectura de este día nos muestra que Dios como padre que es, nos lo ha dado todo. Y tanto nos ha dado que, lejos de ser egoísta, nos hace partícipes de la divinidad. Y es que si lo pensamos bien ¿Qué padre no se desvive por sus hijos? ¿Qué padre no le da lo mejor que tiene a sus hijos? La experiencia que da el sabernos hijos de Dios nos introduce en una realidad amorosa que va a ir in crescendohasta que se manifieste en su totalidad. Esta es la esperanza a la que nos invita la carta de Juan. Una esperanza que es capaz de dialogar con el futuro y hacerlo más cercano.

Oler a oveja (Jn 10, 11-18)

El evangelio de este domingo nos presenta la imagen del «buen pastor». Una imagen que puede evocar muchas cosas, pero quizá la que más caracteriza el oficio de pastor es que estamos ante alguien que se dedica a cuidar. Jesús se presenta como aquel que se entrega de forma incondicional al cuidado de todos los que forman «el rebaño» que su Padre le ha confiado. Ya no hay porqué sentirse abandonado ni olvidado; despreciado ni marginado porque hay alguien -Jesús, el pastor bueno– que estará dispuesto a todo, incluso a entregar la vida, con tal de que nadie sea maltratado ni humillado. Y es que la confianza que trasmite el pastor bueno nos habla de un cuidado desde la ternura y el amor.

La cultura del cuidado en nuestros días significa estar con él, con el otro,estar atentos y escuchar todos sus lenguajes. Solo así podremos cuidarlo, solo así podremos llevar a cabo el «oficio de pastor» al estilo de Jesús de Nazaret. Porque la escucha, saber escuchar, es primordial a la hora del cuidado ya que nos remite a voluntad y disponibilidad. Escuchar requiere un diálogo que consiga un acercamiento al otro. Porque el diálogo significa la capacidad de ser en los otros sin perder la propia identidad, dado que puede enriquecer a cada uno. Supone el vigor de aceptar lo diferente como diferente, de acogerlo y dejarnos enriquecer con ello. Los peores rivales del diálogo son el individualismo y toda una serie de alteraciones dañinas que mutilan de forma considerable la labor que debe desempañar todo aquel que se entregue al cuidado de los demás: la envidia, los celos, el resentimiento, el miedo, la arrogancia. Es necesario el encuentro y el diálogo fraterno; es necesario abrirse al razonamiento del otro, pero sin ser enemigos de la verdad porque, si esto sucediera, se fractura el proceso del cuidar como un buen pastor.

Si se quiere llevar a cabo el pastoreo y el cuidado a la luz del evangelio de este domingo, habría que aplicar esa expresión que el papa Francisco no ha dudado en acuñar: «oler a oveja». Es cierto que a muchos les resulta insulsa e incluso infantil, pero no deja de ser una expresión cuya intención es despertar una sensación que el lenguaje no es capaz de describir. Porque oler a oveja -y no olvidemos el carácter vocacional de este domingo- se trata de acompañar la vida de muchos y ofrecer la posibilidad de entrar en comunión con ese Dios de quien somos sus hijos para disfrutar de esa realidad amorosa que es la divinidad. Oler a oveja es escuchar heridas y sanar errores; bendecir toda ilusión y corregir engaños. Oler a oveja es acompañar no pocas soledades y levantar pobrezas; alentar, apoyar, sostener. Y es que el pastor que huele a oveja es aquella persona creyente que ha escuchado la inquietante sugerencia de Dios para entregar su vida como ofrenda a favor de los demás, y solo para los demás. Que sabe que la más de las veces va a ser terapeuta herido, discípulo, aprendiz, con toda la grandeza y la miseria que comporta su humana condición. Pero, como en cualquier obra de arte, la grandeza que posee la entrega al cuidado del otro no está encerrada en la materialidad. Porque a través de esa entrega la compasión de Dios seguirá mirando y cuidando a la humanidad.

El olor nos dice, nos cuenta y nos revela, es decir, es fuente de conocimiento por el cual se llega a la esencia de la vida. Por ello «oler a oveja» al estilo del pastor bueno del evangelio de este domingo es mostrar, aún más, la humanidad que nos habita.

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez O.P.