Comentario al evangelio – Miércoles III de Pascua

Conforme se van acumulando años, uno se hace cada vez más consciente de la caducidad de la vida. Es un gran regalo, sí, y a veces nos depara grandes alegrías. Pero también llegan dificultades, tristezas, y, con el tiempo, los achaques de la enfermedad y de la vejez. Y es que esta vida, tan maravillosa e increíble, es limitada y tiene un final. Esta es la realidad. Cuando llegan esos signos hay quienes desesperan: ¿para qué vivir cuando ya no se puede disfrutar de todo? ¿Qué sentido tiene vivir? Hoy día, todo parece querer convencernos de que lo único que merece la pena es el disfrute “a tope”; pasarlo bien y punto. ¿No hay nada más? ¿Y cuando ya uno no pueda seguir disfrutando?

Jesús pasó por esta vida proponiendo otro modo de vivir. Nos propuso otro sentido para la vida…, y para la muerte. Vivir para amar…; vivir y morir amando. Así vivió y murió Él: amando hasta el extremo. Y así nos dijo que viviéramos, dando la vida, entregándola. Así lo entendieron Esteban y los primeros discípulos, y tras ellos generaciones y generaciones de cristianos entregados por amor al Evangelio y a los pobres. Sólo quien entrega su vida la encuentra, nos había enseñado Jesús.

No parece fácil, pero aprender a amar es el único sentido que tiene esta vida. Y el que va aprendiendo a vivir así, olvidándose de sí y amando, es el que encuentra el camino hacia la verdadera Vida. Para vivir así necesitamos ayuda: un alimento y un agua especiales. Sin ellos no podríamos. Jesús mismo es quien nos los ofrece. Aún más: Él en persona es el Pan de la verdadera Vida y el Agua Viva. Sólo Él es capaz de alimentar en nosotros esa Vida Nueva que no tendrá fin.

Y ese es, nos dice hoy Jesús en el Evangelio, el deseo del Padre: que todo el que le abra su corazón y se deje hacer por su Espíritu viva, y viva para siempre, amando en plenitud, sin límites; que tenga vida eterna y que resucite.

Señor, danos siempre de este Pan…

Javier Goñi