Meditación – Miércoles III de Pascua

Hoy es miércoles III de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 35-40):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».

Hoy vemos cuánto le preocupan a Dios nuestro hambre y nuestra sed. ¿Cómo podríamos continuar pensando que Dios es indiferente ante nuestros sufrimientos? Más aún, demasiado frecuentemente “rehusamos creer” en el amor tierno que Dios tiene por cada uno de nosotros. Escondiéndose a Sí mismo en la Eucaristía, Dios muestra la increíble distancia que Él está dispuesto a recorrer para saciar nuestra sed y nuestro hambre.

Pero, ¿de qué “sed” y qué “hambre” se trata? En definitiva, son el hambre y la sed de la “vida eterna”. El hambre y la sed físicas son sólo un pálido reflejo de un profundo deseo que cada hombre tiene ante la vida divina que solamente Cristo puede alcanzarnos. «Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna» (Jn 6,39). ¿Y qué debemos hacer para obtener esta vida eterna tan deseada? ¿Algún hecho heroico o sobre-humano? ¡No!, es algo mucho más simple. Por eso, Jesús dice: «Al que venga a mí no lo echaré fuera» (Jn 6,37). Nosotros sólo tenemos que acudir a Él, ir a Él.

Estas palabras de Cristo nos estimulan a acercarnos a Él cada día en la Misa. ¡Es la cosa más sencilla en el mundo!: simplemente, asistir a la Misa; rezar y entonces recibir su Cuerpo. Cuando lo hacemos, no solamente poseemos esta nueva vida, sino que además la irradiamos sobre otros. El Papa Francisco, el entonces Cardenal Bergoglio, en una homilía del Corpus Christi, dijo: «Así como es lindo después de comulgar, pensar nuestra vida como una Misa prolongada en la que llevamos el fruto de la presencia del Señor al mundo de la familia, del barrio, del estudio y del trabajo, así también nos hace bien pensar nuestra vida cotidiana como preparación para la Eucaristía, en la que el Señor toma todo lo nuestro y lo ofrece al Padre».

Fr. Gavan JENNINGS

Liturgia – Miércoles III de Pascua

MIÉRCOLES III DE PASCUA, feria

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 8, 1b-8. Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra.
  • Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.
  • Jn 6, 35-40. Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna.

Antífona de entrada           Cf. Sal 70, 8. 23
Llena estaba mi boca de tu alabanza para poder cantar. Te aclamarán mis labios, Señor. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, sabiendo que nuestra boca siempre tiene que estar llena de la alabanza y de la gloria del Señor, y nuestros labios siempre tienen que aclamarlo; comencemos la celebración de los sagrados misterios reconociendo que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

• Tú, que eres el Pan de vida. Señor, ten piedad.
• Tú, que no quieres que se pierda nada de lo que se te ha dado. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos resucitarás en el último día. Señor, ten piedad.

Oración colecta
ATIENDE, Señor, a tu familia y ayúdala como conviene,
y concede participar en la resurrección de tu Unigénito
a quienes has dado la gracia de la fe.
Él, que vive y reina contigo.

Oración de los fieles
Apoyados en Cristo resucitado, fundamento de nuestra fe para dirigirnos al Padre, presentemos nuestra oración.

1.- Para que toda la Iglesia sea portadora, con sus obras y su doctrina, de la verdad de Cristo resucitado, roguemos al Señor.

2.- Para que los sacerdotes y religiosos sigan a Jesús con un amor exclusivo y su entrega sea estímulo para que los jóvenes se lancen a vivir en plenitud por el Reino, roguemos al Señor.

3.- Para que los gobernantes de las naciones sepan orientarlas por caminos de paz y de justicia, buscando siempre lo que conduce verdaderamente al bien completo de los hombres, roguemos al Señor.

4.- Para que el misterio de Cristo muerto y resucitado ilumine y transforme nuestro mundo angustiado por el odio, la duda y la muerte, roguemos al Señor.

5.- Para que todos los aquí reunidos vivamos la realidad de la Pascua, renovados por la gracia del Señor resucitado, y llevemos a todos nuestros hermanos el amor y la paz, roguemos al Señor.

Padre de misericordia, que tanto amaste al mundo que le diste a tu Hijo; renuévanos por su misterio de muerte y resurrección y concédenos lo que te hemos pedido llenos de confianza. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Señor,
alegrarnos siempre por estos misterios pascuales,
y que la actualización continua de tu obra redentora
sea para nosotros fuente de gozo incesante.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual I

Antífona de comunión
Ha resucitado el Señor e ilumina a los que hemos sido redimidos con su sangre. Aleluya.

Oración después de la comunión
ESCUCHA, Señor, nuestras oraciones
para que el santo intercambio de nuestra redención
nos sostenga durante la vida presente
y nos dé las alegrías eternas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
MIRA con bondad, Señor,
a tu familia y concédele la misericordia continua que te suplica,
y pues sin ella no puede hacer nada digno de ti,
merezca realizar con ella tus preceptos salvadores.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia – Jueves III de Pascua

JUEVES III DE PASCUA, feria

Misa de feria o de la memoria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual

Leccionario: Vol. II

  • Hch 8, 26-40. Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?
  • Sal 65.Aclamad al Señor, tierra entera.
  • Jn 6, 44-51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Antífona de entrada           Cf. Ex 15, 1-2
Cantemos al Señor; gloriosa es su victoria. Mi fuerza y mi alabanza es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, reunidos para cantar al Señor; porque gloriosa es su victoria; y recordar que nuestra fuerza y alabanza es el Señor, pues él fue nuestra salvación; comencemos la celebración de los sagrados misterios reconociendo que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

• Tú, que eres el pan vivo bajado del cielo. Señor, ten piedad.
• Tú, que nos has devuelto la vida. Cristo, ten piedad.
• Tú, que no rechazas nuestras súplicas. Señor, ten piedad.

Oración colecta
DIOS todopoderoso y eterno,
concédenos experimentar más de cerca tu amor,
que, por tu bondad, hemos conocido con mayor profundidad
en estos días de Pascua,
y afianza en el testimonio de la verdad
a quienes has librado de las tinieblas del error.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Invoquemos, hermanos, con todo el ardor de nuestro espíritu, a Dios nuestro Padre, por medio de nuestro Señor Jesucristo, triunfador glorioso del pecado y de la muerte.

1.- Para que llene con sus dones a la santa Iglesia, purificada con la sangre de Cristo y glorificada con su exaltación. Roguemos al Señor.

2.- Para que conceda a nuestra diócesis abundantes y santas vocaciones al ministerio sacerdotal para anunciar en ella el evangelio. Roguemos al Señor.

3.- Para que conceda al mundo la paz; a todos los pueblos, creciente desarrollo; a los marginados, la justicia, y a los esposos, la fidelidad. Roguemos al Señor.

4.- Para que cure las enfermedades, desaparezca el hambre y aleje todos los males. Roguemos al Señor.

5.- Para que Cristo salve y bendiga a esta parroquia (comunidad), que ha sido redimida con el misterio de su cruz y resurrección. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que por el árbol de la cruz restableciste la antigua dignidad del hombre, concédenos el auxilio de los bienes que te pedimos para que conservemos siempre la alegría pascual los que hemos renacido del Espíritu Santo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
DIOS todopoderoso y eterno,
concédenos experimentar más de cerca tu amor,
que, por tu bondad, hemos conocido con mayor profundidad
en estos días de Pascua,
y afianza en el testimonio de la verdad
a quienes has librado de las tinieblas del error.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Cor 5, 15
Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Aleluya.

Oración después de la comunión
A
SISTE, Señor, a tu pueblo

y haz que pasemos del antiguo pecado
a la vida nueva
los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
M
ULTIPLICA, Señor,

sobre tus fieles la gracia del cielo,
y así quienes te alaban con los labios
te alaben también con el corazón y con la vida,
y ya que cuanto somos en don tuyo,
sea también tuyo todo cuanto vivamos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 21 de abril

SAN ANSELMO, Arzobispo de Canterbury y Doctor de la Iglesia (1109 d.C)

Es cierto que los normandos esclavizaron a Inglaterra y la privaron de muchas ventajas temporales; pero hay que admitir que con los invasores llegaron a dicho país algunos de sus hombres de Iglesia y de Estado más eminentes. Entre ellos, se cuentan dos arzobispos de Canterbury, Lanfranco y su sucesor inmediato, San Anselmo. Este nació en Aosta del Piamonte hacia el año 1033. A los quince años intentó ingresar en un monasterio, pero el abad, sabiendo que el padre de Anselmo se oponía a ello, no quiso admitirle. Anselmo olvidó durante algún tiempo su vocación, descuidó la práctica religiosa y vivió una vida mundana, ya que no disipada, de la que no dejó de arrepentirse más tarde hasta el último día de su vida. Anselmo no se entendía con su padre. Tan severo era éste, que Anselmo no tuvo más remedio que abandonar la casa paterna, después de la muerte de su madre, para proseguir sus estudios en Borgoña. Tres años más tarde, pasó a Bec, en Normandía, atraído por la fama del gran abad Lanfranco. A los veintisiete años, en 1060, Anselmo ingresó en el monasterio de Bec, donde se convirtió en discípulo y gran amigo de Lanfranco. Este fue nombrado abad de San Esteban de Caen, tres años más tarde y Anselmo pasó a ser el prior de Bec. Algunos monjes murmuraron contra la elección de Anselmo, quien era todavía muy joven; pero su paciencia y bondad acabaron por ganarle los ánimos de sus más acerbos críticos. Entre éstos se contaba un joven muy rebelde, llamado Osberno, a quien San Anselmo convirtió poco a poco a la observancia y asistió tiernamente en su última enfermedad. San Anselmo, que era un pensador original e independiente, de gran cultura, fue sin duda el mayor teólogo de su tiempo y el “padre de la escolástica”. La Iglesia no había tenido un metafísico de su talla desde la época de San Agustín. Siendo todavía prior de Bec, compuso el Monologium, en el que daba las pruebas metafísicas de la existencia y la naturaleza de Dios, así como el Proslogium o contemplación de los atributos de Dios. Igualmente compuso los tratados de la verdad, la libertad, el origen del mal y el arte de razonar. Su manera de considerar la educación de los jóvenes era muy avanzada. A un abad que se quejaba del pobre fruto de sus esfuerzos pedagógicos, dijo San Anselmo: “Si plantas un árbol en tu huerto y lo cercas por todos lados, de suerte que no pueda extender sus ramas, tendrás al cabo de un tiempo un árbol inútil de ramas torcidas… Pues así es como tratas a tus hijos…, con amenazas y golpes y privándoles del privilegio de la libertad”.

En 1078, después de quince años de priorato, Anselmo fue elegido abad de Bec. Eso le obligaba a viajar con frecuencia a Inglaterra, donde la abadía contaba con algunas propiedades. Lanfranco era entonces obispo de Canterbury. Eadmero, un monje inglés, discípulo y biógrafo de Anselmo, cuenta que tenía éste un método muy personal de instruir, empleando comparaciones muy conocidas, de suerte que aun la gente más sencilla podía entenderle. Anselmo fue a Inglaterra en 1092, tres años después de la muerte de Lanfranco. El rey Guillermo el Rojo mantenía vacante la sede de Canterbury para disfrutar de sus rentas. Como San Anselmo le exhortase a nombrar un arzobispo, Guillermo juró “por la Santa Faz de Lucca” (tal era su juramento favorito) que ni Anselmo ni otro alguno sería arzobispo de Canterbury mientras él viviese. Pero una enfermedad que le puso a las puertas de la muerte le hizo cambiar de opinión. Lleno de temor, el rey prometió que en adelante gobernaría de acuerdo con las leyes y nombró arzobispo a San Anselmo. El buen abad alegó en vano su avanzada edad, su falta de salud y su ineptitud para el gobierno. Los obispos y todos los presentes le obligaron a tomar el báculo pastoral y le condujeron a la iglesia, donde cantaron un “Te Deum”.

Pero el corazón del rey no había cambiado en realidad. Apenas acababa de instalarse el nuevo arzobispo, cuando Guillermo, quien quería arrebatar a su hermano el ducado de Normandía, empezó a exigirle dinero. Anselmo le ofreció quinientos marcos, suma importante en aquellos tiempos; pero el rey le pidió mil como precio de la elección. El santo se negó rotundamente a pagarlos y exhortó al rey a proveer las abadías vacantes y a sancionar la convocación de los sínodos necesarios para reprimir los abusos de los clérigos y los laicos.

El rey replicó ásperamente que defendería las abadías como si se tratase de su propia corona y, desde entonces, no tuvo otro pensamiento que el de arrojar a Anselmo de su sede. Consiguió, en efecto, que cierto número de obispos le negasen la obediencia; pero los barones no aceptaron condenar la actitud de Anselmo. El mismo legado pontificio, encargado de comunicar a Guillermo la negativa de Roma, llevó a Anselmo el palio que le hacía inamovible.

Viendo que el rey oprimía a la Iglesia siempre que podía cuando el clero no se plegaba a su voluntad, San Anselmo le pidió permiso de ir a Roma a consultar a la Santa Sede. El rey se lo rehusó dos veces; a la tercera, le respondió que podía salir del país, pero que confiscaría todas sus rentas y no le permitiría volver a entrar. A pesar de ello, San Anselmo partió de Canterbury en octubre de 1097, acompañado por Eadmero y otro monje llamado Balduino. En el camino se hospedó primero con San Hugo, abad de Cluny y después con otro Hugo, el arzobispo de Lyon. En Roma expuso el asunto al Papa, quien no sólo le prometió su protección, sino que escribió al rey exigiéndole que restituyese a San Anselmo sus derechos y posesiones. San Anselmo se retiró a un monasterio de Campania por razones de salud y ahí terminó su famosa obra Cur Deus Homo, que es el más famoso tratado que existe sobre la Encarnación. Convencido de que podría hacer más bien en la vida oculta que en su sede de Canterbury, Anselmo rogó al Papa que le descargase de su oficio, pero el Pontífice, se negó. Sin embargo, dado que no podía volver por el momento a Inglaterra, el Papa le dio permiso de quedarse en Campania. Anselmo asistió así al Concilio de Bari, en 1098, y se distinguió por su manera de abordar las dificultades de los obispos grecoitálicos sobre la cuestión del “Filioque”. El Concilio acusó al rey de Inglaterra de simonía, de opresión a la Iglesia, de persecución al arzobispo y de vida viciosa; sin embargo, no llegó a condenarle solemnemente gracias a la intervención de San Anselmo, quien persuadió al Papa Urbano de que se contentase con la amenaza de excomunión.

La muerte de Guillermo el Rojo puso fin al destierro de San Anselmo, quien entró en Inglaterra entre las aclamaciones del pueblo. Pero la paz no fue duradera. Las dificultades surgieron en cuanto Enrique I se arrogó el derecho de reconfirmar la elección de San Anselmo. Eso se oponía a los decretos del sínodo romano de 1099, que había suprimido los derechos de investidura de los laicos sobre las abadías y catedrales. San Anselmo se negó, pues, a obedecer al rey. Pero en ese momento Inglaterra estaba bajo la amenaza de una invasión de Roberto de Normandía, a quien muchos barones ingleses no veían con malos ojos. Deseando ganarse el apoyo de la Iglesia, Enrique prometió total obediencia a la Santa Sede en el futuro, y San Anselmo hizo cuanto pudo por evitar la rebelión. Aunque, como lo hace notar Eadmero, Enrique debía en gran parte al santo el hecho de no haber perdido la corona, reclamó de nuevo su derecho de investidura en cuanto pasó el peligro. Por su parte, el arzobispo se negó a consagrar a los obispos nombrados por el rey, a no ser que hubiesen sido canónicamente elegidos. La oposición entre el rey y el arzobispo fue agravándose de día en día. Finalmente Anselmo decidió ir personalmente a Roma a exponer el asunto al Papa y Enrique envió por su parte a un delegado personal. Después de madura consideración, Pascual II confirmó la decisión de su predecesor. Al saberlo, Enrique prohibió a San Anselmo que volviese a Inglaterra y confiscó sus bienes. Más tarde, el rumor de que San Anselmo iba a excomulgar al rey parece haber alarmado al monarca, quien fue a Normandía a reconciliarse con el arzobispo. En un consejo real que tuvo lugar en Inglaterra, Enrique I renunció al derecho de investidura sobre las abadías y los obispados y Anselmo, con el consentimiento del Papa, aceptó que los obispos prestasen homenaje al monarca por sus posesiones temporales. El rey observó realmente el pacto y llegó a tener tal confianza en el arzobispo, que le nombró regente durante el viaje que hizo a Normandía en 1108. Pero la salud de San Anselmo, que era ya muy anciano, se había debilitado mucho. El santo murió al año siguiente, 1109, entre los monjes de Canterbury.

San Anselmo fue un hombre de singular encanto. Su simpatía y sinceridad le ganaron el afecto de hombres de todas clases y nacionalidades. La caridad del santo se extendía aun a los más humildes de sus fieles. El fue uno de los primeros que se opusieron a la esclavitud. En el concilio nacional de Westminster, que reunió en 1102 para resolver algunos asuntos eclesiásticos, el arzobispo obtuvo la aprobación de un decreto que prohibía vender a los esclavos como animales. San Anselmo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1720, aunque no había sido «adonizado. Dante le pone en el paraíso entre los espíritus de luz y poder de la esfera solar, junto a San Juan Crisóstomo. Eadmero cuenta que el santo encontró un día a un niño qué había atado un-hilo a la pata de un pájaro y se divertía dejándole escapar y volviéndole a coger. Anselmo, lleno de indignación, cortó el hilo, y dijo: “ecce filum rumpitur, avis avolat, puer plorat, pater exultat —”el pájaro escapa, el niño llora y el padre se alegra.” Se cree que el cuerpo del gran arzobispo descansa en la catedral de Canterbury, en la capilla de su nombre, del lado sudoeste del altar mayor.

La fuente casi única sobre la vida espiritual y la personalidad de San Anselmo es la Historia Novorum, a la que se añade la Vita Anselmi de Eadmero. La mejor edición de esta última es la de Martin Rule en la Rolls Series. También las cartas del santo, que son interesantísimas, constituyen una fuente importante; Dom Gerberon las publicó por primera vez; de ahí las tomó Migne (PL., vols. CLVIII y CLIX). Martin Rule publicó en 1883 una vida m u y completa de San Anselmo en dos volúmenes. Existen otras biografías menos importantes en inglés y en francés, como las de J. Clayton (1933) y Cochin (en la colección Les Saints). Citaremos también la obra del diácono Church (1873), que representa el punto de vista no católico. Sobre la bibliografía de los numerosos estudios literarios, filosóficos y teológicos consagrados a la obra de San Anselmo, ver DTC , vol. I, y Lexikon für Theologie und Kirche, vol. I, cc. 467-468. El P . Francis Schmitt hizo la edición definitiva de las obras completas de San Anselmo (6 vols.). El estudio de Dom A. Stolz sobre el pensamiento de San Anselmo (Munich, 1937) es excelente. Hay que emplear con cierta precaución la obra del P . Ragey, Histoire de S. Anselme (2 vols., 1892).

Alban Butler

Laudes – Miércoles III de Pascua

LAUDES

MIÉRCOLES III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.

SALMO 23: ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

El mundo brilla de alegría.
Se renueva la faz de la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Ésta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.

Ésta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo,
para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces.

Llama profunda,
que escrutas e iluminas
el corazón del hombre:
restablece la fe con tu noticia,
y el amor ponga en vela la esperanza,
hasta que el Señor vuelva. Amén.

SALMO 85: ORACIÓN DE UN POBRE ANTE LAS ADVERSIDADES

Ant. Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor. Aleluya.

Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual ente los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor,
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»

Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu gran piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida;
sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor. Aleluya.

CÁNTICO de ISAÍAS: DIOS JUZGARÁ CON JUSTICIA

Ant. Contemplarán nuestros ojos al Rey en su esplendor. Aleluya.

Los lejanos, escuchad lo que he hecho;
los cercanos, reconoced mi fuerza.

Temen en Sión los pecadores,
y un temblor agarra a los perversos;
«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador,
quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?»

El que procede con justicia y habla con rectitud
y rehúsa el lucro de la opresión,
el que sacude la mano rechazando el soborno
y tapa su oído a propuestas sanguinarias,
el que cierra los ojos para no ver la maldad:
ése habitará en lo alto,
tendrá su alcázar en un picacho rocoso,
con abasto de pan y provisión de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Contemplarán nuestros ojos al Rey en su esplendor. Aleluya.

SALMO 97: EL SEÑOR, JUEZ VENCEDOR

Ant. Todos verán la salvación de Dios. Aleluya.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad:

tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos, aclamen los montes
al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Todos verán la salvación de Dios. Aleluya.

LECTURA: Rm 6, 8-11

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R/ El que por nosotros colgó del madero.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todo el que ve al Hijo y cree en él tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todo el que ve al Hijo y cree en él tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, y aclamémosle, diciendo:

Por tu victoria, sálvanos, Señor

Salvador nuestro, Señor Jesús, que con tu victoria sobre la muerte nos has alegrado y con tu resurrección nos has exaltado y nos has enriquecido,
— ilumina hoy nuestras mentes y santifica nuestra jornada con la gracia de tu Espíritu Santo.

Tú que en el cielo eres glorificado por los ángeles y en la tierra eres adorado por los hombres,
— recibe la adoración que en espíritu y verdad te tributamos en esta fiesta de tu resurrección.

Sálvanos, Señor Jesús, muestra tu amor y tu misericordia al pueblo que confía en tu resurrección
— y, compadecido de nosotros, defiéndenos hoy de todo mal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Rey de la gloria y vida nuestra, haz que, cuando aparezcas,
— podamos aparecer también nosotros, juntamente contigo, en gloria.

Como hijos que somos de Dios, dirijámonos a nuestro Padre con la oración que Cristo nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Atiende, señor, a tu familia y ayúdala como conviene, y concede participar en la resurrección de tu Unigénito a quienes has dado la gracia de la fe. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.