Comentario – Viernes III de Pascua

Las palabras de Jesús generaron una agria disputa entre los judíos. Decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? No lograban delimitar el alcance de estas expresiones. Entendidas en su univocidad, resultaban inaceptables: una invitación a la antropofagia; en otros sentidos más alegóricos, resultaban demasiado crípticas. En cualquier caso, el lenguaje empleado por Jesús causó desconcierto entre sus seguidores.

Pero esto no le arredró ni le llevó a suavizar su proclamación; al contrario, se mostró insistente y perseverante en su discurso: Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… Yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre.

Toda vida requiere de alimento para subsistir; la vida que Jesús promete dar precisa de su carne y de su sangre como elementos nutrientes. Ambas, carne y sangre, son verdadera comida y bebida, de manera que el que come de ellas posee su vida, que es vida eterna, una vida sólo transitoriamente afectada por la muerte. Las palabras de Jesús tuvieron que resultar tremendamente impactantes en su momento. Basta pronunciarlas de nuevo para advertirlo: el que me come vivirá por mí, del mismo modo que yo vivo por el Padre; pero también vivirá en mí y yo en él.

Comer su carne y beber su sangre nos convierte en ‘habitados” y en ‘habitantes’ suyos; nos permite vivir en él y a él vivir en nosotros. San Pablo tenía esta conciencia de inhabitación cuando decía: No soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí. También nosotros la tenemos cuando nos sentimos inhabitados por esa persona de la que estamos profundamente enamorados y cuya presencia nos inunda incluso en su ausencia física.

Comer la carne de Cristo es introducirle en lo más íntimo de nuestra vida; es convertirle no sólo en nuestro confidente, sino también en nuestro íntimo, de modo que podemos mirar hacia adentro para encontrarnos con él una vez acogido en nuestro interior. Y la carne de Cristo, hoy, no parece tener otra forma de donación que la sacramental, con su doble vertiente de signo y de misterio: el signo del pan en el que él mismo se significó en este discurso y en la última cena, y el misterio de su presencia ‘corporal-espiritual’: un cuerpo entregado a la muerte y resucitado, un cuerpo glorioso.

Por eso lo vemos en el pan de la eucaristía o pan sobre el que se ha invocado la acción del Espíritu para que lo transforme en el cuerpo (comestible y adorable) de Cristo. Esta presencia permanente –mientras duran las especies- hacen de él nuestro confidente y nuestro íntimo: alguien con el que podemos encontrarnos en un determinado lugar, el lugar del sacramento. No desaprovechemos la ocasión que nos ofrece esta presencia (sacramental y mistérica) para gozar de la amistad y compañía de tan buen Amigo y para vivir ya de la vida que un día (el último día) se hará realidad plena para siempre.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística