I Vísperas – Domingo IV de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO IV DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. Aleluya.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. Aleluya.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Con tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Con tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tú que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,
— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
— concede a todos los bautizados, perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Pascua

1. Oración introductoria.

Señor, esa pregunta tuya tan directa, tan provocadora, lanzada de corazón a corazón, no puede pasar desapercibida en mi vida de fe. Haz que te conteste hoy no con respuestas teóricas ni evasivas, sino con la verdad de mi vida. Quiero contestar con toda verdad, con toda sinceridad. Y ya, de entrada, te digo que me falta mucho para un auténtico seguimiento, pero soy sincero cuando afirmo que, en mi intención quiero seguirte de corazón y decirte: ¿Adónde voy a ir yo sin Ti?

2.- Lectura reposada del evangelio Juan 6, 60-69

En aquel tiempo muchos discípulos de Jesús al oírle, dijeron: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?… El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre. Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

3.- Qué dice el texto

Meditación-Reflexión

Siento la pregunta de Jesús hoy sobre mí: ¿También tú te quieres marchar? Y siento que me sale de mi corazón la misma respuesta de Pedro: Señor, ¿adónde voy a ir yo sin Ti? Tengo ya muchos años viviendo contigo, muchos años juntos en un mismo camino. Yo sí que te he defraudado, no he respondido a lo que Tú, desde siempre, has esperado de mí. Y lo siento de todo corazón. Pero Tú, Señor, siempre has sido fiel conmigo, nunca me has dejado, nunca te has cansado de mí. Por eso creo que soy sincero cuando te digo: ¿Adónde voy a ir yo sin Ti? De verdad que me siento perdido. Si Tú desapareces de mi vida es como si me faltara el aire, como si me faltara el pan y el agua, como si mis pies no encontraran firmeza en el suelo. Sin Ti, vendría el derrumbamiento total de mi vida. Creo que hay un modo de decirte que sí: es el no poder ya decirte que no.

Palabra del Papa

«¿También vosotros queréis marcharos?» Esta pregunta provocadora no se dirige sólo a los que entonces escuchaban sino que alcanza a los creyentes y a los hombres de todas las épocas. También hoy muchos se escandalizan ante la paradoja de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús parece «dura», demasiado difícil de acoger y de practicar. Entonces hay quien rechaza y abandona a Cristo; hay quien trata de adaptar su palabra a las modas desvirtuando su sentido y valor. «¿También vosotros queréis marcharos?» Esta inquietante provocación resuena en el corazón y espera de cada uno una respuesta personal. Jesús, de hecho, no se contenta con una pertenencia superficial y formal, no le basta una primera adhesión entusiasta; es necesario, por el contrario, participar durante toda la vida en su pensar y querer. Seguirle llena el corazón de alegría y da sentido pleno a nuestra existencia, pero comporta dificultades y renuncias, pues con mucha frecuencia hay que ir contra  corriente”. (Benedicto XVI, 23 de agosto de 2009).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito: Ofrecerle hoy a Dios, de todo corazón, alguna alegría, aunque sea  pequeña.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Señor, gracias porque tu palabra hoy ha revuelto algo profundo de mi vida, me ha cuestionado, me ha inquietado, me ha hecho pensar. Y he llegado a esta bonita conclusión: Sin Ti yo no puedo vivir. Eres lo mejor de mí mismo. Haz conmigo lo que quieras, pero no te separes nunca de mí. Yo quiero seguir viviendo y mi vida sin ti no merece llamarse vida sino muerte.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

El buen pastor

1.- El pastoreo fue en la antigüedad una forma de vida, casi una vocación familiar. Se nacía pastor como se puede nacer hoy en día chino o camerunés. Se era así toda la vida. Y serlo representaba una cierta rivalidad respecto a los agricultores, aquellos que arañaban la tierra, inclinándose ante ella. El beduino no, él era el hombre orgullosamente erguido.

Evolucionaron los tiempos y cambiaron las costumbres. Y los pastores habitaron con los labradores y entre ellos no hubo disputas. Pero permaneció una cierta manera de ser peculiar de los ganaderos. Todavía ahora, si uno tiene la suerte de encontrarse con alguno, resultan ser gente especial. (Y no me refiero a aquellos que tienen sus ganados encerrados en establos). Vive el pastor al aire libre, en la soledad de los prados, o en la inmensidad de las llanuras. Vive solo, su familia, si la tiene, está en el pueblo. Su relación con los animales es casi personal. Pienso y escribo refiriéndome a los que guardan ovinos. El ciclo biológico de sus animales esta muy bien establecido. En llegando la primavera, nacen las crías, se alimentan de la leche de sus madres, poco a poco triscan tiernos brotes, para al final de verano ser capaces de alimentarse por su cuenta. El pastor observa, su trabajo consistente en mirar, en divisar por donde pacen y conducir el rebaño, mediante sus fieles perros, por pastos apetecibles y abundantes. En estos menesteres se establece una especie de diálogo, y hombre y corderos llegan a conocerse. Para el hombre de ciudad, todos los animales son iguales, para el pastor no.

2.- Plácido trabajo este, si no fuera porque pueden acechar las alimañas, entre las que resulta emblemática el lobo. Esta fiera vivía a expensas de atacar a los rebaños y alimentarse de los animales que atrapaba, atacando, si es necesario, al hombre. El oficio de pastor resulta, pues, arriesgado y el pacifico nómada debe ser también un hombre audaz. Audaz, pero no aventurero. Su valentía es consecuencia del amor a sus reses, que considera, casi, su familia. El pastor ama. El auténtico pastor. No el simple vagabundo, que se contrata con el único deseo de tener un sueldo asegurado. Así es, y era, el pastor de Tierra Santa, de las inmensidades del Neguev, de los valles de Samaría o de la llanura de Esdrelón. También lo es el de nuestras tierras.

3.- Jesús se define a sí mismo como un buen pastor. Y en su rebaño no hay borregos anónimos, ya que Jesús ama singularmente a su rebaño. Jesús nos ama individualmente a cada uno. De día y de noche. Jugándose en ello la vida. Dando, si es necesario, ya lo hizo en el Calvario, su vida. Pero su amor no es exclusivo con los suyos. Por los campos de este mundo vagan muchos hombres desorientados, dispersos, muchos hombres sometidos a peligros, inclinados a errores, mal conducidos por astutos pésimos pastores. Y Jesús, sin ambiciones egoístas, quiere que todos seamos de los suyos, que a todos los consideremos de los suyos. Que a todos los consideremos de los nuestros. Nuestros compañeros, nuestros posibles amigos, nuestros deseables socios, sus entrañables colaboradores, en la labor de propagar el Reino. Y en el evangelio de hoy, se lamenta el Maestro de su desdicha, la de que vaguen los hombres, también muchas veces ciertos cristianos, solitarios, sin el amparo del Pastor, enviado del Padre ¿Quién acudirá a remediar su pena? Servirle a Él, es reinar, no se olvide. Reinar con Él es ser feliz, que nadie lo ignore.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Sábado III de Pascua

(Jn 6, 60-69)

Muchos de los que oyeron el discurso de Jesús sobre el pan de vida se escandalizaron, quedaron desconcertados: “¡Qué forma desagradable de hablar!” (6, 60).

Es más, como no entendían claramente lo que Jesús quería decir, no soportaban escuchar esas palabras que herían su sensibilidad, y no se les ocurría pensar que esas palabras podían significar algo nuevo, algo que ellos todavía ni habían podido imaginar; no se les ocurría pensar que Dios podía ir más allá de lo que ellos conocían, y que era capaz de inventar algo desconcertante.

Pero también muchos de sus discípulos se sintieron horrorizados y decidieron abandonarlo (6, 66). Entonces, en una escena de intensa ternura, Jesús se dirige al pequeño puñado de apóstoles que todavía lo acompañaban, habla al corazón de los que se habían quedado a su lado y les pregunta: “¿También ustedes quieren irse?” Entonces aparece Pedro respondiendo con seguridad: “¿Y dónde vamos a ir? Si en tus palabras hay vida eterna, y nosotros hemos creído en ti” (6, 68-69).

Sin embargo, Pedro no será fiel a esta confesión de fe y de amor, y terminará negando a Cristo. Esto nos muestra cómo las seguridades humanas, también las seguridades religiosas, siempre son frágiles, y por sí solas nunca son estables. Y así se acentúa también la soledad, el abandono, la desilusión que Jesús vivió en la cruz.

Ni siquiera los más íntimos fueron fieles hasta el fin. Sólo el discípulo amado permaneció con María junto a la cruz.

Oración:

“Señor, enséñame a descubrir que puede haber una verdad profunda en aquellas cosas que yo no alcanzo a entender, en tus palabras que a veces me desconciertan. Quiero confiar en tu luz Señor, también cuando mi fe se llena de tinieblas”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana

42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras semejantes.

La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es “en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos.

Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas.

El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesantemente se fundan en la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común.

Un solo rebaño, un solo pastor

1.- Este Domingo Cuarto de Pascua la Iglesia conmemora, con toda la Alegría, a Jesús de Nazaret como Único Pastor del rebaño universal de los hermanos y hermanas que viven y trabajan inspirados por el Evangelio de Jesús. Pero también celebra la jornada, pontificia y mundial, por las vocaciones. Y hay otra conmemoración en este siete de mayo es la de la Jornada por el clero nativo, dentro de la campaña misionero, “Primavera en la Iglesia”. Quiero consignar dos de los textos de la Obra Misionera Pontificia (OMP) de la presente campaña son. “Toda Vocación, Nace de la Pascua: Toda Vocación… Para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de las comunidades cristianas es necesario el ministerio consagrado que la Iglesia entrega a aquellos que han sido llamados por Dios a este servicio. La principal manifestación del rostro misericordioso de Dios es hacer que del seno de las familias se susciten vocaciones nativas al sacerdocio, a la vida religiosa y misionera. …Nace de la Pascua Las comunidades cristianas al celebrar la Eucaristía hacen memoria del Misterio Pascual donde tiene lugar el encuentro con el Resucitado. De ese encuentro nace la llamada a cada uno el envío por parte del Señor a la misión. Cada vocación a la vida sacerdotal, religiosa o laical tiene lugar en el seno de la comunidad cristiana que, reunida en el nombre del Señor, celebra la Eucaristía, la Pascua.” No parece que sea necesario añadir mucho más. Y el texto nos emplaza a todos, porque cada uno tiene su vocación dentro de la Iglesia.

2.- En las lecturas de hoy se testimonia la importancia de Jesús Resucitado, una semana más. Pedro sigue dando –en el fragmento de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de oír—muestras de valentía al defender la Resurrección de Cristo y la falta de dirigentes y pueblo judíos que fueron responsables de la ejecución del Salvador. El texto de los Hechos en continuación del de la semana pasada y recoge las consecuencias de un milagro que asombró a toda la ciudad de Jerusalén.

En la Carta del Apóstol Juan se habla claramente del amor del Padre que nos ha llevado a ser sus Hijos, por la gracia de Jesucristo. Y hay una promesa de enorme transcendencia San Juan nos dice que “veremos a Dios tal cual es, porque seremos semejantes a Él”. Es una promesa de eternidad y de salvación que debe estar muy presente en nuestro ánimo, sobre todo en los momentos difíciles, en esas situaciones que parece que todo el mundo se hunde bajo nuestros pies. La promesa de ver a Dios y “verle tal cual es” es de una grandeza inimaginable, pero ahí está y así se producirá.

Y en cuanto al evangelio –también del Apóstol San Juan—en él, el mismo Jesús nos marca un estilo de vida que no es fácil, que no es como el deseo de placer o de riquezas nos presenta. Hemos de preferir la puerta estrecha a esa otra más ancha, más brillante, más llena de oropel. Esa es la elección que tenemos que hacer para pertenecer al único rebaño posible, porque es el auténtico. Dicho rebaño a tomado carta de naturaleza en la creación porque el único Pastor, Jesús, dio su vida por las ovejas de, precisamente ese rebaño. Hemos de pensar en ello y tenerlo siempre muy presente, no dando demasiada importancia a las peticiones de liderazgo de muchos, situados, sin duda, en el quicio de las puertas anchas.

3.- ¿Por qué hay tantos rebaños, cuando solo tenemos un Pastor? La desunión de las Iglesias, los cismas, las reformas y las contrarreformas es un todo incomprensible que produce no poco escándalo a los cristianos. Y, sin embargo, ahí está sin aparente solución posible. La Iglesia católica abrió, a partir del Concilio Vaticano II, un camino firme y realista hacia el Ecumenismo. Y centró al problema al señalar que la oración dirigida a Dios es el mejor camino. Luego, estará naturalmente el esfuerzo de cada uno y el camino conciliador de los líderes religiosos. El Papa Benedicto XVI, buen conocedor de las Iglesias Ortodoxas del Este europeo, busca el encuentro permanente para construir el camino de la unidad.

Hay que interpretar que la desunión llegó por el pecado y que siempre hubo factores políticos que provocaron o agudizaron la separación. Serán esos factores los primeros que deben ser eliminados para enfrentarse exclusivamente a los de naturaleza estrictamente religiosa y espiritual. Un solo Pastor y un solo rebaño. Las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan marcan –como decía– una dirección ineludible y así es muy grave contribuir a la desunión. Esto último punto también debería ser meditado cuando nos enfrentamos los mismo católicos por razones de progresismo o conservadurismo, por pertenecer a este movimiento o al otro, etc. De hecho, si dentro del Rebaño de Roma andamos divididos y suspicaces los unos con los otros, no parece raro que, históricamente, se hayan producido tales brechas entre los cristianos. Es posible que este tercer milenio que comienza nos traiga la hermandad entre todos. Dicen que va a ser un tiempo de espiritualidad, entendimiento y sosiego. Ojalá. Amén.

Ángel Gómez Escorial

Un solo rebaño

1.- “Entonces, Pedro, lleno del Espíritu Santo…” (Hch 4, 8) Había un revuelo que no acababa de calmarse, unos hombres que siguen hablando de Jesús de Nazaret, al que los jefes del pueblo habían ajusticiado por falso Mesías… Pero lo sorprendente es que no sólo son palabras las que anuncian semejante noticia. Unos signos prodigiosos confirman la doctrina que predican y, lo que es más, una vida de heroísmo y de entrega total ratifica el mensaje que proclaman.

En este pasaje es la curación de un cojo de nacimiento, de un pordiosero de cuerpo retorcido, que repetía monótono su cantinela de pedigüeño. Pedro le dijo simplemente: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda”. Y el milagro se produjo. Era increíble, en nombre de Jesucristo el Nazareno, en nombre del que había muerto recientemente en una cruz, como un malhechor cualquiera.

Pedro, lleno del Espíritu Santo, responde con claridad y fortaleza. Y nada menos que ante el Sanedrín, el Tribunal Supremo de Israel. Una confesión valiente y decidida, tan distante de sus pasadas negaciones ante una esclava y un grupo de siervos. Pedro, el Vicario de Cristo, hablaba con libertad, con una claridad meridiana… Hoy también es preciso que resuene la voz de Pedro, con claridad y energía. Vamos a pedirle a Jesús que ilumine y fortalezca, también hoy, al Pedro de nuestro tiempo. Para que siga hablando con voz tan firme y clara que disipe tanta oscuridad como nos circunda.

“Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que ha venido a ser la piedra angular” (Hch 4, 11) La piedra angular, la que cierra el arco, la que hace de cuña, la que contrarresta las dos fuerzas contrarias del ángulo curvilíneo, la que sostiene, la que culmina. Piedra fundamental y particularmente preciosa. Eso es Cristo para la salvación de los hombres, para la liberación de su pueblo… Pero vino al mundo y el mundo no le conoció; vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pobre hombre, qué torpe eres. Pobre israelita, qué ignorante. Tanto tiempo deseando que llegara el que había de venir, y cuando llega le rechazas, le desprecias, le crucificas.

“Y no hay salvación en ningún otro; pues ningún otro nombre debajo del cielo es dado a los hombres para salvarnos”. No hay otro camino que Cristo, no hay otra piedra angular. Sólo Él puede salvar al hombre, sólo Él puede sostener el edificio de nuestra vida personal. Esa vida que tantos vaivenes sufre, esa vida capaz de las mayores alegrías y de las más profundas amarguras. Cristo es nuestro consuelo, nuestro refugio, nuestra solución clara y definitiva. Todas las demás serán siempre soluciones provisorias, un pequeño remiendo para tapar de momento un roto.

Llena tú, Señor nuestro, esta vida tan sin sentido a veces. Remata este arco de nuestra existencia, contrarresta con tu presencia estas dos fuerzas contradictorias que a menudo desgarran nuestra vida. Sé nuestra piedra angular, culmina la armonía y la belleza de este edificio tan complejo de la vida humana.

2.- “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1) Sin duda que la gratitud es uno de los sentimientos que más afloran en los salmos, la oración inspirada por Dios que la Iglesia mantiene y pone en boca de sus sacerdotes y orantes, expresión de esos gemidos inenarrables que, según San Pablo, el Espíritu profiere desde el fondo de nuestra alma. La gratitud es también el sentimiento que más abunda en la oración de Jesús, según nos testifican los evangelios. Casi siempre que el Maestro ora en voz alta, salen de sus labios expresiones cargadas de gratitud al Padre, por uno o por otro motivo.

De cara a Dios es lógico que así sea, pues siempre estamos recibiendo bienes de su amor infinito, detalles que nos manifiestan su poder y su benevolencia incesante. Por eso, sigue diciendo el salmo, es mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los poderosos. Estos no siempre pueden ayudarnos, a pesar de su poder, o no quieren hacerlo porque no entra en sus cálculos, cosa que suele ocurrir con frecuencia.

Hay que reconocer, aunque es triste, que el hombre es de forma habitual un egoísta, que busca sólo su provecho personal, incluso cuando ayuda al menesteroso. Cuántas veces la caridad no ha sido más que una máscara para conseguir acallar nuestra conciencia, o para conseguir otros fines meramente materiales. En realidad eso no es caridad, no es el amor de Dios que el Señor ha derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

“La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular” (Sal 117, 22) Los constructores de Israel esperaban la piedra de fundamento, para asentar sobre ella todo el edificio de la casa de Jacob. Esa piedra angular que remataría el edificio y le daría consistencia de eternidad. Pero no supieron descubrir dónde estaba aquella piedra. Desearon durante siglos y siglos que llegara el Mesías, y cuando llegó no le reconocen, e incluso le crucifican. Desde entonces la construcción de Israel se hizo penosa, imposible en realidad. Edificar sin asentar la construcción en la roca viva que es Jesucristo, equivale a exponerse a un derrumbamiento inexorable.

También nosotros prescindimos a menudo del Señor en nuestras construcciones. Edificamos sin preocuparnos de hacerlo sobre la única base que sostendrá nuestro esfuerzo. Por eso, ocurre con frecuencia que todo se nos viene abajo, o se nos tambalea peligrosamente. La vida es larga y pródiga en contradicciones, son muchos los momentos en que las circunstancias no sólo no son favorables sino que, por el contrario, nos son adversas. Por eso es necesario tener una base sólida, apoyarse en Dios, ese único apoyo inconmovible que hace posible la permanencia perseverante en las decisiones que han determinado nuestra vida.

3.- “Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos…” (1 Jn 3, 1) Hermano mío, querido hermano mío. Aunque no te conozco, aunque no me conoces, te ofrezco mi fraternidad, cree que pienso en ti con afecto, con el deseo de proporcionarte un poco de paz interior, al menos. Cree que estoy rezando a Dios por ti, que le estoy pidiendo por todo lo que tu corazón anhela, por todo lo que puede conducirte a la salvación definitiva.

Escúchame, mira con atención la grandiosa realidad que te voy a mostrar. Me refiero al amor que Dios nos ha tenido y nos tiene. Se trata de un amor distinto, ancho como el mar, infinito como los cielos. Y ha sido ese amor el que nos ha levantado del cieno en donde yacíamos revueltos, a punto de ahogarnos. Nos ha hecho hijos suyos. ¿Te das cuenta? ¡Hijos suyos! ¡Hijos de Dios!…Qué torpes somos, qué faltos de inteligencia, qué inconscientes. Pero no importa, de todos modos somos hijos de Dios. No lo olvides, mí querido hermano: hijos de Dios. ¡Qué maravilla!

“Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos” (1Jn 3, 2) Sigue el hagiógrafo usando el mismo tono afectivo. Las palabras de Juan vienen impregnadas de cariño, envueltas en la fragancia del más puro amor. Con ello intenta llegar hasta la fibra más sensible de nuestro corazón. Trata de prender en el fuego de nuestra intimidad la llama viva del amor. Sólo cuando lo consiga comprenderemos sus palabras, sólo encendidos en amor entenderemos la maravilla inefable de esta nuestra filiación divina.

Es verdad que ahora está en ciernes, es algo que apenas si ha comenzado. Como una planta verditierna que acaba de asomar entre la tierra. De todas formas, somos hijos de Dios, ya, ahora… Pero aún no se ha manifestado la plenitud de esta realidad. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Nos identificaremos con Dios sin ser anulados. Gozaremos personalmente la dicha profunda que jamás acaba… Y mientras, saber esperar. Pero no con una esperanza pasiva e inerte, sino con la esperanza viva del que sale al encuentro del amado que llega, con la ilusión del que abandona las regiones de las sombras y camina decidido hacia la luz.

4.- “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida…” (Jn 10, 11) Jesús se nos presenta como el Buen Pastor. No dice un buen pastor sino el Buen Pastor. Ya el profeta Ezequiel, cuando hablaba de los malos pastores de Israel, vaticinó un pastor único que, a diferencia de aquéllos, se preocupe de apacentar a las ovejas, sea el fiel sucesor de su padre David que arriesgaba su vida por salvar el rebaño de las fieras del campo. Jesús llegará más allá todavía. Él no se limitará a arriesgar la vida por su grey, él morirá por salvarla. Por eso nos dice en este pasaje: Yo doy mi vida por las ovejas. En realidad desde que nació fue entregando su vida por los hombres, día a día iba desgranando su existencia para ayudar a los demás, hasta gastarse del todo en la Cruz.

Pero aquel momento no fue el final. Podríamos decir que fue más bien el principio, el comienzo de una nueva era, la del tiempo mesiánico. Por eso ahora nos vuelve a decir el Señor que da su vida por nosotros. Para esto está presente en la Eucaristía, para ser nuestro alimento y nuestro mejor compañero de camino, para inmolarse como Víctima expiatoria y propiciatoria en el Santo Sacrificio de la Misa. Sí, Jesús sigue vivo y sigue entregándonos su misma vida, para que sea la suya y no nuestra vida la que nos anime y nos impulse a ser sus discípulos fieles, ovejas de su rebaño que conocen su voz, la escuchan y le siguen.

El Señor dice que tiene, además, otras ovejas que no son de este redil. Jesús piensa en las que están fuera, esas que se han extraviado y a las que es preciso ir a buscar y traerlas al mejor redil, el único donde hay seguridad y salvación. Es esa una verdad insoslayable. Es cierto y lógico que a quienes no pertenecen a la Iglesia católica les moleste que digamos que es la única verdadera. Muchos de ellos no admiten ni tan siquiera que haya de haber una sola Iglesia y consideran que la Verdad se encuentra repartida y que nadie se puede arrogar el monopolio sobre esa Verdad. Sin embargo, el Señor ha querido un solo rebaño y un solo pastor. Es cierto que el hombre, ninguno, puede arrogarse ese privilegio de formar el verdadero reducto de salvación, pero también es evidente que Jesucristo ha podido, y lo ha hecho, fundar una sola Iglesia y que fuera de ella no sea posible la salvación.

Demos gracias por estar dentro del redil de Cristo, sin mérito alguno por nuestra parte. Hagamos cuanto podamos para que todos vengan a este redil. Recemos a Dios por la unidad de todos los cristianos, de todos los hombres. Recitemos la oración del mismo Jesús: Que todos sean uno, que todos aceptemos la voluntad del Señor que ha querido, y quiere, que haya un solo rebaño y un solo pastor.

Antonio García Moreno

¿Asalariados o pastores?

1.- Nos encontramos, dentro de este IV Domingo de la Pascua, recordando la figura de Jesús Buen Pastor. Una imagen, por cierto, representada ya en la iconografía cristiana del siglo II.

¿Representada? Si. Una alegoría donde los cristianos vemos a Jesús como Aquel que salva a sus ovejas.

Pero, una cosa es representar la figura del Buen Pastor a través de la iconografía y, otra muy distinta, vivirla en carne mortal en el día a día. Encarnarla en medio de unas comunidades cristianas que, no siempre, siguen a sus pastores en todo ni a todos.

2.- Los Obispos de España, esta semana pasada, nos alertaban reconociendo que son más preocupantes los problemas en el interior de la propia iglesia que aquellas otras dificultades que acechan desde el exterior.

El Buen Pastor, una y otra vez lo hemos oído, da la vida por sus ovejas. Es un momento, este domingo IV de la Pascua, para auto-realizarnos un examen de conciencia aquellos que presidimos o servimos las comunidades de nuestra iglesia.

  • ¿Damos nuestra vida o nos hemos acomodado en unos cultos más o menos entrañables y a la carta?
  • ¿Damos la cara por la vida de nuestros creyentes? ¿Defendemos, también con nuestros obispos, aquello que creemos y pensamos es constitutivo de nuestro pastoreo o huimos hacia delante?
  • ¿Nos sentimos pastores las veinticuatro horas del día o asalariados para cierto tiempo y a en aquello que más nos gusta?
  • ¿No hemos caído, un poco en la tentación, de amoldarnos a los horarios de un obrero? Descansan ellos; nosotros también. Vacaciones ellos; en nuestras parroquias también. Horarios ellos; en los despachos también; Viajes ellos; y nosotros ¿por qué no?

3.- Podemos dar la sensación, y no es ofender a nadie, que nuestra vida sacerdotal está demasiado influenciada por aspectos que, en principio, no tendrían que ser determinantes o viciosos en la forma de concebir, vivir y alentar nuestro pastoreo. No podemos caer en el error de una vida sacerdotal de “funcionario”. De tal a tal hora abro la ventanilla, pregunto lo que se tenga que preguntar y se acabó.

La alegoría del Buen Pastor es una invitación a los que presidimos la vida eclesial (sean obispos o seamos sacerdotes) para conocer de cerca a aquellas personas que la misión nos ha confiado para animarles, reconfortarles y abrirles el entendimiento a la fe y a la gracia, como nos decía el pasado domingo el evangelio.

¿Qué es difícil? ¿Qué en vez de ovejas parece que tenemos lobos a nuestro alrededor? ¿Qué la gente no se deja conocer? ¿Qué hemos hecho de nuestra iglesia, en vez de un redil, un gran estadio con billete para entrar pero sin posibilidad de conocerse? Puede ser.

4.- El Señor, libremente, dio su vida por aquellos por los que se dejó rodear. Subió a la cruz, incluso por el que le vendió o le negó. Pero, supo ser Buen Pastor. Conocía de antemano sentimientos, pensamientos y maquinaciones.

¡Ojala que Jesús nos diera ese poder para conocer, en la intimidad, las luchas y las fatigas, el hambre y las necesidades de los cristianos que la iglesia nos ha encomendado!

Mientras tanto, en este tiempo de la Pascua, seguimos pidiendo por los pastores:

** Por los Obispos. Que sean cercanos. Que conozcan la realidad sufriente de sus sacerdotes.

** Por los sacerdotes. Que hagamos un esfuerzo redoblado por no instalarnos en el pesimismo o la comodidad.

** Por los fieles. Para que, lejos de ser borregos, aprendan a estimar, querer, acompañar a aquellos que –con virtudes y defectos, limitaciones y dotes extraordinarias- intentan imitar a Jesús Buen Pastor.

  • Todos tenemos anchos hombros para aguantar sobre ellos, un poco, el peso de los demás.
  • Todos tenemos fuertes brazos para levantar a hermanos nuestros que andan perdidos y desorientados.
  • Todos, tenemos un cayado –la fe- sobre el que nos podemos apoyar para buscar lo perdido, animar lo triste y fortalecer lo débil.
  • Todos, por si lo hemos olvidado, siempre podemos ofrecer algo; al amigo o al enemigo, al triste o al que baila, al que busca o al que está cerrado.

El bien, ciertamente, es un campo que no esta vallado para nadie. Ni para los que ejercemos el ministerio sacerdotal, ni para aquellos otros que viven su laicado comprometido o tibio dentro de la Iglesia.

5.- HAZNOS, SEÑOR

HAZNOS, SEÑOR

Personas que, además de materialidad,
ofrezcamos vida para que, otros, tengan vida.
No mirar al reloj
para anotar las horas de servicio
Alegrarnos y disfrutar
con la misión encomendada a Jesús:
dar vida a la grey del Señor
Dejarnos conocer,
por Ti, Buen Pastor, y conocer
a los que Tú nos has llevado
Huir, no en desbandada hacia delante,
y sí retroceder para recuperar
a los que perdimos por el camino.
Alimentar nuestros cuerpos
debilitados por el pastoreo,
con el pan y la fuente de la Eucaristía.

HAZNOS, SEÑOR

Que, lejos de sentir seguro un sueldo,
te estemos agradecidos
por habernos permitido vigilar tu rebaño.
Sostener, en nuestros humildes hombros,
la lana enredada de aquellos a los que servimos.
Alimentar, la vida espiritual débil,
de los que salieron lejos de tus pastos
Acariciar y curar, levantar y mirar frente a frente
a los que por el Bautismo, los llamaste
a heredar tu ciudad y tú reino.
Y, si no puedo llegar a ser buen pastor, Señor
vuelve sobre tus pasos, Hermano Mayor,
y con tu certera mirada y sabia Palabra
dame la gracia de comprender y entender
que, lo importante, es haberlo intentado.
Amén.

Javier Leoz

La necesidad de un guía

Para los primeros creyentes, Jesús no es solo un pastor, sino el verdadero y auténtico pastor. El único líder capaz de orientar y dar verdadera vida al ser humano. Esta fe en Jesús como verdadero pastor y guía adquiere una actualidad nueva en una sociedad masificada como la nuestra, donde las personas corren el riesgo de perder su propia identidad y quedar aturdidas ante tantas voces y reclamos.

La publicidad y los medios de comunicación social imponen al individuo no solo la ropa que ha de vestir, la bebida que ha de tomar o la canción que ha de escuchar. Se nos imponen también los hábitos, las costumbres, las ideas, los valores, el estilo de vida y la conducta que hemos de adoptar.

Los resultados son palpables. Son muchas las víctimas de esta «sociedad-araña». Personas que viven «según la moda». Gentes que ya no actúan por propia iniciativa. Hombres y mujeres que buscan su pequeña felicidad, esforzándose por tener aquellos objetos, ideas y conductas que se les dicta desde fuera.

Expuestos a tantas llamadas y reclamos, corremos el riesgo de no escuchar ya la voz de la propia interioridad. Es triste ver a las personas esforzándose por vivir un estilo de vida «impuesto» desde fuera, que simboliza para ellos el bienestar y la verdadera felicidad.

Los cristianos creemos que solo Jesús puede ser guía definitivo del ser humano. Solo desde él podemos aprender a vivir. Precisamente, el cristiano es aquel que, desde Jesús, va descubriendo día a día cuál es la manera más humana de vivir.

Seguir a Jesús como buen pastor es interiorizar las actitudes fundamentales que él vivió, y esforzarnos por vivirlas hoy desde nuestra propia originalidad, prosiguiendo la tarea de construir el reino de Dios que él comenzó.

Pero mientras la meditación sea sustituida por la televisión, el silencio interior por el ruido y el seguimiento a la propia conciencia por la sumisión ciega a la moda será difícil que escuchemos la voz del Buen Pastor, que nos puede ayudar a vivir en medio de esta «sociedad de consumo» que consume a sus consumidores.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado III de Pascua

A veces uno se pregunta por qué en la Iglesia de hoy no ocurren maravillas como aquellas que nos cuenta el libro de Hechos. Curaciones, conversiones, persecuciones, milagros, comunidades vivas que crecen a pesar de todas las dificultades… ¿Dónde están hoy esos signos del Resucitado? Quizás sea que con los siglos la Iglesia se haya “institucionalizado” en exceso, perdiendo la frescura carismática original; o quizás que muchos vivamos una fe un poco muerta, de ricos acomodados, una fe que no nos compromete mucho. Pero sí que hay comunidades cristianas en las que siguen sucediéndose maravillas y milagros. Quizás de otro modo y en circunstancias distintas.

Conocí en La Ceiba a un viejito de etnia garífuna, sin hogar y sin nada, en la pobreza más absoluta. Llevaba años durmiendo en los restos de un viejo coche abandonado en un terrenito donde trabajaba Sergio, un Delegado de la Palabra muy comprometido con su comunidad. Todas las mañanas Sergio le despertaba con un pancito y un café, quizás su única comida del día, y hablaban un rato de la vida y de Dios. No tenía a nadie que se ocupara de él, y todo el dinero que conseguía lo gastaba en licor barato. Aquella mañana le había dicho a Sergio que ya no iba a beber más: “Diosito me va a llevar con él. Vos me llevaste muchas veces al hospital o a tu casa, y muchas veces me ayudaste. Ya no hará falta: Diosito me espera esta noche, y por fin tendré familia y casa, y ya no tendré que beber nunca más”. El viejito le dio un fuerte abrazo y le agradeció que le hubiera hablado de que el Señor siempre perdona y salva a la oveja perdida… “como al Buen Ladrón”, añadió. Al día siguiente lo encontraron muerto, con una sonrisa llena de paz. “¿Lo ve, Padre?” -me dijo Sergio- “Ahorita él está ya en el cielo: ¿ve cómo sigue habiendo milagros?”

La Iglesia sigue viva, en muchas comunidades y en muchos cristianos. El Espíritu sigue actuando y el Señor sigue regalando a los más pobres el Pan de la Vida Eterna.

Javier Goñi