Comentario – Sábado III de Pascua

(Jn 6, 60-69)

Muchos de los que oyeron el discurso de Jesús sobre el pan de vida se escandalizaron, quedaron desconcertados: “¡Qué forma desagradable de hablar!” (6, 60).

Es más, como no entendían claramente lo que Jesús quería decir, no soportaban escuchar esas palabras que herían su sensibilidad, y no se les ocurría pensar que esas palabras podían significar algo nuevo, algo que ellos todavía ni habían podido imaginar; no se les ocurría pensar que Dios podía ir más allá de lo que ellos conocían, y que era capaz de inventar algo desconcertante.

Pero también muchos de sus discípulos se sintieron horrorizados y decidieron abandonarlo (6, 66). Entonces, en una escena de intensa ternura, Jesús se dirige al pequeño puñado de apóstoles que todavía lo acompañaban, habla al corazón de los que se habían quedado a su lado y les pregunta: “¿También ustedes quieren irse?” Entonces aparece Pedro respondiendo con seguridad: “¿Y dónde vamos a ir? Si en tus palabras hay vida eterna, y nosotros hemos creído en ti” (6, 68-69).

Sin embargo, Pedro no será fiel a esta confesión de fe y de amor, y terminará negando a Cristo. Esto nos muestra cómo las seguridades humanas, también las seguridades religiosas, siempre son frágiles, y por sí solas nunca son estables. Y así se acentúa también la soledad, el abandono, la desilusión que Jesús vivió en la cruz.

Ni siquiera los más íntimos fueron fieles hasta el fin. Sólo el discípulo amado permaneció con María junto a la cruz.

Oración:

“Señor, enséñame a descubrir que puede haber una verdad profunda en aquellas cosas que yo no alcanzo a entender, en tus palabras que a veces me desconciertan. Quiero confiar en tu luz Señor, también cuando mi fe se llena de tinieblas”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día