El buen pastor

1.- El pastoreo fue en la antigüedad una forma de vida, casi una vocación familiar. Se nacía pastor como se puede nacer hoy en día chino o camerunés. Se era así toda la vida. Y serlo representaba una cierta rivalidad respecto a los agricultores, aquellos que arañaban la tierra, inclinándose ante ella. El beduino no, él era el hombre orgullosamente erguido.

Evolucionaron los tiempos y cambiaron las costumbres. Y los pastores habitaron con los labradores y entre ellos no hubo disputas. Pero permaneció una cierta manera de ser peculiar de los ganaderos. Todavía ahora, si uno tiene la suerte de encontrarse con alguno, resultan ser gente especial. (Y no me refiero a aquellos que tienen sus ganados encerrados en establos). Vive el pastor al aire libre, en la soledad de los prados, o en la inmensidad de las llanuras. Vive solo, su familia, si la tiene, está en el pueblo. Su relación con los animales es casi personal. Pienso y escribo refiriéndome a los que guardan ovinos. El ciclo biológico de sus animales esta muy bien establecido. En llegando la primavera, nacen las crías, se alimentan de la leche de sus madres, poco a poco triscan tiernos brotes, para al final de verano ser capaces de alimentarse por su cuenta. El pastor observa, su trabajo consistente en mirar, en divisar por donde pacen y conducir el rebaño, mediante sus fieles perros, por pastos apetecibles y abundantes. En estos menesteres se establece una especie de diálogo, y hombre y corderos llegan a conocerse. Para el hombre de ciudad, todos los animales son iguales, para el pastor no.

2.- Plácido trabajo este, si no fuera porque pueden acechar las alimañas, entre las que resulta emblemática el lobo. Esta fiera vivía a expensas de atacar a los rebaños y alimentarse de los animales que atrapaba, atacando, si es necesario, al hombre. El oficio de pastor resulta, pues, arriesgado y el pacifico nómada debe ser también un hombre audaz. Audaz, pero no aventurero. Su valentía es consecuencia del amor a sus reses, que considera, casi, su familia. El pastor ama. El auténtico pastor. No el simple vagabundo, que se contrata con el único deseo de tener un sueldo asegurado. Así es, y era, el pastor de Tierra Santa, de las inmensidades del Neguev, de los valles de Samaría o de la llanura de Esdrelón. También lo es el de nuestras tierras.

3.- Jesús se define a sí mismo como un buen pastor. Y en su rebaño no hay borregos anónimos, ya que Jesús ama singularmente a su rebaño. Jesús nos ama individualmente a cada uno. De día y de noche. Jugándose en ello la vida. Dando, si es necesario, ya lo hizo en el Calvario, su vida. Pero su amor no es exclusivo con los suyos. Por los campos de este mundo vagan muchos hombres desorientados, dispersos, muchos hombres sometidos a peligros, inclinados a errores, mal conducidos por astutos pésimos pastores. Y Jesús, sin ambiciones egoístas, quiere que todos seamos de los suyos, que a todos los consideremos de los suyos. Que a todos los consideremos de los nuestros. Nuestros compañeros, nuestros posibles amigos, nuestros deseables socios, sus entrañables colaboradores, en la labor de propagar el Reino. Y en el evangelio de hoy, se lamenta el Maestro de su desdicha, la de que vaguen los hombres, también muchas veces ciertos cristianos, solitarios, sin el amparo del Pastor, enviado del Padre ¿Quién acudirá a remediar su pena? Servirle a Él, es reinar, no se olvide. Reinar con Él es ser feliz, que nadie lo ignore.

Pedrojosé Ynaraja