Comentario – Domingo IV de Pascua

(Jn 10, 11-18)

Ahora Jesús se presenta como el buen pastor, y da dos motivos por los cuales él es el buen pastor: porque da la vida por sus ovejas (11-13), y porque las conoce íntimamente y se da a conocer, se une a ellas en una íntima comunión (14-16).

Es interesante advertir que este capítulo habla repetidamente de los falsos y malos pastores. De hecho, Jesús pronuncia este discurso en la fiesta de la dedicación del templo (v. 22), donde se recordaba también a las malas autoridades judías que, por sus intereses personales, habían provocado la profanación del templo (2 Mac 4, 7). Esas autoridades judías se habían convertido en un símbolo de los jefes que no saben cuidar a las ovejas, que traicionan a su pueblo. En la época de Jesús esos falsos pastores eran sobre todo algunos fariseos, a los que Jesús llamaba ciegos (9, 3941). Ellos pretendían defender la Ley de Dios, pero en realidad sólo querían cuidar su poder y usar a la gente al servicio de sus necesidades. Jesús en cambio es el buen pastor, él no tiene más interés que dar la vida por las ovejas; él no las mira como una masa que puede dominar para saciar su ego, sino que conoce a cada una en particular, la llama por su nombre, tiene intimidad con cada una de ellas, porque todas son importantes y sagradas para él.

Ningún ser humano podrá cuidarnos en todo sentido, en todo momento, en todo lo que nos toque vivir, ninguno puede llegar a nuestra vida interior para cuidarnos allí donde también se introducen tantas cosas que nos hacen daño. Por eso sólo Jesús puede ser el buen pastor de nuestras vidas siempre amenazadas. Y recordemos que la peor amenaza para nuestras vidas no viene de la inseguridad externa, de la violencia de las armas, sino de los rencores y envidias que nos dominan, de las tristezas, de los egoísmos, de los miedos, de los recuerdos que nos obsesionan, de los pensamientos vanos que nos atontan.

Oración:

“Señor Jesús, tú eres mi buen pastor; tú me miras con verdadero aprecio, me conoces personalmente y me tratas con respeto y delicadeza. Para ti soy realmente importante, y no me buscas por interés, por codicia o por vanidad. Gracias Señor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día