Comentario – Domingo IV de Pascua

El pasaje de san Juan referido al Buen Pastor es una hermosa alegoría con la que Jesús quiere describir su relación con nosotros, ovejas de su rebaño, miembros de su Iglesia o de su Cuerpo. Jesús se presenta a sí mismo como buen pastor. También se nos ofrece como amigo, como esposo, como maestro, como abogado, como juez, como señor, como salvador. Son las diferentes facetas –los antiguos griegos hablaban de epinoias– de su personalidad en relación con nosotros; o también cauces de nuestra unión con él.

El buen pastor, nos dice él mismo, da la vida por sus ovejas. Esto es lo que le distingue fundamentalmente del asalariado: su disposición para dar la vida por aquellos a quienes considera ovejas de su rebaño; algo que está indicando que le importan por sí mismas. Al asalariado, en cambio, las ovejas no le importan en cuanto tales: ni son suyas, ni las tiene como suyas; lo único que le importa es el salario que recibe por razón de su trabajo con las ovejas. Éstas, si le importan, es sólo indirectamente, en la medida en que por su medio obtiene una recompensa económica.

Luego si parecen importarle las ovejas es sólo en función del salario que recibe por sus tareas pastoriles. Pero si ve venir al lobo, las abandona y huye. No está dispuesto a arriesgar nada por ellas: ni vida, ni bienes, ni salud. La diferencia entre el buen pastor y el asalariado es realmente notable. Al buen pastor sí le importan las ovejas; le importan porque son suyas, y como suyas que son las conoce con ese conocimiento que surge de la relación personal. Cristo, buen pastor, nos conoce antes de que nosotros podamos conocerle a él. Su conocimiento posibilita y atrae nuestro conocimiento; gracias a este conocimiento recíproco podemos acogerle como nuestro pastor. De los desconocidos se huye; a los desconocidos se les teme; pero él no es un desconocido para los que le tienen como buen pastor.

Misión del pastor es, entre otras cosas, conducir a sus ovejas hacia lugares de pastos abundantes, donde tales ovejas puedan saciar su hambre y su sed de vida, advirtiendo quizá de la existencia de hiervas dañinas o de aguas contaminadas.

           También es función del pastor curar, vendar o proporcionar el remedio a las ovejas que han contraído alguna enfermedad o dolencia, fortalecer a las débiles o cargar con ellas sobre los hombros, consolar a las que sufren y, sobre todo, defenderlas de salteadores y raptores, de lobos y de ladrones: lobos que causan estrago y dispersan el rebaño; salteadores disfrazados de pastores que no buscan otra cosa que sus propios intereses, aunque eso suponga destrucción y dispersión. ¡Cuántos sucesos se esconden tras estas imágenes que hablan de lobos rapaces, salteadores, impostores disfrazados de pastores, estrago y dispersión del rebaño!

La historia de la Iglesia en muy reveladora en este sentido. Porque el ejercicio pastoral al que alude Jesús ha tenido lugar en el seno de la Iglesia a lo largo de su historia. En ella ha habido buenos pastores, siempre pendientes del cuidado de sus feligreses; pero también asalariados sin otro objetivo que procurarse un medio de vida o de lucro; y salteadores con apariencia de pastores que no hacen otra cosa que sembrar la discordia y la división.

¡Cuántos crupúsculos y facciones se han producido en la Iglesia desde los primeros tiempos de su existencia: los de Cefas, los de Pablo, los de Apolo! ¡Cuántos cismas que han resquebrajado la Iglesia originando verdaderas hemorragias en su interior hemos conocido a lo largo de su historia! ¡Cuántas confrontaciones doctrinales y herejías han sembrado de polémica la vida de la Iglesia desde sus primeros tiempos: docetismo, sabelianismo, arrianismo, apolinarismo, nestorianismo, monofisismo, pelagianismo, luteranismo, calvinismo!

No es extraño que Jesús manifieste su deseo de reunir a los ovejas dispersas de su rebaño, las que aún no están en su redil, las que estuvieron, pero lo han abandonado, todas aquéllas por las que él vino a este mundo para reunirlas en un solo rebañobajo un solo pastor, todas aquéllas por las que él se entregó a la muerte. La unidad del rebaño reclama la unicidad del pastor. De ella fueron muy conscientes los apóstoles que asumieron la labor pastoral en el seno de la Iglesia de Cristo. De lo contrario no hubieran dicho de él que era la piedra angular del edificio o el único en cuyo nombre podemos salvarnos o ser hechos hijos de Dios.

Pero el hecho de tener un solo pastor, no es óbice para que sean muchos los pastores que cuidan del rebaño de Cristo. La amplitud del rebaño –su extensión por el mundo y su prolongación en el tiempo- hacen necesaria la multiplicación de los pastores. Pero el rebaño de Cristo (la Iglesia) seguirá siendo único rebaño bajo un único pastor si se mantiene a la escucha de su (única) voz, reunido en torno a su palabra y a sus sacramentos, cohesionado por la fuerza de su Espíritu y por determinados signos visibles de unidad como el primado de Pedro, esperanzado, confiado en su promesa de vida eterna.

No obstante, las divisiones y las deserciones siguen siendo la gran amenaza y la realidad más amarga para el rebaño de Cristo. Tales divisiones y deserciones llevan siempre la marca de la culpa y del pecado. Cuando se produce una división siempre hay culpables. El principal es el que la provoca, pero tampoco están exentos de culpabilidad todos esos que no han hecho lo suficiente para evitarla; más aún, que también han puesto de su parte para que se origine: pastores que se han comportado como asalariados; pastores a quienes han importado poco o nada la salud de sus ovejas; pastores que no estaban dispuestos a arriesgar nada por el bien o la defensa de sus ovejas.

También las deserciones tienen como culpables inmediatos a los propios desertores, que se han dejado arrastrar, quizá con demasiada ingenuidad, por salteadores sin escrúpulos o por engañosas promesas de felicidad fuera de la cerca protectora de la Iglesia, que han despreciado los medios de santificación que se les ofrecía, que han bajado la guardia y han descuidado la vigilancia o se han dejado llevar por la indolencia. Pero no carecen de culpabilidad los que no han acudido en su ayuda o los que no se han preocupado de su situación ni les han mostrado amor suficiente para retenerlos: pastores que no han sabido trasladarles la paternidad del Dios al que debían hacer presente o el cuidado amoroso de Cristo, Buen Pastor.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística