Comentario al evangelio – Lunes IV de Pascua

El evangelio de hoy nos invita a seguir contemplando el rostro de Jesús Buen Pastor. Imagen que caracteriza la liturgia del cuarto domingo de Pascua. El evangelio de Juan nos ofrece en este hermoso texto (10,1-10), cuáles son las características de una auténtica representación de Jesús como Buen Pastor. 

En primer lugar, se nos habla de un pastor que llama sus ovejas una a una porque las conoce por su nombre; luego se nos dice que es un pastor que tiene un cuidado particular por su rebaño. Más aún es un pastor que quiere que sus ovejas tengan vida y la tengan en abundancia. En definitiva, las palabras de Jesús nos muestran que la característica típica del buen pastor es la del amor por su rebaño. En este sentido, estamos llamados a volver nuestra mirada al Pastor que ama sus ovejas, que nos ama uno a uno, que nos tiene en su corazón. Nosotros, tantas veces distraídos y superficiales en nuestra relación con el Señor, somos llamados por él mismo a hacer una memoria grata del inmenso amor que nos tiene. Esta experiencia la podemos cultivar en nuestra cotidianidad, partiendo de la escucha asidua de su Palabra. Con esa apremiante necesidad que expresa el salmista: ¡Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo!

Ese profundo anhelo de encuentro con el Señor, «como busca la cierva corrientes de agua», nos da una pista de interpretación para comprender la primera lectura. En este texto de los Hechos de los Apóstoles (11,1-18) Pedro se refiere al modo como el Espíritu Santo lo inspiró a que llevara el Evangelio a los paganos. La primera comunidad cristiana se abre a la dimensión del mundo entero. El salmo responsorial de hoy nos sugiere que cada ser humano lleva en su corazón una sed insaciable de Dios y de su misterio, del sentido más profundo de la vida; incluso aquellos que pueden parecer más distantes, distraídos, indiferentes, contrarios. De este modo somos invitados a una doble consideración. En primer lugar, a tomar conciencia de que todos somos «una espera viviente» del Señor. En segundo lugar, a alimentar el deseo, que luego es también necesidad, de anunciar a todos con nuestra vida y palabras la buena noticia del Evangelio: porque de hecho todos tenemos necesidad.

El auténtico discípulo del Señor está llamado a encarnar en su historia los rasgos esenciales del Buen Pastor, cuya identidad propia, como hemos visto, es la del amor gratuito por su rebaño. De esta manera, reproduciendo los gestos y actitudes del Buen Pastor, seremos capaces de ofrecer una gota de agua que calme un poco la sed de este desierto que nos está tocando vivir.

Edgardo Guzmán, cmf.