Homilia – Domingo V de Pascua

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La Pascua sigue creciendo

Los domingos 5 y 6 de Pascua (y, allí donde la Ascensión no se celebra en domingo, también el 7 ), escuchamos en el evangelio, distribuidas en los tres ciclos, palabras de Jesús en su Cena de despedida, con las que da a sus discípulos consignas para cuando él falte.

Hoy escuchamos su afirmación: “yo soy la verdadera vid y vosotros los sarmientos”. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, aparece un personaje que será protagonista en toda la segunda parte de este libro: Pablo, que, después de su conversión, se presenta a la comunidad en Jerusalén.

Han transcurrido ya cuatro semanas de Pascua y hoy inauguramos la quinta. Las lecturas bíblicas nos van ayudando a entrar cada vez con mayor fuerza en la vida nueva del Resucitado y las consecuencias que tiene para la comunidad cristiana. No debemos cansarnos de celebrar nuestra fiesta principal, que dura siete semanas: nuestra fe cristiana es fundamentalmente alegría y visión optimista.

Ya en dirección a Pentecostés, a muchos les ayudará también el recuerdo de la Virgen María, en el mes de mayo. Ella es el mejor modelo que tenemos para sumarnos a la Pascua de Jesús, ella, que la vivió muy de cerca y se dejó llenar otra vez por el Espíritu, junto con la comunidad.

 

Hechos 9, 26-31. Les contó cómo había visto al Señor en el camino

La presencia de Saulo o Pablo en Jerusalén es recibida con una lógica desconfianza. Pero hay una persona, Bernabé, que sabe descubrir la acción del Espíritu y que le hace de “padrino”, presentándolo a la comunidad.

Entonces la comunidad escucha cómo Pablo cuenta su gran experiencia de Damasco y le admite en su seno. Más tarde, ante las amenazas de los judíos de lengua griega, le defiende y le facilita su marcha hacia Tarso.

El salmo, de carácter claramente “misionero”, está escogido como para hacer eco a este episodio, de anuncio por parte de Pablo y de acogida de la acogida: “contarán su justicia al pueblo que ha de nacer… el Señor es mi alabanza en la gran asamblea… hasta los confines del orbe”.

 

1 Juan 3, 18-24. Este es su mandamiento: que creamos y que amemos

Para Juan, en su carta, el amor verdadero no se demuestra “con palabras y de boca”, sino “con obras”: “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”.

¿Cuáles son esos mandamientos que hay que guardar?: “que creamos en su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros”.

 

Juan 15, 1-8. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante

Además de las expresivas metáforas de la puerta, del pastor o del pan, Jesús se compara a sí mismo con la vid, y a sus discípulos con los sarmientos: “yo soy la verdadera vid y vosotros, los sarmientos”.

Jesús, en su conversación de la Ultima Cena, compara a sus discípulos con los sarmientos: el sarmiento que no permanece unido a la cepa se seca y no da fruto. Mientras que si se mantiene unido, sí puede dar fruto abundante.

 

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Cristo, la vid a la que debemos unirnos

Cristo Resucitado sigue siendo el centro de nuestra fiesta, hoy con el sencillo pero profundo símil de la “vid verdadera”, a la que hay que estar unido para poder participar de su vida. Es una comparación que expresa muy bien la importancia de Cristo Jesús para nosotros.

Aunque no vivamos en el campo y no hayamos visto muchos viñedos de cerca, todos podemos comprender lo que quiere decir Jesús cuando afirma que “el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid: así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Ya en el AT se empleaba esta metáfora para designar al pueblo de Israel y los disgustos que dio a Dios por su esterilidad. Es famoso el poema de Isaías 5: “mi amigo tenía una viña…”. Ahora se aplica a Jesús y sus discípulos.

Si en domingos pasados se nos invitaba a considerarnos “hijos” y “ovejas del redil de Cristo”, esta vez la comparación es más profunda: somos “sarmientos” unidos a la cepa principal que es Cristo, de la cual recibimos vida. En este pasaje aparece siete veces un verbo que gusta mucho a Juan: “permanecer”, el mismo que empleaba en el capítulo 6 referido a la Eucaristía. También aparece siete veces la expresión “en mí”, “en la vid”. Si queremos tener vida y dar fruto tenemos que “permanecer en él”. Nos lo dice claramente: “sin mí no podéis hacer nada”. Estar unidos a Cristo como los sarmientos a la vid supone también ese aspecto que recuerda Jesús: “mi Padre, al sarmiento que da fruto lo poda, para que dé más fruto”.

El Catecismo de la Iglesia Católica, citando este mismo pasaje de Juan, nos dice en qué o en quién consiste esa vida que Cristo, la verdadera vid, comunica a los suyos: “el Espíritu Santo es como la savia de la vid del Padre que da su fruto en los sarmientos” (CCE 1108).

A veces nos quejamos del poco “éxito” pastoral que tienen nuestros esfuerzos. Tal vez se debe a que no cuidamos suficientemente nuestra unión “vertical” con Cristo Jesús y con su Espíritu. ¿Cómo no vamos a debilitarnos y convertirnos en viña estéril si descuidamos esta unión?

 

Cuándo es verdadero el amor

¿En qué se tiene que notar que estamos verdaderamente unidos a Jesús? Si el domingo pasado leíamos la hermosa página de Juan en que nos aseguraba nuestro carácter de hijos en la familia de Dios, hoy quiere asegurarse de que eso no se quede en poesía y en palabras.

El amor verdadero no se demuestra “de palabra y de boca”, sino “de verdad y con obras”. Es fácil “decir” que somos hijos y que creemos en Cristo Jesús y permanecemos unidos a Dios. Pero no basta con “decir”: “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”. Es sincera nuestra fe cuando “guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada”.

¿Cuáles son esos mandamientos? Para Juan, son dos: “que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”. La fe y el amor. Las dos cosas. La recta doctrina y la práctica del amor fraterno. Lo que se puede llamar la “ortodoxia” y la “ortopraxis”.

Para Juan van unidas las dos. Si no amamos de verdad y de obra al hermano, es vana nuestra fe. Si decimos que amamos, pero la motivación es sólo humana y no se basa en la fe en Cristo Jesús, ese amor será poco consistente. Quien cree en Jesús y ama al hermano, ese sí que “permanece en Dios y Dios en él”.

 

Una comunidad que sabe acoger

Cuando Pablo llegó a Jerusalén, después de su conversión, y “trataba de juntarse con los discípulos”, era explicable que aquella comunidad le mirara de entrada con recelo.

Menos mal que hubo una persona que supo descubrir en él los valores que harían de él un gran apóstol: fue Bernabé quien le hizo de padrino, “se lo presentó a los apóstoles” y le facilitó la acogida. Como también después iría a buscarle a Tarso, donde se refugió Pablo al verse amenazado, y lo incorporó a la comunidad de Antioquía y emprendió con él los primeros viajes apostólicos, y le acompañó también en el testimonio tan universalista que dieron en el “concilio de Jerusalén”. A Bernabé se debe, por tanto, la recuperación de Pablo para la Iglesia, lo que supuso un cambio importante en su historia inicial.

Los discípulos de Jerusalén, convencidos por Bernabé, cambiaron su actitud y escucharon con interés lo que Pablo tenía que contar de su conversión de Damasco, y vieron en seguida la valentía con que empezó a anunciar a Jesús en la misma Jerusalén.

Por una parte, Pablo fue a la comunidad madre, para confrontar su carisma con los apóstoles, porque no quería ser un francotirador o un apóstol que actúa “por libre”. Nos dio así un hermoso ejemplo de sentido comunitario. También nosotros, no sólo hemos de tener un sentido de unión con Cristo, sino a la vez un sentido de comunión eclesial, sin abandonar la comunidad, como hicieron, por ejemplo, los dos discípulos de Emaús, que, en un momento de desconcierto, abandonaron a los otros discípulos y se fueron a su pueblo de Emaús. No vale decir que estamos unidos a Cristo y a la vez no querer estar unidos a su comunidad. Como no pueden estar los sarmientos unidos a la vid principal sin sentirse unidos los unos con los otros en una misma planta.

Por otra parte, la comunidad también debe saber acoger a cada persona con su carácter, su formación y su mentalidad. Una comunidad cristiana no es un grupo cerrado ni uniforme: es plural y acogedora, con una actitud abierta para con los laicos y las mujeres y los jóvenes, que pueden aportar ideas “nuevas” y diferentes de las que tienen los ya más establecidos.

Ojalá haya también entre nosotros muchas personas como Bernabé que saben descubrir valores más o menos ocultos en una persona o en un movimiento nuevo, y tender puentes, sin dejarse guiar sólo por la fama que uno pueda tener, sino dando un voto de confianza a todos.

Entonces, con este testimonio de comunidad abierta y comprensiva, es más fácil que se pueda decir de la nuestra lo que Lucas dice de la de Jerusalén: “la Iglesia se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo”.

La Eucaristía que celebramos los cristianos, es, ante todo, el sacramento que nos une más íntimamente a Cristo Resucitado. Juan, en el “discurso del Pan de vida” que pone en labios de Jesús en el capítulo 6, emplea los mismos verbos que en el 15 utiliza con la metáfora de la vid y los sarmientos. Es en este sacramento donde vamos creciendo en la unidad misteriosa con él: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Lo mismo que yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”.

Esta unión de cada uno de nosotros con el mismo Cristo es la que nos hará también a nosotros amar a los demás y tener para con ellos los mismos sentimientos de acogida y tolerancia que tuvo Jesús con nosotros y la comunidad de Jerusalén con Pablo.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B