La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- EL RICO NECIO

Lc 12, 16-21

Se acercó uno al Señor para pedirle que interviniera en un asunto de herencias. Por las palabras de Jesús, parece que este hombre estaba más preocupado por aquel problema de bienes que por la predicación del Maestro. La cuestión planteada da la impresión de ser al menos inoportuna. Jesús le responderá: Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? A continuación, aprovecha la ocasión para advertir a todos: Estad alerta y guardaos de toda avaricia, porque, si alguien tiene abundancia de bienes, su vida no depende de aquello que posee. Y para que quedara bien claro les expuso una parábola.

Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha, hasta tal punto que no cabía en los graneros. Entonces, el propietario pensó que sus días malos se habían acabado y que tenía segura su existencia. Decidió destruir los graneros y edificar otros más grandes, que pudieran almacenar aquella abundancia. Su horizonte terminaba en esto; se reducía a descansar, comer, beber y pasarlo bien, puesto que la vida se había mostrado generosa con él. Se olvidó de unos datos fundamentales: la inseguridad de la existencia aquí en la tierra y su brevedad. Puso su esperanza en estas cosas pasajeras y se olvidó de que todos estamos en camino hacia el Cielo.

Dios se presentó de improviso en la vida de este rico labrador que parecía tener todo asegurado, y le dijo: Insensato, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios, concluyó el Señor.

El hombre rico de esta parábola es sin duda inteligente: conoce sus propios asuntos. Sabe calcular las posibilidades del mercado; tiene en consideración los factores de inseguridad tanto de la naturaleza como del comportamiento humano. Sus reflexiones están bien pensadas, y el éxito le da la razón. Si se me consiente ampliar un tanto la parábola, podríamos decir que este hombre era, con seguridad, demasiado inteligente como para ser ateo. Pero ha vivido como un agnóstico: «como si Dios no existiera». Un hombre así no se ocupa de cosas inciertas, como la existencia de un Dios. Él trata con asuntos seguros, calculables.

La necedad de este hombre consistió en haber puesto su esperanza, su fin último y la garantía de su seguridad en algo tan frágil y pasajero como son los bienes de la tierra, por abundantes que sean. La legítima aspiración de poseer lo necesario para la vida, para la familia y su normal desarrollo no debe confundirse con el afán de tener más a toda costa. El corazón del discípulo ha de estar en el Cielo, y la vida es un camino que ha de recorrer. Si el Señor es su esperanza, sabrá ser feliz con muchos bienes o con pocos.

Nuestras capacidades técnicas y económicas han crecido de modo antes inimaginable. La precisión de nuestros cálculos es casi perfecta. Junto a todos los horrores de nuestro tiempo se consolida cada vez más la opinión de que estamos próximos a realizar la mayor felicidad posible para el mayor número posible de hombres, y a iniciar finalmente una nueva fase de la historia, una civilización de la humanidad en la que todos podrán comer, beber y disfrutar. Pero precisamente en este aparente acercamiento a la “autorredención” aparece con toda su fuerza una realidad que parecía escondida en el fondo del corazón humano, que no se sacia con los bienes de la tierra. El agnosticismo de nuestro tiempo, en apariencia tan razonable, no deja que Dios sea Dios para hacer del hombre simplemente un hombre. Denota una gran miopía y una necedad[1].

El hombre, que todos conocían como inteligente y afortunado, es un idiota a los ojos de Dios: «Insensato», le dice, y, frente a lo verdaderamente auténtico, aparece con todos sus cálculos extrañamente necio y corto de vista, porque en esos cálculos había olvidado lo auténtico y verdadero: que su alma deseaba algo más que bienes y alegrías terrenas, y que algún día se iba a encontrar frente a Dios. Este hombre, inteligente y necio a la vez, parece una imagen del comportamiento de muchos hombres de nuestros días. El evangelio es completamente actual.


[1] Cfr. J. RATZINGER, Mirar a Cristo, pp. 20-21.