Comentario al evangelio – Viernes IV de Pascua

Una vez más la lectura de los Hechos de los Apóstoles (13,26-33) nos presenta una realidad particular de la Iglesia del siglo primero: la fuerza de la conversión presente en la Palabra y en el estilo de vida de los discípulos de Jesús, testigos de su resurrección.  Surge de forma espontánea una comparación con cuanto nosotros, como Iglesia y como cristianos, vivimos en el hoy de nuestra historia. Pareciera que es tan difícil que el Evangelio «haga brecha» en el corazón humano. Vemos tan distinta nuestra capacidad de suscitar entusiasmo por Jesús y su Reino que nos conformamos con la Iglesia de los Hechos.

Sin embargo, al vernos a la luz de la Iglesia primitiva no debemos desanimarnos, sin perder la esperanza o el entusiasmo. Nos pueden estimular dos mociones que descubrimos en el texto de hoy. Confiar que Dios obra siempre para nuestro bien, aun en situaciones que nos podrían parecer un rotundo fracaso, como la condena injusta y ejecución en la cruz del Hijo de Dios. No siempre podemos tocar con nuestras manos el fruto de nuestra entrega en la misión. Solo Dios es quien ve y escruta el corazón del ser humano, y el que lleva a buen término la obra de su gracia. Por eso, el aparente fracaso de nuestras acciones no debe atenuar nuestro entusiasmo. Estamos llamados a resignificar todo lo que vivimos desde una visión de fe en Dios. 

La segunda moción que nos puede servir de estímulo es la de aprender a «vivir como resucitados ya en la historia». Es decir, dejar que nuestra vida y nuestra misión estén impulsadas por el gran protagonista de esta experiencia de salvación: el Espíritu Santo. Pablo en su discurso no solo nos presenta un esquema ya elaborado. Nos invita ante todo a hacer nuestra propia experiencia de resurrección. Confiando que la gracia de Dios puede vencer el mal que hay en nosotros y en nuestro mundo. De esto debemos ser testigos, de lo que hemos recibido, de «la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús».

El texto del evangelio (Jn 14,1-6) nos ofrece un interesante diálogo entre Jesús y Tomás. Los discípulos están reunidos en torno a Jesús en el Cenáculo, después del anuncio de la traición de Judás, de la negación de Pedro y de la inminente partida del Maestro. Están profundamente conmovidos. En este contexto de una profunda turbación, Tomás expresa su completa incomprensión. No sabe cuál es la meta hacia la que se dirige Jesús, y cuál es la vía para llegar a ella, porque entiende las cosas en su sentido material. Jesús en cambio va al Padre y precisa el medio para ese encuentro personal con él: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (v.6).

Edgardo Guzmán, cmf.