Misa del domingo

Una última vez en el Evangelio de San Juan aparece el Señor pronunciando aquel solemne “Yo soy” para revelar, mediante una comparación, una verdad profunda de sí mismo. En esta ocasión dirá: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador». El momento en que pronuncia aquella enseñanza es también solemne: es la noche previa a su Pasión y Muerte, la noche de la última Cena, noche en que ofreciéndose a sí mismo como el nuevo Cordero Pascual cuya Carne debe ser comida (ver Lc 22, 19; Jn 6, 53-56), sella una Nueva Alianza con su Sangre (ver Lc 22, 20).

El Señor introduce ahora otra novedad revolucionaria. Hasta entonces Israel había sido la viña del Señor: «una viña de Egipto arrancaste, expulsaste naciones para plantarla a ella, le preparaste el suelo, y echó raíces y llenó la tierra. Su sombra cubría las montañas, sus pámpanos los cedros de Dios; extendía sus sarmientos hasta el mar, hasta el Río sus renuevos» (Sal 80, 9-12). Y así se consideraban los israelitas: «viña del Señor es la Casa de Israel» (Is 5, 7).

Sin embargo, de «cepa exquisita» (Is 5, 2) y «selecta» se tornó en «vid bastarda» (Jer 2, 21), pues en vez de dar uvas sabrosas y dulces dio agraces, frutos ácidos y amargos: «esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos» (Is 5, 7; ver Is 5, 1-3; Sal 80, 13-16; Ez 15, 1-6; 19, 10-14). Dios, por medio de su profeta, se lamenta al ver estos frutos de injusticia: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces?» (Is 5, 4).

¿Qué más hizo Dios? El Padre envió a su propio Hijo. Él es ahora la “cepa selecta” y “cimiente legítima” que Dios ha plantado en nuestro suelo. Él es la vid verdadera, legítima, la salvación viene ya no de la pertenencia al pueblo de Israel, sino de la pertenencia a Cristo. Él ha venido a realizar en sí mismo, en plenitud, aquello que Israel estaba llamado a ser: la vid fecunda de Dios, fecunda en obras de justicia y caridad. Él en sí mismo es la vid que da frutos óptimos, Él es quien glorifica al Padre con los frutos de su amorosa obediencia, llevando a cabo con perfección sus designios reconciliadores.

Ahora bien, el viñador, que el Señor Jesús identifica con su Padre, espera evidentemente que su viña produzca fruto abundante y del mejor. ¿Cuáles son los frutos que el viñador espera de los sarmientos? Son frutos de justicia y honradez (ver Is 5, 7), frutos que proceden de una vida adherida a Cristo y de la permanencia de sus palabras en el discípulo, es decir, de la obediencia a sus enseñanzas, de la obediencia a los mandamientos divinos, frutos de santidad y de caridad. Es lo que señala también San Juan en su primera carta (2ª. lectura): permanece en Dios quien guarda sus mandamientos. Y permaneciendo en Dios el ser humano se despliega y se torna fecundo, dando gloria a Dios con su vida, santidad y apostolado.

¿Cómo se asegura el viñador una buena cosecha? Para que la vid produzca buen fruto se hace necesario podarla y limpiarla regularmente. La poda adecuada vigoriza la planta, mejorando su desarrollo, floración y fecundidad. Un sarmiento caduco, dañado o enfermo, sólo resta fuerzas a la vid. Por tanto, todo sarmiento que no da fruto debe ser cortado y todo el que da fruto limpiado, «para que dé más fruto».

Por otro lado, es evidente que para dar fruto los sarmientos deben permanecer unidos a la vid. Una rama desprendida de su tronco no tiene posibilidad alguna de subsistir y menos aún de producir frutos por sí misma. Sólo se seca y se marchita. De modo análogo el discípulo debe permanecer siempre unido al Señor Jesús para dar fruto. Sin el Señor el discípulo no puede hacer nada. Ésta es la enseñanza fundamental de este pasaje: la vida y fecundidad del discípulo dependen absolutamente del Señor y de su unión vital con Él.

Para insistir en la necesidad de esta unión con Él el Señor advierte al mismo tiempo del radical fracaso que le espera a quien se separa de Él y pretende dar fruto por sí mismo: «Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden». Es, pues, imposible que el discípulo dé fruto por su cuenta y con sus solas fuerzas.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Soy cristiano y católico porque un día fui bautizado. Pero, ¿soy verdaderamente discípulo de Cristo?

Dice el Señor: «Con esto recibe gloria mi Padre, en que ustedes den fruto abundante; así serán discípulos míos» (Jn 15, 8). Para quien ama a Dios y desea glorificarlo con toda su vida, ser discípulo de Cristo es fundamental.

Discípulo es aquel que tiene un maestro, porque busca aprender todo lo que él desde su sabiduría y experiencia le enseña, porque, más aún, quiere asemejarse a él, quiere ser como él. Por otro lado, el verdadero maestro es el que hace mucho más que impartir un conjunto de conocimientos: enseña una sabiduría profunda, un camino de superación y realización personal, una moral que se refleja en su propio modo de vida, etc. El discípulo descubre en tal maestro un modelo apelante, digno de ser imitado y seguido. Lo admira, encuentra en él respuestas a sus propios anhelos y búsquedas de verdad y de felicidad, su modo de vida lo atrae.

Entre el maestro y el discípulo se establece un vínculo de confianza, así como una profunda sintonía. El discípulo, porque confía en su maestro, porque sabe que lo llevará por el sendero que conduce a su máximo bien, hace lo que le dice, le presta obediencia aunque a veces implique renuncias exigentes y costosas.

Ahora puedo preguntarme: ¿Soy yo verdaderamente discípulo de Cristo? ¿Procuro conocer sus enseñanzas y vivir de acuerdo a ellas? ¿O soy cristiano sólo de nombre?

Tomemos conciencia de que no basta con decir: “yo creo en Él”. No es discípulo quien dice que cree, sino quien vive como enseña Cristo. Decía Santiago, el Apóstol: «¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan» (Stgo 2, 19) No basta, pues, con creer. Son necesarios los frutos, las obras que manifiestan la fe. Es necesario «vivir como vivió Él» (1Jn 2, 6), vivir de acuerdo a las enseñanzas que Él proclamó.

Para ser discípulo de Cristo es necesaria una adhesión afectiva a su Persona y a sus enseñanzas. ¡Qué importante es encontrarnos con Él todos los días, leer los Evangelios y hacer silencio para escuchar Su voz y procurar poner por obra sus enseñanzas!