Martirologio 30 de abril

ELOGIOS DEL 30 DE ABRIL

1.- Si la lectura tiene lugar dentro de la Liturgia de las Hojas se hace después de la oración conclusiva de Laudes o cualquiera de las horas menores.

El lector comienza inmediatamente por la mención del día.*

2.- Si la lectura no tiene lugar dentro de la Liturgia de las Hojas, reunida la asamblea, bien en el coro, bien en capítulo o bien en la mesa, el lector comienza inmediatamente por la mención del día.*

Los elogios de los santos de cualquier día han de leerse siempre el día precedente.

*El lector hace la mención del día:

Día 30 de abril

Lectura de los elogios del día

Los elogios de los santos o beatos indicados con asterisco se leen solamente en las diócesis o en las familias religiosas a las que ha sido concedido el culto de ese santo o beato. 

1. San Pío V, papa, de la Orden de Predicadores, que, elevado a la sede de Pedro, se esforzó con gran piedad y tesón apostólico en poner en práctica los decretos del Concilio de Trento acerca del culto divino, la doctrina cristiana y la disciplina eclesiástica, promoviendo también la propagación de la fe. Se durmió en el Señor en Roma, el día primero del mes de mayo. (1572)

2. En Fermo, en el Piceno, actualmente región de Las Marcas, en Italia, santa Sofía, virgen y mártir. (s. inc.)

3. En Roma, en el cementerio de Pretextato, en la vía Apia, san Quirino, mártir, el cual, siendo tribuno, coronó su confesión de la verdadera fe con el martirio. (c. s. III)

4. En Saintes, en la región de Aquitania, hoy Francia, san Eutropio, primer obispo de esta ciudad, que, según la tradición, había sido enviado a la Galia, por el Romano Pontífice. (s. III)

5. En Afrodisia, lugar de Caria, en la actualidad Turquía, santos Diodoro y Rodopiano, mártires, que en la persecución bajo el emperador Diocleciano fueron lapidados por sus conciudadanos. (s. IV)

6. En Evorea, en la región de Epiro, en la Gracia actual, san Donato, obispo, que en tiempo del emperador Teodosio brilló por su eximia santidad. (s. IV)

7. En Novara, ciudad de Liguria, en Italia, san Lorenzo, presbítero y mártir, que construyó una fuente bautismal en la que bautizaba a los niños que le confiaban para su educación. Un día, después de haber llevado de niños a Dios mediante el bautismo, unos impíos lo mataron junto con los neófitos. (s. IV)

8. En Forlí, en Emilia-Romaña, también en la Italia actual, san Mercurial, obispo, a quien la tradición considera como el instaurador de esta sede episcopal. (s. IV)

9. En Nápoles, en la región igualmente italiana de Campania, san Pomponio, obispo, que dentro de esta ciudad construyó una iglesia dedicada a la Santísima Virgen, y en tiempo de la ocupación por los godos defendió a su grey contra la herejía arriana. (s. VI)

10*. En Roma, beato Pedro Diácono (o Levita), monje del monasterio del Celio, que por mandato del papa san Gregorio Magno, administró con prudencia el patrimonio de la Iglesia Romana y, ordenado diácono, sirvió con fidelidad al pontífice. (605)

11*. En Viviers, junto al Ródano, en Neustria, hoy Francia, san Aulo o Augulo, obispo, que, según cuenta la tradición, fundó en esta ciudad el primer hospital y consiguió la libertad de muchos siervos. (s. VII)

12. En Barking, lugar de Inglaterra, muerte de san Earconvaldo, obispo de Londres, que fundó dos monasterios, uno de varones, que presidió él mismo, y otro de mujeres, que puso bajo la autoridad de su hermana, santa Ethelburga. (693)

13. En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santos mártires Amador, presbítero, Pedro, monje, y Luis, los cuales, durante la persecución desencadenada por los musulmanes, fueron cruelmente martirizados por predicar insistentemente el evangelio de Cristo. (855)

14*. En Verona, en la región actualmente italiana de Venecia, san Gualfardo, que, oriundo de Alemania y guarnicionero de profesión, después de pasar varios años en la soledad fue recibido por los monjes del monasterio de San Salvador, cercano a esta ciudad. (1127)

15*. En Vernon, cerca del río Sena, en Francia, san Adiutor, que, hecho prisionero en tiempo de guerra, fue martirizado por razón de su fe y, vuelto a su patria, se retiró a un lugar apartadopracticando una vida de penitente. (c. 1131)

16*. En Newcastle upon Tyne, en Inglaterra, beato Guillermo Southerne, presbítero y mártir, que, tras haber estudiado en Lituania, España y Douai, una vez ordenado sacerdote se dirigió a Inglaterra para ejercer su ministerio, razón por la cual, en tiempo del rey Jacobo I, sufrió atroces suplicios que le causaron la muerte. (1618)

17*. En Fossombrone, en la antigua región del Piceno, hoy Las Marcas, en Italia, beato Benito de Urbino, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que fue compañero de san Lorenzo de Brindisi en la predicación entre los husitas y luteranos. (1625)

18*. En Québec, en Canadá, beata María de la Encarnación Guyart Martin, la cual, siendo madre de familia, después de la muerte de su esposo confió su hijo, aún pequeño, a los cuidados de su hermana, e ingresó en las Ursulinas. Estableció la primera casa de este Instituto en Canadá, donde se distinguió por su actividad. (1672)

19. En Chieri, cerca de Torino, en la región de Piamonte, en Italia, san José Benito Cottolengo, presbítero, que, confiando solamente en el auxilio de la Divina Providencia, abrió una casa para acoger a pobres, enfermos y marginados de toda clase. (1842)

20. En la aldea de An Bái, en Tonkín, hoy Vietnam, san José Tuan, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, que, detenido a causa de una delación por haber administrado a su madre enferma los sacramentos, en tiempos del emperador Tu Duc, fue cruelmente decapitado. (1861)

21*. En Paderborn, en Alemania, beata Paulina von Mallinckrodt, virgen, fundadora de Hermanas de la Caridad Cristiana, para atender a los niños pobres y ciegos y auxiliar a los enfermos y menesterosos. (1881)

El lector concluye diciendo:

Es preciosa a los ojos del Señor.

R./ La muerte de sus santos.

Si la lectura se hace en una hora menor se concluye ahora diciendo “Bendigamos al Señor” y su respuesta acostumbrada o con la conclusión que se encuentra más adelante.

Si la lectura se hace en Laudes o fuera de la Liturgia de las Horas se continúa como se recoge a continuación.

Lectura breve           Is 55, 6-7

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Palabra de Dios

R./ Te alabamos, Señor.

Oración

V/. Santa María y todos los santos intercedan por nosotros ante el Señor, para que obtengamos de él ayuda y salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R./ Amén.

Conclusión

V./ El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Por la misericordia de Dios las almas de todos los fieles difuntos descansen en paz.

R./ Amén.

V./ Podéis ir en paz.

R./ Demos gracias a Dios.

Meditación – Viernes IV de Pascua

Hoy es viernes IV de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 14, 1-6):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Hoy, Jesús se despide de los suyos, antes de volver al Padre. Es el principio de sus discursos de despedida en el evangelio de Juan. Jesucristo quiere infundir consuelo en los discípulos, diciéndoles que se va para prepararles una morada y les da ánimos para que sigan creyendo en el Padre y en Él.

Al volver “a casa” Jesús se coloca en el mismo plano que el Padre, pues es Dios como Él. El Padre es su casa, como el Hijo es la casa del Padre: se inhabitan mutuamente en el Espíritu Santo. Nosotros, hijos en el Hijo, tenemos todos cabida en la casa del cielo, donde Jesús nos ha preparado un lugar.

—Gracias, Señor Jesús, porque nos preparas un lugar junto al Padre; gracias porque quieres llevarnos contigo a tu “Casa”, y hacernos compartir la gloria que tú tienes desde siempre con el Padre, en el Espíritu de Ambos.

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – Viernes IV de Pascua

VIERNES IV DE PASCUA, feria

Misa de feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual

Leccionario: Vol. II

  • Hch 13, 26-33. Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús.
  • Sal 2.Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
  • Jn 14, 1-6.Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Antífona de entrada          Ap 5, 9-10
Señor, con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al recordar que con su Sangre, el Señor Jesús ha comprado para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y que ha hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios; comencemos, por tanto, la celebración de la Eucaristía reconociendo que estamos necesitados de su misericordia para morir al pecado y resucitar a una vida nueva.

• Tú, que eres el camino que conduce hacia el Padre. Señor, ten piedad.
• Tú, que eres la verdad que ilumina a los pueblos. Cristo, ten piedad.
• Tú, que eres la vida que renueva el mundo. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios, autor de nuestra libertad y salvación,
escucha las súplicas de quienes te invocamos
y, pues nos has salvado con la Sangre derramada de tu Hijo,
haz que vivamos siempre por ti
y en ti gocemos al encontrar la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Como hemos escuchado en el evangelio, Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, y por Él vamos al Padre y por Él, el Padre nos escucha

1.- Por la Iglesia de Dios, para que guarde siempre con amor la palabra que ha recibido de Cristo. Roguemos al Señor.

2.- Por las comunidades cristianas; para que el Señor suscite en ellas nuevas vocaciones que le glorifiquen y a los que ya lo siguen, les conceda sentirse dichosos en su entrega. Roguemos al Señor.

3.- Por la paz en el mundo, para que todos los intentos de pacificación tengan fruto y los más comprometidos en esta tarea no se cansen ni desfallezcan. Roguemos al Señor.

4.- Por todos los difuntos; para que gocen de la vida eterna que es Cristo, y desde Él intercedan por la Iglesia y por el mundo. Roguemos al Señor.

5.- Por todos nosotros, para que la celebración de esta Eucaristía nos haga solidarios y abiertos a los demás, y sintamos en nuestro corazón la paz que Cristo nos ha dejado. Roguemos al Señor.

Dios y Padre nuestro, que en Cristo nos revelaste el camino que lleva a la vida y la verdad que guía Dios y nuestra peregrinación a Ti; escucha nuestras oraciones, y haz que no dejemos nunca de creer en Ti y vivir con convicción y firmeza nuestra fe. Por Jesucristo nuestro Señor

Oración sobre las ofrendas
ACOGE, Señor, con bondad
las ofrendas de tu familia,
para que, bajo tu protección,
no pierda los dones ya recibidos
y alcance los eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Rom 4, 2
Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Aleluya.

Oración después de la comunión
G
UARDA, Señor, con tu amor constante

a los que has salvado,
para que los redimidos por la pasión de tu Hijo
se alegren con su resurrección.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
S
EÑOR,

que tu pueblo reciba los frutos de tu generosa bendición
para que, libre de todo pecado,
logre alcanzar los bienes que desea.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 30 de abril

SANTA CATALINA DE SIENA, Virgen (1380 d.C)

Santa Catalina nació en Siena el día de la fiesta de la Anunciación de 1347. Junto con su hermana gemela, quien murió poco después de nacida, era la más joven de los veinticinco hijos de Giacomo Benincasa, un pintor acomodado. Lapa, la madre de la santa, era hija de un poeta que ha caído en el olvido. Toda la familia vivía en la espaciosa casa, que la piedad de los habitantes de Siena ha conservado intacta hasta el día de hoy. Cuando niña, Catalina era muy alegre. En ciertas ocasiones, al subir por la escalera, se arrodillaba en cada escalón para decir una Avemaría. A los seis años tuvo una extraordinaria experiencia mística, que definió prácticamente su vocación. Volvía con su hermano Esteban, de la casa de su hermana Buenaventura, que estaba casada, cuando se detuvo de pronto, como si estuviese clavada en el suelo y fijó los ojos en el cielo. Su hermano, que se había adelantado algunos pasos, regresó y la llamó a gritos, pero la niña no le oía. Catalina no volvió en sí hasta que su hermano la tomó por la mano: “¡Oh! —exclamó—, si hubieses visto lo que yo veía no me habríais despertado.” Y empezó a llorar porque había desaparecido la visión en la que el Salvador se le apareció en su trono de gloria, acompañado por San Pedro, San Pablo y San Juan. Cristo había sonreído y bendecido a Catalina. A partir de ese instante, la muchacha se entregó enteramente a Cristo. En vano se esforzó su madre, que no creía en la visión, por despertar en ella los intereses de los niños de su edad; lo único que interesaba a Catalina eran la oración y la soledad y sólo se reunía con los otros niños para hacerles participar en sus devociones.

A los doce años de edad, sus padres trataron de que empezase a preocuparse un poco más de su apariencia exterior. Por dar gusto a su madre y a Buenaventura, Catalina arregló sus cabellos y se vistió a la moda durante algún tiempo, pero pronto se arrepintió de esa concesión. Hizo a un lado toda consideración humana y declaró abiertamente que no pensaba casarse nunca. Como sus padres insistieron en buscarle un partido, la santa se cortó los cabellos, que con su color de oro mate constituían el principal adorno de su belleza. La familia se indignó y trató de vencer la resistencia de Catalina por medio de una verdadera persecución. Todos se burlaban de ella, de la mañana a la noche, le confiaban los trabajos más desagradables y, como sabían que amaba la soledad, no la dejaban sola un momento y le quitaron su antiguo cuartito. La santa soportó todo con invencible paciencia. Muchos años más tarde, en su tratado sobre la Divina Providencia, más conocido con el nombre de “El Diálogo”, dijo que Dios le había enseñado a construirse en el alma un santuario, al que ninguna tempestad ni tribulación podía entrar. Finalmente, el padre de Catalina comprendió que era inútil toda oposición y le permitió llevar la vida a la que se sentía llamada. La joven dispuso nuevamente de su antiguo cuartito, no mayor que una celda, en el que se enclaustraba con las ventanas entreabiertas para orar y ayunar, tomar disciplinas y dormir sobre tablas. Con cierta dificultad, logró el permiso que había deseado tanto tiempo, de hacerse terciara en la Orden de Santo Domingo. Después de su admisión, aumentó todavía las mortificaciones para estar a la altura del espíritu, entonces tan riguroso, de la regla.

Aunque tuvo consolaciones y visiones celestiales, no le faltaron pruebas muy duras. El demonio producía en su imaginación formas horrendas o figuras muy atractivas y la tentaba de la manera más vil. La santa atravesó por largos períodos de desolación, en los que Dios parecía haberla abandonado. Un día en que el Señor se le apareció al cabo de uno de aquellos períodos, Catalina exclamó: “Señor, ¿dónde estabas cuando me veía yo sujeta a tan horribles tentaciones?” Cristo le contestó: “Hija mía, yo estaba en tu corazón, para sostenerte con mi gracia.” A continuación le dijo que, en adelante, permanecería con ella de un modo más sensible, porque el tiempo de la prueba se acercaba a su fin. El martes de carnaval de 1366, mientras la ciudad se entregaba a la celebración de la fiesta, el Señor se apareció de nuevo a Catalina, que estaba orando en su cuarto. En esta ocasión acompañaban a Cristo, su Madre Santísima y un coro celestial. La Virgen tomó por la mano a la joven y la condujo hacia el Señor, quien puso en su dedo un anillo de esponsales y la alentó al anunciarle que ahora estaba ya armada con una fe capaz de vencer todos los ataques del enemigo. La santa veía siempre el anillo, que nadie raías podía ver. Esos esponsales místicos marcaron el fin de los años de soledad y preparación. Poco después, Catalina recibió aviso del cielo de que debía salir a trabajar por la salvación del prójimo y la santa empezó, poco a poco, a hacerse de amigos y conocidos. Como las otras terciarias, fue a asistir a los enfermos en los hospitales, pero escogía de preferencia los casos más repugnantes. Entre las enfermas que atendió, se contaban una leprosa llamada Teca y otra mujer que sufría de un cáncer particularmente repulsivo. Ambas correspondieron ingratamente a sus cuidados, la insultaban y esparcían calumnias sobre ella cuando se hallaba ausente. Pero la bondad de la santa acabó por conquistarlas.

Nuestro Señor había dicho a Catalina: “Deseo unirme más contigo por la caridad hacia el prójimo.” De hecho, la vida de apostolado de la santa no interfería su unión con Dios. El Beato Raimundo de Cápua dice que la única diferencia era que “Dios no se le aparecía únicamente cuando estaba sola, como antes, sino también cuando estaba acompañada”. Catalina era arrebatada en éxtasis, lo mismo mientras conversaba con sus parientes, que cuando acababa de recibir la comunión en la iglesia. Muchas gentes la vieron elevarse del suelo mientras hacía oración. Poco a poco, la santa reunió a un grupo de amigos y discípulos que formaban como una gran familia y la llamaban “Mamá”. Los más notables de entre ellos, eran sus confesores de la Orden de Santo Domingo, Tomás della Fonte y Bartolomé Domenici; el agustino Tantucci, el rector del hospital de la Misericordia, Mateo Cenni; Mateo Vanni, el artista a quien la posteridad debe los más hermosos retratos de la santa, el joven aristócrata y poeta, Neri de Landoccio dei Pagliaresi, Lisa Colombini, cuñada de Catalina, la noble viuda Alessia Saracini, el inglés Guillermo Flete, ermitaño de San Agustín y el P. Santi, un anacoreta al que el pueblo llamaba “El Santo”, que frecuentemente iba a visitar a Catalina porque, según decía, al charlar con ella alcanzaba mayor paz del alma y valor para perseverar en la virtud de los que había conseguido en toda su vida de anacoreta. Catalina amaba tiernamente a su familia espiritual y consideraba a cada uno de sus miembros como a un hijo que Dios le había dado para que le condujese a la perfección. La santa no sólo leía el pensamiento de sus hijos, sino que, con frecuencia, conocía las tentaciones de los que se hallaban ausentes. El motivo de sus primeras cartas fue el de mantenerse en contacto con ellos.

Como era de esperar, la opinión de la ciudad estaba muy dividida a propósito de Catalina. Mientras unos la aclamaban como santa, otros —entre los que se contaban algunos miembros de su propia orden—  la trataban de fanática e hipócrita. Probablemente a raíz de alguna acusación que se había levantado contra ella, Catalina compareció, en Florencia, ante el capítulo general de los dominicos. Si la acusación existió en verdad, la santa probó claramente su inocencia. Poco después, el Beato Raimundo de Cápua fue nombrado confesor de Catalina. La elección fue una gracia para los dos. El sabio dominico fue, a la vez, director y discípulo de la santa, y ésta consiguió, por medio suyo el apoyo de su orden. El Beato Raimundo fue, más tarde, superior general de los dominicos y biógrafo de su dirigida.

El retorno de Catalina a Siena, coincidió con una terrible epidemia de peste, en la que se consagró, con toda “su familia”, a asistir a los enfermos. “Nunca fue más admirable que entonces”, escribió Tomás Caffarini, quien la había conocido desde niña. “Pasaba todo el tiempo con los enfermos; los preparaba a bien morir y les enterraba personalmente”. El Beato Raimundo, Mateo Cenni, el P. Santi y el P. Bartolomé, que habían contraído la enfermedad al atender a las víctimas, debieron su curación a la santa. Pero ésta no limitaba su caridad al cuidado de los enfermos: visitaba también, regularmente, a los condenados a muerte, para ayudarlos a encontrar a Dios. El mejor ejemplo en este sentido fue el de un joven caballero de Perugia, Nicolás de Toldo, que había sido condenado a muerte por hablar con ligereza sobre el gobierno de Siena. La santa describe los pormenores de su conversión, en forma muy vivida, en la más famosa de sus cartas. Movido por las palabras de Catalina, Nicolás se confesó, asistió a la misa y recibió la comunión. La noche anterior a la ejecución, el joven se reclinó sobre el pecho de Catalina y escuchó sus palabras de consuelo y aliento. Catalina estaba junto al cadalso a la mañana siguiente. Al verla orar por él, Nicolás sonrió lleno de gozo y murió decapitado, al tiempo que pronunciaba los nombres de Jesús y de Catalina. “Entonces vi al Dios hecho Hombre, resplandeciente como el sol, que recibía a esa alma en el fuego de su amor divino”, afirma ésta.

Estos sucesos y la fama de santidad y milagros de Catalina le habían ganado ya un sitio único en el corazón de sus conciudadanos. Muchos de ellos la llamaban “la Beata Popolana” y acudían a ella en todas sus dificultades. La santa recibía tantas consultas sobre casos de conciencia, que había tres dominicos encargados especialmente de confesar a las almas que Catalina convertía. Además, como poseía una gracia especial para arreglar las disensiones, las gentes la llamaban constantemente para que fuese el arbitro en todas sus diferencias. Sin duda que Catalina quiso encauzar mejor las energías que los cristianos perdían en luchas fratricidas, cuando respondió enérgicamente al llamamiento del Papa Gregorio XI para emprender la Cruzada que tenía por fin rescatar el Santo Sepulcro de manos de los turcos. Sus esfuerzos en ese sentido le hicieron entrar en contacto con el Papa.

En febrero de 1375, Catalina fue a Pisa, donde la recibieron con enorme entusiasmo y, su presencia produjo una verdadera reforma religiosa. Pocos días después de su llegada a dicha ciudad, tuvo otra de las grandes experiencias místicas que preludiaron las nuevas etapas de su carrera. Después de comulgar en la iglesita de Santa Cristina, se puso en oración, con los ojos fijos en el crucifijo; súbitamente se desprendieron de él cinco rayos de color rojo, que atravesaron las manos, los pies y el corazón de la santa y le causaron un dolor agudísimo. Las heridas quedaron grabadas sobre su carne como estigmas de la pasión, invisibles para todos, excepto para la propia Catalina, hasta el día de su muerte.

Se hallaba todavía en Pisa, cuando supo que Florencia y Perugia habían formado una Liga contra la Santa Sede y los delegados pontificios franceses. Bolonia, Viterbo, Ancona y otras ciudades se aliaron pronto con los rebeldes, debido en parte, a los abusos de los empleados de la Santa Sede. Catalina consiguió que Lucca, Pisa y Siena, se abstuviesen durante algún tiempo, de participar en la contienda. La santa fue, en persona, a Lucca y escribió numerosas cartas a las autoridades de las tres ciudades. El Papa apeló, en vano, desde Aviñón, a los florentinos; después despachó a su legado el cardenal Roberto de Ginebra, al frente de un ejército y lanzó el interdicto contra Florencia. Esta medida produjo efectos tan desastrosos en la ciudad, que las autoridades pidieron a Catalina, quien se hallaba entonces en Siena, que ejerciese el oficio de mediadora entre Florencia y la Santa Sede. Catalina, siempre dispuesta a trabajar por la paz, partió inmediatamente a Florencia. Los magistrados le prometieron que los embajadores de la ciudad la seguirían, en breve, a Aviñón; pero de hecho, éstos no partieron sino después de largas dilaciones. Catalina llegó a Aviñón el 18 de junio de 1376 y, muy pronto, tuvo una entrevista con Gregorio XI, a quien ya había escrito varias cartas “en un tono dictatorial intolerable, dulcificado apenas por las expresiones de deferencia cristiana”. Pero los florentinos se mostraron falsos; sus embajadores no apoyaron a Catalina, y las condiciones que puso el Papa eran tan severas, que resultaban inaceptables.

Aunque el principal objeto del viaje de Catalina a Aviñón había fracasado, la santa obtuvo éxito en otros aspectos. Muchas de las dificultades religiosas, sociales y políticas en que se debatía Europa, se debían al hecho de que los Papas habían estado ausentes de Roma durante setenta y cuatro años y a que la Curia de Aviñón estaba formada, casi exclusivamente, por franceses. Todos los cristianos no franceses, deploraban esa situación, y los más grandes hombres de la época habían clamado en vano contra ella. El mismo Gregorio XI había tratado de partir a Roma, pero la oposición de los cardenales franceses se lo había impedido. Como Catalina había tocado el tema en varias de sus cartas, nada tiene de extraño que el Papa haya tratado el asunto con ella, cuando se encontraron frente a frente. “Cumplid vuestra promesa”, le respondió la santa, aludiendo a un voto secreto del Papa, del que éste no había hablado a nadie. Gregorio decidió cumplir su voto sin pérdida de tiempo. El 13 de septiembre de 1376, partió de Aviñón para hacer, por mar, la travesía a Roma, en tanto que Catalina y sus amigos salían, por tierra, rumbo a Siena. Las dos comitivas se encontraron de nuevo, casi incidentalmente, en Génova, donde Catalina había tenido que detenerse debido a la enfermedad de dos de sus secretarios, Neri di Landoccio y Esteban Maconi. Este último era un noble sienes, a quien la santa había convertido y quería tal vez más que a ningún otro de sus hijos, excepto Alessia. Un mes después, Catalina llegó a Siena, desde donde escribió al Papa para exhortarle a hacer todo lo que estaba en su mano por la paz de Italia. Por deseo especial de Gregorio XI, Catalina fue nuevamente a Florencia, que seguía estragada por las facciones y obstinada en su desobediencia. Ahí permaneció algún tiempo, a riesgo de perder su vida en los diarios asesinatos y tumultos; pero siempre se mostró valiente y se mantuvo serena cuando la espada se levantó contra ella. Finalmente, consiguió hacer la paz con la Santa Sede, bajo el sucesor de Gregorio XI, Urbano VI.

Después de esa memorable reconciliación, Catalina volvió a Siena, donde, según escribe Raimundo de Cápua, “trabajó activamente en componer un libro, que dictó bajo la inspiración del Espíritu Santo”. Se trataba de su famosísima obra mística, dividida en cuatro tratados, conocida con el nombre de “Diálogo de Santa Catalina”. Pero ya desde antes, la ciencia infusa que poseía se manifestó en varias ocasiones, tanto en Siena como en Aviñón y en Génova, para responder a las abrumadoras cuestiones de los teólogos, con tal sabiduría, que los había dejado desconcertados. La salud de Catalina empeoraba por momentos y tenía que soportar grandes sufrimientos, pero en su pálida faz se reflejaba una perpetua sonrisa y, con su encanto personal ganaba amigos en todas partes.

Dos años después del fin del “cautiverio” de los Papas en Aviñón, estalló el escándalo del gran cisma. A la muerte de Gregorio XI, en 1378, Urbano VI fue elegido en Roma, en tanto que un grupo de cardenales entronizaba, en Aviñón, a un Papa rival. Urbano declaró ilegal la elección del Pontífice de Aviñón, y la cristiandad se dividió en dos campos. Catalina empleó todas sus fuerzas para conseguir que la cristiandad reconociese al legítimo Papa, Urbano. Escribió carta tras carta a los príncipes y autoridades de los diferentes países de Europa. También envió epístolas a Urbano, unas veces para alentarle en la prueba y, otras, para exhortarle a evitar una actitud demasiado dura que le restaba partidarios. Lejos de ofenderse por ello, el Papa la llamó a Roma para disfrutar de su consejo y ayuda. Por obediencia al Vicario de Cristo, Catalina se estableció en la Ciudad Eterna, donde luchó infatigablemente, con oraciones, exhortaciones y cartas, para ganar nuevos partidarios al Papa legítimo. Pero la vida de la santa tocaba a su fin. En 1380, en una extraña visión se contempló aplastada contra las rocas por la nave de la Iglesia; al recuperar el sentido, se ofreció como víctima por Ella. Nunca más se rehízo. El 21 de abril del mismo año, un ataque de apoplejía la dejó paralítica de la cintura para arriba. Ocho días después, murió en brazos de Alessia Saracini, a los treinta y tres años de edad.[1]

Además del “Diálogo” arriba mencionado, se conservan unas cuatrocientas cartas de la santa. Muchas de ellas son muy interesantes, desde el punto de vista histórico, y todas son notables por la belleza del estilo. Los destinatarios eran Papas, príncipes, sacerdotes, soldados, hombres y mujeres piadosos y constituyen, por su variedad, “la mejor prueba de la personalidad múltiple de la santa.” Las cartas a Gregorio XI, en particular, muestran una extraordinaria combinación de profundo respeto, franqueza y familiaridad. Se ha llamado a Catalina “la mujer más grande de la cristiandad.” Cierto que su influencia espiritual fue inmensa, pero, tal vez, su influencia política y social fue menor de lo que se ha afirmado algunas veces. Como escribió el P. de Gaiffier, “la grandeza de Catalina consiste en su devoción a la causa de la Iglesia de Cristo”. Catalina fue canonizada en 1461.

Casi todos los biógrafos ingleses de alguna importancia —como la madre Francés Raphael Drane (1887), el historiador E. G. Gardner (1907) y Alice Curtayne— discuten en detalle la cuestión de las fuentes. Los principales materiales de la vida de Catalina, provienen de la Legenda Major, escrita por su confesor, el Beato Raimundo de Cápua; del Supplementum de Tomás Caffarini, que es también el autor de la Legenda Minor; del Processus Contestationum super sanctitatem et doctrinam Catharinae de Senis y de los Miracoli. Naturalmente, otra de las fuentes son las cartas de la santa, sobre cuyas fechas y texto original exacto, se discute mucho. Hay, en fin, muchos otros documentos de menor importancia. La crítica drástica que el historiador Robert Fawtier hizo de las fuentes, despertó cierta inquietud. La mayor parte de sus críticas, aparecieron en forma de artículos o contribuciones a las revistas de sociedades históricas, y el mismo autor se encargó de reeditar algunos de los textos menos conocidos, como la Legenda Minor. Pero Fawtier reunió sus principales críticas en dos volúmenes, titulados Sainte Catherine de Sienne: Essai de Critique des Sources. El primero de esos volúmenes está consagrado a las Sources hagiographiques (1921) y el segundo, a Les oeuvres de Ste Catherine (1930). En el apéndice de la obra de Alice Curtayne, Saint Catherine of Siena (1929), puede verse una crítica de los comentarios de Fawtier; en ese excelente libro se encontrará también una reimpresión del original italiano de un estudio de Taurisano. Cf. igualmente Analecta Bollandiana, vol. XLIX (1930), pp. 448-451. Otras obras útiles son las de J. Joergenses, Sainte Catherine de Sienne (trad. ingl. 1938); E. de Santis Rosmini, Santa Caterina da Siena (1930); y F. Valli, L’injanzia e la puerizia di S. Caterina (1931). Entre los libros más recientes, hay que mencionar N. M. Denis-Boulet, La corriere politique de Ste Catherine de Sienne (1939); M. de la Bedoyére, Catherine, Saint of Siena (1946); y una biografía italiana muy completa escrita por el P. Taurisano (1948). La double expérience de Catherine Benincasa (1948), de R. Fautier y L. Canet, es una obra muy completa desde otro punto de vista. La obra de J. Leclecq, Ste Catherine de Sienne (1922), conserva todavía su valor. Algar Thorold editó, en inglés, el Diálogo. Existe un artículo muy bueno y conciso sobre ciertos problemas relacionados con la vida de Santa Catalina, escritos por el P. M. H. Laurent, en DHG., vol. XI, ce. 1517-1521. Sobre las fuentes del Diálogo, ver A. Grion, Santa Caterina da Siena: Dottrina e fonli (1953). Acerca de otras obras recientes, cf. Analecta Bollandiana, vol. LXIX (1951), pp. 182-191.

Alban Butler

[1] Robert Fawtier puso en duda la fecha del nacimiento de Santa Catalina y, por consiguiente, la edad que tenía al morir. Sobre este punto, ver Analecta Bollandiana, vol. xl (1922), pp. 365-411.

Laudes – Viernes IV de Pascua

LAUDES

VIERNES IV DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

La bella flor que en el suelo
plantada se vio marchita
ya toma, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

De tierra estuvo cubierto,
pero no fructificó
del todo, hasta que quedó
en un árbol seco injerto.
Y, aunque a los ojos del suelo
se puso después marchita,
ya toma, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Toda es de flores la fiesta,
flores de finos olores,
mas no se irá todo en flores,
porque flor de fruto es ésta.
Y, mientras su Iglesia grita
mendigando algún consuelo,
ya toma, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo.

Que nadie se sienta muerto
cuando resucita Dios,
que, si el barco llega al puerto,
llegamos junto con vos.
Hoy la cristiandad se quita
sus vestiduras de duelo.
Ya torna, ya resucita,
ya su olor inunda el cielo. Amén.

SALMO 50: MISERICORDIA, DIOS MÍO

Ant. Cristo se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima. Aleluya.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima. Aleluya.

CÁNTICO de TOBÍAS: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO

Ant. Jerusalén, ciudad de Dios, una luz esplendente te iluminará. Aleluya.

Que todos alaben al Señor
y le den gracias en Jerusalén.
Jerusalén, ciudad santa,
él te castigó por las obras de tus hijos,
pero volverá a apiadarse del pueblo justo.

Da gracias al Señor como es debido
y bendice al rey de los siglos,
para que su templo
sea reconstruido con júbilo.

para que él alegre en ti
a todos los desterrados,
y ame a ti a todos los desgraciados,
por los siglos de los siglos.

Una luz esplendente iluminará
a todas las regiones de la tierra.
Vendrán a ti de lejos muchos pueblos,
y los habitantes del confín de la tierra
vendrán a visitar al Señor, tu Dios,
con ofrendas para el rey del cielo.

Generaciones sin fin
cantarán vítores en tu recinto,
y el nombre de la elegida
durará para siempre.

Saldrás entonces con júbilo
al encuentro del pueblo justo,
porque todos se reunirán
para bendecir al Señor del mundo.

Dichosos lo que te aman,
dichosos los que te desean la paz.

Bendice, alma mía, al Señor,
al rey soberano,
porque Jerusalén será reconstruida,
y, allí, su templo para siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jerusalén, ciudad de Dios, una luz esplendente te iluminará. Aleluya.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. Vi la nueva Jerusalén, que descendía del cielo. Aleluya.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vi la nueva Jerusalén, que descendía del cielo. Aleluya.

LECTURA: Hch 5, 30-32

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios los exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R/ El que por nosotros colgó del madero.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Me voy a prepararos sitio; volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Me voy a prepararos sitio; volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Aleluya.

PRECES

Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos y vivificará también nuestros cuerpos mortales, y digámosle:

Vivifícanos, Señor, con tu Espíritu Santo.

Padre santo, tú que al resucitar a tu Hijo de entre los muertos manifestaste que habías aceptado su sacrificio,
— acepta también la ofrenda de nuestro día y condúcenos a la plenitud de la vida.

Bendice, Señor, las acciones de este día,
— y ayúdanos a buscar en ellas tu gloria y el bien de nuestros hermanos.

Que el trabajo de hoy sirva para la edificación de un mundo nuevo
— y nos conduzca también a tu reino eterno.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos, Señor, que nos hagas estar siempre solícitos del bien de los hombres,
— y que nos ayudes a amarnos mutuamente.

Acudamos a Dios Padre, tal como nos enseñó Jesucristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos, y, pues nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre en ti, y en ti encontremos la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.