Vísperas – La Visitación de la Virgen María

VÍSPERAS

LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y salta el pequeño Juan
en el seno de Isabel.
Duerme en el tuyo Jesús.
Todos se salvan por él.

Cuando el ángel se alejó,
María salió al camino.
Dios ya estaba entre los hombres.
¿Cómo tenerle escondido?

Ya la semilla de Dios
crecía en su blando seno.
Y un apóstol no es apóstol
si no es también mensajero.

Llevaba a Dios en su entraña
como una preeucaristía.
¡Ah, qué procesión del Corpus
la que se inició aquel día!

Y, al saludar a su prima,
Juan en el seno saltó.
Que Jesús tenía prisa
de empezar la salvación.

Desde entonces, quien te mira
siente el corazón saltar.
Sigue salvando, Señor,
a quien te logre encontrar.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

SALMO 126: EL ESFUERZO HUMANO ES INÚTIL SIN DIOS

Ant. En cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

LECTURA: 1P 5, 5b-7

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ Alégrate, María, llena de gracias, el Señor está contigo.
V/ Alégrate, María, llena de gracias, el Señor está contigo.

R/ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
V/ El Señor está contigo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Alégrate, María, llena de gracias, el Señor está contigo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Me felicitarán todas las generaciones, porque Dios ha mirado la humillación de su esclava.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Me felicitarán todas las generaciones, porque Dios ha mirado la humillación de su esclava.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre Todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo:

Que la llena de gracia interceda por nosotros.

Tú que nos diste a María por madre, concede, por su mediación, salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores,
— y a todos abundancia de salud y de paz.

Haz, Señor, que tu Iglesia tenga un solo corazón y una sola alma por el amor,
— y que todos los fieles perseveren unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.

Tú que hiciste de María la madre de misericordia,
— haz que los que viven en peligro o están tentados sientan su protección maternal.

Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y de José,
— haz que, por su intercesión, todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar, con todos los santos, la felicidad de tu reino.

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, tú que inspiraste a la Virgen María, cuando llevaba en su seno a tu Hijo, el deseo de visitar a su prima Isabel, concédenos, te rogamos, que, dóciles al soplo del Espíritu, podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Visitación de la Virgen María

1.- Oración Introductoria.

Señor, personalmente me llaman la atención estas primeras palabras: “En aquellos días”. La Visitación no la realizó la Virgen ni el primer día ni el segundo. Los primeros días después de la Encarnación María se quedó  contemplando el Misterio que ni Ella era capaz de comprender. “El ángel la dejó”.  Así acaba el relato. La dejó sola, la dejó en paz, la dejó estremecida, la dejó gustando, saboreando el Misterio. Y es que, cuando Dios irrumpe en una criatura, como sucedió a María, hasta los mismos ángeles estorban.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 1,39-56

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: «Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor». Entonces dijo María: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa. Palabra del Señor.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión

Se puso en camino deprisa hacia la montaña. El servicio es lo suyo. Sabe que el Verbo se ha encarnado en ella. Es la madre del Hijo de Dios pero no se le han subido los humos a la cabeza. Es la de siempre, la servidora, y por eso va a visitar a su prima que la necesita. Y va con gozo, con prontitud, con garbo…Alguien ha descrito este viaje como “la primera procesión eucarística”. Podemos imaginar a María sumergida en una oración cósmica. Canta con el sol, con la luna, con las estrellas, y también con los pájaros, con los montes, con la acequia llena de agua, con los pastos del páramo, con las praderas cubiertas de rebaños, con los valles vestidos de mieses.  Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.  ¡Qué abrazo aquel! Son dos mujeres preñadas de historia que simbolizan dos alianzas, dos testamentos, dos pueblos: el antiguo y el nuevo. Y los dos se abrazan en un abrazo íntimo y estrecho. Juan, el último de los profetas, salta de júbilo en el vientre de su madre. Con ese salto de júbilo recibe Israel a Jesús.  El A.T. llevaba a Cristo en sus entrañas. Isabel se llenó del Espíritu Santo. Sólo aquel que está lleno puede llenar. A este mundo vacío de Dios no lo llenarán los mediocres, los superficiales, los tibios, los frívolos, los pasotas… Lo llenará los que estén llenos de Dios. Si siempre ha sido conveniente la oración en los sacerdotes, catequistas y evangelizadores, ahora se hace necesaria, imprescindible… María se convierte en la primera evangelizadora, la primera que da a su prima la buena noticia de la salvación. Isabel  agradece a María el servicio material de ayudarle a fregar unos platos o limpiar la casa, pero ante todo agradece  el servicio de la fe…”Dichosa tú, la creyente”…la que me da el Espíritu, la que me habla de Dios. Todo servicio que hacemos a nuestros hermanos se quedará manco si no les damos el servicio de la fe.

Palabra del Papa

No habían pasado siquiera tres años y a tu hijo le anunciaban pronta muerte. ¿Dónde aprendió a amar de tal manera, que ni la misma muerte tortuosa le aplacó el deseo de amar? Detrás de Él hubo una madre que le amó de tal manera, que le enseñó a mirar constantemente más allá de su propia vida. Amándolo tanto lo habías preparado a amar. Te dejaría, María. Y lo despedirías con la misma confianza con que lo diste a luz.Cambiaste la humanidad, Madre mía, engendrado al mismo Dios que se encarnó. Tú tan sólo una criatura, pero tan generosa. Tan sólo una criatura, pero tan silenciosa. Tan sólo una criatura, pero tan comprensiva. Tan sólo una criatura, pero llena de gracia. Tan sólo una criatura, pero la Madre del Señor. Tan sólo una criatura, pero también mi madre.Creíste. Feliz seas, Madre mía, que creyendo abriste el mundo al mismo Dios; y el mismo Dios nos vino a redimir. He ahí a mi madre. He aquí a tu hijo, he aquí a tu hija. Quiero caminar contigo hasta la cruz y escuchar a mi Señor decir «he ahí a tu madre». Ángelus S.S. Papa Francisco, 15 de agosto de 2016)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto del evangelio ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito. Hoy haré todo con la prontitud, la alegría y la ilusión con que hizo María ese viaje a visitar a su prima.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, uno mi alabanza a la alabanza de María y con ella te doy gracias por tantas gracias que me has dado a lo largo de mi vida. Como María yo también te digo: ¿Qué has mirado en mí? No cabe duda: lo poco que valgo, lo poco que tengo, lo poco que soy. Crear es hacer algo de la nada. Y yo sin ti no soy nada; y sin embargo, sigues actuando a través de mí. . Gracias por esta creación silenciosa y continuada.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Mi Cuerpo… mi Sangre: ¡tomad!

Nueva Alianza

En el Antiguo Testamento, la relación de Dios con su pueblo se expresa en términos de Alianza. En el relato del Éxodo, que nos narra la primera lectura, Moisés da a conocer las palabras y mandatos del Señor y el pueblo responde contundentemente: “Haremos todo lo que manda el Señor…y lo obedeceremos”. Así, Israel muestra su compromiso de vivir en la Alianza que el Señor le propone. Para ratificarla Moisés utiliza la sangre, símbolo de la vida, pues la Alianza compromete la vida, y derrama una parte sobre el altar, que simboliza a Dios, y con la otra  rocía al pueblo. Esta alianza prefigura la Alianza Nueva y definitiva que se habría de establecer en la Sangre de Jesucristo: su vida entregada por amor. La Eucaristía es memorial de esta Nueva Alianza que funda una nueva comunión con Dios, gracias a la Sangre de Aquél que borra el pecado, es decir, elimina todo lo que impide vivir en la alianza plena con Dios.

Acción de Gracias

El Salmo Responsorial, orado desde el Nuevo Testamento, es una invitación a la acción de gracias por la salvación. Dios, a través de su Hijo, ha roto nuestras cadenas. En la Eucaristía alzamos la Copa de Cristo, invocando el Nombre del Dios misericordioso que nos salva por el misterio pascual de su Hijo. La Eucaristía es así una solemne acción de gracias.

Sacrificio

El autor de la carta a los Hebreos, comparando el sacrificio de Jesús con los sacrificios antiguos del Templo ya caducos, incide en el valor eterno, purificador y salvador de la Sangre de Cristo. La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Jesús, de la ofrenda de su vida por amor hecha una sola vez y para siempre. La Eucaristía, al actualizar esta ofrenda del Señor, nos invita a tomar parte en la misma. Compartir el cáliz del Señor es estar dispuestos a correr su misma suerte: dar la vida para ganarla de verdad.

Don y presencia

El relato de la institución de la Eucaristía, que nos narra el evangelista San Marcos, nos llena de un sentimiento profundo de admiración y adoración. En esa Última Cena, Jesús se ofrece como Don para el mundo: Cuerpo entregado y Sangre derramada. Don de sí mismo y presencia permanente de Jesús a través de la ofrenda eucarística. La Eucaristía no es metáfora sino realidad auténtica: un pan que es Cuerpo de Cristo, un vino que es Sangre de Cristo derramada por todos; Vino Nuevo que nos emplaza al Reino de Dios en su plena realización. Alimento de vida, por tanto, para el presente que anuncia el futuro victorioso de la humanidad, el mundo y la historia.

Fray Juan Carlos González del Cerro O.P.

Comentario – Lunes IX de Tiempo Ordinario

(Mc 12, 1-12)

La viña, como de costumbre, simboliza al pueblo, y los cuidadores representan a las autoridades políticas y sobre todo religiosas. Los enviados son los distintos profetas que Dios ha suscitado en el pueblo para invitar a la conversión, pero que fueron despreciados.

Finalmente, el propio hijo representa al mismo Jesús, que de este modo anuncia su propio fin.

Las autoridades, al escuchar a Jesús, se dan cuenta que esta comparación iba dirigida a ellos, que estaban planeando la muerte de Jesús, pero no pueden arrestarlo por temor a la gente.

Una vez más se ve que el problema de Jesús no era con el pueblo, sino con las autoridades. Y así vemos que el corazón de la gente sencilla suele estar más abierto a las novedades de Dios, pero los que tienen poder económico, intelectual o político suelen poner su seguridad en ese poder y se aferran tanto a esa seguridad falsa que no aceptan un cambio de planes aunque el mismo Dios lo esté proponiendo.

Recordamos así que quien no tiene nada humano o terreno donde apoyarse, aprende más fácilmente a sostenerse en Dios, a sentirse firme en él, y sienten profunda y espontáneamente lo que en realidad vale para todos: que lo único firme que tenemos es el amor de Dios.

Oración:

“Señor, libérame de mis falsas seguridades, no dejes que me quede envuelto y asfixiado en mis propios proyectos que no me dejan ver tu luz, que no me permiten escuchar esa palabra que me llama a la entrega, al cambio, a la vida nueva. No permitas que te elimine de mi vida para que no perturbes mis estructuras y mis planes”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Visitación de la Virgen María

Lucas refiere los días que siguen a la Anunciación. María, debidamente informada del admirable embarazo de su pariente Isabel, se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá. Allí vivían Zacarías e Isabel. El evangelista subraya las prisas de María por llegar a casa de su prima-tía ya embarazada de seis meses.

Pero ¿por qué tanta prisa? ¿Eran las prisas provocadas por lo avanzado del embarazo de su pariente, las prisas urgidas por la dificultosa situación de una embarazada de edad avanzada? ¿O era la imperiosa necesidad de comunicar su reciente y misteriosa experiencia con una persona que sintonizaba religiosa y afectivamente con ella; por tanto, con la que podía compartir sentimientos tan íntimos, la que le puso con tanta celeridad en camino?

Necesidad de compartir, necesidad de comunicar, impulsos de la caridad, exigencias de la amistad. Todo eso podía tener cabida en el corazón de María, cuando tomó la decisión de ponerse en camino en dirección a un pueblo de Judá que distaba un centenar de kilómetros de Nazaret.

Llegada a la localidad, María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Nada más oír el saludo de María, nos dice el evangelista, notó Isabel un sobresalto en su vientre, se llenó del Espíritu Santo y dijo en voz alta: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Así es recibida María por Isabel, como la bendita entre las mujeres; ¿y por qué bendita?: por el bendito fruto que lleva en su vientre.

Lo que hace de ella una mujer bendita, entre todas las demás, es el hecho de portar en sus entrañas un fruto bendito. Pero lleva este fruto porque ha sido elegida por Dios para llevarlo, porque ha sido elegida para ser madre del Hijo del Altísimo, refrendando esta elección con su propio fiat o voluntario consentimiento. Luego es bendita porque Dios se ha fijado en ella, su humilde sierva, dotándola con esa plenitud de gracia que le permite responder con un fiat tan indefectible. La ben-dición de Dios no es nunca una pura y buena dicción; es también y siempre un bene-ficio, una buena acción.

Isabel declara a María bendita entre todas las mujeres. Pero no sólo por haber quedado embarazada (como ella), sino por haber recibido el regalo divino de ese hijo que es también un fruto bendito por proceder del mismo Dios. Las palabras de Isabel son palabras inspiradas o pronunciadas bajo la inspiración del Espíritu Santo que ha empezado a actuar en ella como en una profetisa.

Y continua, también con palabras proféticas: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo ha te ha dicho el Señor se cumplirá. Isabel se sabe ante la madre de su Señor.

No necesita información ni explicaciones. Es el Espíritu Santo el que le hace partícipe de este secreto como a impulsos de una inspiración que tiene repercusiones en su propio vientre. Isabel siente como un sobresalto de alegría que proviene de la criatura que lleva en su vientre y que parece percibir la presencia del Señor que es todavía apenas un embrión en el seno de su madre. Y con esa misma alegría que le brota de dentro, la proclama “dichosa”, dichosa porque ha creído.

La fe que ha dado a las palabras del mensajero de Dios es la causa de su dicha. Pero la dicha se completará con el cumplimiento de lo dicho. Hay una dicha que va asociada a la fe. Es la dicha que brota de la seguridad que aporta la fe, o mejor, el Dios en el que se cree y confía. El cumplimiento de lo dicho por el Señor es refrendo o confirmación de esa fe. La fe no descansa en el cumplimiento, sino en Dios; pero el cumplimiento refuerza la fe para seguir creyendo en el que cumple sus promesas.

Y ese reforzamiento de la fe acrecienta la dicha que le está asociada. Porque el cumplimiento da una cierta verificación a la fe, que ve cómo se hace realidad aquello en lo que se creía. Esta realización es un modo de posesión que nos permite seguir esperando la plena posesión. Por eso acrecienta la dicha del creyente que ya es tal por el sólo hecho de creer o vivir confiado en Dios y en sus promesas.

Y tras la declaración de Isabel, que proclama dichosa a María, la de María, que proclama la grandeza del Señor, porque esto es el Magnificat, una proclamación de la grandeza de su Dios en boca de su criatura. Si de Dios se puede decir algo con justicia es que es grande, pues si grande es su obra –para tomar conciencia de ello basta con observar la inmensidad del universo-, la creación, más grande habrá de ser su Artífice, el Creador. Pero lo que a nosotros importa no es simplemente que Dios sea grande, sino que sea nuestro Salvador.

El espíritu de María, tan sensible a la grandeza del Señor, no deja de asombrarse ante semejante magnitud, pero lo que realmente le alegra es lo que de Él llega a nosotros, su salvación. Y para salvarnos ha tenido que fijarse en nuestra pequeñez y en nuestra miseria; primero en nuestra pequeñez, porque a sus ojos no deberíamos ser sino algo insignificante, apenas un puntito perdido en la inmensidad de este universo en expansión –a cierta escala planetaria éste es el tamaño de la tierra en que habitamos-; algo, por tanto, insignificante, casi invisible.

Pero, a pesar de esta pequeñez, el Dios grande ha puesto su mirada en nosotros sacándonos de nuestra insignificancia, como si a la mirada de Dios aumentase nuestro tamaño; y a esta pequeñez natural en la que María se ve reconocida pertenece también la humildad de su esclava. Este reconocimiento no le impide ver, sin embargo, las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella y por ella, y que hacen de ella una persona digna de recibir las felicitaciones de todas generaciones por venir.

De este mismo Dios, poderoso y salvador, procede como un torrente en crecida la misericordia, que se derrama sin cesar sobre sus fieles en todo tiempo; porque el Poderoso es también el Misericordioso. Precisamente por ser poderoso y por donarse a los colmados de miserias, su acción es misericordiosa o su amor se transforma en misericordia, es decir, en compasión por los miserables de este mundo, a quienes suministra el remedio para su miseria: la salud para los enfermos; el perdón para los pecadores.

En el Dios del Magnificat se combinan, pues, a la perfección el poder y la misericordia, una misericordia tan universal que llega a todos, a los hambrientos, a quienes colma de bienes, y a los ricos, a quienes despide vacíos; a los humildes, a quienes enaltece, y a los soberbios de corazón, a quienes dispersa, y a los poderosos, a quienes derriba de sus tronos; porque tan miserables y dignos de compasión son los hambrientos como los ricos, los humildes como los soberbios y poderosos, aunque requieran un tratamiento distinto para sus miserias.

Lo que necesitan los hambrientos es que les den de comer; lo que reclaman los ricos, en cambio, es que les despidan vacíos o que les liberen de las ataduras de sus riquezas. Los humildes (y humillados) están necesitados de enaltecimiento y de estima; los soberbios y poderosos, en cambio, de una cura de humildad mediante pérdida de poder y de prestigio o como efecto de un rebajamiento en sus desorbitadas pretensiones. Tanto unos como otros están necesitados, por tanto, de la misericordia divina, que a cada uno le llega de diferente manera y en conformidad con su propia miseria, que es siempre una carencia, porque hasta nadando en la abundancia se dejan sentir las carencias.

El Señor misericordioso es el que viene en nuestro auxilio y se da prisa en socorrernos. Todo auxilio divino es memoria y expresión de misericordia. Precisamente porque Dios, que es eterno, tiene siempre presente su misericordia, acude constante y oportunamente en auxilio del miserable; y ¿quién no lo es viviendo en un mundo de miserias?

Es verdad que hay personas en peor situación que otras, pero también lo es que las miserias son de diferente signo: unas, materiales (o más materiales), y otras espirituales, aunque todas humanas. En realidad, todos somos dignos de compasión, porque todos cargamos miserias, y no sólo en un determinado momento de nuestra vida, sino en el entero transcurso temporal de la misma.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Sección I.- Obligación de evitar la guerra

Hay que frenar la crueldad de las guerras

79. A pesar de que las guerras recientes han traído a nuestro mundo daños gravísimos materiales y morales, todavía a diario en algunas zonas del mundo la guerra continúa sus devastaciones. Es más, al emplear en la guerra armas científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La complejidad de la situación actual y el laberinto de las relaciones internaciones permiten prolongar guerras disfrazadas con nuevos métodos insidiosos y subversivos. En muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del terrorismo.

Teniendo presente esta postración de la humanidad el Concilio pretende recordar ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus principios universales. La misma conciencia del género humano proclama con firmeza, cada vez más, estos principios. Los actos, pues, que se oponen deliberadamente a tales principios y las órdenes que mandan tales actos, son criminales y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar con energía tales actos como crímenes horrendos; se ha de encomiar, en cambio, al máximo la valentía de los que no temen oponerse abiertamente a los que ordenan semejantes cosas.

Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, suscritos por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuencias sean menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los combatientes heridos o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos tratados; es más, están obligados todos, especialmente las autoridades públicas y los técnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para que así se consiga mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las guerras. También parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma.

Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos. A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo es lícito entre los beligerantes.

Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz.

Homilía – Cuerpo y Sangre de Cristo

1

Una fiesta muy popular

La fiesta del Corpus –que ahora se llama mejor “del Cuerpo y Sangre de Cristo”- ha arraigado hondamente en el pueblo cristiano, desde que nació en el siglo XIII.

Últimamente en España y en otros países se ha trasladado desde el clásico jueves al domingo siguiente a la Trinidad.

Es una celebración muy propia de un domingo, que nos hace centrar nuestra atención agradecida en la Eucaristía, como sacramento en el que Cristo Jesús ha querido dársenos como alimento para el camino, haciéndonos comulgar con su propia Persona, con su Cuerpo y Sangre, bajo la forma del pan y del vino.

En la fiesta de hoy no nos fijamos tanto en la celebración de la Eucaristía, aunque la organicemos y celebremos con particular festividad, sino en su prolongación, la presencia permanente en medio de nosotros del Señor Eucarístico, como alimento disponible para los enfermos y como signo sacramental continuado de su presencia en nuestras vidas, que nos mueve a rendirle nuestro culto de veneración y adoración.

Se puede decir que estos últimos decenios hemos mejorado notablemente la “celebración” eucarística. Pero ha disminuido la “atención adorante” hacia el Señor que sigue estando presente en la Eucaristía también fuera de la misa. Esto empobrece nuestra fe y es lo que hoy intentamos corregir, con un cierto paralelismo con la adoración de la noche del Jueves Santo.

 

Éxodo 24, 3-8. Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros

En el libro del Éxodo, después de los largos capítulos en que se desarrolla lo que resumidamente llamamos “los diez mandamientos” (ce. 19-23), como contenido de la Alianza que Moisés y su pueblo pactan con Yahvé al pie del monte Sinaí a la salida de Egipto, en el c. 24 se nos cuenta la solemne ratificación, cuasi-litúrgica, de esta Alianza. El desarrollo del rito es significativo:

se escriben los términos de la Alianza,

se prepara un altar (una gran piedra) y doce estelas o piedras más pequeñas (en representación de las doce tribus),

se encarga a unos jóvenes que maten reses para el holocausto y el sacrificio, y se guarda en unas vasijas la mitad de esa sangre,

con la otra mitad rocía Moisés el altar (representante de Yahvé),

Moisés proclama el texto de la Alianza y el pueblo hace su solemne promesa: “haremos todo lo que manda el Señor”,

y entonces con la otra mitad de la sangre Moisés rocía al pueblo (seguramente las doce piedras) y pronuncia las palabras que a nosotros nos suenan mucho, porque son las que Jesús pronunció sobre la copa de vino: “esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”.

El salmo hace eco a este rito de alianza: “Señor, yo soy tu siervo, rompiste mis cadenas”, “te ofreceré un sacrificio de alabanza: cumpliré al Señor mis votos”, y lo que es también la antífona que repite la comunidad: “alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor”.

 

Hebreos 9,11-15. La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia

La carta a los Hebreos quiere convencer a sus lectores -cristianos procedentes del judaísmo que tal vez añoran el sacerdocio y los sacrificios del Templo de Jerusalén- que Jesús les supera decididamente.

Él es “el Mediador de una Alianza nueva”, el Sumo Sacerdote que se ha entregado una vez por todas. Nos ha reconciliado con Dios, no con sangre de animales, sino con la suya propia, en la cruz, y nos ha conseguido así la salvación a todos.

 

Marcos 14,12-16.22-26. Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

La última cena la manda preparar Jesús con mucho cuidado y solemnidad, en una “sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes”.

En ella pronuncia sobre el pan y el vino unas palabras que para nosotros los cristianos han sido determinantes a lo largo de dos mil años: “esto es mi Cuerpo”, “esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.

 

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La alianza se sella con la sangre del sacrificio

Sellar con sangre un pacto es un ritual bastante repetido en los libros del AT. El sentido de este rito parece ser este: que lo que les pasa a estos animales (han sido sacrificados y aquí está su sangre) les pase a los contrayentes de la alianza si faltan a sus cláusulas.

Las palabras que Moisés pronuncia al pie del Sinaí, al rociar las piedras o estelas que simbolizan las doce tribus estas palabras, son estas: “esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”. Las palabras de Jesús en la última cena, sobre la copa de vino son: “esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”. Jesús ha añadido una palabra: “mi”.

Ahora ya no es la sangre de animales sino su sangre la que ratifica la Nueva Alianza que se ha establecido entre Dios y la Humanidad.

Es la comparación que hace el autor de la carta a los Hebreos. Los sacerdotes del Templo ofrecían una y otra vez sacrificios de animales, por sus pecados y por los del pueblo, porque la sangre de los animales no era eficaz para conseguir la salvación. Mientras que Cristo se ha ofrecido a sí mismo, no “la sangre de machos cabríos ni de becerros”. El suyo sí que es “un sacrificio sin mancha”, que “purifica nuestra conciencia y nos lleva al culto del Dios vivo”. El es el Mediador de una Alianza Nueva.

Todos los esfuerzos humanos fracasan a la hora de conseguir la salvación. No nos salvamos a nosotros mismos, por muchos “sacrificios de animales” que hagamos. Es Cristo Jesús quien nos ha salvado y quien también ahora sigue en el cielo intercediendo por nosotros. Él es el verdadero Sacerdote que ha asumido nuestra debilidad y nos reconcilia continuamente con su Padre.

 

La Eucaristía, cena memorial de la cruz

Este es el sacrificio que nosotros presentamos, una y otra vez, al Padre y con el que entramos en comunión, en la Eucaristía: el sacrificio de Cristo en la cruz, que no ha terminado, porque está presente en él mismo y que nos ha encargado que celebremos en el memorial de este sacramento.

El sacrificio de Jesús no se repite. Su comunidad lo celebra y participa en él en la Eucaristía. Cada vez que celebramos este sacramento, se actualiza -lo actualiza Cristo mismo- el acontecimiento salvador de su Pascua, su muerte y resurrección. El pan de la Eucaristía, nos dice él, es su Cuerpo entregado por nosotros. El vino de la Eucaristía, nos dice él, será para siempre la Sangre salvadora con la que él selló la Nueva Alianza.

Marcos no añade la expresión de que la Eucaristía es el “memorial” de Jesús, pero sí lo hacen Lucas y Pablo en sus respectivos relatos. Como los judíos siguen celebrando su cena pascual como memorial de su salida de Egipto, haciéndose cada vez “contemporáneos” de sus antepasados, así nosotros, en la Eucaristía, celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, participando en su fuerza salvadora.

“Y todos bebieron”, dice Marcos en su relato. Por eso, la comunidad cristiana vuelve ahora, después de varios siglos de olvido, a participar preferentemente de este sacramento bajo las dos especies, la del pan y la del vino. La introducción al Misal dice que comulgar también con el vino expresa mejor la relación de la Eucaristía con el sacrificio de Cristo en la cruz: “la comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. En esta forma… se expresa más claramente la voluntad divina con la que se ratifica en la Sangre del Señor la Alianza nueva y eterna” (IGMR 281). El cambio de nombre de esta fiesta de hoy -en vez de sólo “Corpus”, ahora “fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo”- es significativo de esta recuperación de la comunión bajo las dos especies.

 

Cristo, nuestro alimento de vida eterna

En este admirable sacramento, Jesús ha querido ser para su comunidad, hasta el final de los siglos, el Maestro que transmite la Palabra viva de Dios. Pero además ha querido ser el alimento que nos da fuerzas y nos transmite vida: “quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él… vivirá de mí como yo vivo del Padre”.

El simbolismo de la comida y la bebida es muy expresivo. Como al pueblo de Israel, en el camino del desierto, Dios lo alimentó con el maná y sació su sed con agua viva de la roca, también a nosotros, en el camino siempre difícil de la vida, Cristo nos da a comer su Cuerpo y su Sangre: él mismo es el verdadero “viático”, alimento para el camino, alimento que es fortaleza y alegría.

La Eucaristía la ha pensado Cristo como sacramento de unión con él. Es la dimensión “vertical” del sacramento, que nunca acabaremos de apreciar y agradecer. En el “discurso del pan de vida”, que Jesús hizo en la sinagoga, al día siguiente de la multiplicación de los panes, dice explícitamente que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Pero sigue describiendo los “efectos” que va a producir en sus creyentes este “comer y beber” eucarísticos. Dice, ante todo, que “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”: hay una “interpermanencia” entre

Cristo y el que le come con fe, como la unión íntima que más adelante, en el capítulo 15, describirá entre la cepa de la vid y los sarmientos. Pero, además, con una comparación que nosotros no nos hubiéramos atrevido a pensar, dice que “el que me come vivirá por mí, al igual que yo vivo por el Padre”.

En el prefacio I de la Eucaristía afirmamos con seguridad: “su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”.

 

La celebración y la prolongación de la Eucaristía

La Eucaristía tiene dos dimensiones: su celebración, la misa, en torno al altar, y su prolongación, con la reserva del Pan eucarístico en el sagrario y la consiguiente veneración que le dedica la comunidad cristiana.

La finalidad principal de la Eucaristía es su celebración y que los fieles comulguen con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Pero desde que, ya en los primeros siglos, la comunidad cristiana empezó a guardar el Pan eucarístico para los enfermos y para los moribundos, fue haciéndose cada vez más “connatural” que se rodeara el lugar de la reserva (el sagrario) de signos de fe y adoración hacia el Señor.

El Concilio Vaticano II impulsó una reforma de la “celebración” de la Eucaristía. En los años siguientes, con la introducción de las lenguas vivas, la mayor riqueza de lecturas bíblicas en los varios Leccionarios, la distribución más expresiva de los varios ministerios, la recuperación de la concelebración, de la Oración Universal, de la comunión bajo las dos especies, etc., ciertamente se ha conseguido esta finalidad: ahora se “celebra” mejor que antes la Eucaristía.

Pero tal vez, y esto no lo había querido el Concilio, se perdió o disminuyó en algunos lugares la sensibilidad que teníamos por el culto a la presencia eucarística de Cristo también fuera de la celebración.

Documentos posteriores como la instrucción Eucharisticum Mysterium, de 1967, y, sobre todo, el Ritual del Culto a la Eucaristía, de 1973, nos han dado motivaciones y orientaciones prácticas muy buenas para recuperar.

allí donde hiciera falta, también este aspecto más contemplativo y adorante de la Eucaristía, que prolonga la celebración y a la vez la prepara y la hace posible con mayor profundidad. También Juan Pablo II, en su encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía, del año 2003, además de invitarnos a admirar y agradecer sinceramente el don de este sacramento, nos recordó el valor que debe tener en nuestras comunidades el culto al Señor Eucarístico también fuera de la celebración de la Misa.

 

Mejorar la celebración. Mejorar el culto

La fiesta de hoy nos invita a hacer un esfuerzo por mejorar nuestra Eucaristía en sus dos vertientes, que son dos aspectos del mismo misterio.

Ante todo, mejorar la misma celebración de la Misa, como signo de nuestro aprecio del sacramento que nos dejó el Señor. Este compromiso de ir mejorando nuestras celebraciones lo debemos recordar a lo largo de todo el año. Pero hoy, de un modo particular, cuidando, por ejemplo, la procesión de dones en el ofertorio, con la presentación del pan y del vino para la comunión; realizando mejor el gesto de la paz y la fracción del pan, para significar la fraternidad. Es también un día muy apropiado para llevar de un modo más significativo la comunión a los enfermos que la hayan pedido.

Sobre todo, con la comunión bajo las dos especies. Hoy tiene más sentido que nunca participar de Cristo también con la comunión en su Sangre, utilizando para ello el modo más conveniente. El vino, apuntando más directamente a la Sangre, nos recuerda de un modo especial que estamos participando del Sacrificio pascual de Cristo.

También es conveniente que reflexionemos si prestamos suficiente atención al culto eucarístico fuera de la celebración. Hoy, seguramente, haremos algún acto especial de adoración, prolongando la Eucaristía con una procesión más o menos solemne, o bien con unos momentos de meditación y alabanza antes de la despedida.

Este culto -respeto y adoración expresiva- deberíamos cuidarlo siempre: la dignidad del sagrario, la lámpara encendida, la genuflexión cuando

al principio y al final de la celebración pasamos ante él, los momentos personales de oración o “visita” ante el Señor en la Eucaristía, la organización de la “bendición con el Santísimo” con una “exposición” más o menos prolongada y solemne para la adoración comunitaria.

A todos nos convienen esos momentos, personales o comunitarios, de oración más pausada, meditativa y serena ante el sagrario, en que, por una parte, prolongamos la celebración de la Eucaristía y, por otra, preparamos la siguiente, intentando aprender las lecciones que nos da ese Cristo que ha querido hacerse Eucaristía para nosotros. Podemos organizar algunas veces -por ejemplo en torno a esta fiesta del Corpus- una “exposición” con la bendición del Santísimo, o unas jornadas más prolongadas de exposición y adoración.

En el Ritual del Culto a la Eucaristía, que es el documento eclesial que motiva y regula la adoración al Señor Eucarístico, hay toda una serie de consignas muy educativas para nuestra relación con el Señor Eucarístico fuera de la Misa, y también sobre la oportunidad o no de las procesiones por las calles de una población. Es bueno que, si la sociedad es medianamente receptiva, el Señor Eucarístico salga a la calle y se le manifieste públicamente nuestro aprecio y adoración. La Iglesia es un pueblo que camina, en medio del mundo, con la mirada puesta en Cristo Jesús. Camina, no como dominadora del mundo, sino como servidora, a imitación de su Señor, que se nos da como “cuerpo entregado” y “Sangre derramada”.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 14, 12-26 (Evangelio Cuerpo y Sangre de Cristo)

La muerte como entrega

El evangelio expone la preparación de la última cena de Jesús con los suyos  y la tradición de sus gestos y sus palabras en aquella noche, antes de morir. Sabemos de la importancia que esta tradición tuvo desde el principio del cristianismo. Aquella noche (fuera o no una cena ritualmente pascual), Jesús hizo y dijo cosas que quedarán grabadas en la conciencia de los suyos. Con toda razón se ha recalcado el «haced esto en memoria mía». Sus palabras sobre el pan y sobre la copa expresan la magnitud de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida.

Marcos nos ofrece la tradición que se privilegiaba en Jerusalén, mientras que Lucas y Pablo nos ofrecen, probablemente, «las palabras» con la que este misterio se celebraba en Antioquía. En realidad, sin ser idénticas, quieren expresar lo mismo: la entrega del amor sin medida. Su muerte, pues, tiene el sentido que el mismo Jesús quiere darle. No pretendió que fuera una muerte sin sentido, ni un asesinato horrible. No es cuestión de decir que quiere morir, sino que sabe que ha de morir, para que los hombres comprendan que solamente desde el amor hay futuro. La Eucaristía, pues, es el sacramento que nos une a ese misterio de la vida de Cristo, de Dios mismo, que nos la entrega a nosotros de la forma más sencilla.

Heb 9, 11-15 (2ª lectura Cuerpo y Sangre de Cristo

El sacrificio de la propia vida

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos del NT. En este texto se nos exhorta desde la teología sacrificial,  que  pone de manifiesto que los sacrificios de la Antigua Alianza no pudieron conseguir lo que Jesucristo realiza con el suyo, con la entrega de su propia vida. Y esto lo ha realizado «de una vez por todas» en la cruz, de tal manera que los efectos de la muerte de Jesús, la redención y su amor por los hombres, se hacen presentes en la celebración de este sacramento. El recurrir a las metáforas y al lenguaje de la acción sacrificial puede que resulte hoy poco convincente, fruto de una cultura que no es la nuestra. No obstante, la significación de todo ello nos muestra una novedad, ya que todo se apoya en un sacerdocio especial, el de Melquisedec y en una entrega inigualable.

Es uno de los momentos álgidos de la argumentación de la carta. Está hablando del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna. Es esa alianza que prometieron los profetas, porque ellos vieron que los sacrificios rituales habían quedado obsoletos y la alianza antigua se había convertido en una “disposición” ritual. Cristo no viene a instaurar nuevos sacrificios para Dios (no los necesita), sino a revelar que la propia vida entregada a los hombres vale más que todo aquello. Así es posible entenderse a fondo con Dios. Es en la propia vida entregada como se logra la comunión más íntima con lo divino, sin necesidad de sustitutivos de ninguna especie. La muerte de Jesús, su vida entregada a los hombres y no a Dios, es el “testamento” verdadero  del que hacemos memoria.

Ex 24, 3-8 (1ª lectura Cuerpo y Sangre de Cristo)

El misterio de la Alianza

En la primera lectura, Moisés, bajando del monte, comunica la experiencia que había tenido de Dios, de sus palabras, que han de considerarse como palabras de la Alianza que Dios había sellado anteriormente con su pueblo con el Código de la Alianza  cuyo corazón es el Decálogo. Entonces, pues, se organiza una liturgia sagrada, un banquete, que quiere significar la ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con el que ha sacado de la esclavitud. El misterio de la sangre, de su aspersión, expresa el misterio de comunión de vida entre Dios y su pueblo ya que, según se pensaba, la vida estaba en la sangre. Por ello este texto se considera como prefiguración de la Nueva Alianza que Jesús adelanta en la última cena.