Comentario – Domingo V de Pascua

El evangelio de hoy nos propone una nueva alegoría, esta vez tomada del mundo vegetal, pero no menos significativa, para describir su relación con nosotros, como la de los sarmientos con la vid. El contexto histórico-geográfico en el que vive Jesús –Palestina, tierra de viñedos- le proporciona este símil: Yo soy la verdadera vid y vosotros los sarmientos.

Basta detenerse unos instantes en la imagen para comenzar a extraer lecturas y lecciones. Sólo da fruto el sarmiento que permanece unido a la cepa. Pero no es suficiente con una unión casual, esporádica o accidental; se requiere una unión permanente, una unión que permita la comunicación de la savia, que es el alimento y la vida del sarmiento. Y sólo el sarmiento vivo, esto es, el que está siendo vivificado por la savia que le llega de la cepa, puede fructificar, es decir, dar de sí aquello (=la vida) para lo que ha sido capacitado.

Pero hay sarmientos que parecen estar unidos a la cepa y, sin embargo, su unión es sólo aparente, dado que no reciben el flujo nutritivo de la raíz en la que están asentados. Por eso, se secan, y no queda sino cortarlos arrojarlos al fuego. Tal es el destino de los sarmientos secos y, por lo mismo, estériles. Pero los sarmientos que dan fruto, siempre pueden dar más. Con este fin se les podapara que den más fruto. Esta tarea le corresponde al labrador, que no es otro que Dios. Mi Padre es el labrador, precisa Jesús.

El comienzo de nuestra unión con Cristo hay que ponerle en nuestro bautismo. Pero aquel fue sólo el comienzo. Para dar fruto es necesario permanecer unidos al que fuimos injertados en nuestro bautismo; porque la unión bautismal puede debilitarse, y hasta romperse (y con la ruptura se produce la inevitable interrupción de la savia que riega las arterias del sarmiento, acarreando su muerte); pero también puede restablecerse y afianzarse.

El pecado, en cualquiera de sus formas, debilita o rompe la unión, y con ello disminuye o se interrumpe la comunicación del flujo vital, provocando la sequía y esterilidad del sarmiento. Pero hay un remedio para esta situación anómala. Y ese remedio es la penitencia. Mediante la penitencia se restablece el flujo impedido de la savia que vuelve a correr por las arterias del sarmiento permitiéndole fructificar de nuevo. Otro sacramento, la eucaristía, viene a afianzar y a robustecer esa comunicación de vida que proporciona una mayor consistencia a la unión con la vid.

Pero ¿qué se quiere significar con esta savia y con esos frutos a los que se alude en la alegoría? La savia que ponemos en relación con sacramentos como el bautismo, la penitencia y la eucaristía no puede ser otra cosa que la gracia, ese suministro de vida (o nutrientes) que procede de Cristo (el Mediador entre Dios y los hombres) y nos vivifica cristianamente, es decir, que nos mantiene vivos con la vida de Cristo: una vida hecha de amor –tal es la energía de esta vida- y, por tanto, también de sacrificios, de complacencias y de sufrimientos, una vida hecha de obediencia.

Esta vida de Cristo en nosotros es la que nos permite fructificar en un determinado modo. Toda vida que no sea estéril produce sus propios frutos. Es el dar de sí de todo ser vivo. De una vida regada por la gracia de Cristo no pueden esperarse sino frutos cristianos, es decir, frutos propios de una vida marcada por el Espíritu de Cristo o vida entregada por amor a Dios y al prójimo.

A los frutos de toda vida humana (y la vida cristiana también es humana, aunque potenciada) pertenecen las obras: lo que hacemos cada día; lo que hacemos y lo que hablamos, porque también nuestras palabras forman parte del dar de sí de nuestra vida. Hay palabras que hacen mucho bien o mucho mal, y hay obras que dicen mucho de nosotros. ¿Acaso no hace bien una palabra de consuelo, o una palabra que esclarece o resuelve un problema, o que estimula, o corrige, o alienta?

Es verdad que, a veces, las palabras se revelan falsas o vanas (fruto de buena apariencia, pero podrido); pero tampoco las obras están exentas de falsedad o de vanidad. Previendo este peligro tan frecuente en nuestras vidas, san Juan nos aconseja: No amemos de palabra, sino con obras y según la verdad. Amar de palabra es amar muy parcialmente o no amar, puesto que el amor es una disposición y una acción de la persona en su totalidad. Si el amor no brota de lo nuclear de la persona, de su corazón, aunque tenga su expresión verbal, es un amor superficial y, por tanto, falso. Más auténtico que decir “te amo”, que puede ser un decir engañoso o un decir tan precario como el sentimiento que lo inspira o la pasión que lo alimenta, es demostrarlo con obras.

Es cierto que ni siquiera las obras están libres de contaminación y de mentira, pues también podemos hacer creer a una persona que la amamos a base de regalos, caricias, solicitudes y atenciones; pero las obras nos comprometen más que las solas palabras. Hemos de amar con obras, pero también con verdad, es decir, deseando realmente el bien de esas personas a las que decimos amar. Luego las buenas obras, más aún, las obras inspiradas en el amor de Cristo, las obras que llevan el sello del amor cristiano, no son otra cosa que el dar de sí de una vida injertada en esa cepa que es Cristo.

Pero Jesús habla también de otra operación agrícola que resulta más traumática: la poda. Para que los sarmientos que ya dan fruto den más fruto hay que podar; y podar es cortar lo inútil, lo viejo, lo que roba energía pero no da fruto. Ésta es labor del labrador, y el labrador es el Padre. No está, sin embargo, demás que nosotros mismos colaboremos con él en esta tarea. Dios nos ha creado sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros. Somos personas y la acción de Dios sobre nosotros ha de contar con nuestra colaboración.

Por tanto, colaboremos en nuestra propia poda si es que queremos realmente dar más frutos. Y lo haremos si cortamos vicios, afectos desordenados al dinero, al saber, al placer, al poder. Lo haremos si apartamos de nosotros relaciones ilícitas o peligrosas, si dejamos atrás apegos o nos desprendemos de todo aquello que se interpone como un obstáculo en nuestra relación de amor con Dios y con los hermanos. La poda suele ser dolorosa, porque nos obliga a dejar cosas o personas que nos son muy queridas o a las que estamos muy aficionados, cosas o personas de las que nos es difícil prescindir porque estamos apegados a ellas. Lo demás depende de Dios. Él sabe cómo podarnos (=purificarnos) y en qué momento.

San Juan de la Cruz, con sabiduría experiencial, describe este proceso de modo admirable en sus “noches pasivas” del sentido y del espíritu. Pero no debemos olvidar nunca que la poda y los sufrimientos que conlleva no tienen otro objetivo que facilitar una cosecha más abundante, los frutos de una vida en Cristo Jesús, sabiendo que la fructificación es la razón de ser de una vida y, por tanto, también el colmo de su alegría.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo V de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO V DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. El alzar de mis manos suba a ti, Señor, como ofrenda de la tarde. Aleluya.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El alzar de mis manos suba a ti, Señor, como ofrenda de la tarde. Aleluya.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Me sacaste de la Prisión: por eso doy gracias a tu nombre. Aleluya.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Me sacaste de la Prisión: por eso doy gracias a tu nombre. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, vida y resurrección de todos los hombres, y digámosle con fe:

Hijo del Dios vivo, protege a tu pueblo.

Te rogamos, Señor, por tu Iglesia extendida por todo el mundo:
— santifícala y haz que cumpla su misión de llevar tu reino a todos los hombres.

Te pedimos por los hambrientos y por los que están tristes, por los enfermos, los oprimidos y los desterrados:
— dales, Señor, ayuda y consuelo.

Te pedimos por los que se han apartado de ti por el error o por el pecado:
— que obtengan la gracia de tu perdón y el don de una vida nueva.

Salvador del mundo, tú que fuiste crucificado, resucitaste, y has de venir a juzgar al mundo,
— ten piedad de nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te rogamos, Señor, por los que viven en el mundo
— y por los que han salido ya de él, con la esperanza de la resurrección.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – San José Obrero

1.- Introducción.

Hoy, día primero de mayo, la Iglesia celebra la fiesta de San José obrero. Aquel hombre bueno, servicial, justo, que Dios eligió para que hiciera de padre de su Hijo aquí en la tierra. No era un doctor en la Ley, ni un sabio, ni un rico, sino un “carpintero”, un humilde trabajador. Él enseñó a Jesús a trabajar en el taller, a ganar el pan con el sudor de su rostro. Jesús podía enseñar unas manos encallecidas con el trabajo. Oremos hoy por todos los trabajadores del mundo; para que su trabajo sea justo y les realice como personas. Y rezamos especialmente por tantos jóvenes que no tienen trabajo y se sienten frustrados.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Mateo 13, 54-58

En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

3.- Qué dice la palabra de Dios.

Reflexión-Meditación.

Al comienzo del evangelio de Marcos, Jesús aparece como alguien que levanta preguntas entre la gente. ¿Qué es esto? ¿Quién es éste? Jesús no pasa indiferente. Por donde pasa deja la huella de un alma bella, transparente, en total coherencia entre lo que dice y lo que hace. En el contexto de hoy, las preguntas las hace el pueblo: ¿No es éste el hijo del carpintero? Lo extraordinario de Jesús es que de 33 años de vida, se pasara treinta en un pueblo pequeño, desconocido, haciendo lo que hace todo el mundo. “En todo igual al hombre excepto en el pecado” (Heb. 4,15). En su pueblo se le reconoce como “el hijo del carpintero”. Hoy, en el día de San José obrero, todos los hijos de los obreros, de los trabajadores, se pueden identificar con Jesús. Él siendo Dios, no le importó pasar por este mundo sin ostentar ningún título divino, haciendo uso únicamente   del título tan sencillo y tan vulgar como “el hijo del carpintero”. Así Jesús honra a todos los trabajadores del mundo y se siente orgulloso de San José, el humilde carpintero de Nazaret.

Palabra del Papa.

San Juan Pablo II en su encíclica a los trabajadores Laborem exercens” destacó que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”.

Posteriormente, en el Jubileo de los Trabajadores en el 2000, el Papa de la Familia dijo: “Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo”.

“El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico”, añadió”.

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar? (Guardo silencio)

5.- Propósito. Procuraré trabajar imitando a San José, y me realizaré como él, aceptando mi trabajo con alegría.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque en este día de San José obrero he aprendido la grandeza del trabajo cuando se realiza en un contexto de justicia y amor. Te pido por todos los trabajadores del mundo para que hoy descubran sus derechos y su dignidad. Que descubran en el trabajo un medio de solidaridad y de fraternidad universal. Y te pido, de modo especial, por todos aquellos que, queriendo trabajar, no encuentran trabajo.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La originalidad de la existencia cristiana

1.- A los hombres de ciudad ––que somos una tristemente inmensa mayoría–– aún nos queda el atavismo del campo. Lo buscamos siempre que podemos, y al llegar nos sorprende su encanto y nuestra profunda ignorancia de cuanto en él sucede.

A pesar de la lejanía y del desconocimiento, tratamos de entender ese complejo mundo de leyes, costumbres, constantes y misterios que encierra lo rural, la agricultura. De alguna manera, por lo tanto, no nos resulta del todo ajenos sus problemas y sus aspiraciones. ¿Quien, en un día de lluvia ciudadana, no ha mirado el cielo para desear que la lluvia sea beneficiosa para las cosechas? Es un indicio de que somos conscientes de lo vital que para el conjunto resulta un año agrícolamente bueno.

2.- Este preámbulo de reflexiones a ras de tierra debe introducirnos en la comprensión de esa densa parábola agrícola de la vid que Jesús utiliza para dibujar la realidad de nuestra existencia cristiana. Estamos enraizados en alguien que nos da estabilidad y fuerza. El viñedo es, a los ojos del ciudadano, un espectáculo aleccionador. La vid, los sarmientos, la uva constituyen una trilogía deslumbradora que alcanza en la época de la vendimia su clima de esplendor.

3.- Sin embargo, sólo el que vive los doce meses del año pendiente de las vides, de sus cuidados, con constante desvelo, podrá vivenciar totalmente la expresión de Cristo: “Permaneced en mi y yo en vosotros”, como el sarmiento permanece en la vid.

Esa constatación de permanencia revela la originalidad de la existencia cristiana. Diríamos que para que la viña sea fecunda deben darse una serie de condiciones favorables, en mayor o menor grado, y éstas serían: La calidad de la tierra, el régimen de lluvias, los cuidados del agricultor, la lucha contra las plagas, etc. Lo absolutamente indispensable, sin embargo, es la permanencia, la vinculación del sarmiento en la vid. Sin esa continuidad vital no hay posible proceso de crecimiento. Esto lo entiende perfectamente un viñador. Traslademos ahora la metáfora; un cristiano podrá vivir en tales o cuales circunstancias, estar sujeto a estas o aquellas influencias, poseer determinadas tendencias positivas o negativas; todo resulta accidental. Lo único indispensable es su vinculación al Jesús que salva y cuya savia vitalizadora justifica toda manifestación de vida cristiana.

4.- La continuidad es, pues, sin genero de dudas, la característica fundamental de ese proceso generador de vida. Por parte de Dios esta asegurada. La vid es inagotable. Por parte del sarmiento, los altibajos, aun dolorosos, no cierran el flujo, pero lo condicionan. Sólo una actitud de absoluta infranqueabilidad conduce a la muerte. Pero esto ––creo–– lo entienden todos, aun los que nunca en su vida hayan gozado del espectáculo de una vid infecunda y plena madurez

Antonio Díaz Tortajada

Comentario – Sábado IV de Pascua

(Jn 14, 7-14)

Jesús nos refleja la gloria del Padre, en él encontramos todo el amor y la luz del Padre Dios. Pero Jesús nos promete aquí algo desconcertante. Dice que los creyentes harán obras mayores que las que hizo él. ¿Cómo podemos entender esta promesa? ¿Acaso todos los creyentes podemos hacer algo más grande que resucitar muertos y curar ciegos?

En realidad no, porque cuando el evangelio de Juan usa la palabra “mayores” se refiere a cosas de un nivel superior. ¿Pero qué sería un nivel superior que resucitar a un muerto? Hay algo superior a eso: comunicar a los demás algo sobrenatural.

Porque la resurrección de Lázaro fue devolverle la vida física, natural; pero cuando una persona abre su corazón a Dios y recibe su gracia y su luz, entonces entra en otra dimensión, en la vida sobrenatural, en una vida que vale mucho más que la vida física y natural.

De hecho, veamos que Jesús antes de su resurrección logró muy poco, porque pocos creyeron realmente en él, y lo abandonaron en la cruz. En cambio, luego de su resurrección la fe cristiana creció de una manera admirable, una multitud abrió el corazón a Jesús en poco tiempo.

Por lo tanto, cuando Jesús antes de morir promete que los creyentes harán obras mayores que las que él hizo, está diciendo que los creyentes unidos a él, a partir de su resurrección lograrían difundir la fe y el amor de una manera admirable, pero no por su propio poder, sino por el poder de Cristo resucitado actuando a través de ellos.

¿Somos capaces de dejarnos tomar por Jesús resucitado para hacer esas obras superiores, o nos conformamos con poco?

 

Oración:

“Señor, no quisiera encerrarme en una vida mediocre, sin fecundidad. Quisiera lograr algo maravilloso, algo grande con las fuerzas que me diste. Y tú me enseñaste que lo más grande que puedo hacer es llevarte a los demás, para que ellos te conozcan y te amen. Tómame con tu poder para cambiar el corazón de los que te rechazan”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Del amor conyugal

49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.

Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.

Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio.

Como sarmientos vivos

“Cuando llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos…” (Hch 9,26) Pablo había sido uno de los más tenaces perseguidores de la Iglesia de Cristo. Hacía poco que marchó hacia Damasco “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”, con cartas para la Sinagoga, dispuesto a encadenar a los que creían en Cristo, tanto hombres como mujeres.

Pero ese Cristo que él perseguía se le cruzó en el camino y Pablo cayó a tierra, deslumbrado por el fulgor del Señor. Y cuando comprendió que era el Mesías prometido por los profetas, cuando supo que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos, Pablo se entrega totalmente, emprende el camino que Dios le señalaba. Un camino con una dirección contraria a la que él traía. Y toda la fuerza de su personalidad la pone al servicio de ese Jesús que le ha derrumbado. Pablo es un hombre auténtico, consecuente con sus principios, enemigo de las medias tintas, audaz y decidido. Ejemplo y estímulo para nuestra vida de cristianos a medias, para nuestro querer y no querer, para esta falta de compromiso serio y eficaz de quienes decimos creer.

“Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo llevó a los apóstoles; y les refirió cómo en el camino Saulo había visto al Señor, que le había hablado…” (Hch 9, 27) No le creían. Era imposible que aquel terrible perseguidor quisiera ahora vivir entre los cristianos, que fuera verdad que se había convertido. Fue preciso que Bernabé, uno de los predicadores de más categoría, intercediera presentándolo a los mismos Apóstoles. Y a pesar de ello Pablo tendrá que sufrir durante toda su vida el recuerdo, siempre vivo en sus detractores, de sus pecados pasados. Siempre será un sospechoso, una presa fácil para la calumnia y la maledicencia. Y sus enemigos se empeñan en mantener la mala fama de su actuación anterior.

Cierto que es difícil que los hombres cambien. Pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no lo es. Por eso el hombre más perverso puede acabar siendo un santo. Y viceversa… Para los que intentan rectificar sus vidas, uno de los obstáculos más difíciles de superar es precisamente la sospecha de los “buenos”, la desconfianza, la duda sobre la rectitud de su conducta.

Señor, danos la humildad suficiente para no juzgar mal a nadie. Para no desconfiar de los que, habiendo sido antes pecadores, ahora quieren dejar de serlo. Que no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Dios, persuadidos de tu poder ilimitado para cambiar al hombre y de tu amor incansable por él.

2.- “Cumpliré mis votos delante de sus fieles” (Sal 21, 26) El voto es, sin duda, un acto de culto al Señor, un reconocimiento generoso y empeñativo de la dignidad divina. En realidad sólo a Dios se puede hacer un voto, ya que lo que lo caracteriza es su esencia necesariamente religiosa. Podemos definirlo como una promesa deliberada y libre hecha a Dios de un bien posible y mejor.

Es una cosa buena y meritoria, por tanto, hacer un voto, obligarse con una especial voluntariedad delante del Señor. De hecho la Iglesia los permite, e incluso los alienta a través de las diversas instituciones de religiosos, o iniciativas privadas mediante las que un cristiano se empeña con generosidad en vivir unos determinados compromisos.

El voto, bueno en sí, puede sin embargo ser un perjuicio y un mal para quien lo formula y luego no lo cumple. En ese caso, hubiera sido mejor no haber hecho tal voto. Por eso es preciso que antes de comprometerse uno con un voto, considere atentamente si está realmente dispuesto a cumplirlo, también cuando las circunstancias no sean propicias.

“Me hará vivir para él…” (Sal 21, 31) De todos modos hay que contar no sólo con el propio esfuerzo, sino también con la gracia de Dios, que además de sugerir la posibilidad del voto, da su gracia para que se cumpla. Si no fuera así, nadie se atrevería a un compromiso tan serio como puede ser un voto perpetuo, como es el caso de una profesión religiosa, o simplemente el compromiso que un cristiano asume ante Dios nuestro Señor.

Es cierto que lo que un día se prometió con ilusión, seguros de que sería fácil y hasta gustoso cumplirlo, puede resultar con el paso del tiempo algo arduo y costoso de cumplir. Sin embargo, eso no puede ser nunca causa de una defección, o de un rompimiento de ese compromiso libremente contraído. Será, al contrario, el momento de demostrar la fortaleza y el espíritu de abnegación que ha de caracterizar a un cristiano.

Esto supuesto, hemos de ser generosos a la hora de prometer algo a Dios, correr el riesgo que supone un compromiso de por vida, confiar en que Dios no nos abandonará jamás en nuestro empeño de cumplir lo prometido. En realidad, podemos decir que las dificultades vienen, no por causas externas a nosotros mismos, sino más bien por nuestra actitud de relajamiento, por decaer en el espíritu de lucha y esfuerzo, imprescindible para hacer algo grande en la vida.

3.- “Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca…” (1 Jn 3, 18) Es muy sencillo amar de palabra, prometer y no dar, manifestar en un determinado momento unos sentimientos de amor profundo que más tarde, cuando el tiempo pasa o las circunstancias cambian, se convierte en indiferencia, o incluso en odio y aborrecimiento. Cuando eso ocurre se comprueba que aquel amor de un tiempo no era auténtico ni real, sino mera apariencia, una pasioncilla más o menos fuerte que se disipa sin dejar huella. A veces se cifra el amor al prójimo en meras fórmulas de cortesía, en una buena educación. Eso ya es mucho y a veces hasta eso falta. Pero, sin embargo, no es suficiente a los ojos de Dios. Él nos pide que nuestro amor hacia los demás vaya más allá de las palabras y llegue hasta las obras.

Sólo así querremos como Dios nos pide y nos manda. Lo demás es algo superficial, algo que cualquiera, incluso quien no crea ni ame a Dios puede hacer. El amor cristiano es diverso, es mucho más profundo y constante, tiene unas motivaciones más altas, ha de llegar hasta el heroísmo, si se da el caso, de amar a nuestros enemigos. Jesús moría en la Cruz y rogaba al Padre por los que le habían crucificado y ahora se burlaban de su terrible dolor.

La actuación de Jesús no fue sólo un gesto maravilloso, fue también una lección práctica para todos aquellos que le seguirían después. De hecho ya desde Esteban, el primer mártir de Cristo, muchos imitaron al Maestro y rogaron a Dios el perdón de quienes tanto daño les causaban. También hoy la lección sigue vigente, también a nosotros nos pide que venzamos el mal con la fuerza del bien.

“Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3, 24) El que actúa así, continúa diciendo San Juan, es de la verdad y tendrá la conciencia tranquila. Un amor sincero, una caridad auténtica nos integra en la verdad, hace posible una conciencia limpia de remordimientos y de temores. De lo contrario, estaremos intranquilos. Quizá engañemos a los demás, apareceremos a sus ojos como quienes saben querer, pero si nuestro amor no pasa de las palabras no nos tranquilizará a nosotros mismos, y nos sentiremos acusados por Dios.

Por esto mismo, nos sigue diciendo el Discípulo amado, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza en el Señor. Y así es ciertamente. Sabemos que Dios es bueno y compasivo con todos, pero nos sentimos más seguros cuando estamos a buenas con el Señor. Nos da la impresión de que si nos portamos bien, él se nos muestra más propicio, mejor predispuesto para ayudarnos.

Por otra parte, quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Se verifica entonces una intercomunicación vital, mediante la cual nuestra vida humana se transforma en divina, de ser una vida sin brillo y sin relieve pasa a ser una vida grata a los ojos de Dios, digna de su consideración, merecedora por la gracia divina de un premio eterno.

4.- “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador” (Jn 15,1)

Dios conoce muy bien el barro de que estamos hechos, sabe la capacidad limitada de nuestra inteligencia. Por eso utiliza palabras sencillas, metáforas sacadas de la vida ordinaria, imágenes fáciles de entender para todos. En especial para nosotros, meridionales al fin y al cabo, sus referencias al mundo rural y agrícola nos resultan sumamente familiares.

Hoy nos habla de la vid, esa planta tan frecuente en nuestras tierras llanas, de fruto tan rico y cuyo mosto, convertido en vino, alegra el corazón del hombre, en frase de la Escritura. Jesús nos dice que él es la vid y nosotros los sarmientos. Partiendo de esta realidad mística, el Maestro nos expone una serie de enseñanzas para que las vivamos cada uno de nosotros.

En primer lugar afirma que su Padre es el labrador que poda a todo sarmiento para que dé más fruto. Es lo mismo que en otro pasaje nos dice la Biblia: “El Señor, a quien ama, le reprende, y castiga a todo aquel a quien tiene por hijo”. De ahí se desprende que hemos de ver las contrariedades y sinsabores de la vida con espíritu de fe. Hay que comprender que son una buena ocasión para purificar nuestras almas, para templar nuestro espíritu lo mismo que se templa el hierro con el fuego.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos sigue diciendo Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. La comparación y la enseñanza que se desprende no puede ser más clara. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina.

Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobreaviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas.

Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo que está en su cenit. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna.

Antonio García Moreno

La vida

1.- Vides plantadas en líneas paralelas que se pierden en la lejanía. Ya las hojas empiezan a despuntar. En aquella extensión ondulante bajo el cielo azul todo es silencio. Pero allí está pasando algo. De la tierra a aquellas cepas rugosas y atormentadas y de éstas a las hojas. Es la comunicación de una vida que reventará en repletos racimos de uvas. Silenciosa actividad que maravilla.

En la sierra madrileña, en lo alto de la Mujer Muerta, en la Cabrera o en la Pedriza, en aquellas rocas amontonadas nunca pasa nada. Sólo el mecánico quebrarse de las rocas por las heladas o la erosión del viento. Inactividad que sobrecoge.

2.- Los Evangelios están llenos de esa maravillosa palabra: VIDA.

— Jesús nos dice “como el Padre tiene VIDA en Sí mismo, así le ha dado al hijo tener vida en si mismo.

— San Juan comienza su Evangelio con la Palabra… “y la Palabra era VIDA y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

— Por eso Jesús al presentar sus credenciales se define como “Camino, Verdad y VIDA. O como: “Yo soy el Pan de VIDA”.

— VIDA es un movimiento expansivo y que viene a comunicarse: “He venido para que tengan VIDA y VIDA abundante”. “El que come mi carne tiene VIDA eterna interminable”.

3.- Jesús se sabe portador de VIDA y pasa por este mundo repartiendo VIDA.

— Da vida al hijo de la viuda de Naín, da VIDA a la hija de Jairo, da vida a su amigo Lázaro.

— Da vida a los leprosos en los que la vida se pudre y desmorona.

— Sana a cientos de enfermos de cuyos cuerpos de escapa la VIDA.

Jesús nos dice que Él es la Vid y nosotros los sarmientos que vivimos de una misma savia y VIDA.

4.- Pues sí, Jesús es todo VIDA, y ha venido a darnos VIDA abundante. ¿Y si con frecuencia comemos el Pan de VIDA, por qué languidecemos en nuestra vida religiosa? ¿Por qué no damos fruto? ¿Nos parecemos a esas “preciosas” plantas de plástico, sin VIDA y sin fruto?

— ¿dónde está en nosotros esa vitalidad que tuvo la Madre Teresa y que ha seguido presente en sus seguidores?

— ¿dónde esa energía de seglares que defiende y han defendido su fe hasta dar la vida?

–¿dónde esa simpática vivacidad de religiosas dedicadas a cuidar niños y ancianos?

— ¿dónde esa vida silenciosa de viñedo de las Carmelitas siempre alegres y trabajadoras?

La misma VIDA que produce esos efectos en otros corre por nuestras venas. ¿Cuál es el trombo que está impidiendo que corra esa VIDA por nosotros? Pues, el encerrarnos en nosotros mismos. Tenemos las puertas y ventanas del corazón cerradas a Dios y a los hombres. Y, claro, en la sombra húmeda de una habitación sin sol ni aire la mejor de las plantas se agosta y muere.

Dejemos entrar a Dios y a nuestros hermanos y correrá la VIDA por nosotros. Cuánto más nos demos, más sanos seremos. No amemos de palabra –como dice San Juan—sino de obra de y de verdad.

José María Maruri S. J.

Unidos a Cristo

1.- Lo importante no es llegar, sino mantenerse, suelen decir las personas famosas del mundo del espectáculo. Lo importante es mantenerse en el candelero (o el candelabro, como dijo en cierta ocasión una “famosa” de la prensa del corazón). Creo que a veces los cristianos somos como esos artistas que deslumbran durante un período corto de tiempo, pero en seguida se desvanecen y nadie se acuerda de ellos. Jesús quiere ponernos en guardia frente a esos “efluvios” místicos que tienen poca raíz y que desaparecen al mismo tiempo que llegan. Y lo hace en el contexto de la Ultima Cena, después de haber lavado los pies de los discípulos como gesto de amor y de servicio. Pronuncia entonces unos discursos de despedida, a modo de testamento espiritual.

En el primer discurso les había hablado del nuevo mandamiento del amor, se había presentado como “camino, verdad y vida”, les había entregado su paz, les había prometido la llegada del Espíritu Defensor. Ahora nos recuerda que sin El no podemos hacer nada. Nos pide que permanezcamos en El. El artista que quiere permanecer en el candelero tiene que cuidarse, al igual que el futbolista que no quiere ser flor de un día. El secreto está en el entrenamiento constante, la concentración y una pizca de suerte. Hace unas semanas nuestro amigo Juan Ramón López Caro, entrenador del real Madrid, declaraba en el periódico parroquial “EnBloque” (**) que lo que realmente importa en un futbolista y en un equipo de fútbol es el aspecto mental y la confianza. En el aspecto personal confesaba que la fe le había ayudado personal y profesionalmente, para él era lo más importante. Reconocía igualmente que en su escala de valores Cristo era lo más importante

2.- Jesús es la vid, nosotros los sarmientos y el Padre es el labrador. Quiere decirnos con estas palabras que no podemos subsistir como cristianos alejados de El, que es nuestra vida. Tenemos experiencia de momentos en los que hemos intentado vivir sin contar con Dios, hemos creído que podíamos conseguirlo todo con nuestras fuerzas, pero algo nos ha devuelto a la realidad. Sin El no somos nada…..Es el orgullo y la vanidad lo que nos lleva a pensar que estamos por encima de todo y no hay nada que se nos resista. Somos necios e insensatos…

Si cortamos el contacto con la fuente, nuestra vida de fe y nuestro entusiasmo se secan. Los sarmientos, es decir nosotros, necesitamos su presencia provechosa. Así lo constata San Agustín al comentar este evangelio: “En efecto, los sarmientos están en la vid de tal modo que, sin darle ellos nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida; a su vez la vid está en los sarmientos proporcionándoles el alimento vital, sin recibir nada de ellos. De la misma manera, tener a Cristo y permanecer en Cristo es de provecho para los discípulos, no para Cristo; porque, arrancando un sarmiento, puede brotar otro de la raíz viva, mientras que el sarmiento cortado no puede tener vida sin la raíz”.

3.- Cuando estamos unidos a Cristo damos fruto de buenas obras. Es lo que nos pide la primera carta del apóstol San Juan: amar no de palabra o de boca, sino de verdad y con obras. ¿De qué obras está hablando? De guardar sus mandamientos y de amarnos unos a los otros, tal como nos lo mandó. Entonces experimentaremos que El permanece en nosotros. Por tanto, permanecer en Cristo no es sólo estar muchas horas en la capilla contemplándole. Es, sobre todo, contemplar el rostro de Dios en el hermano que sufre. Como dice San Agustín, “que cada uno examine su obra y vea si brota del manantial del amor y si los ramos de las buenas obras germinan de la raíz del amor”. Hay personas que sufren mucho en este mundo, padres que ven como sus hijos se tuercen, esposos traicionados, pobres que no tienen nada que comer, inmigrantes que no acaban de encontrar un trabajo digno, personas que sufren el aguijón de la enfermedad, pero sin embargo, mantienen siempre la confianza en Dios. ¿Cuál es su secreto?. Si examinamos su vida descubriremos la causa de su paz interior: están unidos a Dios.

4.- “Un rey oriental llamó a sus tres hijos para someterles a una prueba de su sabiduría. Colocó delante de ellos tres jarras selladas: una de oro, otra de ámbar y otra de barro. En una de ellas se guardaba el tesoro más valioso de todos y cada uno de sus tres hijos tenía que decidir por sí mismo cuál era aquella que lo contenía. El primero, movido por la codicia, escogió la de oro. Pero al abrir el sello y mirar hacia dentro vio con asco que estaba llena de sangre. Entre el rojo de la sangre vio refulgir la palabra “imperio”. El segundo escogió la de ámbar y al abrir el sello vio que estaba llena de ceniza. Entre la ceniza refulgía la palabra “gloria”. El tercer hijo, desposeído de todo egoísmo, se conformó con la que quedaba, la de barro. Al abrirla, sólo vio escrito en el fondo la palabra “Dios”. Los sabios de la corte declararon a una voz que su jarra valía más que todas, porque el solo nombre de Dios lo encerraba todo”. Como decía Santa Teresa, sólo Dios basta. Quien está unido a El tiene un tesoro que nadie le podrá arrebatar.

José María Martín OSA

No separarnos de Jesús

La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.

La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan fruto porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.

Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «El sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?

La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a folklore anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.

Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Solo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no apartarnos de su proyecto.

José Antonio Pagola