Comentario – Domingo V de Pascua

El evangelio de hoy nos propone una nueva alegoría, esta vez tomada del mundo vegetal, pero no menos significativa, para describir su relación con nosotros, como la de los sarmientos con la vid. El contexto histórico-geográfico en el que vive Jesús –Palestina, tierra de viñedos- le proporciona este símil: Yo soy la verdadera vid y vosotros los sarmientos.

Basta detenerse unos instantes en la imagen para comenzar a extraer lecturas y lecciones. Sólo da fruto el sarmiento que permanece unido a la cepa. Pero no es suficiente con una unión casual, esporádica o accidental; se requiere una unión permanente, una unión que permita la comunicación de la savia, que es el alimento y la vida del sarmiento. Y sólo el sarmiento vivo, esto es, el que está siendo vivificado por la savia que le llega de la cepa, puede fructificar, es decir, dar de sí aquello (=la vida) para lo que ha sido capacitado.

Pero hay sarmientos que parecen estar unidos a la cepa y, sin embargo, su unión es sólo aparente, dado que no reciben el flujo nutritivo de la raíz en la que están asentados. Por eso, se secan, y no queda sino cortarlos arrojarlos al fuego. Tal es el destino de los sarmientos secos y, por lo mismo, estériles. Pero los sarmientos que dan fruto, siempre pueden dar más. Con este fin se les podapara que den más fruto. Esta tarea le corresponde al labrador, que no es otro que Dios. Mi Padre es el labrador, precisa Jesús.

El comienzo de nuestra unión con Cristo hay que ponerle en nuestro bautismo. Pero aquel fue sólo el comienzo. Para dar fruto es necesario permanecer unidos al que fuimos injertados en nuestro bautismo; porque la unión bautismal puede debilitarse, y hasta romperse (y con la ruptura se produce la inevitable interrupción de la savia que riega las arterias del sarmiento, acarreando su muerte); pero también puede restablecerse y afianzarse.

El pecado, en cualquiera de sus formas, debilita o rompe la unión, y con ello disminuye o se interrumpe la comunicación del flujo vital, provocando la sequía y esterilidad del sarmiento. Pero hay un remedio para esta situación anómala. Y ese remedio es la penitencia. Mediante la penitencia se restablece el flujo impedido de la savia que vuelve a correr por las arterias del sarmiento permitiéndole fructificar de nuevo. Otro sacramento, la eucaristía, viene a afianzar y a robustecer esa comunicación de vida que proporciona una mayor consistencia a la unión con la vid.

Pero ¿qué se quiere significar con esta savia y con esos frutos a los que se alude en la alegoría? La savia que ponemos en relación con sacramentos como el bautismo, la penitencia y la eucaristía no puede ser otra cosa que la gracia, ese suministro de vida (o nutrientes) que procede de Cristo (el Mediador entre Dios y los hombres) y nos vivifica cristianamente, es decir, que nos mantiene vivos con la vida de Cristo: una vida hecha de amor –tal es la energía de esta vida- y, por tanto, también de sacrificios, de complacencias y de sufrimientos, una vida hecha de obediencia.

Esta vida de Cristo en nosotros es la que nos permite fructificar en un determinado modo. Toda vida que no sea estéril produce sus propios frutos. Es el dar de sí de todo ser vivo. De una vida regada por la gracia de Cristo no pueden esperarse sino frutos cristianos, es decir, frutos propios de una vida marcada por el Espíritu de Cristo o vida entregada por amor a Dios y al prójimo.

A los frutos de toda vida humana (y la vida cristiana también es humana, aunque potenciada) pertenecen las obras: lo que hacemos cada día; lo que hacemos y lo que hablamos, porque también nuestras palabras forman parte del dar de sí de nuestra vida. Hay palabras que hacen mucho bien o mucho mal, y hay obras que dicen mucho de nosotros. ¿Acaso no hace bien una palabra de consuelo, o una palabra que esclarece o resuelve un problema, o que estimula, o corrige, o alienta?

Es verdad que, a veces, las palabras se revelan falsas o vanas (fruto de buena apariencia, pero podrido); pero tampoco las obras están exentas de falsedad o de vanidad. Previendo este peligro tan frecuente en nuestras vidas, san Juan nos aconseja: No amemos de palabra, sino con obras y según la verdad. Amar de palabra es amar muy parcialmente o no amar, puesto que el amor es una disposición y una acción de la persona en su totalidad. Si el amor no brota de lo nuclear de la persona, de su corazón, aunque tenga su expresión verbal, es un amor superficial y, por tanto, falso. Más auténtico que decir “te amo”, que puede ser un decir engañoso o un decir tan precario como el sentimiento que lo inspira o la pasión que lo alimenta, es demostrarlo con obras.

Es cierto que ni siquiera las obras están libres de contaminación y de mentira, pues también podemos hacer creer a una persona que la amamos a base de regalos, caricias, solicitudes y atenciones; pero las obras nos comprometen más que las solas palabras. Hemos de amar con obras, pero también con verdad, es decir, deseando realmente el bien de esas personas a las que decimos amar. Luego las buenas obras, más aún, las obras inspiradas en el amor de Cristo, las obras que llevan el sello del amor cristiano, no son otra cosa que el dar de sí de una vida injertada en esa cepa que es Cristo.

Pero Jesús habla también de otra operación agrícola que resulta más traumática: la poda. Para que los sarmientos que ya dan fruto den más fruto hay que podar; y podar es cortar lo inútil, lo viejo, lo que roba energía pero no da fruto. Ésta es labor del labrador, y el labrador es el Padre. No está, sin embargo, demás que nosotros mismos colaboremos con él en esta tarea. Dios nos ha creado sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros. Somos personas y la acción de Dios sobre nosotros ha de contar con nuestra colaboración.

Por tanto, colaboremos en nuestra propia poda si es que queremos realmente dar más frutos. Y lo haremos si cortamos vicios, afectos desordenados al dinero, al saber, al placer, al poder. Lo haremos si apartamos de nosotros relaciones ilícitas o peligrosas, si dejamos atrás apegos o nos desprendemos de todo aquello que se interpone como un obstáculo en nuestra relación de amor con Dios y con los hermanos. La poda suele ser dolorosa, porque nos obliga a dejar cosas o personas que nos son muy queridas o a las que estamos muy aficionados, cosas o personas de las que nos es difícil prescindir porque estamos apegados a ellas. Lo demás depende de Dios. Él sabe cómo podarnos (=purificarnos) y en qué momento.

San Juan de la Cruz, con sabiduría experiencial, describe este proceso de modo admirable en sus “noches pasivas” del sentido y del espíritu. Pero no debemos olvidar nunca que la poda y los sufrimientos que conlleva no tienen otro objetivo que facilitar una cosecha más abundante, los frutos de una vida en Cristo Jesús, sabiendo que la fructificación es la razón de ser de una vida y, por tanto, también el colmo de su alegría.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística