Como sarmientos vivos

“Cuando llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos…” (Hch 9,26) Pablo había sido uno de los más tenaces perseguidores de la Iglesia de Cristo. Hacía poco que marchó hacia Damasco “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”, con cartas para la Sinagoga, dispuesto a encadenar a los que creían en Cristo, tanto hombres como mujeres.

Pero ese Cristo que él perseguía se le cruzó en el camino y Pablo cayó a tierra, deslumbrado por el fulgor del Señor. Y cuando comprendió que era el Mesías prometido por los profetas, cuando supo que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos, Pablo se entrega totalmente, emprende el camino que Dios le señalaba. Un camino con una dirección contraria a la que él traía. Y toda la fuerza de su personalidad la pone al servicio de ese Jesús que le ha derrumbado. Pablo es un hombre auténtico, consecuente con sus principios, enemigo de las medias tintas, audaz y decidido. Ejemplo y estímulo para nuestra vida de cristianos a medias, para nuestro querer y no querer, para esta falta de compromiso serio y eficaz de quienes decimos creer.

“Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo llevó a los apóstoles; y les refirió cómo en el camino Saulo había visto al Señor, que le había hablado…” (Hch 9, 27) No le creían. Era imposible que aquel terrible perseguidor quisiera ahora vivir entre los cristianos, que fuera verdad que se había convertido. Fue preciso que Bernabé, uno de los predicadores de más categoría, intercediera presentándolo a los mismos Apóstoles. Y a pesar de ello Pablo tendrá que sufrir durante toda su vida el recuerdo, siempre vivo en sus detractores, de sus pecados pasados. Siempre será un sospechoso, una presa fácil para la calumnia y la maledicencia. Y sus enemigos se empeñan en mantener la mala fama de su actuación anterior.

Cierto que es difícil que los hombres cambien. Pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no lo es. Por eso el hombre más perverso puede acabar siendo un santo. Y viceversa… Para los que intentan rectificar sus vidas, uno de los obstáculos más difíciles de superar es precisamente la sospecha de los “buenos”, la desconfianza, la duda sobre la rectitud de su conducta.

Señor, danos la humildad suficiente para no juzgar mal a nadie. Para no desconfiar de los que, habiendo sido antes pecadores, ahora quieren dejar de serlo. Que no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Dios, persuadidos de tu poder ilimitado para cambiar al hombre y de tu amor incansable por él.

2.- “Cumpliré mis votos delante de sus fieles” (Sal 21, 26) El voto es, sin duda, un acto de culto al Señor, un reconocimiento generoso y empeñativo de la dignidad divina. En realidad sólo a Dios se puede hacer un voto, ya que lo que lo caracteriza es su esencia necesariamente religiosa. Podemos definirlo como una promesa deliberada y libre hecha a Dios de un bien posible y mejor.

Es una cosa buena y meritoria, por tanto, hacer un voto, obligarse con una especial voluntariedad delante del Señor. De hecho la Iglesia los permite, e incluso los alienta a través de las diversas instituciones de religiosos, o iniciativas privadas mediante las que un cristiano se empeña con generosidad en vivir unos determinados compromisos.

El voto, bueno en sí, puede sin embargo ser un perjuicio y un mal para quien lo formula y luego no lo cumple. En ese caso, hubiera sido mejor no haber hecho tal voto. Por eso es preciso que antes de comprometerse uno con un voto, considere atentamente si está realmente dispuesto a cumplirlo, también cuando las circunstancias no sean propicias.

“Me hará vivir para él…” (Sal 21, 31) De todos modos hay que contar no sólo con el propio esfuerzo, sino también con la gracia de Dios, que además de sugerir la posibilidad del voto, da su gracia para que se cumpla. Si no fuera así, nadie se atrevería a un compromiso tan serio como puede ser un voto perpetuo, como es el caso de una profesión religiosa, o simplemente el compromiso que un cristiano asume ante Dios nuestro Señor.

Es cierto que lo que un día se prometió con ilusión, seguros de que sería fácil y hasta gustoso cumplirlo, puede resultar con el paso del tiempo algo arduo y costoso de cumplir. Sin embargo, eso no puede ser nunca causa de una defección, o de un rompimiento de ese compromiso libremente contraído. Será, al contrario, el momento de demostrar la fortaleza y el espíritu de abnegación que ha de caracterizar a un cristiano.

Esto supuesto, hemos de ser generosos a la hora de prometer algo a Dios, correr el riesgo que supone un compromiso de por vida, confiar en que Dios no nos abandonará jamás en nuestro empeño de cumplir lo prometido. En realidad, podemos decir que las dificultades vienen, no por causas externas a nosotros mismos, sino más bien por nuestra actitud de relajamiento, por decaer en el espíritu de lucha y esfuerzo, imprescindible para hacer algo grande en la vida.

3.- “Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca…” (1 Jn 3, 18) Es muy sencillo amar de palabra, prometer y no dar, manifestar en un determinado momento unos sentimientos de amor profundo que más tarde, cuando el tiempo pasa o las circunstancias cambian, se convierte en indiferencia, o incluso en odio y aborrecimiento. Cuando eso ocurre se comprueba que aquel amor de un tiempo no era auténtico ni real, sino mera apariencia, una pasioncilla más o menos fuerte que se disipa sin dejar huella. A veces se cifra el amor al prójimo en meras fórmulas de cortesía, en una buena educación. Eso ya es mucho y a veces hasta eso falta. Pero, sin embargo, no es suficiente a los ojos de Dios. Él nos pide que nuestro amor hacia los demás vaya más allá de las palabras y llegue hasta las obras.

Sólo así querremos como Dios nos pide y nos manda. Lo demás es algo superficial, algo que cualquiera, incluso quien no crea ni ame a Dios puede hacer. El amor cristiano es diverso, es mucho más profundo y constante, tiene unas motivaciones más altas, ha de llegar hasta el heroísmo, si se da el caso, de amar a nuestros enemigos. Jesús moría en la Cruz y rogaba al Padre por los que le habían crucificado y ahora se burlaban de su terrible dolor.

La actuación de Jesús no fue sólo un gesto maravilloso, fue también una lección práctica para todos aquellos que le seguirían después. De hecho ya desde Esteban, el primer mártir de Cristo, muchos imitaron al Maestro y rogaron a Dios el perdón de quienes tanto daño les causaban. También hoy la lección sigue vigente, también a nosotros nos pide que venzamos el mal con la fuerza del bien.

“Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 3, 24) El que actúa así, continúa diciendo San Juan, es de la verdad y tendrá la conciencia tranquila. Un amor sincero, una caridad auténtica nos integra en la verdad, hace posible una conciencia limpia de remordimientos y de temores. De lo contrario, estaremos intranquilos. Quizá engañemos a los demás, apareceremos a sus ojos como quienes saben querer, pero si nuestro amor no pasa de las palabras no nos tranquilizará a nosotros mismos, y nos sentiremos acusados por Dios.

Por esto mismo, nos sigue diciendo el Discípulo amado, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza en el Señor. Y así es ciertamente. Sabemos que Dios es bueno y compasivo con todos, pero nos sentimos más seguros cuando estamos a buenas con el Señor. Nos da la impresión de que si nos portamos bien, él se nos muestra más propicio, mejor predispuesto para ayudarnos.

Por otra parte, quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Se verifica entonces una intercomunicación vital, mediante la cual nuestra vida humana se transforma en divina, de ser una vida sin brillo y sin relieve pasa a ser una vida grata a los ojos de Dios, digna de su consideración, merecedora por la gracia divina de un premio eterno.

4.- “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador” (Jn 15,1)

Dios conoce muy bien el barro de que estamos hechos, sabe la capacidad limitada de nuestra inteligencia. Por eso utiliza palabras sencillas, metáforas sacadas de la vida ordinaria, imágenes fáciles de entender para todos. En especial para nosotros, meridionales al fin y al cabo, sus referencias al mundo rural y agrícola nos resultan sumamente familiares.

Hoy nos habla de la vid, esa planta tan frecuente en nuestras tierras llanas, de fruto tan rico y cuyo mosto, convertido en vino, alegra el corazón del hombre, en frase de la Escritura. Jesús nos dice que él es la vid y nosotros los sarmientos. Partiendo de esta realidad mística, el Maestro nos expone una serie de enseñanzas para que las vivamos cada uno de nosotros.

En primer lugar afirma que su Padre es el labrador que poda a todo sarmiento para que dé más fruto. Es lo mismo que en otro pasaje nos dice la Biblia: “El Señor, a quien ama, le reprende, y castiga a todo aquel a quien tiene por hijo”. De ahí se desprende que hemos de ver las contrariedades y sinsabores de la vida con espíritu de fe. Hay que comprender que son una buena ocasión para purificar nuestras almas, para templar nuestro espíritu lo mismo que se templa el hierro con el fuego.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos sigue diciendo Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. La comparación y la enseñanza que se desprende no puede ser más clara. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina.

Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobreaviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas.

Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo que está en su cenit. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna.

Antonio García Moreno