La originalidad de la existencia cristiana

1.- A los hombres de ciudad ––que somos una tristemente inmensa mayoría–– aún nos queda el atavismo del campo. Lo buscamos siempre que podemos, y al llegar nos sorprende su encanto y nuestra profunda ignorancia de cuanto en él sucede.

A pesar de la lejanía y del desconocimiento, tratamos de entender ese complejo mundo de leyes, costumbres, constantes y misterios que encierra lo rural, la agricultura. De alguna manera, por lo tanto, no nos resulta del todo ajenos sus problemas y sus aspiraciones. ¿Quien, en un día de lluvia ciudadana, no ha mirado el cielo para desear que la lluvia sea beneficiosa para las cosechas? Es un indicio de que somos conscientes de lo vital que para el conjunto resulta un año agrícolamente bueno.

2.- Este preámbulo de reflexiones a ras de tierra debe introducirnos en la comprensión de esa densa parábola agrícola de la vid que Jesús utiliza para dibujar la realidad de nuestra existencia cristiana. Estamos enraizados en alguien que nos da estabilidad y fuerza. El viñedo es, a los ojos del ciudadano, un espectáculo aleccionador. La vid, los sarmientos, la uva constituyen una trilogía deslumbradora que alcanza en la época de la vendimia su clima de esplendor.

3.- Sin embargo, sólo el que vive los doce meses del año pendiente de las vides, de sus cuidados, con constante desvelo, podrá vivenciar totalmente la expresión de Cristo: “Permaneced en mi y yo en vosotros”, como el sarmiento permanece en la vid.

Esa constatación de permanencia revela la originalidad de la existencia cristiana. Diríamos que para que la viña sea fecunda deben darse una serie de condiciones favorables, en mayor o menor grado, y éstas serían: La calidad de la tierra, el régimen de lluvias, los cuidados del agricultor, la lucha contra las plagas, etc. Lo absolutamente indispensable, sin embargo, es la permanencia, la vinculación del sarmiento en la vid. Sin esa continuidad vital no hay posible proceso de crecimiento. Esto lo entiende perfectamente un viñador. Traslademos ahora la metáfora; un cristiano podrá vivir en tales o cuales circunstancias, estar sujeto a estas o aquellas influencias, poseer determinadas tendencias positivas o negativas; todo resulta accidental. Lo único indispensable es su vinculación al Jesús que salva y cuya savia vitalizadora justifica toda manifestación de vida cristiana.

4.- La continuidad es, pues, sin genero de dudas, la característica fundamental de ese proceso generador de vida. Por parte de Dios esta asegurada. La vid es inagotable. Por parte del sarmiento, los altibajos, aun dolorosos, no cierran el flujo, pero lo condicionan. Sólo una actitud de absoluta infranqueabilidad conduce a la muerte. Pero esto ––creo–– lo entienden todos, aun los que nunca en su vida hayan gozado del espectáculo de una vid infecunda y plena madurez

Antonio Díaz Tortajada